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Test: ¿qué tan lagarto es usted?

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En el terreno político y social colombiano existen todo tipo de micos, ratas y sapos. Conozca de cerca los tipos de lagartos que existen en nuestra sociedad.

Ellos están en todas partes y no pierden oportunidad de halagar, hacer un favor o pedir una cita. Se aparecen en los cocteles, en la oficina y, en ocasiones, hasta en el baño de un restaurante. Son ellos, los lagartos, la única especie de nuestra fauna social que no está en vías de extinción y que, silenciosamente, aceptamos o toleramos a regañadientes, quizá porque dentro de cada colombiano hay un pequeño lagarto. ¿Será cierto?


Identificar a un lagarto no tiene misterio. No hay que hacer una maestría ni ser parte del equipo de CSI (Crime Scene Investigation) para dar cuenta de ellos. Este top five le ayudará a ratificar los sufrimientos que usted ya habrá experimentado:


– Un lagarto siempre creerá estar bien vestido, pero desde su punto de vista muy particular.

– No le puede faltar una tarjeta personal, la cual muestra casi siempre al primer contacto.

– Tiene un repertorio de chistes que repite en toda reunión y que celebra ruidosamente.

– Siempre tiene una anécdota con un tipo poderoso: recuerdo que Álvaro me llamó, Juan Manuel me aconsejó, Alfonso me regaló…


– Y para completar, no les puede faltar un mentor al que se refieren todo el tiempo.


Pero más allá de las características que algunos tienen y otros soportan, la pregunta es el origen mismo de los lagartos, por qué se les llama así, y si, de alguna manera, los individuos de esta especie han logrado evolucionar.
En un país rico en fauna política, en la que se destacan los “micos”, aquellos torcidos que meten en los proyectos de leyes; o los “elefantes”, para denotar el ingreso de la mafia a las campañas; y los presidentes o expresidentes “cargados de tigre”, no es de extrañar que existan los lagartos.


Bueno, también es un país de “sapos”, que delatan a las “ratas” dela corrupción, y es una sociedad que convive con el hacer “conejo”, por aquello de no pagar las cuentas, y que tiene entre sus conductas más discutidas el ser “perro” o “perra”, sin mencionar a las “zorras” y sus primas las “lobas”.


Lagarto, como diría el columnista Ricardo Silva, tiene una directa relación con que se “arrastran” y tienen sangre fría para pedir sin vergüenza o escamas o caparazón para hacerse resistente a las críticas.


Para sorpresa de muchos, estos reptiles de coctel, oficina o club no son personajes recientes. El Diccionario de colombianismos los incluyó en su segunda edición de 1953 con una definición contundente: “Empleado y no empleado que merodea sobre todo por ministerios y toda clase de oficinas públicas para intrigar o beneficiarse a costa del Gobierno. Entrometido. Intrigante. Asiduo visitante de las redacciones de los periódicos para llevar colaboraciones espontáneas o para hacerse citar en las columnas…”.

Lagarto, la Evolución


No todos tienen una mala idea de ellos. El historiador Juan Esteban Constaín considera que es un término ofensivo, propio del “clasismo bogotano que busca señalar a todo aquel que le va bien y no es de clase alta”. Constaín dice, además, que ser lagarto fue el único camino que les quedó a muchos para ascender en una sociedad colonial y señorial, en una vida con muchas angustias e inconvenientes. Los defensores de las especie argumentan que de alguna manera todos somos, hemos sido o seremos lagartos y prueba de ello son las expresiones: “me voy a lagartear unas boletas”, o “voy a lagartearme un puesto”.


¿Válido? ¿Cierto? Mientras medita la respuesta mire a su alrededor y descubra cuántos lobistas y relacionistas públicos practican sin crítica alguna algo que nuestro spanglish presenta como “lobby” o “PR”.


Es la evolución del lagarto, dirán algunos, a una especie socialmente más aceptada y con un grado de refinamiento. Como cuando los piratas recibían el título de corsarios. Bueno, ninguna de las dos explicaciones les gustará a los relacionistas públicos y lobistas, quienes verán estos dos últimos párrafos como un coñazo. Pero al trazar la línea divisoria entre lagartos y relacionistas, las diferencias son mínimas: el relacionista y el lobista busca contactos efectivos para una empresa o proyecto. ¿Y el lagarto? Lo mismo, pero para él mismo.


Hay lagartos, dice Ricardo Silva, que evolucionan a lobistas, porque “convierten su vocación en una profesión. Ganan dinero y su éxito depende de la discreción que tenga”. Otros se convierten en “manzanillos”, es decir, trabajan en las regiones en temas electorales o de maquinaria pura.
Ser lagarto o no serlo, he ahí el dilema


Cierre los ojos y piense en un lagarto. Sí, ahí están. ¿Ya los ve? Ahora, organícelos por sectores: política, justicia, farándula, deportes. Muy seguramente usted habrá pensado lo mismo que pensó la mayoría.


A quienes les hicimos esta pregunta no dudaron en mencionar como lagarto a Roy Barreras, el senador que canta, declama, habla de paz, de guerra, de mecánica electoral y hasta de salud, su profesión, porque es médico. “Todos los caminos conducen a Roy”, me dijo alguna vez un reportero del Congreso, para significar que no hay tema al que no se le mida. Otro me confesó que alguna vez en un consejo de redacción pidió a sus colegas que no hablaran tan fuerte de política, porque “de pronto va y se entera Roy y nos llama a ofrecer sus declaraciones”. ¿Querer opinar de todo da para ser calificado de lagarto? ¿Confundimos lagartería con exposición mediática o ser pantallero, o denigramos de un senador que quiere trabajar a toda hora y desea mostrarlo a sus electores? Las respuestas vienen y van de acuerdo con la percepción que se tenga de Barreras.


Pero para ser más directo se lo preguntamos a él: “¿si en su campo de acción fuera tildado de incurrir en prácticas lagartas, usted que respondería?”. Y respondió: “Hay una doble moral, hipócrita y farisea, en la que todo el mundo intenta sacar sus intereses individuales.


Desde el más genuino dirigente comunitario, hasta el más interesado lobista empresarial. ¡Todos se rasgan las vestiduras!”. Una periodista radial, conocida por sus preguntas incisivas, me sorprendió al decirme que no veía a Roy Barreras como un lagarto. “Creo que ya tiene mucho poder. Si en algún momento ‘lagarteó’, ya no lo hace. Ahora, creo que le lagartean es a él”.


Y algunos ni siquiera quisieron opinar. El abogado Abelardo de la Espriella, uno de los juristas más mediáticos, a quien algunos consideran lagarto, prefirió no hablar del tema, porque en el momento de escribirse esta nota estaba atendiendo una defensa relacionada con el tema del lobby o cabildeo.


Lagartos o no, es difícil rotular una persona bajo estas características y más difícil que una persona acepte serlo. Tal vez tenga razón Constaín cuando dice que es un término despectivo y clasista que deberíamos erradicar. Y también puede tener razón Roy Barreras cuando habla de esa doble moral cuando intentamos, todos, de alguna manera, sacar nuestros intereses individuales.


Se ha preguntado, por ejemplo, ¿qué tan lagarto es usted? Si le atormenta la pregunta, por favor, responda el siguiente test.

¿Qué tan lagarto ha sido, es o será usted?


+ ¿Visita con frecuencia la oficina de su jefe para mostrarle qué ha hecho, qué está haciendo o para contarle qué va a hacer?

+ + ¿Dice en público que siempre sigue los consejos de su jefe y que por eso su vida es muy exitosa?


+ + ¿Su avatar en Twitter incluye una foto con su jefe?

+ + ¿Imposta la voz y, pese a tener varios diciembres en su calendario, habla con tono gomelo y cuando menciona al presidente o a un ministro los llama confianzudamente Juan Manuel, Juan Fernando, Gina o María Ángela?

+ + ¿Habla sin cesar de las elecciones y en sus conversaciones cuenta chismes de los políticos y se ufana de que a algunos de ellos les da consejos?

+ + ¿Celebra de manera exagerada los chistes de los políticos y cuando se ve con ellos les celebra sus aparentes logros?

+ + ¿Ante la inminencia de un concierto llama a un amigo de un amigo para pedirle un par de boleticas en la zona premium y desiste de usar su tarjeta de crédito?

+ + ¿Sigue la máxima de Carlos Moreno de Caro de decir “a mí no me invitaron, pero tampoco me dijeron que no podía venir”, para ir a todos cocteles?

+ + ¿Cuando aparece el fotógrafo de las páginas sociales toma un vaso de licor y corre a saludar a quienes están fotografiando en ese momento?

+ + ¿Llama a un amigo de un amigo que trabaja en una aerolínea para que le hagan un upgrade y pueda disfrutar de primera clase sin tener que usar sus propias millas?

+ + ¿Se deja seducir por invitaciones extrañas de carácter comercial para visitar a otros países, sin importar los compromisos que adquiera?

+ + ¿Usa su acceso a las salas VIP para ver qué otros lagartos hay en la sala o quién le puede lagartear mientras se toma un trago?

+ + ¿Se presenta como consultor internacional pese a que todos saben que está detrás otro lagarto, “lagarteando” un puesto?

+ + ¿Llama a un viejo compañero del colegio o la universidad para felicitarlo por su más reciente ascenso y, de paso, preguntarle si puede enviarle su hoja de vida?


+ + ¿Les dice a sus amigos que varias firmas de cazatalentos están detrás suyo, pero que usted no las acepta porque el sueldo y las primas de cumplimento no lo convencen?

Resultados:


- Si respondió de manera positiva más de una pregunta de los puntos 1 al 3, usted es un lagarto de oficina. No le quepa la menor duda.

- Si respondió de manera positiva más de una pregunta de los puntos 4 al 6, usted es un lagarto político y muy posiblemente no se ha dado cuenta de que es un “manzanillo”.

- Si respondió de manera positiva más de una pregunta de los puntos 7 al 9, usted es un lagarto de coctel.

- Si respondió de manera positiva más de una pregunta de los puntos 10 al 12, usted es un “lagartazo” de aeropuerto.

- Si usted respondió de manera positiva más de una pregunta de los puntos 13 al 15, usted es un lagarto desempleado.

- Si usted respondió de manera positiva más de una pregunta en estos cinco grupos de lagartos, por favor, pase por su capa de “Superlagarto”, no disimule más y vuele sin pena de coctel en coctel y de aeropuerto en aeropuerto hasta conseguir un mejor puesto o, por qué no, un lugar en la política. Eso sí, ¡ni se le ocurra llamarnos!

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