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Whisky en el cómic: un perfil de Haddock

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HADDOCK, EL CAPITÁN MÁS FAMOSO DEL CÓMIC, PODÍA SER UN BORRACHO SIN REMEDIO, PERO TAMBIÉN ENCARNABA TODOS LOS VALORES DE LA AMISTAD.

Si no fuera por Haddock, Tintín estaría muerto. El capitán, con su clásico buzo azul y su gorra de marino, fue el aliado del reportero más conocido del cómic: lo ayudó a escaparse de las tripas de un barco carguero que navegaba por el mar Rojo, lo liberó de un secuestro en el sótano de un castillo donde vivían unos traficantes de antigüedades, y estuvo a punto de sacrificarse cortando la cuerda que lo sostenía de un acantilado en medio del Himalaya, para que Tintín y Milú pudieran seguir escalando la montaña a salvo.

Sin embargo, nada de eso hubiera sido posible sin el whisky.

Loch Lomond, el whisky predilecto de Haddock, llevaba el nombre de una destilería de Speyside que había durado solo tres años en el siglo XIX. Sin embargo, la destilería fue reinaugurada en 1964, 30 años después de que la marca apareciera en los libros de Tintín.

Cada vez que se veía obligado a salir de su castillo en las campiñas belgas por un arrebato de Tintín, Haddock no hacía más que refunfuñar. Para él, la buena vida se podía resumir en escuchar la radio al lado de una mesita donde siempre debía haber una botella de single malt, un vaso de cristal y una cubeta con hielo; sin embargo, siempre conseguía aprovisionarse: en medio de su viaje a la Luna, su trago se convirtió en una esfera debido a la gravedad cero, y en casos extremos, como cuando estaba sobre un camello en medio del desierto o cuando estaba empezando su travesía hacia el Tíbet– dejaba a un lado los modales y sacaba la botella para bebérsela de una sola vez. Se podría decir que su mayor enemigo era Hergé –el autor del cómic– que siempre introducía un evento que destruía su botella; pero unas pocas viñetas después aparecía Haddock con su whisky de reserva dispuesto a servirse un segundo trago.

Y aunque su pasión por el whisky era desmedida, Haddock no temía buscar otras fuentes –excepto el agua– para saciar su sed. Eso sí, tenían que valer la pena: como la vez que se encontró varias botellas de ron jamaiquino en un naufragio pirata en el fondo del Caribe, y fue tal su emoción que se lanzó al agua sin su escafandra de buceo. No hay que seguir su ejemplo, pero sí su pasión: al fin y al cabo es gracias a esa personalidad tan firme, humana y comprometida, un alter ego necesario para el heroísmo sin mancha de Tintín, que la serie alcanzó más de treinta volúmenes y se convirtió en un ícono del cómic.

 

JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 149 - JULIO 2019

 

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