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Nadal y Federer vuelven por lo que les pertenece. Así fue su camino para llegar a la final del Abierto de Australia.

Vuelven dos estilos, dos tenistas que marcaron una época y que se resisten a dejar su lugar como números 1.

Pocas veces el deporte inspira poesía. Pocas veces inspira arte. Pocas veces se vuelve épico. Salvo una excepción, las finales que han jugado Roger Federer contra Rafael Nadal. No hay clásico del fútbol que se les compare, ni el Barcelona contra el Real Madrid en sus mejores momentos. Nada ha alcanzado la épica de estos dos genios del tenis.

No se equivoca David Foster Wallace al describir la final de 2006 en Wimbledon entre Nadal y Federer como una experiencia casi religiosa. Solo la fe en ver los golpes imposibles que ellos logran hace que uno madrugue a las 4 de la mañana para ver este Abierto de Australia y que grite entre el sueño y el cansancio cada jugada, cada punto.

Sin embargo, la palabra que importa aquí es épica. El año pasado parecía que era el cambio de ciclo, parecía que era la era de Murray y Djokovic. No, los grandes nunca se van. Los grandes saben esperar, saben cuándo atacar, cuándo ceder, cuando volver.

Seis años sin verse en una final de un Grand Slam y ahora están de vuelta los dos estilos que marcaron el tenis moderno. Uno, el de Federer, que Foster Wallace sintetizó mejor que nadie: los Momentos Federer. Que se tratan de “una serie de ocasiones en que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga tu cónyuge de la otra habitación para ver si estás bien”.

Por el otro lado está Nadal: la fuerza, la entrega, la resistencia, la precisión, una máquina que maravilla, que hipnotiza. “Por razones que resultan difíciles de entender, a muchos de nosotros los códigos de la guerra nos resultan más seguros que los del amor. Y puede que también se lo resulten a ustedes, en cuyo caso el mesomórfico y totalmente marcial tenista español Rafael Nadal será el perfecto hombretón para ustedes, con sus bíceps desnudos y las exhortaciones Kabuki que se lanza a sí mismo. Además, Nadal también es la Némesis de Federer…”, vuelvo a Foster Wallace porque si ya lo dijo él para qué inventar más.

Sufriendo, jugando los 5 sets para clasificar, celebrando como si fuera la primera vez que llegan a esta instancia, así volvieron estas leyendas. Uno dejando hasta el último esfuerzo contra su compatriota, demostrando que dos segundos de desconcentración son suficientes para ser derrotado y eso nadie lo sabe mejor que Stan Wawrinka. Una derrota que solo le podrá explicar su psicólogo. El otro resistiendo los servicios de un joven búlgaro que batalló todas las bolas que le devolvían, que arrinconó al de Mallorca. Al final Grigor Dimitrov parpadeó más de la cuenta y Nadal le dio la última estocada o para los antitaurinos que se alegran con el sufrimiento del torero, lo embistió como una bestia para dejarlo herido y sin poder de reacción.

El año para el tenis no podía empezar mejor.

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @felipeg269

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