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Los proyectos militares más absurdos

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Perros parlantes, palomas asesinas y hasta una 'bomba gay' son apenas algunas.

 EL RAYO DE LA MUERTE

 

Es increíble que un tipo como Arquímedes, el matemático griego que aburre estudiantes en clases de física dos mil años después de muerto, sea el mismo sujeto que inventó el espejo ustorio, o “rayo de la muerte”, un aparato que concentra los rayos del sol en un haz letal contra las naves enemigas.


Para la época en que se registró que Arquímedes había incendiado la flota romana al defender Siracusa usando espejos, en el 212 A.C., ya se conocía el principio de esta tecnología. Se usaba para prender fuego sin tener que agobiarse frotando dos palos sobre yesca. Sin embargo, la supuesta hazaña del matemático griego fue armar un sistema lo suficientemente grande y complejo de espejos que concentraran la luz en un rayo, uno tan poderoso como para llevar la madera de los barcos a los 210°C.

Varios estudiosos de la edad media y el renacimiento retomaron la idea, ninguno con éxito. Fue propuesta en Francia durante la revolución, para destruir las flotas británicas. Tanto el MIT como el programa Mythbusters probaron construir sus propios “rayos de la muerte”, pero determinaron que las variables climáticas eran muchas y tomaba mucho tiempo como para que fuera un arma efectiva, siquiera posible. Y si lo dice la televisión es verdad.

Pero incluso si por algún milagro Arquímedes en verdad logró hacer funcionar esta arma, pese a las nubes que bloquean el sol constantemente y al movimiento de los barcos, no le sirvió de mucho: Siracusa fue tomada por los romanos y Arquímedes murió en manos de un soldado, en medio del caos.

EL PERRO PARLANTE DE HITLER

 

Antes de que Hitler subiera al poder, existían ramas de la psicología alemana que creían que los perros eran las criaturas más inteligentes del planeta, casi tanto como las personas. Que un pastor alemán estaba a solo unos cuantos pasos de poder hablar. Uno pensaría que cuando los nazis asumieron el control de Alemania acabaron con todas estas ridiculeces, pero en cambio patrocinaron la Tiersprechschule Asra (que traduce la escuela de Asra para animales parlantes).


En este lugar se hicieron varios experimentos con los canes, desde intentar enseñarles a hablar hasta estudios de telepatía entre el perro y su amo. La idea era convertir a estos perros en los acompañantes de los oficiales Nazis. El ejemplar más impresionante que tenía la escuela para mostrar era un airedale terrier llamado Rolf –ciertamente un nombre alemán– que podía comunicarse golpeando con sus patas para expresar letras. Decían que había logrado aprender varios idiomas, escribía poesía y como un buen alemán expresó deseos de unirse al ejército porque odiaba a los franceses. Hubo otras historias de la época que reportando perros que lograban hablar, incluyendo una de un perro mestizo dijo las palabras “mein führer!” cuando se le preguntó quién era Adolf Hitler.

Por supuesto, siendo esta la tierra y la época de las mismas personas que filmaron su propia versión de Titanic con los alemanes como los héroes, resulta difícil creer estos relatos. La escuela siguió funcionando hasta finales de la Segunda Guerra Mundial, sin dar ni un solo perro listo para ser acompañante de los oficiales de la SS.

ENSEÑANDO A PALOMAS A BOMBARDEAR BERLÍN

 

En lo referente a misiles, los Nazis eran los “papás de los pollitos” durante la Segunda Guerra Mundial con el devastador V2, el primer misil balístico de largo alcance que ayudó a diseñar Wernher Von Braun (quien luego ayudaría a construir los cohetes que llevarían al hombre a la luna). Así que los Estados Unidos decidieron concentrar sus esfuerzos en volverse los “papás de las palomas”, con el proyecto Paloma.


La idea vino de B. F. Skinner, uno de los psicólogos más conocidos de la época, quien al ver a una bandada de palomas volar tuvo una visión de cómo podía usarlas para la guerra. El plan de Skinner era poner las palomas en las cabezas de misiles tipo Pelican, donde a través de un sistema de lentes conectados a las piezas mecánicas del misil, las palomas picotearían la imagen del objetivo que habían sido entrenadas para picotear, guiando el misil. El gobierno, aunque algo escéptico, le concedió $25.000 en 1943 para continuar con su investigación.

“La cuestión ética de nuestro derecho a convertir a una criatura inferior en un héroe involuntario es un lujo para los tiempos de paz”, decía Skinner al considerar que estas palomas solo tenían una oportunidad de acertar antes de estallar con la bomba. Y como solo tenían esa oportunidad, las palomas tenían que ser infalibles. Skinner sometió a sus 64 palomas a un entrenamiento digno de astronautas: las dejaba sin comer por 36 horas, las metía en cámaras de presión para emular su estado a 10.000 pies de altura, las ponía en centrífugas a altas velocidades, les mostraba flashes de luz y hasta disparaba armas de precisión a unos pocos centímetros de ellas para asegurarse de que no se distrajeran por los ruidos.

Aunque los avances de Skinner fueron sorprendentes, el gobierno canceló el proyecto un año después de iniciar. “El problema fue que nunca nos tomaron en serio”, recuerda el psicólogo. En 1948 la Marina reabrió la investigación como proyecto Orcon. Lo clausuraron de nuevo, en 1953, cuando se probó la superioridad de los sistemas electrónicos sobre el cerebro de las palomas.

LA CARRERA POR BOMBARDEAR LA LUNA

Al comienzo de la carrera espacial, los Estados Unidos estaban un poco quedados. El primer satélite en órbita (el Sputnik, en 1957) pertenecía a los soviéticos, así como el primer perro (Laika, a bordo del Sputnik II en 1957) y años después el primer hombre en estar en el espacio (el cosmonauta Yuri Gagarin, en 1961). Entonces, ¿qué mejor forma de demostrar la superioridad del Tío Sam y del pie de manzana que bombardeando la luna?

Con la prueba exitosa de sus bombas Teak y Orange, las primeras en ser detonadas en la estratosfera, el gobierno de EE.UU. empezó a considerar mandar un par de estas a la luna. La idea se convirtió para 1958 en el Proyecto A116 o “Estudio de la Investigación en Vuelos Lunares” –un título que definitivamente no levanta ninguna sospecha, y que sustentaba algunos de los motivos científicos de este hazaña digna de un supervillano–. Consistía en mandar una bomba atómica al terminador solar de la luna, el punto donde se divide el área en la luz y el área en la sombra. La explosión habría sido visible desde la Tierra, aunque la falta de atmósfera en la luna hubiera mandado el polvo en todas direcciones, sin darnos la satisfacción –o el horror– de ver la típica nube con forma de hongo.

La Fuerza Aérea canceló el proyecto algunos años después. Curiosamente, los soviéticos también estaban trabajando en algo similar por aquella época, conocido como el Proyecto E-4, pero también lo cancelaron. Leonard Reiffel, un físico de la NASA a cargo del proyecto, fue quien revelaría casi medio siglo después la existencia de este, en mayo del 2000. “El principal objetivo era impresionar al mundo con las capacidades de los EE.UU.” dijo Reiffel en una entrevista con The New York Times. “Era una maniobra publicitaria, sin duda”.

 LA LLUVIA COMO ARMA CONTRA EL VIETCONG

 

“Si un enemigo quisiera impedirme ir del punto A al punto B, preferiría que lo hiciera con lluvia que con un montón de bombas”, dijo un asistente del Departamento de Defensa, defendiendo la Operación Popeye una vez esta se dio a conocer, en 1974. Este plan pretendía alargar la temporada de lluvias de Vietnam (los monzones) con la “siembra de nubes”. El objetivo de la operación era impedir el movimiento de tropas enemigas en áreas específicas gracias a caminos demasiado fangosos como para ser transitados, deslizamientos de tierra y ríos desbordados que no podían ser cruzados. Este fue quizá uno de los proyectos más osados de la guerra de Vietnam, y hablamos de una guerra en la que hubo bombardeos de napalm sobre los campos vietnamitas y “operaciones psicológicas” que incluían reproducir en la jungla el sonido de bebés llorando para espantar al enemigo.


Además de audaz y ridículo, el plan también fue efectivo: de 1967 a 1975 el 54° Escuadrón de Reconocimiento Climático llevó a cabo la operación usando el slogan “haz barro, no la guerra”. Se hicieron 2.602 vuelos, en los que se soltaron 47.409 contenedores sobre el cielo de Vietnam con yoduro de plata o yoduro de plomo, elementos que ayudan a amentar la condensación de las nubes y la precipitación. En promedio, estas misiones lograron extender el monzón entre 30 y 45 días.

La Operación Popeye fue el primer caso y único caso registrado de “guerra climática” en la historia. En 1977 la Convención de Modificación Ambiental, firmada en Ginebra, prohibió la manipulación climática con fines militares, aunque se ha usado de otras maneras: los soviéticos sembraron nubes alrededor de Chernobyl en 1986 para impedir con lluvia que la radiación se desplazara hacia Moscú, mientras China y otros países usan este sistema para brindar agua a sus regiones más áridas.

LOS HOMBRES QUE MIRABAN A LAS CABRAS

¿Una división del ejército que consiste en soldados hippies telépatas? ¡Por favor! Y aún así, la premisa de la película de George Clooney y Ewan McGregor, Los hombres que miraban a las cabras, no está tan alejada de la realidad.


El lado hippie asunto nace del teniente Jim Channon, que en 1979 escribió el Manual de Operaciones del Primer Batallón de la Tierra. Son 125 páginas inspiradas en los movimientos new age que Channon mismo experimentó por dos años. Con muchos dibujos llamativos el manual plantea la creación de un grupo de soldados-monjes que usarían poderes como visiones y vestirían ropas coloridas. Instrucciones como “sentir que el universo pasa por ti” no son muy específicas, pero eran vitales para crear esta nueva generación de soldados.

Si bien la idea de Channon nunca se hizo realidad –aunque hoy día el ejército de EE.UU. usa técnicas alternativas como reiki para tratar con el síndrome de estrés postraumático–, parece que consideraban que una investigación sobre poderes psíquicos no era para nada loca. El proyecto Stargate, dirigido por la CIA, empleaba personas que decían tener poderes psíquicos para probar sus habilidades y usarlas. Hubo casos en los que esto funcionó bastante bien, como una demostración de “visión remota” en la que un antiguo policía describió con precisión el exterior e interior de un laboratorio de armas en Siberia. Esto, junto a otros éxitos como encontrar secuestrados en Italia estando a miles de kilómetros de distancia, o incluso la premonición del atentado a las Torres Gemelas, logró que este estudio de lo paranormal se extendiera hasta 1995, cuando fue cerrado.

En cuanto al origen del título de la película, el sargento Glenn Wheaton ha jurado a periodistas que él mismo vio cuando un instructor de los Boinas Verdes mató a una cabra tan solo con mirarla. Esta anécdota suena imposible, pero eso no importa: como ya hemos visto, el gobierno de los EE.UU. tiene una mente bastante abierta.

HACIENDO EL AMOR, NO LA GUERRA

En 1994 el Laboratorio Wright, de la Fuerza Aérea de los EE.UU. puso a volar su imaginación con una propuesta de tres páginas para armas químicas no letales. Una de estas llama la atención de inmediato: la idea de una bomba química que haría a las tropas sexualmente irresistibles los unos de otros. “La bomba gay”, la llamaron los medios.

“Un ejemplo desagradable pero nada letal sería [el uso] de fuertes afrodisiacos, especialmente si el químico también causa comportamiento homosexual”, dice la propuesta, aunque más adelante se reconoce que hasta la fecha no se conoce ningún químico que pueda hacer esto (lo más probable es que contemplaran el uso de feromonas).

El plan, que habría costado 7.5 millones de dólares y seis años de desarrollo, nunca pasó de ser una propuesta oficial, una que mostraba otros proyectos como rociar sobre las tropas enemigas químicos que atraerían a las abejas o que las harían hipersensibles al sol. Pero la “bomba gay” es el proyecto que se lleva el premio a casa… literalmente: en 2007 el Laboratorio Wright fue galardonado con el premio IgNobel de paz, una parodia del premio Nobel patrocinado por Harvard. Sobra decir que la Fuerza Aérea no quiso asistir a la ceremonia.

UN MENSAJE SECRETO EN UNA CANCIÓN POP

 


En 2010, en todas las estaciones del ejército se podía escuchar una y otra y otra vez la canción Días Mejores, por Nathalia Gutiérrez Y Ángelo. Era una canción pop agradable, por dos cantantes para nada conocidos. “Escucha este mensaje, hermano” dicen ambos en una parte antes de pasar a un corte instrumental, donde entre la guitarra y la batería el que ponga atención puede escuchar ciertos “beep” del sintetizador. Pero si usted sabe código Morse –quizá porque es soldado, o de la marina, o hipster– reconocerá esas sucesiones de líneas y puntos que se traducen como: “19 liberados. Siguen ustedes. Ánimo”.

Esto fue la operación “El Código”, del Ejército Nacional de Colombia. En 2010 el coronel José Obdulio Espejo, director de comunicaciones de las fuerzas militares, se propuso a hacer llegar un mensaje a los soldados secuestrados por las FARC. Ya que no era tan fácil como levantar el teléfono y llamarlos, decidió esconder el mensaje en código Morse en mitad de una canción que el mismo ejército ayudaría a producir, con la ayuda de la gente de la agencia de publicidad DDB y la productora Radio Bemba.

Días Mejores se transmitió por tres meses en más de 130 emisoras del gobierno (que llegan a los radios en la selva, donde casi ninguna otra emisora llega, por lo que la canción no tenía que competir contra el nuevo éxito de Pitbull). El ejército dice que los soldados secuestrados recibieron el mensaje y lo pasaron entre ellos, mientras los soldados de las FARC que no sabían nada de Morse la oían divertidos sin sospechar.

La operación fue desclasificada en 2011 y ganó el Cannes Lion de publicidad, el premio más prestigioso en esta área.

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