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En 2008, Belisario Betancur aceptó hablar para DONJUAN, pese a su poco contacto con los medios. Este perfil muestra al ex presidente más humano, más sensible y su cara más desconocida.

Él habla. Y su palabra recorre con dulzura y con delicadeza los recuerdos, hasta los más recónditos, como si supiera que –de golpe– podría ser la última vez que la memoria los visite. Y como es un viejo sabio que pudo comprobar tanto en los caminos de los arrieros antioqueños como en los clásicos griegos que las cosas existen en la medida en que se las nombra, mientras más historias y pensamientos descubre con sus recuerdos, más oculta con su omisión un dolor, que de todas maneras está ahí, dentro de él, latente, bien plasmado en una pared enorme, incendiada, golpeada por disparos de fusil y de cañón, llena de inscripciones –muchas de ellas aterradoras– que ha preferido no mirar de frente desde hace más de veinte años. Y no sólo por esto –porque no habla del pasado– podría afirmarse que Belisario Betancur es un político distinto dentro del grupo de los que han ostentado la Presidencia en Colombia. Tiene, por ejemplo, un acuerdo bien interesante con las directivas y los parlamentarios de su partido, el Conservador: está permanentemente a disposición de ellos para las consultas que quieran hacerle, pero es el único ex Presidente de Colombia que no se pone bravo cuando no le hacen caso. Sabe perfectamente que las decisiones las toman ellos y que su tiempo de influir públicamente en las políticas de Estado terminó el día que finalizó su mandato y puso un pie afuera de la Casa de Nariño. Desde entonces el mundo para él es distinto…

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“Fundé un periódico clandestino, escrito a mano, con este propósito; Señor, Señor; te rogamos y rogaremos sin fin, / que caigan ra yos de m..../
al profesor de latín/. García Márquez dice que el primer rayo de esa materia me cayó a mí. Y me echaron, con la primera edición”.

Si usted hace un recorrido por la vida y la obra de Belisario Betancur durante las últimas dos décadas se podrá encontrar frecuentemente con palabras que no forman parte del lenguaje habitual de sus colegas ex presidentes: poema, verso, lienzo, flores, alma, escultura… Y no le importa aparecer en un medio tan varonil y agresivo, un poco liviano, tal vez distraído, de repente afeminado. Belisario conoce el poder transformador de la sensibilidad y lo ha aplicado en su entorno sin descanso, con un resultado bien particular. Su gestión está enfocada –con éxito– a la creación de bienestar, a la construcción de sueños, al diseño del futuro y a la imaginación del pasado sin rencores. En consecuencia, puede definir a Alfonso López Michelsen, uno de sus más acérrimos contradictores políticos, como una “explosión de picardía, cultura e inteligencia”. Aunque no cabe duda de que los asuntos del país forman parte de su agenda, cuando piensa en cuál de todas las cosas que no ha podido hacer hasta ahora le gustaría llevar a cabo, no duda en responder, “un óleo”. Qué lo emociona hasta las lágrimas: una flor, una cadencia, un poema, una pintura de Caravaggio. Qué cualidades aprecia en sus amigos, dos no muy relacionadas con el ejercicio cotidiano de la política nacional: el amor por la cultura y la sinceridad. ¿Los colombianos que más admira? Al general Antonio Nariño y a José Celestino Mutis, quien pasó casi cincuenta años en el país, razón más que suficiente para considerarlo paisano. Una escuela de lealtad y de nobleza: la experiencia al lado de Laureano Gómez y Álvaro Gómez Hurtado. ¿Ser godo? En su caso, el tema viene por la sangre; le llegó sin ser consultado, pero por el camino pudo conformar una ideología conservadora. (Pero para ser godo por sangre y convicción intelectual, mostró siempre una extraña rebeldía que le costó ser expulsado del colegio, del seminario, de la Universidad y de varios grupos políticos). Y como buen godo –y a pesar de las “pensaderas” filosóficas que lo han asaltado durante años– tiene una buena relación con la Santa Madre Iglesia, tanto es así que hace parte de un grupo de 32 sabios del mundo que conforman la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, entidad creada e impulsada personalmente por el papa Juan Pablo Segundo. Viaja a Roma, se reúne con los jerarcas de la Iglesia; atiende personalmente todas las actividades de la Fundación Santillana, aconseja políticos sin pedir nada a cambio, impulsa tareas culturales en donde lo requieran, disfruta intensamente de su casa en Barichara. Vivir a plenitud cada instante no es una frase de cajón en el caso de este hombre: procura suministrarse todos los placeres posibles, desde los más sofisticados –relacionados con la belleza en todas sus expresiones– hasta los más comunes, como la arepa de maíz de pelao con la que desayuna todos los días. Una arepa singular, tanto que no se consigue en Medellín. Es una variedad de arepa que sólo fabrican los campesinos antioqueños, que se hace con maíz de pilón y a la cual se le echa la lejía, o sea la ceniza del carbón de palo. Belisario la consigue en una fonda cerca del aeropuerto de Rionegro. Asegura, jurándolo, en serio, que cuando come esa arepa oye la quebrada, y todo le sabe a monte… “lo juro”. Le creemos.

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“Yo, el ayudante de arriería, cambié primero de profesión y me volví chapolero; después cambié a vitrolero, era el que ponía los discos de 68 en una anciana vitrola de cuerda, con el perrito de la Víctor; y era el que cambiaba las a gujas, era algo así como el cantinero o barman, y el disquero o disyockey, para decirlo con más elegancia”.

Y su afán de construir realidades nuevas con las herramientas del arte y de la extraña lógica de lo simple, lo llevó a convertirse en un galán contundente, capaz de edificar una nueva vida en pareja después de perder a su esposa adorada, Rosa Helena Álvarez –su apoyo, su gran inspiración– tras de 50 años de matrimonio. “Me sentí muy solo”, recuerda Belisario. “…Y por cierto, en ese momento David Manzur me tendió la mano. Me dijo, venga para el taller…, métase en una actividad, aprenda a pintar. Y me tuvo dos años, aprendiendo a dibujar; caligrafía, anatomía, la ese itálica, los colores, las distintas técnicas...”. Y así dio con unos elementos de consolación que junto con la presencia de sus hijos y nietos (ya tiene una bisnieta) le ayudaron a soportar una soledad difícil de entender para un hombre que nació y creció en un hogar con 22 hermanos, 17 de los cuales no lograron sobrevivir a las implacables condiciones del subdesarrollo. Y así las cosas empieza a asomarse a la vida del ex presidente Betancur la señora Dalita Navarro, entonces directora del Centro Venezolano de Cultura y al mismo tiempo agregada cultural de la Embajada de Venezuela. Trabajaban juntos ocasionalmente y todo estaba circunscrito a gestiones de tipo cultural hasta que una tarde, almorzando con Gloria Zea y María Mercedes Carranza, envalentonado por unos tragos, se paró de su asiento y se acercó a la mesa contigua, donde se encontraba Dalita con una amiga venezolana y con un “señor muy distinguido que la estaba cortejando”, según recuerda Belisario. Su propósito era uno y muy definido, “declararle mi amor a Dalita Navarro”. (Hoy Belisario Betancur ya no toma, “ni un vino”, mejor dicho “ni un aguardiente” para que lo entiendan mejor sus amigos de siempre). El arrojo le dio buenos resultados. Ahora disfrutan de una vida en pareja que el ex Presidente no duda en describir como rica, en todos los sentidos de la palabra. “Es rica estéticamente, filosóficamente, literariamente. Estamos juntos, pero en nuestra casa cada quien tiene su cubículo, cada cual se ocupa de lo suyo, pero todo el tiempo nos mandamos señales. Lo mismo ocurre en Barichara…”. Y Barichara es un referente obligado en la vida del ex presidente Betancur. Llegó allá, hace años, de la mano de su hija Beatriz, quien con unas amigas y su hermana María Clara compró y reconstruyó una vieja casa en ese pueblo. Después de la muerte de su esposa Rosa Helena, regresa con Dalita –quien había pasado por allí rumbo a Venezuela–
y entienden que en ese lugar está parte importante de su destino. Ella se trae unos cuantos bolívares que tenía ahorrados en Caracas y compran su primera casa. Tiempo después construyen una más grande, hecha a la medida de sus sueños y diseñada por el arquitecto Juan Camilo Gaviria, nieto de Belisario. Allí han fundado escuelas de artes y oficios, apoyan a la comunidad en asuntos de formación académica y disfrutan de los amigos, de la paz, del silencio. Viven.

"Vivía en vacaciones porque a pesar de que sabía leer y escribir y las cuatro operaciones, no me matriculaban en la escuela porque la ley lo prohibía, había que tener siete años y yo solo tenía tres y medio. Misiá Rivera me enseñaba cosas más adelantadas y me llevaba de la mano para hacer planas y tener la letra barroca que tengo, por cierto bastante amanerada".

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Por ahora lograr que Belisario Betancur hable de Armero o del Palacio de Justicia es un imposible. Su decisión de no referirse a estos y otros asuntos de su gobierno parece inquebrantable y está confinada, de manera exclusiva, a los requerimientos de los jueces. Buscar grietas en esta postura del ex Presidente es para cualquier reportero –y así lo demuestran los registros de prensade los últimos veinte años– una tarea muy complicada. Este silencio también se ha extendido a los temas de la política contemporánea.  Sin embargo frente a los problemas que aquejan a la nación tiene una certeza: Falta un propósito nacional. O sea, poder construir caminos aceptados por todos y transitar por ellos sin tener en cuenta el tiempo y la política. En ese sentido Belisario no oculta su admiración por el presidente Uribe. Cree que es un buen pedagogo (el elogio más generoso procedente de un hombre que cree en la educación casi como en Dios), y que –con aciertos y desaciertos– está descubriendo esos propósitos nacionales. Así, aterriza en un complejo estado político que describe con la frase, Soy enemigo de la reelección, pero voto por Uribe. Cree que está gobernando bien y que posee una gran capacidad de decisión.

“Mi papá Luis Rosendo me echó de la casa, pues me expulsaron del seminario por helenista y lanista, inteligente y perverso”.

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Aunque Belisario Betancur viene de una familia de hombres y mujeres que en su mayoría han vivido cerca de cien años, el tema de la muerte, como a cualquiera que se interese por la poesía, lo asalta con frecuencia. Le provoca “pensaderas”, palabra que usa de manera muy precisa para designar inquietudes intelectuales. No le tiene miedo a la muerte porque, según dice, está listo para enfrentarla. No le causa ninguna preocupación. Eso sí, le tiene “jartera” a que vaya a ser dolorosa. Y hablando de la muerte, regresa de repente a un intenso recuerdo de su infancia, el de su abuela que le decía, no les tenga miedo a los muertos, sino a los vivos. Ella lo sacaba de noche a los potreros, alumbrando con el flaco chorro de luz de una linterna vieja. En esas andanzas, la abuela le dio la llave al pequeño Belisario para enfrentarse con confianza al más allá: al sentir un espíritu patrullando por ahí había que decir con decisión: de parte de Dios Todopoderoso, ¿qué quiere? Y enseguida rezar diez padrenuestros y diez avemarías. Siempre siguió el consejo al pie de la letra, especialmente en la casa de la embajada de Colombia en Madrid, donde –según dicen los vecinos– ocurrió un asesinato por celos que dejó como saldo una pareja de amantes infieles asesinados y por lo menos un fantasma atormentado y sin descanso. Y allí, a oscuras, en medio del gran salón, en bata y en piyama, Belisario enfrentaba a la aparición en nombre del Todopoderoso, tal como le enseñó su abuela. Pero más allá de la anécdota, este asunto de la muerte –en medio de la vida grata y feliz que se ha sabido labrar– ya ha sido tratado por el ex presidente Betancur y su esposa Dalita Navarro, quien al respecto alguna vez comentó públicamente que cuando uno de los dos se muera, ella se irá a vivir a Barichara.

“Soy producto de la cultura del café y la arriería, la pedagogía de cafetales y arrieros malhablados, y del maragogipe y el pergamino de mi papá Toño”.

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