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Tangas, calzones matapasiones, cucos de lycra, de algodón, de encaje; aquí está uno de los misterios que todo hombre quiere solucionar día tras día: lo que hay debajo de la falda.

En una terraza de Nueva York, Luisa Lane, entrevista a Superman (al verdadero, al de mi infancia, al actuado por Christopher Reeve). ¿Es verdad que puede ver a través de las cosas?, le pregunta. Sí, contesta él. ¿De qué color es mi ropa interior?, pregunta ella. Él dice: rosa, y ella se ruboriza. Gran escena. Siempre le envidié a Superman ese superpoder, lo hubiera preferido mil veces al poder de volar. Uno podría saciar la infinita curiosidad  que genera el cuerpo de  las mujeres, las formas que uno intuye bajo polleras, pantalones, blusas, suéteres... Uno podría ver por fin lo que realmente quiere ver.

Una leyenda familiar decía que a los 16 años mi bisabuelo francés subió de polizón a un barco que viajaba a la Argentina, escondido bajo la falda de una señora que lo protegió. Hay que pensar en ropa muy distinta de la actual, las mujeres podían esconder gente bajo sus anchas polleras, unas faldas incuestionables que ningún guardia se atrevería a requisar. Eran otros tiempos.

Pienso a veces en mi bisabuelo escondido en la penumbra secreta de esa honorable señora del siglo XIX y me pregunto si no habré heredado cierto gusto por esa intimidad. Me acuerdo que, cuando yo todavía iba a misa en mi preadolescencia, una vez un cura dijo en su sermón que solo algunos elegidos estaban bajo el manto de María, y creo que yo quise estar entre esos pocos pero por las razones equivocadas, me gustaba la idea de esa penumbra celestial y erótica. Una herejía involuntaria y hormonal. Siempre me gustaron las Marías. En un poema poderoso César Vallejo le recrimina a Dios: ¡Tú no tienes Marías que se van!

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Las Marías se van y te dejan extrañando cosas que ni sabías que extrañabas: la tanga colgada del grifo del baño, por ejemplo. Uno vive de esas cosas. Detalles femeninos. Uno puede quedar pendiente de lo que le va haciendo el viento a una mujer hermosa por la calle, para ver si de pronto un mínimo golpe de aire nos deja mirar los muslos y quizá con muchísima suerte un velocísimo atisbo de sus pantis, cucos, calzones, como se quieran llamar, aunque tengo que decir que no me gusta nada la palabra bombacha que se usa en Argentina.

Las bragas españolas, no están mal. Pero los pantis... Es una palabra bastante graciosa y colorida, con ese plural. Los boricuas usan la expresión "baja pantis" para hablar por ejemplo de un hombre ganador con las mujeres, es un tipo baja pantis, o incluso un buen auto puede ser muy baja pantis.

Pero volviendo a los pispeos (o a la manía de espiar), qué maravilla cómo manejan las mujeres el arte de sugerir, de mostrar apenas, de dejarse espiar. Qué bien estudiado tienen el cruce de piernas con el vestido corto. Saben perfectamente cuánto dejar ver. Les gusta mostrar un poco de su intimidad, la caída casual de la tirita del brassier o del vestido, el elástico de la tanga asomando por el jean de tiro bajo. El arte del escote, con su abismo. Muchos trucos estudiados para darte apenas un veloz atisbo de belleza, como un fogonazo, para encandilar.

Qué bien juegan ese juego durante toda la vida. Se preparan para eso, se consultan, se visten juntas, se miran, se preguntan: ¿Me marca mucho? ¿Me hace gorda? ¿Estoy muy puta? Y esa relación que tienen con su ropa interior, esa manera de esconder cosas en el corpiño, hasta pueden llevar el celular en el escote.

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Las mujeres por conocer guardan un misterio que uno quiere develar, desanudar, como un bombón bajo envoltorios sucesivos que vamos abriendo de a poco para alcanzar por fin su corazón de chocolate. Primero la ropa exterior, después la ropa interior, hasta llegar a la desnudez total o casi total, porque todavía están los anillos y pulseras y collares y aros, que podemos ir sacando como sugiere Neruda en su poema La noche del soldado, hasta llegar al cuerpo ininterrumpido de una mujer, donde nada se interponga entre su piel continua y nuestro beso.

Ese despojamiento puede tardar un rato, una noche, semanas, meses. No hay que apurarse. Hay que mostrar insistencia y decisión, pero nunca hay que desesperarse, más bien hay que ir disfrutando los milímetros conquistados. Los estilos de las mujeres para desnudarse son diversos y sorprendentes. Las hay que les gusta que las desnuden, otras que prefieren quitarse ellas mismas la ropa. Algunas son desafiantes y sostienen la mirada, otras son tímidas, o simulan serlo. A veces sucede ese desnudamiento cruzado, del hombre lidiando con los botones de la mujer mientras la mujer lidia con los botones de él, pero si se vuelve muy torpe y urgente el asunto, entonces ambos de mutuo acuerdo se ocupan de sus propios cierres, broches y botones.

Hay mujeres que se desvisten a los tirones, revoleando la ropa con calor (en general son veinteañeras), hay mujeres que dejan su ropa prolija sobre la silla. A veces quieren que veas su ropa interior, a veces no quieren. Depende cuán preparadas estaban para ese encuentro.

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¡Y la diversidad de estilos de ropa interior! Tangas, culottes, biquinis... de lycra, de algodón, blancos con corazoncitos rojos, de encaje, negros, de seda, a rayitas, a lunares, a florcitas, con voladito, con animal print símil leopardo (yo trabajaba hace años en una empresa donde una compañera cada vez que se agachaba para poner resmas nuevas de papel en la fotocopiadora, dejaba ver  la parte de arriba de su tanga de leopardo; la llamábamos en su ausencia "tanguita de leopardo" o Jane, por la novia de Tarzán).

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