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Un viaje a la casa de Jack Daniel's

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Estuvimos en la casa de Jack Daniel's en Lynchburg, Tennessee, tras su cumpleaños número 150 y conocimos parte del proceso de elaboración de la bebida de la que Frank Sinatra era fanático.

Es el whiskey del rock, de la sonrisa de Frank Sinatra. El whiskey que dice que los estadounidenses hablan el mismo idioma de los escoceses, pero con otro acento. Esta es una visita a su casa en Lynchburg, Tennessee.

Todo comenzó con Frank Sinatra. “La voz” era fanático del Jack Daniel’s No. 7 y decidió que –además de sus canciones– su legado tenía que ver con el whiskey más representativo de los Estados Unidos. Frank –el mayor ícono musical de su tiempo– se encargó de salir en películas con la botella y haciendo que sus ojos brillaran con cada sorbo. En las fiestas con sus amigos él era el encargado de servir los tragos y que nadie se tomara el atrevimiento de hacerlo sin su consentimiento. Sinatra se convirtió en un embajador de marca en tiempos donde las palabras “embajador” y “marca” no tenían que ver una con la otra; después de Sinatra llegaron los rockeros –una especie que el gran “blue eyes” despreciaba, pero que compartían con él el mismo gusto por ese líquido color ámbar profundo que los hacía ser más simpáticos de lo que eran–.

Estatua de Mr. Jack Daniel.

(¿Cómo distinguir la edad de los tragos?)

Hay fotos de Jim Morrison, Jimmy Hendrix, Keith Richards o Slash pegados del pico de la botella. “O miren”. El historiador de Jack Daniel’s, Nelson Eddy, saca una foto de su portafolio y aparece Mick Jagger con la inconfundible botella con el sello negro No. 7.

En Nashville –la capital musical de Estados Unidos y la capital del estado de Tennessee– empiezo a entender por qué el rock and roll suena tan bien con un whiskey en la mano. La calle más representativa de la ciudad es una larga hilera de bares con música en vivo. Los músicos están en la entrada y desde la ventana se ven los traseros de los bateristas y se escuchan los performances de los músicos; es solo afinar el oído para saber dónde hay que entrar. Hay lugares en los que incluso hay tres bandas al mismo tiempo. La ciudad vive y palpita por la música. Hay varios sellos disqueros, varios estudios y muchos músicos de todo el mundo yendo y viniendo: incluso nos topamos en un bar con el baterista de Gun’s and Roses que, entre otras cosas, tocaba ese fin de semana en el estadio de los Titanes. Entre los bares también hay un sinfín de almacenes de botas vaqueras y no muy lejos la tentación irresistible de las mejores costillas de cerdo de los Estados Unidos.

En las fotos puede verse cómo se fabrican el carbón y los barriles.

Lynchburg –la casa de la marca– queda a unas dos horas. Vamos al lugar donde fabrican los barriles que le dan el particular sabor al Jack Daniel’s; vemos cómo queman los barriles por dentro, cómo los arman tabla por tabla y no nos dejan ver mucho más. Hay un procedimiento secreto que es el que le da el sabor ahumado al whiskey: la marca de la casa.

El otro secreto es el agua. Jack Daniel, el fundador de la compañía, encontró el lugar que le proporcionaba el líquido perfecto: un manantial que filtra sus aguas naturalmente por entre un sinfín de rocas y deja el líquido libre de hierro. Nos dejan beberla; mezclarla con whiskey. Saborearla. En ese lugar estableció su destilería que hoy celebra su 150º aniversario; ahí se hace el carbón a partir del árbol de arce sacarino, conocido como el árbol de maple, se reciben los camiones con maíz, cebada y centeno. Los alquimistas hacen su trabajo con la levadura (otra maravilla que han cultivado desde hace casi un siglo) y producen el milagro del whiskey.

El manantial de donde sale el agua con la que se elabora el Jack Daniel’s desde hace 150 años.

(¿Cómo catar whisky?)

Todo el recorrido lo hacemos con Jeff Arnett, el Master Distiller de la marca, nos presenta el Gentleman Jack, las versiones con sabor a miel y cinnamon, nos enteramos de que una parte de las botellas de la marca se hacen en Zipaquirá y, finalmente, llegamos con él al lugar donde se almacenan todos los barriles para que el whiskey se madure y tome forma. En ese lugar –con un taladro en la mano– probamos la última maravilla de la marca: el Single Barrel, directo del barril. No me gusta enamorarme de un solo trago, pero debo confesar que, después del viaje, he caído varias veces en la tentación de pedirlo en un bar; de hacer que me preparen un Old Fashioned con él. O simplemente recordar la comida de Lynne Tolley –la encantadora tátara sobrina de Jack Daniel–, que se ha encargado de convertir las recetas con whiskey en obras de arte y que nos brindó un almuerzo sobrenatural.

Solo me queda decir, salud, Jack.

El hombre que lleva su legado como maestro destilero de la marca: Jeff Arnett.

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @LaFeriaDelArte

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