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Malcolm Lowry bajo el mezcal

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UNA DE LAS GRANDES NOVELAS DEL SIGLO XX ES UN HOMENAJE DIRECTO AL LICOR MEXICANO POR EXCELENCIA.

Mucho antes de que fuera un producto de lujo en las tiendas de licores, de que se pusiera de moda el mito del gusano y de que los bartenders finalizaran el penicillin con el característico aroma ahumado de la tierra de Oaxaca, que perfectamente podía reemplazar al single malt más potente de Islay, el mezcal era un verdadero trago de hombres.

Todos en el sur del Río Bravo se sabían esa lección de memoria, pero el escritor inglés Malcolm Lowry tuvo que aprenderla a la fuerza. Por eso dejó la comodidad de Hollywood, donde recibía algunos dólares por hacer guiones de películas, y se fue a Cuernavaca, donde descubrió la camaradería mexicana, las tortillas y las típicas cantinas, que eran algo más que un techo que echaba sombra para resistir el calor insoportable sobre un montón de mesas donde la gente tomaba cervezas, tequila o mezcal. De sus viajes por México, Lowry sacó los personajes de su novela, el ambiente de las cantinas –desde donde, como él decía, “se veía la calle como un horno ardiente”–, y de su caótica relación con su primera esposa sacó el argumento de su novela más conocida: Bajo el volcán, una especie de Ulises ambientado en Latinoamérica, donde a lo largo de todo un día –el día de los muertos de 1938– el personaje principal, El Cónsul, un diplomático inglés, explora toda su vida a través de una interminable borrachera.

BAJO EL VOLCÁN fue publicado en 1947. Otro libro que recoge las experiencias mexicanas de Lowry es La mordida, donde denuncia la corrupción del país latinoamericano.

 

Bajo el volcán deja algunas enseñanzas etílicas importantes. Por ejemplo, que entre un escaparate de finas botellas de whisky difícilmente un hombre entenderá cuál es su verdadera identidad; que el tequila puede llegar a resultar tan saludable y refrescante como una cerveza y que el mezcal, “ese líquido incoloro con aroma de éter, que sabe a agua oxigenada o petróleo”, solo es refrescante si se toma una sola copa: nunca hay que beber una segunda, a menos de que se quiera, como hizo el Cónsul, ser consciente de la eternidad, de que “la tierra es una nave fustigada por la cola del Cabo de Hornos y condenada a no llegar nunca a su Valparaíso”.

La borrachera de Lowry fue épica: estuvo encarcelado varias veces en Oaxaca, pasó una noche de Navidad en la comisaría y en la década de 1940 fue deportado de México por negarse a pagarle un soborno a un oficial cuando le pidió sus papeles en una cantina. Pero Bajo el volcán se convirtió en una de las grandes novelas del siglo XX y el único responsable de eso, además de Lowry, fue ese sabor ahumado del agave destilado.

JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 149 - JULIO 2019

 

 

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