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Los R-15, los asaltantes de bancos más famosos del país

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Los R-15, los asaltantes de bancos más famosos del país, son sinónimo de muerte, crimen y golpes espectaculares. El periodista Alejandro Aguirre nos cuenta su historia.

Los R-15 son sinónimo de muerte, crimen y golpes espectaculares. Hace un año asaltaron un carro de valores de la empresa G4S Cash, que dejó un escolta muerto y una bolsa de $210 millones hurtada, cuando pasaba por la Galería Santa Elena, la plaza de mercado más populosa de Cali, abriendo el último capítulo de la tercera generación de la mítica banda. Los R-15 –por las armas que usan– han matado más de 50 personas en sus asaltos, unas 100 han quedado heridas, han robado más de 20 carros de valores y han asaltado unos 50 bancos en seis ciudades del país de donde se han llevado más de $20.000 millones. Son una veintena de integrantes que se disfrazan, cierran calles, infiltran integrantes en bancos y Policía, sobornan empleados, se enfrentan a sangre y fuego con la ley. Esta es su historia.

Se trataba de tomarse tres sucursale de bancos a pleno día, con solo 12 hombres. Simular el cierre de una calle larga, detener el tráfico en hora pico, mantener de rehenes a una decena de oficinistas y robarse un gran botín sin hacer un solo disparo en apenas cinco minutos. Una locura.

Cuando uno de los asaltantes destruyó a tiros la puerta del primer banco y luego la del segundo, que estaba a metros para entrar a la fuerza, el plan se frustró. Eran las 5.25 de la tarde del martes 11 de junio de 1996, el sol amainaba y los habitantes del barrio Popular de Cali se enteraban a balazos del asalto. La puerta del tercer banco –que estaba a una cuadra– se desplomó cuando un asaltante disparó tres veces e hirió al guarda que se asomaba al sonido de los tiros. “Todos estábamos realizando las últimas diligencias hasta que la puerta se vino encima y todo se volvió un infierno”, dijo la secretaria de la jefatura de Análisis O perativo del Banco Ganadero, uno de los tres establecimientos asaltados. Los nueve bandidos –tres en cada banco-, encapuchados y amenazantes, entraron a empellones portando cada uno pistolas y mostrando fusiles R-15, un arma famosa por las matanzas colectivas. Afuera, el plan seguía: tres forajidos en moto paraban el tráfico como agentes azules simulando un operativo, pero a bala, con pistolas a dos manos, mientras una patrulla con tres hombres a bordo que pasaba por el lugar se enfrentaba con ellos. A esa hora, la carrera Primera –entre calles 41 y 42–, copiosa por el alto tráfico, por ser una vía que conduce a Palmira, era ya una playa solitaria. Era la mudez del asalto, del robo, del miedo. Entonces, sin nombre y sin cara, carcomido por los nervios, uno de los asaltantes gritó al unísono como quien tiene todo controlado, pero sin saber qué pueda pasar:

–¡Abajo, abajo…, todos abajo, todos al piso!... Quietos.

"SEGÚN LA POLICÍA, TRES PERSONAS SE ENCUENTRAN RETENIDAS". El País de Cali registró el 28 de agosto de 2003 la noticia de los escoltas asesinados en el centro de Cali cuando se enfrentaron a una banda de asaltantes que irrumpió en el edificio El Comercio, en pleno centro de Cali.

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Son conocidos como “La Banda de los R-15”. Tiene el nombre de una orquesta de mariachis o de corridos narcos. La Policía los llama así: R-15, a secas. Se autoproclaman de esa manera porque utilizan fusil AR-15 en sus asaltos, un arma rápida y potente que al apretar el gatillo y disparar se prepara automáticamente para tirar balas de nuevo. Es intimidatoria y ellos lo saben, por eso la usan. Su actividad delictiva se remonta a principios de los años noventa. Un agente de la Sijín dice que iniciaron labores en el barrio El Troncal, al oriente de Cali, en un lavadero de carros donde se reunían para acordar sus golpes. No eran maleantes cualesquiera: se vestían bien, andaban en buenos carros y, a veces, estaban con sus mujeres e hijos. Hay un mito inalterable: la banda siempre la han constituido expolicías o integrantes activos que infiltraban. Por eso eran invisibles ante las autoridades. No levantaban sospecha. Fueron –dice el de la Sijín– los que iniciaron el negocio del “gota gota” en Cali que hoy perdura entre empleados informales y cuya modalidad es prestar pequeñas sumas de dinero –entre 100.000 y 3 millones de pesos– con intereses que van entre el 5 y el 20 %. Esa práctica, que tiene varias décadas en el mercado, jamás ha podido ser detenida por las autoridades. Y es esa modalidad la que –según investigadores– hace que los R-15 pongan a circular en cuestión de horas el dinero robado.

Los R-15 tienen 23 años de actividad –distribuidos en tres generaciones y desde que dieron su primer golpe en 1993– y su perfil delictivo son los grandes asaltos a bancos, carros de valores y joyerías. Atacan sin piedad, sin importar quién los intente detener. También usan fusiles Galil y AK-47. Han asaltado fondos oficiales de recompensa, sede de oficiales retirados, casas de cambio, empresas de valores, licoreras, prenderías, casas privadas, hasta sedes ilegales de captación de dinero como el ocurrido el 15 de agosto de 2008 cuando Proyecciones D.R.F.E. fue víctima de los R-15. Esa vez, varios hombres se hicieron pasar por miembros de la Sijín y se robaron una caja fuerte con $100 millones. Su historial de muertes y asaltos es sombrío: han matado a más 50 personas en sus asaltos, unas 100 han quedado heridas, han robado una veintena de carros de valores y han asaltado cerca de 50 bancos en seis ciudades del país de donde se han llevado más de $25.000 millones, según la Policía. Cali, Pereira, Ibagué, Barranquilla, Bogotá o ciudades intermedias como Buga, Candelaria, Miranda o Puerto Aranda han sufrido sus embates. Por generación, pueden ser una veintena de integrantes los que arman los operativos de asalto y para cometerlos se disfrazan (como uno que pasó como carnicero, con delantal escurrido de sangre, en el último asalto a un carro de valores), cierran calles (como cuando cerraron una vía para asaltar tres bancos a la vez), infiltran integrantes en bancos y policía (como los once agentes capturados en una redada hace dos meses), sobornan empleados y se enfrentan a sangre y fuego con las autoridades.

A finales de 1995 –apenas tres años después de su debut–, la Policía resumió sus actos: diez asaltos en tres ciudades –Cali, Pereira e Ibagué– con pérdidas que sumaban $615 millones. El comandante de la Policía de Tolima de ese entonces los describió como una “banda cuyos golpes tienen una connotación nacional y está conformada por expertos en este delito”. Los bancos que sufrieron robos en esos años fueron el Colombia, Occidente, Cafetero, Popular, Ganadero y del Estado. La autoridad simplificó su accionar: actúan bajo un esquema planeado con meses, rutinas del banco, de sus empleados, de los carros de valores al momento de recoger y dejar dinero. Incluso, se hacen pasar por vendedores de dulces o repartidores de correo y pueden llevar a sus ilícitos martillos y sopletes para destruir puertas blindadas. La mayoría de estos asaltantes han respondido ante la ley por delitos como concierto para delinquir, prevaricato, cohecho, homicidio, tentativa de homicidio y hurto calificado y agravado. “Es –como dice la fuente de la Sijín– una empresa ilegalmente constituida”. Tan lucrativa que no importa si hay muertos.

 

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–¡Hijueputa’, nos asaltaron! –dijo el hombre.

En el interior del Banco Ganadero (señalado con la placa 42-55), el cajero Jorge Andrés Puerres se llevaba las manos a la cabeza mientras dejaba caer un manojo de billetes al suelo luego de que los asaltantes tiraron al piso la puerta tras varios disparos. “‘¡Hijueputa’, nos asaltaron!”, repetía. “Yo estaba cuadrando caja cuando vi al encapuchado que disparaba a la puerta. Luego uno de ellos se me vino encima y me golpeó con la ‘cacha’ del arma en la cabeza y cogió el dinero de la caja que había soltado”. Al lado, en el Banco de Occidente (42-45), el miedo se tejía. Los encapuchados hirieron a bala a Edwin Morales y Frank Fuentes, empleados del banco, y los dejaron sin respiro. La gente gritaba, y pedía ayuda, y lloraba acostada en el piso. Aquí, los ladrones se frotaban las manos porque cuando entraron justo la caja fuerte estaba abierta y el dinero se veía como oro. Se zambulleron.

No menos tenebroso sucedía en otro asalto una cuadra arriba, en el Banco Cafetero (41-51), cuando las balas de los R-15 hirieron al ahorrador Janer Ospina, al vigilante Arley Pinzón y a la secretaria de despacho del banco Francia Helena Alfaro, quien hacía un reemplazo a una empleada que estaba de vacaciones. Y no quería ir, diría luego. No demoraron más de cuatro minutos asaltando y huyendo. “Llegaron disparando. A mí me quitaron el revólver, me dieron dos patadas y me tiraron al suelo. Aquí hicieron un taquillazo, pues se llevaron solo lo de las cajillas”, dijo el vigilante Pinzón, que estaba solo como guardia, cuando siempre hay dos. Se sabría luego que se llevaron manojos de billetes de la caja fuerte. Pinzón cayó herido de rodillas tras fulminarlo una bala en una de sus piernas. “Ellos llevaban fusiles. Uno de ellos tenía cananas cruzadas en el pecho con munición como para darse tiros con otro un buen rato”, relató un testigo que en ese momento transitaba por el sector y que se lanzó al piso para evitar heridas. Disparando al aire huyeron en una camioneta doble cabina que luego abandonaron siete cuadras adelante, en el corazón del barrio La Isla, a orillas del río Cali, al norte. Dos días después no existían rastros de nadie, de nada. El monto del robo era un misterio. La locura salía: tomarse tres sucursales de bancos a pleno día bajo una lluvia de disparos. Y llevarse el dinero.

"A LOS TOPOS SE LO TRAGÓ LA TIERRA". El 27 de junio de 2004 se frustró el robo de los R-15 en Cali a quienes solo les faltaron 80 metros para llevarse el dinero cuando se armó un operativo en minutos y se descubrió un túnel de 200 metros que salía de una casa y llegaba a la bóveda de la compañía que guardaba más de $20 mil millones. Para la fecha del artículo el paradero de los planificadores y constructores del túnel era un misterio.

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La primera generación de estos asaltantes debutó a finales de 1993 cuando nueve hombres con fusiles R-15 asaltaron una sucursal del Banco de Colombia en Cali y se llevaron $23 millones. Casi un año después, el 10 de octubre de 1994, arremetieron contra el mismo banco, pero esta vez en una filial de Pereira. El acto fue demencial: un carro de valores que se disponía a sacar el dinero de esa oficina, nueve hombres adentro de la entidad intimidaban a los oficinistas, mientras cuatro más afuera paraban el tráfico y desinflaban a punta de disparos las llantas del automotor. El asalto dejó cinco muertos. Pero fue en 1995, entre julio y noviembre, cuando la policía les puso los ojos encima. En esos cinco meses robaron la joyería del Hotel Intercontinental de Cali y asaltaron tres bancos, uno de ellos frente a un CAI, donde los policías vieron el accionar mudos, de donde se llevaron más de $500 millones. Tras eso, las autoridades desplegaron operativos que llevaron a que se encontraran granadas en moteles y planos de cómo asaltar bancos. Se conoció un plano donde mostraban cómo se haría el asalto a la Caja Agraria de Miranda (Cauca), en una mañana de julio de 1996, que dejó dos agentes y un civil muertos, pero el dinero intacto.

Pero lo que colmó a las autoridades fue el día en que 11 hombres irrumpieron en la Joyería Eduardo Gómez, de Unicentro, en Cali, cuando el establecimiento cerraba sus puertas. Los asaltantes ingresaron al centro comercial y se enfrentaron a tiros con al menos dos vigilantes, uno de ellos caería muerto. Corría la noche del 9 de enero de 1997. El hecho dejó cinco personas heridas, dos de ellas menores de 14 años. Jamás se supo qué se robaron ni a lo que ascendía el monto. Lo que sorprendió fue que los asaltantes interrumpieron las frecuencias de los radios de la Policía y así retardaron el apoyo que necesitaba la seguridad privada a esa hora. Esto motivó a que se investigara no solo con más cuidado en el interior de la institución judicial, sino a la creación, por primera vez, de un grupo especial que investigara no solo para ese asalto, sino para los que se habían hecho hasta la fecha. El gobernador del Valle de la época, Germán Villegas, después de un consejo de seguridad extraordinario se vio en la obligación de incluiren la agenda diaria el tema que acorralaba a la ciudad. A eso se sumó que al final de ese mes, la Alcaldía de Cali se uniera a la iniciativa y  creara un fondo con recursos para pagar recompensas por información que diera de baja a los R-15. Julio César Martínez, secretario de Gobierno de entonces, destinó $200 millones para reintegrar la seguridad, treinta de ellos para perseguir a los ladrones de bancos.

"INCREÍBLE ASALTO EN CALI". Los R15 atravesaron un bus urbano en la vía para robar un carro de valores de la empresa Greg y Sons, que transitaba por la calle 7 con carrera 23, en el corazón de Cali. Los asaltantes huyeron con cuatro tulas que sumaban $1.200 millones.

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La segunda generación de estos asaltantes bajó su perfil. Partieron a otras regiones, midieron la posibilidad de cometer otros delitos y se purgaron en el interior de la organización. Eso significó que los planes fueran más exactos y contundentes. Que se marcharan unos y llegaran otros. Tal vez el que más se recuerde es el frustrado asalto del 27 de junio de 2004 cuando intentaron robar la empresa de Valores Atlas, a través de un túnel, en pleno centro de Cali, en un día impensado: un lunes festivo. Gracias a la oportuna suspicacia de un celador que se percató de que la alarma sísmica venía disparándose, a pesar de que no se registraban temblores, se evitó el robo. Allí, el hombre de seguridad vio tres orificios en la alarma que le causaron sospecha y llamó a su superior. Se armó un operativo en minutos y se descubrió un túnel de 200 metros que salía de una casa y llegaba a la bóveda de la compañía que guardaba más de $20.000 millones. Solo les faltaban 80 metros para dar el golpe y llevarse el dinero. Así cerró esta generación para darle paso a la de hoy.

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Se demora 7 segundos. No más. Nada se cocina en eso. Disparar 30 balas en una AR-15 se demora 7 segundos. Una friolera. Su tiro es seco, como cuando se cae algo metálico al piso, sin que rebote. La bala, dependiendo del calibre, alcanza los 400 o 600 metros. Es amora primera vista para los que jamás han disparado un arma, un juguete fino y peligroso para los troperos. Tiene un metro de largo y su peso es de menos de 3 kilogramos con el cargador vacío y las versiones con  cañón pesado de uso civil –las más populares– llegan a pesar hasta 4,3 kilogramos. Es tan letal que la mayoría de los chalecos antibalas que usan las autoridades colombianas no protegen de forma total contra los proyectiles. En la página web de Colt –su fabricante– la venden como “(un arma) de fiabilidad, rendimiento y precisión que proporcionan a nuestras Fuerzas Armadas (de Estados Unidos) la confianza para llevar a cabo cualquier misión” y se ofrece por US999, mientras en Ebay se puede conseguir todo tipo de accesorios para esta arma, que van desde adaptar y añadir culatas, linternas, cañones, láser, bípodes, hasta miras que son ajustables en elevación, que hacen de este un rifle atractivo para miles de civiles. Todavía están en la memoria las 26 víctimas que cayeron en la escuela primaria de Sandy Hook, en Connecticut, Estados Unidos, la mañana del 14 de diciembre de 2012, cuando el joven Adam Lanza disparó su rifle contra niños de 6 y 7 años y contra su propia madre, para entrar en la historia como la masacre más violenta de ese país. Es un arma de asalto.

No hay mejor arma que una Bushmaster AR-15 –como realmente se llama el fusil– para sentenciar un asalto rápido y exitoso, tal vez por su calibre ligero, preciso y de alta velocidad. Se volvió un clásico. Y esta banda, los R-15, podría tener una veintena para cada uno de sus miembros y arrasar en cualquier asalto.

 

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Tras dos décadas de operativos, asaltos y capturas, circuló una consigna en el interior de los R-15: nadie podía detenerlos. Eso significó que a hombres de la Sijín, la Dijín y la Policía les pusieran una lápida por acecharlos. El primer asesinato selectivo atribuido a la banda fue al jefe de Contraatracos de la Sijín, el teniente Francisco Javier Parra Argüello, de 27 años, quien recibió dos impactos de fusil R-15 en el pecho y el tórax cuando transitaba por la autopista Simón Bolívar, cerca de la sede de la Policía Judicial, la tarde del 30 de septiembre de 2008. El teniente desarrollaba varias investigaciones en torno a los atracos a entidades bancarias registrados ese año en Cali y Barranquilla y gestionó órdenes de captura para algunos integrantes de la banda lo que motivó a represalias. La Policía, según indagó, el asesinato del oficial, con cinco condecoraciones y más de 40 felicitaciones, se debió a que hacía investigaciones sobre 13 asaltos a bancos y uno a carro de valores y seguía las pistas a tres hombres, con antecedentes penales, que días antes fueron acribillados dentro de un carro. Uno de los muertos, Juan Carlos Gallego Mora, hacía parte de los R-15.

Sin embargo, el hecho más grave fue al año siguiente en la mañana del 11 de agosto de 2009, cuando el fiscal Jairo Martínez Solarte fue baleado por un sicario al momento de salir de su casa en el barrio Prados del Limonar, al norte de Cali. El funcionario, de 49 años y 24 al servicio de la Rama Judicial, era un curtido investigador de bajo perfil cuya ocupación principal ela constituía su trabajo y su hogar. Se comprometió aún más cuando inició las pesquisas para hallar con los responsables de los ocho atracos que realizó la banda R-15 y en el que estarían implicados otros uniformados. Por ese viraje, al parecer y según hipótesis, al fiscal pudieron haberlo asesinado milicianos al servicio de la banda. Los ataques a la autoridad –auxiliares, policías, agentes encubiertos– han dejado un resultado de 45 uniformados sin vida y varias decenas de personas de apoyo –guardas de seguridad privada, líderes comunales– inocentes que solo cumplían con su deber. Y miles de heridos por estar en el lugar y en la hora equivocados.

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Fue asaltante. Era de los que creían que el mundo le pertenecía porque robaba y pensaba que era millonario. Ahora va a misa todos los domingos temprano a una iglesia cristiana del barrio Floralia, al oriente de Cali, y pide por los suyos. Los sueños –dice– son los mismos que cuando delinquía. “Eso no cambia”, asegura. Llamémoslo “XY”. Debe rondar los 45 años. No tiene muchas ganas de hablar. Pero dice –con exactitud– que participó en diez asaltos, entre los años 2001 y 2008, una época sangrienta. Lo dice con precisión porque luego cayó en un operativo, aguantó en prisión, salió rápido y se retiró. Ya no quería usar máscaras. Es obrero de construcción ahora. No le interesa que el pasado y el presente tengan algo que ver. Antes: dinero, billetes, sueños de playa. Hoy: trabajo, escasez, tranquilidad. Ya no importa. “De eso queda una motocicleta”, cuenta. Deben quedar más cosas.

“Le voy hacer sincero: yo nunca vi, por ejemplo, a ese tal ‘Viejo’ (Winston Vargas) o a ‘la Belluda’ (William Gallego), ambos líderes y fundadores de los R-15. A mí me contactaban y ese contacto yo sabía que no iba a estar en la operación. Solo me daban una dirección, alguna instrucción sobre la zona para llevar el dinero cuando el golpe fuera efectivo (que todo haya salido bien). Era imposible saber quién delinquía con uno: todo el mundo usaba pasamontañas. Éramos invisibles. Era algo raro: sabíamos cómo operar, cómo robar, pero nadie se conocía con nadie. Usábamos el sistema Avantel porque –nos decían– era comunicación encriptada y era difícil de rastrear”. Frena y silencia. Dice que cayó en un operativo tonto porque se metió con su motocicleta en una calle ciega en el barrio Champagnat luego de un atraco. No habla del dinero que ganó. De ese billete en fajos. Dice –además– que no tiene un solo peso del dinero robado “porque en la cárcel me lo quitaron”. Le volvió el desinterés. Hace una venia frente a la iglesia. ¿Qué se necesita para robar un banco? Hay silencio. Responde: “Estar drogado, ser intrépido y tener mucha audacia. ¡Ah! Y saber qué vas a hacer luego con el dinero. Sí, en serio, porque yo lo robo porque lo necesito. ¿O no? Pero yo no supe qué hacer”, [se ríe].

 

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La primera captura importante de un R-15 fue la tarde del 21 de noviembre de 1998 cuando la Policía del Atlántico capturó a Emilio Acendra De Ávila –segundo en importancia– en el Hospital Universitario de Barranquilla, adonde llegó herido tras cinco impactos de bala al tratar de robar un banco una semana antes. De Ávila recibía supuesta atención médica luego de un atraco. Tenía un prontuario aterrador: dos órdenes de captura por atraco a mano armada a una joyería y a tres bancos en un mismo año que sumaban casi $150 millones.

Cinco meses después, el Cuerpo Técnico de Investigaciones de la Fiscalía capturaba a Víctor Alfonso Arboleda Uribe, Agustín Ramón Del Valle Angulo, Franklin De la Cruz Duque y César Enrique Pérez Sarak, integrantes de la banda y sindicados de ser los presuntos autores del asalto cometido a las oficinas del Banco Ganadero de la calle 58 con carrera 46 de Barranquilla, donde hurtaron más de $200 millones y mataron a un policía. Tuvieron que pasar tres años para que cayera uno de los fundadores de la banda, Harold Armando Camacho, cuando intentaba dar un golpe a la casa de cambios Moneygram en Cali. Camacho se haría luego célebre la tarde del 11 de diciembre de 2000, cuando a la altura de la calle 9 con carrera 3 –zona custodiada por la estación de Junín– él y otros cómplices interceptaron el carro de valores de la empresa Atlas y se apoderaron de $3.800 millones en efectivo, uno de los botines más cuantiosos de su historial. Este asalto vinculó a una decena de personas como coautores del hurto. A finales de enero de 2003 arrestaron a Wílmer Hernández Díaz mientras intentaba un asalto a un carro de valores en Bogotá. Ese año, ya estaban tras las rejas Mauricio Marín Cruz –socio de Camacho– así como Willington Malatesta y Luis Ramiro Ojeda, “Comandante Jaime”.

La primera purga interna de los R-15 recayó sobre el expolicía Winston Vargas Camacho, “el Viejo”, acribillado una tarde de febrero de 2004 en un estanco de la autopista Sur. Natural de Buenaventura, la Fiscalía le tenía proferidas tres órdenes de captura por asaltos a bancos y carros de valores. Entre el 2004 y el 2010, unas 25 personas fueron capturadas y vinculadas a decenas de procesos por participar en más de 20 operativos de asalto. El más importante en caer fue William Gallego, “la Belluda”, sindicado de ocho cinematográficos atracos en los que se robaron más de $4.600 millones y por ser partícipe del asesinato del teniente Francisco Javier Parra, jefe del grupo de Contraatracos de la Sijín de Cali. Gallego fue capturado cuando salía de su casa en el barrio El Caney luego de permanecer meses escondido en una caleta. Sin embargo, entre el 2011 y el 2013 muchos R-15 recuperaron su libertad. Se habla de nombres como Pavarotti, Charles, Guizao, el Negro, Niño, un expolicía; Julián, y Leonardo Gordillo Puerto, Leo, que –según investigadores- delinquían con el Señor y la Señora Smith, los últimos R-15 activos.

La última captura R-15 fue John Mario Hortúa, “Pinocho”, de 39 años, y conocido lugarteniente de Chupeta. Fue contactado por “el Señor Smith” para el operativo que daría con el último asalto antes de su captura, un robo a un carro de valores en Santa Elena, pero no aceptó, según comunicaciones interceptadas por la Policía. Este hombre estaba vinculado al “Clan Úsuga” y perteneció a la segunda generación de la banda. A otro que vinculan con los R-15 es a Juan Carlos Vacca, “Dimax”, capturado en septiembre pasado, cuyo palmarés lo vincula con oficinas de cobro y de participar en asaltos a apartamentos y carros de valores.

 

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El Comando de la Policía Metropolitana de Cali y Valle no hablan mucho de los operativos. Por eso, hablar aquí de los R-15 no es un tema relevante. Pocos dan razón. No hay fotografías de sus asaltos ni de los implicados en los casos. Es fácil entenderlo: han vinculado a decenas de policías con los R-15 en más de dos décadas. El brigadier general Nelson Ramírez, comandante de la Policía Metropolitana de Cali, quien llegó el pasado diciembre a la jefatura, asegura que ya no existen estos asaltantes. “Era una banda que se dedicaba a hurtos en grandes cuantías en bancos, residencias y otros lugares, pero fue desmantelada por parte de la Policía”. Eso, la verdad, no es del todo claro. “Que se hagan llamar ‘Los Intocables’ o con otro nombre no los aleja de la realidad: son R-15. El modus operandi es igual a los primeros ladrones de hace 20 años”, dice una fuente de la Dijín. Hace un par de años, el comandante de entonces, Hoovar Pinilla, quien decía que trabajaba 20 horas y que hasta el pasado diciembre estuvo en la institución, nunca opinó mucho porque no sabía si delinquían o habían desaparecido.

Ramírez agrega que las investigaciones continúan y que ya se les dictó medida antimural –ya no son de la institución y tienen una privación temporal– a los policías capturados y continuarán en todo el proceso penal que eso conlleva. “No estoy hablando de una estación en particular –se le indagó sobre la estación de Junín–. La Policía está desarrollando una política de transparencia (‘Plan Transparencia’) y venimos adelantando investigaciones, malas conductas y estructuras criminales; infortunadamente hay uniformados vinculados”, dice el brigadier, refiriéndose a lo ocurrido en el Caso Sucre, en el que 11 uniformados fueron detenidos el pasado marzo, donde la mayoría eran de la estación de Junín.

 

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El último atraco de esta banda ocurrió a principio del año pasado –4 de febrero–, el “Señor Smith” –como el protagonista de la película de Brad Pitt y Angelina Jolie– comandó un asalto a un carro de valores. “El Señor Smith”, o como realmente se llama, Wílmar Cardona, abrió el último capítulo de la tercera generación de los R-15, que para muchos parecía extinguida. Junto con él, delinquía su compañera María Judith Olivar, “la Señora Smith”, y según las autoridades fueron hasta su captura el año pasado, la pareja más escurridiza de asaltantes. El último asalto de la “la pareja Smith” fue al mediodía de ese miércoles en el supermercado Mercar. Dos motos y un carro irrumpieron en la carrera 19 con calle 23 y abrieron fuego contra los guardas de seguridad de la empresa G4S Cash Solutions que en ese momento salían del autoservicio con las tulas del dinero recogido. Los delincuentes llegaron disparando y le propinaron dos tiros en la cabeza a un guarda, quien murió mientras era trasladado a un hospital. Los heridos se contaban con las manos. Pero había algo más: la banda tenía tres infiltrados al frente del operativo. Uno, por ejemplo, se hizo pasar por carnicero y otro por vendedor de minutos que ayudaba a informar antes del ataque. El saldo: una bolsa de $210 millones hurtada en el corazón de la Galería Santa Elena, la plaza de mercado más populosa de Cali.

La pareja ha estado presa en dos ocasiones y, según la Policía, recuperaron la libertad a finales del 2011. La primera condena que recibieron fue tras lo ocurrido el 5 de diciembre de 2005 cuando atravesaron un bus urbano en la vía para que se detuviera un carro de valores de la empresa Greg y Sons, que transitaba por la calle 7 con carrera 23, en el corazón de Cali. Tras el hecho, los atracadores descendieron del bus disparando, tirando explosivos incendiarios al capó del carro del dinero, mientras eran apoyados por asaltantes que llegaron en moto y obligaron a los conductores a descender. Una fuente de la policía dice que “la Señora Smith” disparaba un fusil R-15 a la llegada de los policías. La escena era aterradora, mientras los asaltantes huían con cuatro tulas que sumaban $1.200 millones y los testigos enmudecían. Al cierre de ese día, la policía blindó la ciudad y en un operativo sin precedentes que incluyó Ejército, dieron con la captura de cuatro de los asaltantes, entre ellos “la pareja Smith”, quien tenía en su poder solo una tula y varias armas de fuego. “El Señor Smith”, diez meses antes, había sido detenido por el asalto a otro banco y gozaba de libertad luego de que un juez le otorgara la detención domiciliaria. Hasta el pasado 8 de mayo de 2015, cuando Cardona volvió a caer en el centro de Cali. Esta vez, según una fuente de la Sijín, se debió a que alias Piri –miembro de la banda y testigo protegido– dio su testimonio para su captura. Luego caerían otros: José Salazar, Leonardo Gordillo, “Leo”, y Harold Villota, “el Calvo”.

 

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Los R-15 están de regreso, con otra gente, pero con el mismo modo de operar. El pasado martes 8 de marzo, dos policías fueron capturados en la estación de Aguablanca, zona neurálgica de Cali, por su vinculación en millonarios hurtos que habrían sido cometidos por esta banda hace dos y tres años en Cali. Los hurtos –según fuentes de la Fiscalía– fueron realizados en apartamentos donde se robaron cerca de $1.400 millones. “Ellos llegaban de primeros a las escenas de los hurtos porque eran avisados por los delincuentes después de perpetrados los robos. Esto llevaba a que ellos se robaran las evidencias”, relató la fuente de la Fiscalía que filtró los nombres de los implicados: el patrullero Óscar Hernán Pinilla Cruz y el subintendente Diego Mauricio Palacios Quintero, quienes fueron detenidos. Los cómplices aprovechaban que hacían parte del equipo Contra Atracos de la Sijín para prestar toda la colaboración a fin de que esta organización pudiera cometer los robos. Uno de los casos más sonados fue el robo de $1.200 millones de un apartamento el 26 de junio de 2012, en el barrio La Flora, al norte de Cali, que salpicó al senador Roy Barreras –el inmueble está a su nombre–. La Fiscalía indicó que un líder capturado de los R-15 los acusó de integrar la banda y cometer este último robo.

Tres días después, en un operativo televisado, el grupo Jungla de la Policía Nacional, con 200 hombres armados como si persiguieran terroristas, derribaron puertas y búnkeres de varias casas del barrio Sucre, tal vez la zona más deprimida del centro de Cali, y capturaron a 26 personas, entre ellas 11 uniformados. Muchos de los capturados se dedicaban a la distribución de alucinógenos, tráfico de armas, sicariato y a recibir dinero de los traficantes de drogas. Estos policías arrestados pertenecían a la estación de Junín, el comando más controvertido de la Policía de Cali. Es que esta estación, una vieja casa de un piso, con el tejado mohoso y escondida en el barrio Junín, siempre ha sido el fortín de los R-15 para infiltrar policías. Un uniformado, entre risas, asegura: “De Junín, o salís capturado o te trasladan”. La zona operativa de este comando se mueve en una decena de barrios, entre marginales y populosos, que facilita que los policías se integren a órdenes de los bandidos por dinero. Solo entre los años 1998 y 2006 se registraron 12 asaltos a bancos y carros de valores en la zona donde tiene injerencia el comando. Hasta ahora ni “el Señor Smith”, ni “la Señora Smith”, ni el patrullero Pinilla, ni el subintendente Palacios han contado detalles de los robos. Nadie lo ha hecho. En las películas tampoco. Hay muchos trucos, muchos secretos y mucha magia. Hay, también, mucha audacia, ambición y sueños. Todos saben que el plan perfecto no existe, que esas frases cortas que aprendieron en las películas –“manos arriba”, “todos abajo”– son imperfectas y que todo esto fue una locura. Siempre ocurre lo mismo: es más fácil robar un banco que guardar un secreto.

 

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