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Una crónica gráfica con citas del gran escritor norteamericano, que en 1969 hizo la mejor narración del Apollo 11.

A finales de julio de 1969, mientras los astronautas del Apollo 11 iniciaban su viaje de regreso a la Tierra, el escritor Norman Mailer tomó un avión desde Houston hasta Boston, Massachusetts, para regresar a su casa en el pequeño pueblo costero de Provincetown. Estaba molesto. Había intentado conseguir los permisos para cubrir el amarizaje del Apollo 11 desde el Hornet –el barco que recogería a Armstrong, Aldrin y Collins en medio del océano Pacífico–, pero como su solicitud había sido rechazada, tuvo que ver la escena en su televisor, al igual que 200 millones de estadounidenses que por esos días tenían un ojo puesto en la Luna.

No era común que Mailer dejara el lugar de la acción durante un día clave de la reportería, pero faltaban menos de tres semanas para que se cumpliera el plazo para entregar la primera parte del libro que estaba escribiendo y quedarse en Houston lo hubiera obligado a asistir a alguna fiesta delirante que terminaría con botellas de whisky, latas de cerveza y prendas de vestir flotando en la piscina. Todos en Houston –y, en especial, todos los que trabajaban en el Kennedy Space Center– tenían razones para celebrar el éxito del Apollo 11, y aunque a él no le hubiera disgustado estar en alguno de esos lugares, era mejor sentarse frente a la máquina de escribir.

Mailer, que recién se había ganado el Pulitzer por Los ejércitos de la noche, había pasado uno de los meses más emocionantes de su vida siguiendo paso a paso el desarrollo de la misión espacial que, a grandes rasgos, resumía el espíritu de toda la cultura estadounidense de los años sesenta. Asistió en Houston a las ruedas de prensa previas a la misión, en donde pudo conocer los rasgos más significativos de los astronautas y mirarlos a los ojos para encontrar una respuesta a la pregunta más importante: ¿Era posible que tuvieran miedo? Fue a Cabo Kennedy, en la Florida, donde conoció el enorme edificio donde se ensamblaban los cohetes, entró al puesto de comando del Saturn V –describió las tres sillas de los astronautas como tres instrumentos de tortura parecidos a las sillas de un dentista– y presenció desde una distancia de cinco kilómetros el lanzamiento del enorme vehículo espacial de 110 metros de altura, que a veces comparaba con una enorme catedral blanca y, otras, con una enorme ballena como la de Moby Dick. Finalmente volvió a Houston, donde a los periodistas como él los sentaron en una especie de cine desde donde podían ver y escuchar, en tiempo real, todas las transmisiones de la Misión y las conversaciones con el Centro de Control. En síntesis, Mailer había sido testigo presencial, según sus palabras, de “la semana más grandiosa desde que nació Cristo”, y ahora, después de todas aquellas vivencias, tenía que organizar sus pensamientos para escribir una pieza capaz de describir la grandeza de ese evento, en toda su dimensión.

El libro Moonfire, de Taschen, se puede conseguir en Colombia. Próximamente estará disponible la edición especial para celebrar los 50 años del Apollo 11.

 ‘A fire on the moon’, la primera entrega de ese enorme reportaje, apareció por primera vez en la revista Life a finales de agosto de 1969. Después siguieron dos partes más, ‘The Psychology of Astronauts’ y ‘A Dream of the Future’s Face’. Todas hacían parte de su libro Of a Fire on the Moon, que fue publicado en 1970. En el 2009, Taschen lo tradujo al español bajo el título de Moonfire en una versión reorganizada, que está acompañada por cientos de fotografías históricas de la NASA sobre el proyecto Apollo.

Sin importar la versión, Mailer va mucho más allá de describir sus vivencias; también logra interpretar a los personajes y hacer reflexiones filosóficas sobre el nacimiento de esa era tecnológica, que fue también una revolución para la política y la cultura de su país. Consciente de que la dimensión histórica de la llegada del hombre a la Luna lo superaba a él como escritor, se inventó un personaje al que llamó Aquarius –en consonancia con los nombres mitológicos de los programas de la NASA– y fue él quien hizo las reflexiones más profundas: preguntas relacionadas con el nacionalismo estadounidense o con la dimensión ética que podía tener que el padre del programa de cohetes norteamericanos, Wernher von Braun, hubiera trabajado con Hitler; afirmaciones tan arriesgadas como que la llegada del hombre al espacio equivalía a la metástasis de una célula cancerosa cuando invade a la siguiente, y, sobre todo, la consciencia de que el mundo estaba entrando en una era irreversible en donde la tecnología estaba retando a Dios. Por eso, su pregunta más contundente, todavía es válida: “¿Fue el viaje del Apollo 11 la expresión más noble de la era tecnológica o la mejor evidencia de su absoluta demencia?”.

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Todas las citas son de Norman Mailer y fueron publicadas acá bajo autorización de Taschen.

El Edificio de Ensamblaje de Vehículos, en Cabo Kennedy, Florida. Foto: NASA.

“[En el Edificio de Ensamblaje de Vehículos] uno perdía la sensación normal de reconocimiento: podía uno estar en el interior de un puente construido bajo la cúpula de una enorme ciudad subterránea parcialmente edificada, o bien podía pensar uno que se encontraba en el andamiaje de una catedral monumental, pero incompleta, bella a esta luz tenue, en esta humosa concatenación de estructuras superpuestas, de alientos y vértigos y volúmenes de espacio abierto bajo este techo, vistas tentadoras de enormes cohetes escondidos por sus propios racimos de plataformas colgantes”. N.M.

La punta del Saturn V - Apollo 11 el 11 de julio de 1969, cinco días antes del despegue. Foto: JSC - NASA.

“No era que hubiese decidido de pronto adoptar como suyo el programa espacial, ni siquiera que lo aprobase parcialmente, sino más bien que había llegado a darse cuenta de que, fuera lo que fuese lo que le deparara a él el destino, saltaba a la vista que un nuevo Leviatán estaba a punto de ascender a los cielos, aunque nunca llegara a saber si para bien o para mal. Él, por lo menos, estaba allí, en pie ante la primera catedral de la era tecnológica, y lo menos que podía hacer era confesar que el mundo estaba a punto de cambiar, que el mundo había cambiado ya”. N.M.

El lanzamiento del Apollo 11 desde el área de prensa del Kennedy Space Center, Florida. Foto: Bettmann / Corbis / Taschen.

“Dos tremendas antorchas de fuego como las alas de un pájaro amarillo de fuego que cubrían el campo de relucientes florecimientos de llama amarilla, y en el centro, blanco como un fantasma, blanco como el blanco del Leviatán de Melville, blanco como el sagrario de la Madonna en la mitad de las iglesias del mundo, esta nave angélica, misteriosa, esbelta, hecha de secciones, que se levantaba del suelo sin hacer el menor ruido, surgiendo de su encarnación de fuego, ascendiendo despacio hacia el cielo, lenta, como nadaría el leviatán de Melville, lenta como podría elevarse en sueños, en busca de aire. Y todo seguía en silencio”. N.M.

El módulo lunar "Eagle" del Apollo 11, con Armstrong y Aldrin a bordo, fotografiado desde el Módulo de Comando "Columbia" mientras asciende hacia la órbita lunar. Después del encuentro el módulo sería desechado y el Columbia iniciaría el regreso hacia la Tierra. Foto: JSC - NASA.

La huella de la bota de "Buzz" Aldrin sobre la superficie lunar. Foto: NASA.

“Habría sido más extraordinario oír que la Luna no acusaba los pasos en forma de huella en su fino polvo, o que el polvo era fosforescente, pero también era milagroso que la reacción del polvo lunar fuese igual que la del polvo terráqueo. Ya había, pues, respuesta a una pregunta. Si la respuesta era corriente, por lo menos era una pregunta menos que quedaba en los espacios solitarios de la mente humana. […] ¿Era ese el poder que acechaba detrás de la fuerza que en este siglo había dado la victoria a la tecnología? ¿Que la tecnología, por lo menos, era una fuerza que intentaba obtener respuestas a preguntas que pasaban por no tener respuesta posible?”. N.M.

El primer paso de "Buzz" Aldrin en la Luna. Foto: JSC - NASA.

Panorama del Módulo Lunar en el Mar de la Tranquilidad, el lugar donde aterrizó el Apollo 11 en la Luna, fotografiado por Neil Armstrong. Foto: JSC - NASA.

“El verdadero heroísmo, pensó, consistía en comprender, y, precisamente por comprender, en sentirse más asustado ante la enormidad de lo comprendido, y, sin embargo, en aquel preciso momento había que estar dispuesto a realizar la hazaña que uno había considerado esencial. De esa manera, Julien Sorel había sido audaz al besar a Madame de Rénal, […] y también Cassius Clay había sido audaz al osar mostrarse grosero con Liston. Pero los astronautas, hombres valientes, partían del paradójico principio de que el temor, una vez vencido por el conocimiento, haría innecesario el valor. Su premisa consistía en que el universo no era una mansión majestuosamente arquitectónica, en equilibrio entre el mal y la nobleza, o una contienda en una llanura sombría, sino más bien un campo básicamente benigno, abierto a la investigación, y esta suposición era lo que ponía a Aquarius de pésimo humor”. N.M.

Uno de los astronautas acercándose al Módulo Lunar. Foto: Project Apollo Archive - NASA.

Buzz Aldrin preparando el paquete de experimentos científcos en el Módulo Lunar. Mientras duró la caminata esta base fue llamada "Tranquility Base".

“Era un cuerpo celestial que mostraba todos los indicios de haber perecido en alguna angustia del Cosmos, alguna angustia de apocalipsis, un rostro tan cruelmente puntuado como un acné hubiera dejado a un hombre cuya piel había muerto permaneciendo vivo el corazón. […] La Luna era como una vieja máquina de calcular enloquecida y anticuada, con una maraña de alambres todos quemados, un mudo campo de batalla de golpes y heridas y contusiones e impactos de todos los cuerpos voladores o viajeros, o partículas o radiaciones del sistema solar y de más allá incluso. La Luna hablaba de agujeros, torturas, cicatrices, quemaduras y fusiones de magma hirviente”. N.M.

El Módulo de Comando "Columbia", con Michael Collins a bordo, fotografiado desde el módulo lunar "Eagle" justo cuando comenzó la operación de alunizaje. Foto: JSC - NASA.

 

CITAS DE NORMAN MAILER (CORTESÍA TASCHEN)
RESEÑA POR JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
FOTOS: NASA Y CORTESÍA TASCHEN
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 148 - JUNIO 2019

 

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