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¿Por qué no hemos vuelto a la luna?

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La última vez que un hombre pisó la luna fue en 1972. Desde entonces, los planes de establecer colonias se convirtieron en ciencia ficción. ¿Qué pasó?

Teníamos grandes planes para la Luna.

Wernher von Braun, el científico alemán que había ayudado a los nazis a construir los misiles V-2 y que luego había escapado a los Estados Unidos para seguir su sueño de la infancia de construir cohetes que llevaran al hombre a las estrellas, pasó buena parte de los años cincuenta abogando por la ida del hombre al espacio. Su visión, que compartió por todos los medios que pudo –en artículos en la revista Collier’s, por ejemplo, o en cortos de Walt Disney (apareció en tres, hablándoles a los niños con marcado acento alemán)–, era casi sacada de un libro de ciencia ficción: Estados Unidos construiría estaciones espaciales tan grandes que podrían acomodar a docenas de personas a la vez y necesitarían generar gravedad artificial rotando constantemente; los astronautas utilizarían trajes espaciales con múltiples brazos para armar bases y estaciones durante sus caminatas espaciales, y las misiones lunares durarían semanas en las que habría camiones transportando bienes por los cráteres de la Luna. ¿Le parece conocido? Las ideas de Von Braun eran muy similares a las que Stanley Kubrick eventualmente llevaría a la pantalla grande, quizá porque Harry Lange, que había trabajado en la NASA con Von Braun, también fue reclutado para la producción de 2001: Odisea al espacio.

Varias décadas después, sabemos que la llegada a la Luna no se pareció en nada a eso. Y no hay que culpar a la tecnología, sino a la carrera espacial.

Para 1958, el año en el que la NASA fue creada por el Congreso de los Estados Unidos, ya los soviets habían puesto dos satélites en el espacio y, el 12 de abril de 1961, Yuri Gagarin se convirtió en el primer cosmonauta y en el primer hombre en orbitar la Tierra, descendió a orillas del Volga y, según cuenta el libro Light This Candle, de Neal Thompson, le dijo a una pequeña niña campesina, con su uniforme anaranjado y su casco en mano: “Soy soviético y vengo del espacio”. Estados Unidos, entonces, se puso la meta de poner a un hombre en la Luna y tenía todos los factores alineados para ganar: apoyo político, apoyo del público, una cantidad inigualable de fondos para concederle a la NASA (en su mejor año, el presupuesto de la agencia espacial era del 4,41 por ciento del presupuesto federal) y un boom tecnológico que permitió convertir las imposibilidades en obstáculos superables en poco tiempo. El problema fue que, cuando el Apollo 11 estaba listo y Neil Armstrong se encontraba a punto de convertirse en el primer hombre en pisar un astro más allá de la Tierra, el Congreso de Estados Unidos y los estadounidenses empezaban a encontrar poca utilidad en la idea de llegar a la Luna. Como escribió Tom Wolfe, la llegada del hombre a la Luna fue “un gran salto a la nada […]. Había sido una batalla por la moral en casa y por nuestra imagen en el extranjero. Y, bueno, ganamos, pero no tuvo ningún significado táctico en lo absoluto”. En medio de la carrera espacial, se perdió la visión de llevar a la humanidad a las estrellas y de convertir al Homo sapiens en una especie interplanetaria, como han propuesto científicos como Carl Sagan, Neil deGrasse Tyson y el mismo Wernher von Braun. Luego, sin el apoyo ni el dinero necesarios, las ambiciones y los objetivos de la NASA se encogieron considerablemente.

La última misión tripulada a la Luna fue el Apollo 17. Gene Cernan y Harrison Schmitt –el primer y único científico que pisó el satélite– llegaron a bordo de un modelo similar al módulo lunar que había llevado a los primeros astronautas y, según las transcripciones de la NASA, sus últimas palabras antes de dejar esa tierra grisácea fueron: “Ahora, vámonos; olvídate de la cámara”. No fue para nada ceremonioso y, desde entonces, nadie más ha dejado su huella allá.

Claro, que no hayamos mandado a un hombre a la Luna en más de cuatro décadas no significa que no hayamos vuelto a la Luna. Solo en los últimos años han sido enviadas catorce misiones exitosas a la superficie o la órbita selenita. Hubo sondas de impacto, como la misión del cohete Centauro y del satélite LCROSS que envió Estados Unidos en el 2011: el primero fue un cohete que impactó un cráter cercano al polo sur lunar a unos nueve mil kilómetros por hora, levantando una nube de polvo que el LCROSS examinó desde la atmósfera para mandar los resultados de vuelta a la Tierra –uno de sus grandes logros fue ayudar a confirmar que, en efecto, hay agua congelada bajo la superficie lunar– antes de estrellarse en ese mismo lugar. También se han enviado misiones no tripuladas, como el rover Yutu-2, con el que China logró explorar el año pasado la cara oculta de la Luna para enviar varias fotografías hacia la Tierra; de paso, fue un gran logro después de que el primer robot que la Administración Espacial Nacional China envió a la Luna cinco años antes falló mecánicamente tras un par de meses y tuvo que despedirse del mundo con una carta publicada por la agencia de noticias del Estado: “Buenas noches, Tierra; buenas noches, humanidad”. Y, por supuesto, siempre están las sondas, que monitorean constantemente desde los campos de gravedad del satélite hasta los terrenos aptos para posibles impactos y alunizajes. Además, la Luna es hoy mucho más democrática que antes, pues aunque las grandes entidades como la NASA y Roscosmos (la agencia espacial rusa) siguen en el juego, ahora hay nuevos jugadores como la Agencia Espacial Europea (ESA), los chinos, los indios y hasta una compañía privada de Luxemburgo que lanzó la primera sonda privada en volar cerca de la Luna como un homenaje a Manfred Fuchs, fundador de la compañía aeroespacial OHB.

Sin embargo, poner de nuevo a un ser humano en el satélite parece ser un despropósito. A la pregunta “¿Por qué no hemos vuelto a la Luna?”, mucha gente responde “¡No hay nada allá!”. Eso no es del todo cierto, claro, pues este inhóspito lugar cuenta con recursos, como agua congelada, que pueden ser minados para crear colonias o hacer combustible para viajes espaciales; incluso este lugar brinda la oportunidad de preparar nuestras tecnologías –vehículos, hábitats, trajes y demás– para viajes a otros planetas. Lo que sí es cierto es que ninguno de estos propósitos es un plan realista, ni para Estados Unidos ni para ningún otro gobierno capaz de llegar hasta allá. Por ahora, la exploración lunar solo contempla misiones científicas que permiten investigar más sobre el origen del sistema solar y sobre la antigua historia de la Tierra (la Luna tiene, después de todo, tres mil quinientos millones de años), temas sobre los cuales los políticos y los contribuyentes piensan dos veces antes de invertir miles de millones de dólares.

Sin embargo, últimamente, la idea de volver a la Luna está ganando tracción en Estados Unidos, especialmente por su presidente, que quiere demostrar que “América es grande de nuevo”. No hay mayor momento de orgullo nacional que cuando Estados Unidos les mostró el dedo a los rusos al poner una bandera estadounidense en suelo lunar. Así que, si bien el interés del público está dividido y el presupuesto es mucho menor, la NASA está centrando sus esfuerzos en una nueva misión lunar por orden expresa de Donald Trump. Esta vez la idea es tener una presencia constante, como sucede en la Estación Espacial Internacional: “Esta vez, cuando vayamos, iremos para quedarnos”, dijo este año el director de la NASA, Jim Bridenstine. Así nació la misión Artemisa, cuya finalidad es llevar a la humanidad –incluyendo esta vez a una mujer– de vuelta a la Luna antes del 2024, en una expedición científica al polo sur lunar.

El plan de la NASA, en papel, es simple: empieza por mandar una pequeña estación espacial llamada Gateway a orbitar la Luna. La estación servirá como base de operaciones de cualquier misión y será el punto de partida desde el que los astronautas podrán descender a la superficie lunar. Gateway sería pequeña, pero permitiría que haya una presencia constante en órbita y tendría potencial para convertirse, en un futuro, en una estación de aprovisionamiento para misiones que vayan más allá, como a Marte.

Ahora bien, ya en la práctica, la NASA está un poco atrasada en sus objetivos: el Space Launch System, el cohete más poderoso que se haya construido y que se viene planeando como el sistema de propulsión de todas las misiones espaciales futuras de la NASA, todavía no está listo. El plan original era poder hacer vuelos de prueba para el 2017, pero se atrasaron para el 2020. Además, el módulo espacial Orion, que fue pensado para llevar hasta a cuatro astronautas más allá de la órbita baja terrestre –el límite de todas las misiones tripuladas desde la última expedición a la Luna– tampoco ha pasado más allá de la etapa de prueba. Eso sin contar que no se ha puesto ni el primer tornillo de la estación espacial Gateway. NASA espera que otras agencias espaciales, como la ESA y Roscosmos, se sumen a contribuir, pero en comienzo tendrán que ser los americanos quienes financien la estación. Al menos ya empezaron a asignar los trabajos a contratistas, si de algo sirve.

También es cierto que, al menos de forma germinal, hay una nueva carrera espacial: el rival de Estados Unidos esta vez no es Rusia, sino China. Los chinos han dejado claras sus intenciones de convertirse en un titán de la exploración espacial, con la idea de que para la octava misión de su programa actual –el Chang’e 8– puedan empezar a dejar los cimientos de una base lunar en la superficie, probablemente utilizando tecnologías de impresión 3D.

La presidencia de Donald Trump, un hombre que se destaca por su agresivo espíritu de competencia con China, está obsesionada con una nueva conquista de la Luna. ¿Maniobras políticas más que avances científicos? Sin lugar a dudas. Pero ese puede ser un buen combustible para volver a encender los motores de la exploración espacial y dejar de pensar que estamos atrapados en esta roca, cuando hay tantas otras por explorar y una de ellas, la Luna, está justo al lado.

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