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Los treinta años son la mediana edad. Un hombre de treinta años ya puede estar pensando lo buena o mala que se le puso la vida.

A los treinta, para muchos es toparse cara a cara con la adultez y puede hasta convertirse en un insoportable peso social. Los treinta son la crisis.

El psicoanalista Erik Erikson –discípulo de Freud– ya lo había planteado hace años en donde explicaba a través de varias de sus conceptos que este fenómeno de falta de identidad, frustración social, vergüenza y sensación de inferioridad y estancamiento eran propensos a tenerlos desde los 27 hasta más allá de los treinta, e incluso que podría empatarse con la crisis de los cuarenta. ¡Terror!

Aunque para muchos tener treinta sea una declaración abierta al comienzo de la decadencia física, la alopecia, el lento metabolismo, depresiones por fantasías sexuales frustradas, uno que otro problema de colón y hasta la soltería descabellada producto del sin sabor que da ser catalogado en el mercado como un modelo viejo y usado, para otros simplemente es una nueva oportunidad de volver a escribir una historia sin tantos errores.

Bueno y la realidad es que nunca nadie está conforme con su edad. El peso de los años solo vuelve más insoportable lidiar con algunos problemas de la vida y pese a la experiencia envejecer con dignidad se convierte en un acto de fe. Pero un hombre de soltero de treinta junto con todo lo que conlleva vivir en esta nueva era, es a pesar de todo, una persona que si la sabe hacer puede salir bien librado de todo.

La nueva generación de los solteros treintañeros nació entre el allá y se desarrolló en el acá. Tienen base de emprendimiento por encima de lo que sus amigos –los posmodernos- hagan a través de sus constantes publicaciones en Facebook midiéndose el éxito en embarazos, ecografías, viajes y hasta el número de matrimonios exitosos hasta el momento. Y no está nada mal. Cada cual tiene su propio termómetro de felicidad pero la soltería a los treinta ya no es un kármiko hecho que sitúa a los tipos como malas personas dentro de la sociedad y los deja mal librados por sus elecciones a la hora de escoger pareja, –que hasta sí– pero la idea del compromiso, de las relaciones, del matrimonio e incluso del amor cambió para todos. Sobre todo para los que ya sienten que se están quemando solteros en la puerta del horno.

No es necesario correr al gimnasio, comprarse todas las sugerencias multivitamínicas de Herbalife para parecer renovado, buscar a la única exnovia soltera o abrir aplicaciones para reafirmarse como personas.

¿Por qué?

Los treinta en un soltero son todo y nada. Son la adolescencia con plata, son enamorarse intensamente pero no de manera caprichosa, es saber ir por los sueños pero reconocer que se necesita vivir de alguna forma, es pagar impuestos, servicios, el arriendo, viajar y sacar a pasear a los papás.

A esta edad los tipos son conquistadores en potencia. Románticos empedernidos que ya saben que quieren, van sin prisa, seguros de lo que necesitan y son especialistas en testear algunos terrenos para estar seguros antes de lanzarse porque indudablemente, todos llegaremos a una época de nuestras vidas en la que las conquistas básicas no nos sorprenderán. Ni la gente, ni el amor ni la vida misma.

A ellos no les da miedo subsistir a esta edad por encima de las teorías fallidas acerca de sobrevivir a los treinta años de anteriores generaciones, que aún no sabemos por qué no causaron más suicidios a nivel mundial dado su alto contenido de negativismo.

Esta hipótesis la de los treintañeros como diamantes en bruto la derivé en mis primeros años de universidad cuando mis mejores amigas se cogían tipos de esta edad que estaban en el clímax de su vida. Mi mejor amiga hizo el ritual de iniciación interactuando con los de esta “especie”. Había sido su amor de infancia pero mientras ella aprendía a multiplicar él gozaba de aventuras libidinosas en la pubertad. Varios años después se lo volvió a topar con un pie arriba de la ruta de los treinta. Salieron por más de cuatro meses. Ella me decía que era como salir un niño curioso y vivaz, alguien que hasta ahora estaba descubriendo las maravillas del sexo, que siempre iba por más pero que había mutado en el cuerpo de un hombre ya experimentado, caballeroso, que sabía por dónde sí y por donde no. Alguien que vivía solo, entonces se evitaba la engorrosa situación de toparse con los papás en las primeras citas y además era alguien que no dependía absolutamente de nadie, seguro de sí mismo y que comete menos estupideces de las que puedes cometer cuando tienes veinte y en realidad no sabes qué hacer con tu vida pero si con tu verga.

Ella siempre lo aseguraba de tal forma que en realidad yo desde ahí pensé que alguien había imaginado a los príncipes azules de los cuentos de hadas como tipos que ya habían pasado por los treinta o estaban a puertas de cumplirlos. Yo en cambio, esa curiosidad la adquirí con el tiempo. Hace un par de años, los suficientes como para soñar con que Vladimir Nabokov escribió una secuela de Lolita pero sin tantos líos morales y perversión psicopatologíca.

Tuve dos experiencias seguidas intercaladas por un par de meses de distancia. Pensé que estaba pasando por una increíble racha de conquistas maduras y que todas experiencias pubertas que nunca llegaron a ningún lado, habían desaparecido. El primero tenía 33 años. Sufría de un romanticismo loco e irracional, no le importaba descrestar con clichesudos detalles que incluían desde improvisadas serenatas con Extreme –y cuando se le pegaba la aguja Bon Jovi– hasta el engatusamiento clásico de poemas que parecían sacados de canciones de Arjona. El otro era un poco más joven, había acabado de cumplir treinta años pero ya había asumido esta etapa de su vida como un paso más hacia la adultez. El primero tenía un gato, era artista y veía el compromiso como un acto fallido frente a la libertad del hombre, filosofía que empezó a aplicar luego que el amor de su vida lo dejó por su mejor amigo en la universidad.

El segundo, un poco más conservador, ingeniero, un intento fallido de docente dispuesto a saciarme cualquier cliché de aprendiz. Siempre tenía la ridícula esperanza de encontrar a la mujer de sus sueños en algún coctel. A la hora de la conquista el primero era un cínico cautivador. Parecía un motociclista salido de alguna banda de rock que había evitado las adicciones toda su vida y se sabía comportar. El segundo usaba todo su conocimiento literario y sabiduría para meterse entre conversaciones pseudointelectuales de la vida y me escuchaba sin aleccionarme de nada. De los dos aprendí cosas rescatables. Cosas de los hombres. Cosas que jamás nadie en alguna cátedra te explica y ni ellos mismos a veces saben responder. Los treinta y sus anteriores relaciones los habían llevado a una plenitud total de su soledad y aunque eran diferentes ya sabían quiénes eran y que querían en su vida. Ninguno de los dos jamás me insinuó compromiso. Creo que disfrutaban el hecho de mi voracidad para aprender de todo. Los dos eran caballeros, nunca dudaron en gastar, compartir o dar algo demás porque también aprendieron a manejar los espacios, tiempos, finanzas. Los dos sabían que el amor era una vuelta diferente. Era una experiencia un poco más madura. Era encontrar alguien que te complemente hasta en los desaciertos pero con la vaga ilusión de poder sentirte como con tu primer amor. Jamás se avergonzaron de sentirse vulnerables.

Eran tremendos polvos. Ya sabían por dónde agarrar, por donde no, qué hacer, qué no, lo innecesario de hablar, de mencionar anteriores polvos, a la tusa, a la ex, los de los próximos días; y, lo más importante, eran versátiles y nunca se avergonzaron en el “después” porque sabían diferenciar la caballerosidad de un post polvo y el de algún romántico enamoradizo.

Estos tipos ya van más allá de cómo se pueda lucir en las mañanas, porque simplemente hay cosas sin sentido de la vida que les dejaron de importar. Siempre tenían la facilidad de desatar la cuota mínima de ninfa interior que cada mujer tiene. Nunca se sintieron a cuestas la presión social de casarse o tener hijos. Los dos le habían apostado más a sus sueños y a su realización personal. Eso de por sí era cautivador. Todo nos duró hasta que su encanto de treintañeros me embelesó y nos aguantó la sincronización de nuestras vidas. Tiempo después me enteré que ya se habían casado.

Resaca precoz. Sexo en diferentes posiciones que el kamasutra ni siquiera sabía que existían. Experimentación, versatilidad, ser y no parecer o aparentar. Viajes inesperados, poca vida social, copular de manera vergonzosa y des interesada, porque la torpeza y las prioridades son inevitables frente al tiempo. Arrebatos eróticos, cambios de rutinas, abandonar cubículos y relaciones por sueños, emprender proyectos, ansiedad de éxito, libido más alto que temperatura de las playas de Barranquilla. Ser soltero y añejarse nunca supo tan bien. Los tipos de esta edad ya no se dedican a contar las horas del reloj para ver cuando cumplen 40 y se casan, tienen hijos o esperan el desconsuelo de la soledad al borde del alcoholismo.

Si estar tan jodido nunca supo tan bien, entonces las próximas generaciones masculinas envidiarán el fatídico intento de las crisis que morfaron en esta época dorada de la soltería, porque a los hombres de treinta navegan por el cementerio de los sueños de naif y el jardín de los proyectos de la vida.

 

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