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El escritor Federico Jeanmaire cree que la lujuria no existe y no se ve por ninguna parte, ni en los cuadros del Bosco. Pero estas fotos de Carolina Gómez demuestran todo lo contrario.

La lujuria no existe. Aunque reconozco que es un tanto brutal escribirlo así, sin más, justo al comienzo de un texto que pretende abordar la cuestión. Y para sumarle todavía más complicaciones a tan espinoso asunto, creo que valdría la pena agregar que siempre resulta bastante más fácil escribir acerca de la existencia de algo, que escribir acerca de su inexistencia. De todos modos, lo intentaré. Ayudándome, claro, como cada vez que tengo un problema cualquiera en la vida, de mi propio pasado autobiográfico. Allá voy, entonces, y que Dios me ayude.

A principios del setenta y nueve llegué a Madrid huyendo de los militares argentinos o de una versión de mí mismo que no terminaba de agradarme o, quizás, de ambos asuntos al mismo tiempo. Uno nunca sabe, en el fondo, de qué huye. Era muy joven. Demasiado joven. Veinte años. Y necesitaba verme a mí mismo sin tanto uniforme alrededor pretendiendo ordenarme las ideas o hasta la manera de vestir el cuerpo.

Galería de fotos - Carolina Gómez: perfecta

Durante los primeros días, además de hacer amigos, pasármela bien, tomar unas cuantas cañas, dejarme crecer el pelo y leer un montón de libros, también me hice de un tiempo para visitar el Museo del Prado. Quería ver a Goya y a Velázquez con mis propios ojos. Sin embargo, no fueron esos pintores los que me emocionaron. Mi gran descubrimiento se llamó Hyeronimus Bosch, más conocido como el Bosco. Fue verlo y amarlo, todo junto. A tal punto que, treinta años después, mientras escribo estas líneas y mientras llueve en Buenos Aires, el ratón de mi computadora se desliza suavemente sobre un pedazo de El jardín de las delicias que hace las veces de almohadilla. Fue un amor a primera vista, decía, el que sentí por el Bosco.

En cada oportunidad que podía, me acercaba hasta el Prado para mirar un rato sus maderas. Es que había tanto para mirar que necesitaba volver, una y otra vez. Siempre descubría algo nuevo y eso era lo que más me gustaba o me inquietaba de su pintura: mi propia incapacidad para abarcar la totalidad de su arte.

Por aquellos años, a un costado de El jardín de las delicias había colgada una madera pequeña, mucho más modesta, de aproximadamente un metro cuadrado y apenas rectangular que llevaba por título Mesa de los pecados capitales. En ella y sobre un fondo oscuro aparecían cinco círculos: Cristo en el medio del círculo central y, alrededor de él, las imágenes de los siete pecados capitales. En los extremos, cuatro círculos más pequeños configuraban la muerte, el juicio, el infierno y la gloria. En cuanto a los pecados capitales, Hyeronimus los había representado a partir de imágenes muy simples, de fácil comprensión. En la gula, por ejemplo, había un señor extremadamente gordo comiendo como un poseso y en la ira, hombres enojados y armas caídas por aquí y por allá.

Sin embargo, cuando mis ojos llegaron hasta la lujuria, habían empezado a mirar desde la base y después habían dado la vuelta entera al círculo copiando obedientemente el movimiento de las agujas de cualquier reloj, se encontraron apenas con una carpa roja, dos parejas vestidas hasta los cuellos y un par de bufones. No lo podía creer. Era perfectamente absurda, la imagen. ¿Qué tenían que ver esas púdicas parejas con la lujuria? Si en la tabla había alguna imagen que se asemejara en algo a la lujuria, eso aparecía en el círculo inferior de la izquierda, en el círculo del infierno: ahí, entre otras cosas, pululaban varios cuerpos desnudos, una pareja en una cama y un señor metiéndole una suerte de lanza a otro en sus partes traseras. Ese círculo, en un principio y según mi leal saber y entender de la época, se parecía bastante más a la lujuria que una carpa definitivamente asexuada.

Entonces imaginé. Siempre me gustó imaginar. En este caso puntual, y sin la mínima información al respecto, imaginé que el Bosco no había sido quien había escrito las palabras que definían, debajo, cada escena. Había sido otro. Quizás hasta el mismísimo y aburrido y casi célibe Felipe II, que había sido quien había comprado la tabla y la había llevado a El Escorial un montón de siglos atrás. Y, si no, un puritano, otro puritano cualquiera amigo del rey Felipe. Lo cierto es que, así como imagino, también acostumbro a poner a prueba esas imaginaciones.

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Y en esta ocasión en particular, debo reconocer, mi hipótesis apenas resistió unos cuantos minutos: la pareja que estaba en la cama no estaba haciendo ninguna cosa deliciosa; separados, muy separados el uno del otro, a juzgar por sus caras parecían más bien haber intentado infructuosamente algo bonito y estar ahora en ese infeliz momento en que el caballero le explica a la dama que es la primera vez que le ocurre lo que ocurre y, la dama, desde cierta ternura, le miente que no se aflija, que a veces pasa, que otro día de seguro tendrán más suerte. Y en cuanto al señor que estaba recibiendo una punzada en sus partes traseras, por más que fuera un señor al que le agradara enormemente recibir punzadas en la zona más baja de su espalda, no había manera de que pudiese estar disfrutando de semejante lanza.

No. Definitivamente, el infierno era el infierno. Y si el infierno era el infierno, la lujuria tenía que ser, nomás, la carpa con esas parejas aburridas conversando. Un horror. Me fui del Prado enojado. Muy enojado. Con el Bosco y conmigo mismo. ¿Cómo podía ser que me hubiera equivocado tanto? Hasta llegué a prometerme que, la próxima vez, pasaría por esa zona sin levantar la vista y me dirigiría directamente hacia la sala de Goya y, con humildad, le pediría mil perdones.

Era muy joven. Demasiado joven. Tenía veinte años, nada más. Por eso, creo, tardé algún tiempo para reconciliarme con el Bosco. Justo el tiempo que necesité para sacarme unos cuantos prejuicios de encima. Por ejemplo, y sin ir más lejos, el estúpido prejuicio de que la lujuria en verdad sí existía. Aunque, además del transcurso del tiempo, quizá también influyó el hecho de que precisamente en junio de ese año, con unos cuantos amigos y amigas, me fui a disfrutar un par de cálidos y excesivos meses en carpa a la lujuriosa isla de Ibiza.

Entonces.

Si la lujuria consiste en la afición o el apego o la inclinación de los seres humanos a los placeres de la carne, ¿quién no tiene dicha afición o apego o inclinación? ¿Quién puede arrojar la primera piedra? O, llegado el momento, ¿quién se atribuye para sí la capacidad de fijar qué constituye un exceso al respecto y qué no? ¿Quién? Porque para algunos el exceso estará en tal cosa y para otros en cuál. Una definición relativa, entonces, que depende por completo de la imaginación de quien se instala frente a la cuestión para definirla.

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Y esta encrucijada, justamente, es la que, me parece, decidió pintar al óleo, sobre una madera oscura, humilde, apenas rectangular, Hyeronimus Bosch hacia fines del siglo XV. Lo entendí a la vuelta de Ibiza, el día de mi reconciliación definitiva con él. De pie frente a la tabla, una tarde otoñal, comprendí bastante rápido que el Bosco había sacado la cuestión de las iglesias para ponerla entre mis manos.

Yo, como espectador de su obra, era quien debía imaginar qué excesos lujuriosos podrían estar planeando esas dos parejas que conversaban tan amablemente vestidas hasta el cuello junto a esa carpa o, por el contrario, decretar, sin más, la inexistencia absoluta del concepto, como, en algún sentido, lo había hecho él mismo al pintar una imagen tan poco lujuriosa sobre la lujuria.

Exactamente esto último fue lo que hice. Entender, de una vez y para la eternidad, que la lujuria no existe; que lo que existe, existió y siempre existirá, se me ocurre, es un montón de curas y de monjas que desde debajo de sus escondedoras sotanas no quieren por nada del mundo que nuestras carnes se aficionen o se apeguen o se inclinen, libres y felices y sin culpa, hacia las carnes libres y felices y sin culpa de nuestro hermoso prójimo.

Y para terminar.

Propongo que, ya decretada la completa inexistencia del concepto "lujuria", cada vez que veamos aparecer dicha palabra en algún sitio, la tachemos y la reemplacemos rápidamente por la palabra "fiesta". Una palabra encantadora, "fiesta". De probada y simpática existencia. Aunque, sobre todo, me gustaría aprovechar estas últimas líneas para proponer que cada vez que nuestro prójimo nos dé la menor oportunidad, nos animemos a la fiesta. En donde sea. En una carpa o en el sitio más cercano que encontremos.

Por Federico Jeanmarie Fotografía Hernán Puentes

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