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La leyenda de los Hells Angels

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En los años sesenta los clubes de motociclistas llegaron para desafiar cualquier tipo de autoridad. ¿Qué había detrás de los chalecos de jean, los parches bordados y el uso desmedido de la violencia?

Un motor de dos cilindros en V de 1.200 c. c., 180 kilos de peso, exhostos cromados, asientos de cuero y la posibilidad de tomar una autopista a 140 kilómetros por hora. En el Estados Unidos de la posguerra, una motocicleta era el sueño de cualquier hombre. “Para competir, para trabajar, para su defensa civil”, decía un aviso que mostraba a un hombre –camisa blanca, perfectamente peinado– sobre una Harley-Davidson con uno de esos inmensos motores que los mecánicos de la época empezaban a llamar ‘Big Twins’ y que por más de treinta años fueron adoptados por el habla popular, simplemente, como Harley 74, por sus 74 pulgadas cúbicas.

Eran pocos los motociclistas que usaban sus vehículos solo para ir de la casa al trabajo. El desarrollo de las autopistas y los caminos en Estados Unidos permitía recorrer toda la costa de California en unas cuantas horas: “En 1950 las motocicletas eran tan escasas que la gente que las manejaba se ponía feliz de encontrar compañía”, dice Hunter S. Thompson en su libro The Hell’s Angels, escrito en 1965. Era cuestión de tiempo para que empezaran a aparecer bares y restaurantes con decenas de motos en frente, donde los conductores entraban a estirar las piernas, tomar una cerveza, jugar billar y hablar con sus compañeros de la ubicación de los patrulleros obsesionados con poner multas por exceso de velocidad.

Un Angel en 1984. Foto: (CC0 1.0) Bart Molendijk / Anefo.

Algunos, medio en serio y medio en broma, adoptaron nombres para estos clubes, como ‘Los Comandos de Market Street’ o ‘Los Bastardos Molestos de Bloomington’. Varios de los motociclistas entrevistados por Thompson afirman que el ambiente de estos clubes era sobre todo festivo, pero para la familia estadounidense con dos pequeños baby boomers que iban de camino a visitar a los abuelos, un encuentro con los ‘Bastardos Molestos’ en un lugar donde predominaban las chaquetas de cuero y la testosterona podía resultar un poco agresivo.

La década de 1950 marcó un punto de giro: gracias a películas como The Wild One –con Marlon Brando– y Rebel Without a Cause –con James Dean–, las motos dejaron de ser vistas como vehículos y empezaron a cultivar una fama que aún hoy, en ciertos círculos, se relaciona con la violencia, el peligro y la rebeldía. Todo empezó en 1947, en Hollister, un pequeño pueblo de 4.500 habitantes justo al sur de San Francisco, donde la Asociación Americana de Motociclistas (AMA, por sus siglas en inglés) organizó su encuentro anual durante el fin de semana del 4 de julio. Ellos no contaban con que llegarían 4.000 motociclistas, incluso algunos que pertenecían a clubes que no estaban afiliados a su asociación, atraídos por la tradición de la fiesta y las carreras que la AMA había organizado desde 1927. Antes del primer día, las calles del pueblo estaban llenas de botellas de cerveza vacías y los residentes no pudieron dormir en tres días por las competencias que hacían algunos motociclistas borrachos, quienes aceleraban sus motos en neutro simplemente para encontrar cuál sonaba mejor.

Una foto publicada en la revista Life fue el detonante: se trataba de un hombre sentado en una gigantesca motocicleta con una gorra mal puesta, una camisa abierta hasta el ombligo, una botella de cerveza en cada una de sus manos y decenas de envases vacíos a su alrededor. “El 99 % de los motociclistas son ciudadanos decentes, de bien y obedientes de la ley”, dijo la AMA en un comunicado de prensa. “Los condenamos. Y también serían condenados si montaran a caballo, en mula, en tablas de surf, en bicicletas o en patinetas; desafortunadamente, escogieron las motos”, cita Thompson a uno de los directores de la asociación.

La reacción de muchos clubes de motociclistas, sobre todo en California, no se hizo esperar. Acogieron con orgullo el honor de pertenecer al 1 % de los outlaws y, fieles al espíritu beatnik de la época, desafiaron las normas: dejaron de usar cascos protectores y gafas de aviador para protegerse del viento, comenzaron a usar chalecos de jean –que eran chaquetas a las que les arrancaban las mangas– a los que cosían orgullosos el parche de su club y el ‘1 %’ que los identificaba como “fuera de la ley”. Thompson los describió como trabajadores que, sin embargo, no querían someterse a la responsabilidad que implicaba un empleo fijo: “Los que trabajan usualmente lo hacen en jornadas parciales o saltan de un empleo a otro, haciendo muy buen dinero una semana y ni siquiera un dólar la siguiente. Son estibadores, almacenistas, camioneros, mecánicos y porteros que buscan cualquier lugar donde se paguen bien las horas y donde no toque firmar un contrato”. George Christie, un exmiembro de los Hells Angels, conversó en el 2016 con Vice y resumió esta filosofía: “Podía ir a cualquier parte de California sabiendo que tendría un sofá en el que pasar la noche o un taller en el que arreglar la moto”.

Según Thompson, la motocicleta de los outlaws podía ser cualquier moto grande y de alto cilindraje pero la elección más popular era la Harley-Davidson con motor de 74 pulgadas cúbicas: no era muy costosa, su funcionamiento era sencillo, los repuestos se encontraban en todas partes y, sobre todo, eran hechas en Estados Unidos. Usarlas enaltecía su espíritu patriótico. Algunos usaban antiguas motos Indian, pero nunca hubo ningún miembro de un club con una Triumph inglesa, una BSA y mucho menos con las diminutas Honda o las Suzuki que empezaban a ser importadas de Japón. Hoy en día, en cambio, un vistazo rápido a las páginas de Facebook de los Hells Angels muestra una variedad impresionante de marcas y modelos.

Los Hells Angels son el club de motociclistas más reconocido en el mundo. Foto: (CC BY 2.0) Lee Brimelow

 

Los Hells Angels era uno de los clubes más conocidos del momento. Había sido fundado en 1948 en San Bernardino, un suburbio de Los Ángeles, y en muy poco tiempo había logrado expandirse a través de todo California. Para 1960, había clubes con su nombre –autorizados por ellos, claro está– en Oakland, San Francisco y Sacramento, entre muchos otros lugares. El secreto de su éxito, según Thompson, es que se tomaban muy en serio la pertenencia al club: “La mayoría de los otros clubes son solo outlaws en sus ratos libres, pero los Angels asumen el rol los siete días de la semana: visten sus parches en la casa, en la calle y hasta en el trabajo y van con sus motocicletas al minimercado de su barrio para comprar una botella de leche. Un Angel sin sus colores se siente desnudo y vulnerable, como un caballero sin su armadura”.

En 1965, los Hells Angels se convirtieron en el club más famoso de Estados Unidos. Pero no por una buena razón: para celebrar el Día del Trabajo decidieron reunirse en una playa de Monterey, pero al día siguiente todo un contingente de la Policía los obligó a dejar el pueblo por dos denuncias que afirmaban que varios de sus miembros habían violado en grupo a dos mujeres jóvenes que habían querido participar en la fiesta. A los cuatro miembros de los Hells Angels que fueron arrestados los liberaron pocas horas después por falta de pruebas. Sin embargo, el reporte de la Policía fue una bomba mediática y al día siguiente su nombre salió en todos los periódicos del país. Incluso, hablaron de ellos en el Capitolio: “Son la forma más baja de los animales”, dijo un senador que exigió una investigación inmediata sobre el crimen en las autopistas.

En una de las escenas de su libro, Thompson recupera una conversación entre un policía de San Francisco y un periodista que le pregunta por el escándalo de Monterey.

–Esto es una guerra –dice el policía.

–¿A qué se refiere?

–Usted sabe a qué me refiero. A los Hells Angels, esos desadaptados en moto.

–¿Se refiere a cualquier persona que vaya en una motocicleta?

–Los inocentes tendrán que sufrir junto con los culpables.

Otros eventos le sumaron peso a la leyenda: en 1969, los Grateful Dead recomendaron a los Hells Angels para cuidar la tarima en el festival de Altamont, que sería el Woodstock californiano donde los Rolling Stones terminarían su primera gira histórica por Estados Unidos. Jerry García era cercano a Sonny Barger, uno de los líderes del club, y habían asistido a varios conciertos juntos. “Nos dijeron que nos iban a pagar 500 dólares en cerveza si nos encargábamos de que nadie pisara la tarima de los Rolling Stones”, dijo Sonny Barger en una emisora local. Sin embargo, el evento fue un caos: ni siquiera los Hells Angels estaban listos para enfrentarse a la masa de 300.000 personas que asistió al festival.

En el documental Gimme Shelter es posible ver a los Angels abriendo un camino con sus motos por entre el público y manteniendo a raya a los fanáticos que se querían subir al escenario tirando golpes con tacos de billar. En un momento, mientras Mick Jagger canta Under my Thumb, un miembro del club le propina varias puñaladas a un hombre que saca un arma de su bolsillo: “Uno puede poner juntos medio millón de jóvenes ingleses y ellos no se van a empezar a matar”, dijo Keith Richards cuando le preguntaron sobre el hecho después del concierto. En contraste, Sonny Barger escribió en su autobiografía que fue gracias a él que los Stones terminaron el concierto: “Keith Richards dijo que se iba a bajar del escenario a menos de que nos calmáramos; yo le puse una pistola entre las costillas y le ordené que siguiera tocando”. Al final, gracias a los videos registrados en el documental, Alan Passaro, el Hells Angel acusado de asesinato, demostró en los tribunales que había actuado en defensa propia.

Hells Angels en Berlín. Foto: (CC BY-SA 3.0) Fridolin Freudenfett (Peter Kuley)

 

La imagen violenta del club aún se mantiene. En 1999, Matt Groening hizo una sátira del grupo de outlaws más famoso en un capítulo de Los Simpsons, en el que un grupo llamado Hells Satans invade la casa familiar porque Homero había tenido la osadía utilizar su nombre sin permiso. El líder del club, un tipo de barba y pelo largo que usa una sucia chaqueta de jean a la que le arrancó las mangas, entra con su motocicleta hasta la cama de Homero y lo obliga a tragarse, literalmente, todas las prendas que llevan el nombre de su club.

Sin embargo, la cotidianidad de este club parece ser mucho menos emocionante. En uno de los retratos más cercanos, Thompson cuenta cómo 30 miembros de los Hells Angels llegaron una noche a una estación de servicio en medio de una autopista de California: “Dijeron que necesitaban un lugar para arreglar sus motocicletas. Yo les di una mirada, les dije que el lugar era de ellos y me fui asustado de allí”, le dijo el dueño de la estación al escritor. “Después de una hora finalmente reuní el coraje para regresar a ver si la estación todavía existía. Los Angels estaban terminando: el lugar no tenía un rasguño, lavaron con gasolina cada herramienta que habían usado y la habían puesto exactamente en el mismo lugar donde la encontraron. Incluso limpiaron el piso. El lugar estaba más limpio que cuando ellos llegaron”.

Actualmente, los Hells Angels cuentan con alrededor de 470 capítulos –o clubes autorizados para llevar su nombre– en 58 países. Colombia inauguró uno este año. Según se puede observar en sus páginas de Facebook, suelen organizar eventos que van desde fiestas con strippers hasta recorridos de varios días por distintas ciudades de Europa. “Los outlaws clubs no son violaciones, pillaje ni crimen organizado. Pero tampoco son el coro de la iglesia ni los Boy Scouts”, dice un texto bastante difundido entre sus miembros. “La verdad es que los clubes de motociclistas que se autoproclaman como outlaws son rebeldes, rechazan el establecimiento y son muy críticos frente a las fuerzas del orden y los abusos del gobierno a las libertades individuales”.

La sede de los Hells Angels en Nueva York. Foto: (CC BY-SA 3.0) Beyond My Ken

Los Hells Angels viven en una contradicción. Aparecen en la lista de las “pandillas de motociclistas por fuera de la ley” que investiga la división criminal del Departamento de Justicia de Estados Unidos y en los últimos años, sobre todo en Canadá, ha habido arrestos que vinculan a los miembros del club con redes sólidas de tráfico de drogas; pero, por el otro lado, son una organización legalmente constituida que defiende con los dientes el copyright de su nombre, que ofrece merchandising oficial para todos sus clubes oficiales –no permiten que quienes no son miembros la usen– y que no teme demandar a empresas tan grandes como Disney o Toys “R” Us por usar su logo sin su consentimiento expreso.

Ya sea por dentro o por fuera de la ley, la leyenda de los Hells Angels se trata de los valores que incluyen en su lema: lealtad, honor, respeto mutuo y disciplina. Una hermandad que solo se crea después de recorrer cientos de kilómetros, de ayudar a despinchar una llanta, a cambiar un repuesto o a ganar una pelea en un bar. Un pacto que va mucho más allá de un bautismo o de una iniciación, porque es realmente incondicional. Por eso, en sus páginas de Facebook, medio en serio y medio en broma, muchos de sus miembros comparten una frase que resume su carácter: “Un amigo te ayuda a mover, pero un hermano te ayuda a mover un cuerpo”.

JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 146 - ABRIL 2019

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