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Para Guillermo Arias la arquitectura no es solo sobre cómo se ve, sino sobre cómo se siente.

 Guillermo Arias, el arquitecto colombiano responsable del B.O.G. Hotel, tiene miedo de que la gente al leer esto lo crea pretencioso. Resulta entendible su temor, porque es un sibarita de tiempo completo: le gusta el vino tinto, la música clásica y el jazz, cocinar o viajar una y otra vez a Bombay, Ciudad de México y Londres. Pero esa es una idea errada. Quizá el adjetivo que mejor describe a Guillermo es detallista. Es la clase de hombre que siente que no termina los proyectos, sino que los guarda. “La verdad no se celebran, casi que se abandonan. Porque usted siempre quisiera que fuera mejor y mejor y mejor…, pero es muy jodido. Usted puede coger una casa y darle veinte vueltas, ¡y siempre va a ser mejor!”. Este aprecio por los detalles, que adquirió gracias a su manejo de materiales y el diseño de pequeños artefactos en los inicios de su carrera, es el que lleva a sus proyectos como Ocho 85, Casa Honda y el B.O.G. Hotel.

“Soy un poco desprendido, pese a que soy nostálgico. Pero tengo un libro que me gusta, que aprecio mucho. Es de 1928, que es la descripción de todos los templos mexicanos. Están ilustrados. Si se quemara mi casa, algo que lamentara que se haya perdido, podría ser ese libro”.

Si se le pregunta sobre su lugar favorito del hotel, dirá que no tiene uno, aunque “el lobby es muy especial, porque es un poco inesperado. Hay cierta majestuosidad, cierta opulencia, pero en realidad todo es muy tranquilo.” No parece ser muy susceptible a los elogios –aunque cierto “piropo” de Olga de Amaral sobre el hotel lo recuerda con estima–, aunque sin duda agradece los premios y nominaciones que le ha ganado su obra, como la reciente nominación a los World Travel Awards.

“La arquitectura, como la concibo, tiene que ser muy sensorial. Es algo que se puede encontrar en el B.O.G. Hotel, en los pequeños detalles, que no son muy evidentes, sino que se descubren de a poco”.

“Hay una película que tiene unas atmósferas y arquitectura y música que me llenan, que en verdad creo que es un ladrillo, pero a mí me parece una película fascinante: El año pasado en Marienbad. Sin entrar en la trama, es como cuando se sueña que se está en una ciudad que no se puede abarcar”.

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