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Levantar en tiempos de Tinder

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¿Acaso las aplicaciones de citas crearon una generación perezosa que maneja sus relaciones de pareja a través de un celular?

*Algunos nombres fueron cambiados a petición de los entrevistados, para proteger su privacidad.

 

Después de una noche de tragos con mis amigas, en ese punto intermedio de la borrachera y con una botella de ginebra que me llevé para mi casa, decidí abrir Tinder.

Sentía morbo, curiosidad y pena ajena. Pero no de otro, sino de mí misma.

Era junio de 2014. Durante la fiesta había conocido a varias parejas que estaban dichosas y felices, gozando del amor posmoderno y de las ventajas de haberse conocido gracias a una aplicación. En cambio yo estaba soltera, no tenía el corazón roto, no pensaba en nadie ni me gustaba nadie. Estaba limpia. Me sentía abierta a lo que se viniera.
Apenas abrí la aplicación vi que el logo era una llama. No sabía en qué me estaba metiendo. La gente decía: “Esa joda es solo para sexo casual”, pero yo no estaba tan segura de si iba a ser capaz de medírmele a eso con un desconocido o de si sería tan ilusa de pensar que encontraría por ahí a alguien para tener una relación estable. Pensé también en la vergüenza: ¿Qué tal encontrarme en Tinder con alguien conocido? ¿Un compañero de trabajo? ¿Mi ex? Pero en medio de la borrachera lo olvidé y me quedé dormida.

No podría decir que fui pionera en la aplicación, ni más faltaba, pero soy consciente de que por esas épocas éramos muy pocos los colombianos que nos habíamos llenado de valor para descargarla. La usé varios días en los que me sentí como niña estrenando juguete e hice match con varios sujetos a los que sin pena les iniciaba la conversación. Había de todo: conversaciones fluidas, personas con las que no duraba más de tres minutos hablando y otras que me hicieron pensar: “¿Por qué no lo habré conocido antes en un bar, en una fiesta o haciendo mercado?”. Y claro, también tuve rechazos. Después de algunos días concluí que el mercado del amor por internet tenía mucha demanda, pero que la oferta no era tan buena como se podía pensar.

El sociólogo Zygmunt Bauman lo había predicho. En su libro Amor líquido nos hizo notar que hoy en día vivimos a la deriva, sin vínculos profundos y sin interacciones reales. Las relaciones se volvieron volátiles, inconsistentes, frágiles; todos vivimos con miedo de planificar un futuro a mediano o largo plazo en pareja y creemos que hay tanta demanda en el “mercado” que se nos dificulta comprometernos con alguien. Somos un plato en el menú, una opción más de otra persona que seguramente no sabe qué está buscando del otro lado de la pantalla. Y, seguramente, para nosotros, ese match solo era una opción más.

Yo tampoco sabía lo que quería ahí. Si abrí Tinder fue por morbo, pero por esa misma razón quería ver hasta dónde podía llegar. El sexo casual no era mi opción principal, pero tampoco la descartaba: ¿qué tal que el mejor polvo de mi vida estuviera esperándome allí y no en una fiesta? Pero me inclinaba más por conocer a alguien y salir a ver qué pasaba, aunque mis amigas desconfiadas me advertían constantemente que nada bueno podía salir de ahí.

Pasó un mes. Hice match con un tipo que ya tenía en Facebook y que había conocido mucho tiempo atrás en una fiesta. Hablamos poco, pero había química. Al menos había química virtual. Como ya lo conocía, sabía que sus fotos eran reales y que no me iba a decepcionar. Iba más o menos a la fija. Me sentía como Meg Ryan en You’ve Got an Email, cuando recibe un mail de Tom Hanks. ¿Qué tal que nos hubiéramos cruzado por la vida sin darnos cuenta antes y que fuéramos el uno para el otro? Me citó en los juzgados de Paloquemao y llegué “producida” más o menos como para una primera cita. El saludo fue incómodo y empecé a seguirlo taconeando por las calles mientras pensaba dónde se había quedado la química.

Me llevó a la plaza de Paloquemao a comprar los ingredientes del almuerzo. Un plan bastante exótico para un primer encuentro, pero mi curiosidad no me iba a permitir llegar solo hasta ahí: compró de todo, desde brócoli y acelgas hasta mollejas (todo un romántico) y me llevó a su casa en un pequeño microbús colectivo. “¿Este tipo me gusta tanto como para dárselo en la primera cita, después de una cena con brócoli?”, pensaba. En la cita hubo más silencios incómodos que conversaciones, me presentó a su mamá, a su tía, a su hermana… Fue una estrategia nueva para mí, pero ya estaba metida en eso.

Mi primera cita por Tinder fue más de lo que podría esperar en el primer mes de una relación.

Para mí fue una experiencia, algo para contarles a mis nietos y para reírme de la anécdota unos cuantos años después. Sin embargo, durante la cita, estuve asustada: me imaginaba a mí misma en sus zapatos, citando a mis victimas en una plaza de mercado, preparando una primera comida inolvidable y presentándole a toda mi familia para que todo se formalizara de una vez. Comí, vimos un video en Betamax que tenía dos capítulos de Padres e Hijos donde había aparecido y luego hui despavorida. Le agradecí por todo, pero ni siquiera miré para atrás.

Nunca volvimos a hablar. Había tenido la peor cita de mi vida y todo gracias a Tinder.

El sociólogo Zygmunt Bauman lo había predicho. En su libro Amor líquido nos hizo notar que hoy en día vivimos a la deriva, sin vínculos profundos y sin interacciones reales. Las relaciones se volvieron volátiles, inconsistentes, frágiles.

La ambición de los tipos que crearon Tinder, en su visión de conectar al mundo y crear “levantes” virtuales, coqueteo y hasta sexo casual, no fue pionera. Aunque la aplicación fue una revolución en las citas virtuales, mucho antes de su creación –incluso antes de los celulares inteligentes– otras personas habían intentado concretar ese objetivo. ICQ fue el primer sistema de mensajería instantánea que se masificó. La crearon unos israelíes universitarios en 1996 con ansias de conectar gente y lograr que pudieran interactuar y conocerse. Era una época en la que la gente no usaba mucho el computador y en la que el término redes sociales apenas se usaba en las universidades. ICQ llegó a Colombia un poco después: cualquier persona podía descargarlo en su computador luego de abrir una cuenta con su correo electrónico y una contraseña. Tenía un diseño arcaico, como todo lo que se podía ver en un ordenador con Windows 95, y las primeras versiones sólo servían para chatear.

No había emojis, ni mensajes de voz, ni fotos de perfil, ni estados de ánimo. Pero los usuarios tenían un número único (ICQ#) que los identificaba y un nickname, que podía ser bastante creativo. ¿Había riesgos? Tal vez. Nadie podía saber a ciencia cierta si se estaba hablando en realidad con un hombre, una mujer o una máquina. Se podía hablar con desconocidos e incluso se podía hacer un “intercambio cultural” express para practicar idiomas en salas de chat de otros países. Ya si se entraba en confianza con otra persona, bastaba con tener su ICQ# para intercambiar fotos y corroborar, en la medida de lo posible, su identidad.

Santiago Galindo* tiene 40 años. Abrió una cuenta de ICQ en 1999 –cuando tenía 21– para ampliar su círculo de amigos. Dice que la gente de su universidad era chévere, pero aburrida, y que ninguna de sus amigas le parecía tan linda como para salir. “En esa época éramos pocos los conectados a ICQ”, recuerda. “Una mujer me empezó a hablar por ahí y le seguí la corriente. Yo estudiaba en el Bosque y ella en la Sabana, nadie desconfiaba de nadie ahí y no teníamos malas intenciones tampoco. Después de varias semanas hablando dijimos “veámonos” y nos vimos en Crepes de Unicentro, el lugar adonde todos iban en ese momento. Comimos helado y fuimos a cine”. Su “clic” duró más de siete meses y aunque ya no están juntos todavía su novia de ICQ le escribe para desearle feliz cumpleaños.

El cuarto de hora de este chat acabó unos años después cuando llegaron aplicaciones de mensajería instantánea más simples, como MSN Messenger. El boom del chateo se concretó gracias a una aplicación que se convirtió en el símbolo de una época: la gente se había dado cuenta de que chatear servía para mucho más que intercambiar información; también se podían conocer nuevas personas y tener novios virtuales. Messenger servía además para enviar de forma instantánea fotografías, zumbidos y stickers con caritas felices o animales anfibios que invadían la pantalla del computador del otro. Es cierto: había que desconectar el teléfono para usar un rato el internet y soportar el nefasto ruido del modem o ir al café internet del barrio para establecer una conversación. Pero si la persona que a uno le gustaba iniciaba sesión, se arreglaba el día.

Los más osados, sin embargo, usaban páginas de chat públicas como LatinChat. Aunque muchos de los usuarios niegan haberla usado, durante toda la década del 2000 fue una de las páginas web más visitada en los países de habla hispana. Yo también la usé: cuando tenía doce años curioseé la página, me hice pasar por una mujer mayor y me espantó un poco lo fácil que era jugar con la imaginación y fantasear con el que estaba al otro lado de la pantalla. Levanté puros gringos y europeos, no les compartí mis datos reales porque los había timado a todos con mi edad, pero recuerdo que había salas que restringían el acceso por edad, género o temas específicos.

Un conocido llamado Iván –me pidió cambiar su nombre– me contó su historia cuando les pedí a mis contactos de Facebook que me hablaran sobre sus anécdotas amorosas en redes sociales. Con un poco de pena me contó toda su historia con LatinChat y señaló que en dicha época ese chat era lo mejor que había, pues muchas otras personas que él conocía habían usado páginas de chat bastante peores: “Me salió una enfermita sexual. Literalmente salí corriendo”, recuerda. “Me dijo que le cayera a su nuevo apartamento en la 127 y yo fui. Era diciembre, hacía frío y pensé en ir un rato y devolverme a mi casa. Ella me recibió en esqueleto, sin brasier y estaba en pantaloneta lavando la ducha. Hablamos un rato, nos besamos y tomamos vino. Y eso que en ese momento tenía carro. ¡Mucho irresponsable!”. Iván cuenta que después la cosa se puso más caliente. La mujer tomó la iniciativa y eso, para Iván, era la prueba de que ella era una “loquita que lo llevó directamente al matadero”. Finalmente no tuvieron sexo. Él se asustó tanto con la proposición de la mujer que prefirió huir del lugar.

¿Acaso era tan grave que una mujer, de frente, le dijera que quería tener sexo con él? ¿Acaso que una mujer quiera tener sexo la convierte en una “enfermita sexual”?

En 1996 icq fue lanzado, pero a comienzos del 2000 la mayoría de sus usuarios migraron a msn.  


Latinchat continua en línea y cuenta con más de 50 salas de chat para conocer personas.


Laura tiene 28 años y también me pidió mantener su nombre en reserva. Ella fue otra de las personas que contestaron a mi solicitud de información por Facebook. Sin embargo, para alejarnos de los mundos virtuales, preferimos hablar de sus levantes en un café. Ella se considera una mujer empoderada y le llama la atención que a los hombres –incluso a los que se dicen liberales– les asuste que una mujer sea quien tome la iniciativa.

–Somos mujeres fuertes –me dice–. No nos da pena abrir una aplicación o levantarnos al que nos gusta en un bar. Eso lo tengo muy claro, es mi postura como mujer.

–Yo también lo he hecho, y me parece que a muchos les molesta. Es como si los hombres tuvieran en su inconsciente que ellos tienen que dar el primer paso.

–A mí me encanta hacerlo, dar el primer paso. ¿Te imaginas que todas las mujeres tomaran la decisión de levantarse a un man? Yo creo que tendría un impacto social superfuerte, sería disruptivo, casi una revolución.

Después de los chats llegaron las redes sociales. MySpace fue el espacio que logró saciar virtualmente todas las necesidades de un mundo solitario. En 2003 empezó a funcionar esta red social que se volvió muy popular porque se podían personalizar los perfiles a partir de códigos HTML, armar álbumes de fotos, crear listas de amigos, cambiar los colores de fondo y hacer que sonara una canción para los visitantes. Se volvió el lugar de encuentro de artistas, diseñadores y músicos. La gente navegaba por la red para explorar canciones, buscar nuevas bandas, encontrar música inesperada… Y también servía para levantar: cualquiera que se sumara a la red era un objetivo y para causar un buen impacto no había que ir a la peluquería, solo había que editar el perfil.

Cuando Laura abrió MySpace, fue ella quien tuvo la iniciativa: “¡El man me dejó esperando mucho tiempo! Yo ya hasta me había olvidado del tema, pero después me habló y me dijo que lo había asustado que una niña le hubiera hablado, que yo era muy lanzada. ¡Y pues obvio, tenía 14 años! Nos cuadramos así, por internet, y duramos un año. Hablábamos todos los días por teléfono –ahí todavía usaba el fijo– y nos llamábamos constantemente. Después nos agregamos a Messenger, hacíamos videollamadas y tuvimos sexo virtual: aprovechaba que mis papás no estuvieran en la casa, me le empelotaba frente a la cámara y él hacía lo mismo. Todo era muy sutil, nada tan explícito; no sé si era porque éramos muy chiquitos, pero igual siempre nos masturbábamos y acabábamos juntos.

MySpace fue mi primera red social. Tenía catorce años, actualizaba mi perfil MySpace cada semana y cambiaba la canción. Me volví una dura pimpeando el fondo y conocí a varios amigos por ahí. Incluso tuve un novio que duró como dos semanas, pero me cambió por otra que seguro tenía una mejor foto de perfil. Por esa época hablaba con mis amigos sobre cómo serían esas aplicaciones en el futuro e imaginábamos que no tendríamos la necesidad de cuadrar una cita o terminarle a alguien porque la misma aplicación lo haría, como en el capítulo de Black Mirror donde las relaciones de pareja las controla un sistema operativo que sabe con exactitud cuánto tiempo van a durar y en qué momento se acaban. La idea produce más pavor que felicidad, porque ¿le gustaría que un aparato le escogiera su próxima pareja?

Para Leonardo –que también pidió la reserva de su nombre– MySpace también fue su primera red social. Hoy tiene 30 años y empezó a usar MySpace cuando tenía un poco menos de 20: “Lo mejor es que uno podía editar y decorar el perfil, era como si entraran al cuarto de uno”, escribe. “Como en MySpace se podía poner una canción para que sonara cuando lo abrieran, yo ponía el tema que estuviera de moda para sorprender a las chicas. También había un top de amistades: sacar de ahí a los amigos podía ser considerado casi como una traición. Ese era uno de los trucos que usaba para caerles a las viejas: cuando las metía en mi top, se sentían como si fueran unas reinas”.

En algún momento, estar en un “top” virtual fue más significativo que una invitación a comer helado. Leonardo va más allá y cuenta que cada posición en su top era un privilegio de ascenso: si una “vieja” le gustaba, la ponía de quinta; cuando empezaban a salir, la subía al cuarto lugar; si su relación ya era conocida para la gente de la universidad, subía al tercer o al segundo puesto, y solo llegaba a estar de primera si estaban más que cuadrados. Un cuento viejo: el sociólogo Theodore Kempere, que ha investigado el poder en las relaciones, habla de la atracción que se genera cuando el otro ofrece un estatus y afirma que en muchos casos el enamoramiento en una relación surge cuando el otro eleva de forma inconsciente sus expectativas. Parece que su teoría sirve incluso cuando el estatus y las expectativas están basados en un código HTML.

Pareciera que los hombres tuvieran pereza, que prefirieran tener una colección de fotos de perfil en una aplicación de su smartphone que buscar a una persona que compartiera sus gustos y sus intereses o atreverse a tener una conversación con una desconocida en un bar. Sin embargo, cuando somos nosotras las que damos ese paso, sienten que les estamos quitando protagonismo y algunos, incluso, se ofenden .

Sin embargo, fue Facebook la plataforma que revolucionó totalmente la manera de relacionarse con gente por internet. La primera versión servía para que las personas del campus de Cambridge, Massachussets, de MIT, se conocieran de manera más fácil, pues las fiestas que se organizaban eran limitadas y para miembros exclusivos: una manera de romper con la barrera social de la gente bonita y cool. En pocos años la red se extendió a otros países y cuando llegó a Colombia, en 2007, se impuso como un espacio para agregar a los amigos, a los amigos de los amigos y, claro está, buscar pareja. En ese momento la noción de seguridad era mínima y casi cualquier persona en la red estaba abierta a interactuar con otros, así fueran desconocidos. Y aunque a lo largo de más de una década muchos han encontrado al amor de su vida, han hecho amigos y se han reencontrado con familiares perdidos gracias a esta red, las historias no siempre son positivas.

Conocí a Juan Camilo Chávez gracias a la historia de su hermana, Ana María Chávez, que llenó los titulares de periódicos y noticieros en octubre de 2009.

El asesinato de Ana María, una universitaria, ocurrió por una serie de engaños que le hicieron a través de Facebook.
Los medios no pararon de hablar de los peligros de las redes. Satanizaron a Facebook y a internet. Crearon pánico. A la larga, muchos años después, nos dimos cuenta de la importancia de la privacidad en las redes sociales, pues abrir un perfil, crear una cuenta y empezar a hablar de detalles personales es el equivalente a abrirles la casa a completos desconocidos.

Hoy Juan Camilo Chávez es el líder de la fundación Annacha –que bautizó en honor a su hermana– y desde hace ocho años realiza charlas para advertir sobre los peligros de las redes sociales. “Solamente por compartir información es que pasó todo esto”, dice. “Mi hermana intercambió datos personales con unos desconocidos que vivían en Medellín. La engañaron por gustos en común que tenían, cosas tan simples como la música. Después vinieron a Bogotá y aprovecharon para entrar al apartamento, robarla y matarla”. Al principio la policía indicó que el caso había sido un suicidio, pero Juan Camilo quiso hacer su propia investigación: “Yo no usaba Facebook, pero ahí lo abrí y lo primero que se me ocurrió fue hacerme pasar por niñas atractivas de la edad de mi hermana. Yo ya había identificado y encontrado sus perfiles, pero no podía hablarles como Juan Camilo. Logré cautivarlos, me los cuadré y fue así como conseguí que los capturaran”.

Usar internet para cometer delitos es una tendencia que va en aumento. Según el Balance del Cibercrimen en Colombia de 2017, que publica anualmente el Centro Cibernético Policial, las denuncias aumentaron el 28,30 % con respecto al 2016. Además, en junio de este año, EL TIEMPO informó que en lo que iba corrido de 2018 se habían registrado más de 500 denuncias por suplantación de identidad y 145 por sextorsión, es decir, cuando un extraño hace amenazas relacionadas con la divulgación de fotografías o videos sexuales que consiguieron por internet.

Mientras tanto, el uso de redes sociales especializadas en citas, también se dispara. Por ejemplo, en Colombia se producen 4.500 millones de ingresos anuales a Tinder (es decir que cada hora, en promedio, se abre 513.000 veces la aplicación). Así en esa cifra se cuenten las decenas de veces que un usuario entra y sale de la aplicación, el número no deja de ser sorprendente. Al final, cuando en Facebook no hay nadie interesante y el timeline se llena de bebés, matrimonios y reuniones que no interesan, solo queda acudir a este tipo de aplicaciones especializadas para encontrar a alguien que quiera ser algo más que un amigo.

AdoptaUnMan nació en Francia en 2009 y fue una de las pioneras. Yo la usé un par de días y una de las cosas que más me gustaban era el hecho de tener todo el poder ahí: uno adoptaba a un man como quien adopta a un perro, un gato o una planta; lo metía en un carrito de compras de la misma manera en que uno elige cualquier oferta por internet y solo en ese momento ellos podían hablarme. Era una maravilla, pero luego me cuadré y no adopté a nadie.

Sin embargo, varios de mis amigos sí fueron adoptados por mujeres que sabían lo que querían, los echaron al carrito de mercado y se los llevaron para la casa: “Me gané la lotería, me levanté a una sugar mommy por ahí y no lo podía creer”, me dijo Fabio –que también pidió reservar su identidad–, un psicólogo de 35 años que aunque siempre se alejó de este tipo de plataformas, se atrevió a experimentarlas cuando estaba en la universidad. “Nunca he sido pinta y tampoco tan interesante, pero sentí que me había llegado mi cuartico de hora. Era una señora de cincuenta años, tenía mucha plata, era separada y tenía hijos de mi edad, pero le llamé la atención porque era decente, no como con los otros manes de mi edad con los que hablaba por ahí”. A Fabio esta mujer le dio de todo: lo llevaba a comer a los mejores restaurantes de Bogotá, lo vestía, le regaló un computador para que terminara la tesis y hasta le pagó el gimnasio. “Además, en el sexo, ella no le decía que no a nada”, añade, pero cuenta que terminó esta relación por celos (un problema que se ha intensificado gracias también a la aparición de redes sociales y de chats, porque caras vemos y conversaciones en WhatsApp no sabemos).

Sin embargo, tal vez la aplicación más usada para levantar en toda la historia de internet ha sido Tinder. Hay unos que se han enamorado y a otros les han vendido Herbalife o paquetes de nudes. Algunas mujeres han tenido el mejor polvo de su vida, otras –como yo– consiguieron la peor cita y otras han hecho amigos en diversos lugares del mundo. También hay parejas que se casaron gracias a Tinder.

ADOPTA UN MAN cuenta con más de 22.000 visitas diarias.

En el 2015 HAPPN llegó a los 100.000 usuarios solo en Bogotá.


Daniel Tello, fotógrafo y administrador de empresas, les devuelve la fe a los románticos: encontró al amor de su vida por esta aplicación. Hace tres años abrió una cuenta después de terminar una relación; se le había olvidado levantar pero estaba listo para probar qué podía pasar a través de Tinder. La aplicación tiene filtros avanzados que permiten controlar la edad, el género y la distancia de las personas que pueden ver su perfil –incluso si paga una platica extra puede hacer match con gente de otros países–, pero él solo usó el de rango de edad y después de varios matches y de enfrentar la pereza de no hablarle a nadie, por fin se puso una cita con Carolina. La llevó a La Calera, pero no a motelear sino a una cita romántica. Él mismo se sorprende de lo rápido que se dio todo: “Fue una experiencia nueva para mí; normalmente no invitaba a nadie a salir tan pronto y sin conocernos bien, pero había mucha química y al despedirnos nos dimos un beso”. Después de un par de semanas se volvió a ver con ella y empezaron a salir más frecuentemente, hasta que un día oficializaron la relación. Ahora ella es su esposa y la mamá de su hijo, Juan José. ¿Pero cuál fue la clave del éxito? “Te podría decir que mi relación tuvo éxito porque aunque no quería nada serio al principio y estaba en Tinder ‘a ver qué pasaba’, logramos construir una relación muy fuerte, estable, sana y de apoyo mutuo”.

No importa si uno se topa con el amor de la vida en la calle, en el celular o en el computador. En estos tiempos, donde involucrarse con alguien se parece cada vez más a llenar un contrato con términos y condiciones que a muchos les da pereza firmar, tener una relación sana –por fuera del mundo virtual– es la clave de todo.
Y no importa quién haya sido el de la iniciativa.

En el mundo hay 57 millones de usuarios activos en Tinder cada mes.


Sin embargo, el auge de Tinder fue seguido por un boom de aplicaciones para levantar que se intensificó. Incluso Wikipedia aceptó indexar el término “Hookup Culture” para explicar un concepto que se refiere a una generación con frenesí de sexo casual, sin compromisos, romanticismo ni cualquier otra cosa que pueda impedir su libertad o realización personal. En 2014 llegaron Happn –que solo permite la interacción con personas que en algún momento estuvieron físicamente cerca de usted y cruzaron sus caminos cerca de su casa, de su trabajo o de donde haya abierto la aplicación– y Bumble –una versión mejorada de AdoptaUnMan, pues si un hombre hace match con una mujer, es ella la que tiene la obligación de hablarle o si no se pierde la conexión en 24 horas–. Whitney Wolfe, la creadora de Bumble, dijo en una entrevista con la BBC que nunca había dudado de ir por lo que quería para su vida y explicó que había hecho parte del equipo de marketing de Tinder, pero después de terminar con su novio e irse en malos términos de la compañía decidió emprender su propia aplicación a partir de una idea: eran las mujeres las que debían tener la iniciativa en un espacio donde tuvieran seguridad frente al acoso y frente a las dick pics indeseadas.

En pocas palabras, la tusa la empoderó para crear la aplicación que, según Forbes, ahora es una de las que tienen más proyección en el campo de las citas virtuales.

Hace un par de meses la usé. Tinder ya había pasado de moda y, además, ahora todos los perfiles parecían falsos. Quería saber cómo era Bumble y entender si una aplicación donde la mujer toma la iniciativa realmente nos empodera. La descargué y hablé con varios tipos. Algunas conversaciones se quedaron en un “hola”, pero allí vi tipos más lindos e interesantes que en otras aplicaciones. Es sorprendente encontrarse de frente con la doble moral, porque hallé amigos cuadrados y conocidos que, por pena, me han negado haber usado Bumble. Mis amigas me preguntaban: “¿Y bueno, qué tal?”. Yo solo les decía: “Hay más manes chéveres ahí” o “Bien, pero no hemos salido a los bares adecuados”. Ellas se reían, pero luego también la abrieron. Cuando no se concretaba nada, estaba bien, lo habíamos intentado, porque –es obvio– a las mujeres también nos rechazan y más de lo que muchos creen.

Duré más o menos un mes y aunque luego me cuadré, quedé con el contacto de un alemán. Con mi experiencia en redes sociales y aplicaciones de coqueteo virtual sabía que no podía esperar nada, pero después de mi corta relación volvimos a tener contacto. El tipo vivía y trabajaba acá: era lindo, divertido, me recomendaba lecturas y me pasaba buena música. Salimos un par de veces y fue divertido, pero en algún momento me dijo que que aunque yo le gustaba, él seguía pensando en su exnovia y a pesar de que ella se había ido del país, más o menos seguía la relación. Fue un poco cínico, pero aprecié su honestidad y hoy en día hasta me da risa recordarlo. Ese fue mi último intento. Al menos para mí, la tecnología no sirvió para encontrar pareja; pero él sí le sacó provecho para mantener su relación a larga distancia.

Al menos desde mi experiencia, debo decir que a mí y a mis amigas nos está pasando algo que, culturalmente, se vuelve frustrante y hasta triste. A este sujeto, por ejemplo, le molestaba que yo fuera tan propositiva con los planes, los lugares a los que podíamos ir y las sugerencias para el sexo. Pero él no hacía nada para cambiar la situación. ¿Por qué? Pareciera que los hombres tuvieran pereza, que prefirieran tener una colección de fotos de perfil en una aplicación de su smartphone que buscar a una persona que compartiera sus gustos y sus intereses o atreverse a tener una conversación con una desconocida en un bar. Sin embargo, cuando somos nosotras las que damos ese paso, sienten que les estamos quitando protagonismo y algunos, incluso, se ofenden. En Amor líquido, Bauman habla del amor individualista, egoísta y efímero. Tal vez sea eso: no se trata de quien toma la iniciativa, sino de que en las relaciones de pareja las dos personas se apoderen de todo.

Cuando en Facebook no hay nadie interesante y el timeline se llena de bebés, matrimonios y reuniones que no interesan, solo que da acudir a este tipo de 
aplicaciones especializadas para encontrar a alguien que quiera ser algo más que un amigo.


Es una paradoja: la tecnología ayuda a crear ese individualismo –es fácil tener todo un catálogo de posibles parejas en la pantalla del celular– y también la usamos para buscar lazos con otras personas.

La última historia que recibí como respuesta a mi estado de Facebook, en donde recluté todas estas anécdotas sobre el amor virtual, fue la de Carolina. Ella –que también me pidió mantener su anonimato– tiene 35 años y después de que cumplió 30 empezó a abrir cuentas en todas las aplicaciones de citas que veía por ahí. Las tuvo todas. La primera que abrió fue Tinder –hace cinco años– y aunque conoció a una infinidad de personas, solo tuvo tres relaciones y una más o menos estable. “Con mi última pareja entendí lo mal paradas que estamos las mujeres en la vida”, dice. “No sé si fueron las películas o qué, pero a todos les dañaron la cabeza pensando que una vieja que sabe lo que quiere es una mujer fácil, o una lanzada, y que si los tipos sí demuestran lo que quieren es un acto de caballerosidad”.

Carolina salió con varios manes a pesar de que no le gustaban, solo para probarse a sí misma que todavía alguien podría interesarse en ella, de que todavía estaba activa en el “mercado”. Finalmente desistió de las redes sociales de citas porque se dio cuenta de que extrañaba ir a una fiesta y encontrar un man que le pareciera lindo, o de ponerse a hablar con el amigo de un amigo en un bar. “Sobre todo, estaba cansada de hablar con manes que pensaban ‘qué vieja tan necesitada’ solo porque estar en esa aplicación”, me dice. “Mi última salida fue con un tipo que hablaba todo el tiempo de él; ya había tenido una racha de malas citas y ahí paré. Estaba en un punto de la decadencia de las citas, donde uno ya se conforma con lo que surja porque los amigos están cuadrados y a uno le da pereza quedarse en la casa a punta de domicilios”.

Ella me hizo recordar mi historia con el alemán. Cuando me contó de su última relación me dijo que el tipo le echaba en cara a cada rato que no confiaba en ella solo porque era la que proponía los planes y porque ella había tenido la iniciativa en su relación, la dejó de invitar a salir y nunca le dio una explicación. También me cuenta que ahora va a algunos bares, se toma un trago, si ve a alguien que le interesa le habla, pero si nada funciona, se va a su casa: “Prefiero eso a que me dejen de hablar o me dejen en visto en WhatsApp. ¡Eso es una tortura!”, dice. “¿Sabes? Ahora las relaciones son muy raras. Todos son infieles, todos le dan like a todo… ¡Y qué pereza! Por eso no uso mucho Facebook y elimino cada cierto tiempo mis cuentas en otras redes sociales”.

Sería difícil saber cuántas aplicaciones para conseguir pareja existen en este momento. Según dijo Facebook –cuando en septiembre de este año anunció la prueba en Colombia de una aplicación de citas diseñada por ellos–, el negocio de citas por internet mueve alrededor de 3.000 millones de dólares anualmente. Además de Tinder, Bumble y Happn, también están Grindr –especializada en hombres homosexuales–, Badoo, Match.com, OKCupid y Coffee Meets Bagel. Entre las más excéntricas están NetPet, una aplicación para encontrarle pareja a su mascota; Raya, que solo acepta supermodelos, actores de Hollywood, jugadores de la NBA y reconocidos diseñadores de moda; y Luxy, a la que solo se puede acceder si se cuenta con un salario de más de seis cifras en dólares.

Los tiempos de Tinder son la peor época para los románticos. Tenemos un falso ideal de relación creado por las películas con finales felices. Y a las mujeres nos la pusieron más difícil, pues en algún momento la sociedad decidió que eran los hombres los que nos debían cortejar. Por eso, aunque levantar por cualquiera aplicación es fácil, lo difícil es hacer match en la vida real.

Bumble tiene más de 18 millones de usuarios regristrados y aquí solo las mujeres pueden iniciar las conversaciones.

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