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Algunos son los padres que quisiéramos ser, mientras otros son los padres que quisiéramos tener. Estas son algunas de las películas que harían la maratón perfecta para el día del padre.

Algunos son los padres que quisiéramos ser, como Atticus Finch en “Matar un ruiseñor”, mientras otros son los padres que quisiéramos tener, como Robin Williams en “Papá por siempre” y hasta Darth Vader (admítalo). Estas son algunas de las películas que harían la maratón perfecta para el día del padre.

1.

En los últimos años, varios colegas y estudiantes universitarios me han preguntado si el hecho de que mi papá sea periodista determinó mi elección profesional. La primera vez que me la hicieron traté de responder con toda la honestidad posible. Dije que no, que mi trabajo no estaba relacionado con el suyo, que yo hacía otra cosa, que mi estilo era así y el de él era asá, que mi método era de tal forma y el de él era de tal otra. No sabía o no me había dado cuenta de que esa respuesta ocultaba una situación más azarosa: el intento de negar la mano paternal sobre mí.

Con el tiempo y la insistencia de la pregunta, quizá empecé a ver con más claridad una respuesta menos injusta o más exacta con nuestra historia: aunque mi estilo y temas de investigación eran otros, en efecto yo había elegido el periodismo como un reflejo inevitable de haber visto a mi papá tecleando su máquina de escribir día y noche, durante todos los años de mi infancia y mi adolescencia; de haberlo acompañado a las salas de redacción de los periódicos en que trabajaba y de haberlo visto sumido en los libros de su biblioteca, rayándolos, extrayendo fragmentos, especulando maneras más precisas de haber escrito lo firmado por otros autores.

La negación de la figura del padre, con su fuerza y su tacto, ha sido uno de los caminos más frecuentados por la literatura y el cine para contarnos de qué estamos hechos, para dejarnos claro que no pocos de nuestros miedos tienen que ver con la impronta dejada por quienes nos criaron.

El juez (2014).

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Por los días en que empecé a responder con menos certeza sobre la mano de mi papá encima de mí, estrenaron una película titulada El Juez en la que pude ver con una lupa aquella negación. No era precisamente un espejo de lo que me atribulaba, pero sí maximizaba ese choque interno y emocional capaz de trastocar para siempre el perfil de una persona. La película comienza en un juicio. Un penalista, defensor de criminales, pide un aplazamiento de la audiencia porque acaban de avisarle que su mamá ha muerto y debe viajar a su pueblo natal. Por el contenido de los diálogos, uno comprende de entrada que el penalista es un cínico hábil en encontrar las fracturas de la ley y sacar en limpio a sus clientes. El papel es interpretado por Robert Downey y se llama Hank Palmer.

Minutos después, entra en escena el papá del penalista. Como viudo reciente, es visitado por una cantidad de personas que le profesan respeto y admiración. Se solidarizan con la muerte de la esposa. El señor, de unos 80 años, se desempeña como juez en un pueblo próspero agrícola. Se llama Joseph Palmer y es interpretado por Robert Duvall. Durante la escena uno entiende que este juez trata de ser ecuánime, aunque en un estilo temperamental y recio. Ya en este punto es claro que ambos personajes, papá e hijo, son opuestos: uno, con la moral maleada por el dinero; el otro, correctísimo e inquebrantable.

Tras el velorio de la mamá, el penalista debe quedarse en el pueblo porque su papá ha sido sindicado de matar a un hombre. Durante dos horas y veinte minutos, uno va descubriendo que el juez es culpable y que su hijo lo debe defender a pesar de que la relación entre los dos es de recelo y resentimiento. El origen de la fractura familiar tuvo lugar en la adolescencia de Hank. Como el segundo de tres hermanos, es culpable de un accidente de tránsito que lleva al traste el futuro profesional de su hermano mayor. Su padre, en su ecuanimidad, opta por internarlo en un centro de reeducación de menores.

En la escena más emotiva y reveladora, Hank comprende que la indulgencia que le faltó a su padre con él, la tuvo con un asesino, intentando enmendar el error que cometió con su hijo. A partir de ahí, durante el resto del juicio y hasta el final de la película, la relación padre e hijo va recuperándose hasta lograr la reconciliación. Al final, por duro e injusto que haya sido el papá como juez, su hijo lo perdona y alcanza a pasar los últimos momentos junto a él.

Otras por el estilo: El gran pez, posiblemente la mejor película de Tim Burton, muestra el choque de personalidades entre padre e hijo y el poder de las historias que ellos nos cuentan sobre nosotros. Beginners y The Royal Tenenbaums nos muestran que nuestros padres no son gente realizada ni están cerca de ser perfectos, sino que aún se descubren a sí mismos y, en algunos casos, todavía no han madurado. Y no puede faltar Indiana Jones y la última cruzada, que no solo es una historia sencilla sobre una relación en la que él sigue los pasos de su padre, sino también la clase de película que incluso un papá amante de Van Damme vería con gusto.

El gran pez (2003).

(En las entrañas de la industria del cine de narcos)

2.

Es difícil criar a un hijo. Más en un mundo donde no crecen las plantas y los animales están cercanos a extinguirse; los niños son escasos y los hombres que quedan, vestidos en harapos y cargando machetes y pistolas en su cintura, están dispuestos incluso a comerse a un recién nacido para no morir de hambre. Así es en La carretera, la película postapocalíptica basada en la novela de Cormac McCarthy.

Padre e hijo viajan hacia el mar (porque sí) mientras arrastran todas sus pertenencias en un carrito de supermercado. Durante el recorrido van allanando lo que se topan a su paso para encontrar comida. Carros abandonados, casas, sótanos, bosques secos. Cada escena es un acto de supervivencia: el papá le muestra al hijo que el resto de la humanidad les quiere hacer daño, los matarán en el mejor de los casos, o los servirán como banquete. ¿Qué enseñarle al hijo en un mundo así? Es la pregunta que plantea la película.

La teoría dice que en la infancia se aprenden los valores esenciales del ser humano: el sentido de la amistad, el respeto por el otro, la necesidad de decir la verdad, la autodeterminación para ser libre y el afán de la responsabilidad. Todo esto, por imitación: repetimos lo que nuestros padres hacen. En esta película, la teoría se quiebra. Mientras el papá procura infundirle al niño que el suicidio puede ser la única salida en un momento crítico, el niño empieza a cuestionar la desconfianza natural y el afán vengativo. Llega el momento en que la película deja claro que es el niño el que le está enseñando lo más elemental al papá, lo que nos hace humanos: el sentido de la solidaridad, la compasión. En otra escena también queda dicho que aunque un grupo de matones quieran comérselo, existen personas que ven en el niño a un ángel o a un dios, porque él puede ser una posible forma de redención de la humanidad.

La Carretera (2009).

(La mirada nazi de Tarantino (entrevista))

Muchas veces me he preguntado si yo algún día seré papá. La respuesta varía: a veces sí, a veces no. Cuando digo que no, me lleno de las más oscuras razones sobre este mundo: que mi trabajo no es el que debería continuar si me convirtiera en papá, que necesitaría una buena mamá para mi hija –sí, una niña–, que ya somos más de siete mil millones de habitantes y no hemos solucionado el problema de la materia fecal. Que este mundo, cada vez está más competido y desbocado; más inhumano y dolarizado. Que a dónde iremos a parar. Que qué vamos a hacer. Por supuesto, nada tan extremo como lo narrado en La carretera. Pero suficiente para vivir en la indecisión. Y luego veo a mis colegas felices de la mano de sus hijos en una tarde en el parque.

Tras haberme visto esa película tuve la sensación de haber comprendido el valor de ser papá y de haber palpado ese rincón infranqueable de la humanidad en el que reposa seguro el amor por los niños como única garantía para la preservación de la especie.

Al final, el papá muere tirado en la arena de la costa. El niño llora, se despide y le promete hacer todo lo que él le enseñó. Se para de ahí y se queda mirando el mar. En eso, un hombre se le acerca. Nada lo distingue de los caníbales. Su atuendo y aspecto son los mismos. El niño le apunta con un revólver y le grita que se aleje. El hombre le habla, lo tranquiliza, le pide que baje el arma. Que no le hará daño. El niño le pregunta por qué confiar en él. El hombre le hace ver que no tiene elección: se queda ahí a merced de lo que aparezca o se va con él y su familia. El niño conoce después a la familia. Hay dos niños más y la mamá. La mujer se agacha, le roza la mejilla y le dice: “Estaba preocupada por ti”.

Otras por el estilo: un pez payaso puede enseñarle mucho sobre lo que estaría dispuesto a hacer un padre por su hijo en Buscando a Nemo, enfrentándose a tiburones y cruzando el océano solo para encontrarlo. Ladrón de bicicletas, que algunos juzgan antes de ver como una “aburrida película a blanco y negro”, es un retrato más realista sobre las dificultades que pasa un padre por sacar adelante a su hijo. Y La vida es bella, sea que la ame o la odie, recuerda a todos esos chistes incómodos y malos que hacían nuestros papás para alivianar las situaciones difíciles, para hacernos sentir que todo estaba bien... solo que en este caso son chistes en el Holocausto.

Ladrón de bicicletas (1948), Buscando a Nemo (2003) y La vida es bella (1997).

(8 películas porno para ver antes de morir)

3.

No recuerdo haber ido a cine con mi papá. No en los años más recientes, que son los que ocupan el lugar irreconciliable que ya no es la infancia. Alguna vez lo invité. Él estaba cerca de los 80 o ya los había cumplido, y yo debía estar en los 35 o 36. En las salas de la ciudad promocionaban una película de policías y bandidos, con escenas de vértigo y violencia, y con un final tipo Hollywood.

Tiempo atrás, habíamos discutido sobre el cine que nos gustaba. A mí, las películas más reflexivas y simbólicas me hacían pagar taquilla. Él –todo un literato, formado en la poesía francesa y la filosofía de Ortega y Gasset– prefería las de Jason Statham con su Audi volador por las carreteras europeas, rubias platín y pistolas nueve milímetros. Me decía, muy serio en su argumento, que el cine era una pérdida cuando quería parecerse al teatro con sus escenas de diálogos prolongados y tramas basadas en soliloquios morales. Cuando me dijo que no a la invitación, ya no tenía que ver con el tipo de cine al que iríamos; tenía que ver con la acritud propia de su edad y el desinterés creciente de la vejez.

Sí recuerdo, en cambio, una tarde remota de 1983 en la que me llevó a ver El retorno del Jedi, el que creíamos era el tercer episodio de La guerra de las galaxias. Fue el deslumbramiento: las naves espaciales, los vuelos intergalácticos, las espadas de luz, los mostretes de peluche tirando flechas en un bosque. Por supuesto, aquella vez no entendí que la saga era un historia totalizadora de la eterna disputa entre el bien y el mal, reflejada en una guerra que procuraba defender la democracia de la amenaza de un imperio expansionista y dictatorial. Transcurrieron muchos años. Y cuando cursaba mi carrera, tres episodios más de la saga fueron presentados en cine. El origen de Darth Vader y la explicación moral del Lado Oscuro; el origen de Luke Skywalker y la fuerza sobrehumana de los jedis. Estas nuevas películas parecían estar cumpliendo una misión informativa: habían dotado de datos reveladores algunos rincones escondidos de la saga.

La guerra de las galaxias.

(Star Wars: el despertar de la fuerza, la película más esperada del año)

En diciembre de 2015 el mundo del cine asistió al estreno de una película más de la saga. Se tituló: El despertar de la fuerza. Vimos lo mismo: espadas de luz, naves espaciales, vuelos intergalácticos, marcianos de todos los tipos y un grupo de fanáticos con ánimo expansionista y colonizador con armas más poderosas. Pero lo verdaderamente distinto, lo único realmente diferente al resto de los episodios ocurrió en la relación padre-hijo y fue el parricidio. Ya no solo la negación de la mano del padre encima del hijo, sino su aniquilamiento, su extinción. La escena es melodramática: Han Solo se acerca al joven Kylo Ren. Se reconocen como padre e hijo, a pesar de que Ren idolatra a Darth Vader. Cara a cara, Han Solo parece convencer a Ren de que deje el Lado Oscuro, que vuelva con él. Ren parece aceptarlo hasta que en un arranque súbito de rebeldía eventra a su padre con la espada de luz y lo mata.

Luego de esta escena, no quedó duda de que muy en el fondo La guerra de las galaxias no ha sido otra cosa que la historia de un padre y su hijo. O lo que es lo mismo: el misterio del ejemplo paternal.

Otras por el estilo: El resplandor, es una de las pocas películas en las que uno de los dos intenta matar al otro, específicamente el padre enloquecido persigue a su hijo con un hacha por el hotel (no el mejor ejemplo de paternidad). La dualidad entre el bien y el mal también se ve en El Padrino, con Michael como la cara de la pureza convertido al final en la cabeza de la organización criminal, ocupando el lugar de su padre.

El padrino (1972).

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