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Los 100 años de Salinger

 - Autor: 

Ricardo Silva Romero hizo un perfil de J. D. Salinger para celebrar el centenario de uno de los grandes autores norteamericanos.

Salinger fue, en resumen, demasiado honesto, demasiado duro con él mismo. Vivió a pesar de su propia severidad. Escribió día por día no obstante su inclemencia. Nació el miércoles primero de enero de 1919 en Manhattan, Nueva York, en una consagrada familia judía que lo llamaba “Sonny” con cierta preocupación por su coeficiente intelectual y por su futuro, pero él, que desde el principio solo se sintió a salvo lejos de todo, se presentó a sí mismo como “Jerry” para sobrevivir al mundo hostil de su infancia. Fue uno de los mediocres del curso. Trató en vano de adaptarse a las selvas de los colegios públicos del West Side hasta que sus padres lo matricularon en una escuela privada en Park Avenue. Pensó entonces, como tantos escritores que acaban de descubrir el drama, que su vocación era la del actor. Pero, cuando sus padres lo enrolaron en una academia militar de Pensilvania, se descubrió a sí mismo escribiendo cuentos en la noche y bajo la luz de una linterna.

Fue mil cosas más antes de resignarse a ser un escritor: fue el asqueado importador de carne para la compañía de su padre, el recreacionista adusto de un crucero por el Caribe, el soldado mudo del sangriento desembarco en la playa del Día D y en la Batalla de las Ardenas y en la del Bosque de Hürtgen, el lavador de cerebros de nazis e interrogador de campo de concentración para los alemanes derrotados, el primer marido de una primera mujer de la que muy pronto no quiso saber nada de nada. Su fascinación por el budismo zen, y su relación con su maestro Ernest Hemingway, que pronto reconoció su “tremendo talento”, le sirvieron para soportar los rechazos y los reveses hasta que The New Yorker le publicó un primer cuento en enero de 1948: "Un día perfecto para el pez banana".

J. D. Salinger repartió su alma, abrumada por la medianía de la infancia y en carne viva por las imágenes de las batallas, en los cuerpos de dos personajes que creó y escribió muy pronto, dos descreídos que se enfrentan al mundo como a un amor no correspondido: los siempre jóvenes Holden Caulfield y Seymour Glass. Caulfield, el adolescente piadoso e irónico que inventó antes de la guerra, terminó protagonizando aquella primera novela de 1951 –un alivio y una declaración de principios de portada zen– que pasó de ser un best seller a ser un clásico de la literatura en unas cuantas semanas: El guardián entre el centeno. Glass, el primogénito de una familia de genios que lucha contra el ruido que quiere tomarse su cabeza, fue la voz principal de las colecciones de relatos Nueve cuentos (1953), Franny y Zooey (1961) y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción (1963).

El éxito brutal de su obra –El guardián entre el centeno ha vendido 65 millones de copias– lo llevó de ser una nerviosa celebridad neoyorquina a ser un hombre de puertas para adentro en Cornish, New Hampshire.
Luego de aquella juventud estruendosa, que se tomó como una dolorosa novela de iniciación, Jerome David Salinger fue un hombre que quiso recobrar y retener su paz. Podría decirse que ya había vivido demasiada vida afuera. Podría jurarse que todo lo que hizo, desde que dejó Nueva York –casarse y tener dos hijos en busca de la iluminación, recluirse en una misma casa, cambiar la fama por la paranoia, huirle a la atención de un público temible que pretendía más y más historias que jamás iban a llegar, coquetear con la dianética, coquetear con el sufismo, demandar y despreciar a todos los que intentaron contar su destierro voluntario, lamentar las memorias en las que su hija Margaret lo señala de empujar a su segunda esposa, Claire, a los límites de la locura, y buscarse parejas que se encerraran con él en ese mundo que era solo suyo–, lo hizo para reponerse de los primeros 35 años de su vida.

Y lo hizo día por día durante 56 años. Y no fue una vida en público, pero no fue una vida mala.

Se quedó varado en los años cuarenta, eso sí. Se quedó atrás, como todos nos quedamos después de un tiempo, con su “trastorno por estrés postraumático” de veterano de la Segunda Guerra, su corte de pelo militar, su chaqueta de soldado, su viejo jeep para ir a hacer las compras y su cinefilia reparadora. Poco necesitaba salir porque tenía a la mano su colección de películas de la edad de oro: veía y volvía a ver las películas de su juventud, La gran ilusión, Alarma en el expreso, 39 escalones y Una noche en la ópera, para confirmar que así era el mundo y para fascinarse con las interpretaciones de los actores. Y así fue hasta que cumplió 91 años, en enero del 2010, y su salud falló de golpe y murió en paz tres semanas después.

Su hijo Matt, el actor, y su viuda, la enfermera Colleen O’Neill, son los albaceas de su obra idolatrada y de su obra inédita, y son los encargados de preservar su misterio. Y, en esta “Edad de las selfies”, en esta era en la que cada vez más gente vive la vida en vivo y en directo y se le debe a su público, ese misterio es simple y es bello y a duras penas es un misterio: que la vida aún es la vida de adentro.

RICARDO SILVA ROMERO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 143 - ENERO 2019

 

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