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Neil Armstrong, el primer hombre en la luna

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Pudo haber dicho la frase más celebre del Apollo 11, pero era un tipo de pocas palabras y, sobre todo, un piloto excepcional.

 El 3 de septiembre de 1951, Neil Armstrong era un joven de 21 años que prestaba servicio en la guerra de Corea como piloto de un Grumman F9F Panther, uno de los primeros jets de combate de la Armada estadounidense. Su caza debía defender los aviones de reconocimiento que tomaban fotografías en un puerto norcoreano y mientras volaba entre las colinas que rodeaban la ciudad a más de 500 km por hora, la punta del ala de su avión fue cortada de tajo por un cable de acero que las defensas antiaéreas habían atravesado de una montaña a otra. Armstrong controló la situación y fue capaz de volver rápidamente al territorio aliado, donde hizo una maniobra de eyección antes de que el jet se estrellara.

La práctica hace al maestro. Y para 1969, cuando ocupó el puesto de comandante en el Saturn V que iba hacia la Luna, Armstrong, el ingeniero aeronáutico que había nacido en Wapakoneta –un minúsculo pueblo de Ohio que apenas aparece en los mapas–, era uno de los pilotos más experimentados que había en Estados Unidos. “Es el mejor aviador que conocí en mi vida”, dijo Buzz Aldrin en el 2012, después de la muerte del primer hombre que puso su pie sobre la Luna. Y no exageraba: después de pilotear jets en Corea, Armstrong les tomó gusto a los motores a reacción y condujo más de 13 modelos modificados para probar tecnologías de punta. Ya en los años sesenta, voló a más de 6.000 km/h y llegó al límite de la estratósfera en el X-15, el avión experimental que utilizaba la NASA para investigar las condiciones en los límites del espacio.

Era un hombre pragmático y de cabeza fría: no temía aterrizar un avión supersónico en un desierto –con el riesgo de quedar enterrado– para averiguar si el sitio era apto para emergencias, pero quedaba aterrado ante las preguntas de los periodistas y sus declaraciones no pasaban de un balbuceo para negar su dimensión de héroe y resaltar que los astronautas, simplemente, eran personas que hacían su trabajo. Por fortuna, alguien en la NASA lo aconsejó y su frase, una declaración de paz para la humanidad desde la Luna, lo inmortalizó en todos los libros de historia.

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