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La mejor biografía de Hunter S. Thompson acaba de ser traducida al español y este capítulo cuenta el momento en que escribió una de sus obras icónicas

Este capítulo fue tomado de Hunter, de E. Jean Carroll, y es publicado aquí con autorización de Tusquets y Editorial Planeta Colombia. 

 

Comprendimos el valor que dan a los animales los bárbaros de Tierra del Fuego cuando vimos que preferían matar y devorar a sus mujeres ancianas en tiempos de hambruna.

Charles Darwin

 

 

1

(Entrevista con el prisionero 82740-01, Penal Federal de Phoenix, Arizona.)

El tipo escribió un artículo sobre nosotros en la revista The Nation. Y hay que decir que es un escritor del carajo. Es muy bueno describiendo y sabe cómo armar sus frases. Sé que es una de las grandes plumas que tenemos. Pero eso no significa que deba gustarme como persona. Lo conocí cuando vino a preguntar si podía escribir un libro sobre nosotros. Sometimos la cuestión a votación y decidió que sí. El precio fue un barril de cerveza cuando completara el libro. Hasta la fecha no hemos tenido noticias del pago. ¡El miserable no fue capaz de pagar ni un barril de cerveza! Es un piojoso, es un traidor. Se aprovechó de nuestra confianza. Le dimos amistad a cambio de un piojoso barril de cerveza y el tipo nos apuñaló por la espalda.

Ralph «Sonny» Barger, líder de los Hell’s Angels, sección Oakland.

 

¿Si Hunter ya era alcohólico en la época en que escribió Los Ángeles del Infierno? No lo sé. Llevaba largo tiempo bebiendo. No sé cuándo empezó, a los catorce, creo. No pasaba un solo día sin alcohol. Yo tampoco. El alcohol amortigua el dolor. Hunter combinaba alcohol y anfetaminas. Las anfetas te agudizan la mente, te dan una velocidad única para pensar. Y el alcohol te baja, te acomoda el acelere. Fue una fórmula que usó durante años y años. En cuanto a los ácidos, la primera vez que lo vi tomar uno fue con los Jefferson Airplane. En nuestro departamento de la calle Parnassus, en el Haight de San Francisco. Se lo dejaron y se fueron. En cuanto lo tomó, Hunter empezó a actuar muy extrañamente. Juan, nuestro hijo, estaba dormido en la cuna. Yo estaba aterrada. No sabía si Hunter iba a matar a Juan, o iba a matarme a mí, o qué iba a pasar. Todo lo que había leído sobre el ácido me asustaba a muerte. Creía que la gente simplemente se volvía loca y se tiraba por la ventana o perdía la razón y mutilaba a sus seres queridos. Hunter y yo estábamos sentados en la cama. Él estaba completamente perdido. Me decía cosas que no tenían ningún sentido. Sobre los animales, sobre Dios, sobre cualquier cosa. Yo ya me estaba asustando. Y entonces dijo: «¿Dónde están las armas?». Yo le dije que no me parecía una gran idea. «¿Dónde están?», insistió él. «Están a salvo», le dije. Él se distrajo haciendo no sé qué en el baño y yo aproveché para esconder las armas. Después de más o menos una hora él insistió: «¿Dónde están las armas?». Volví a decir que me había encargado de ellas. Pero él se puso a repetir: «Quiero mis armas», en tono totalmente paranoide. Más o menos así: «¡QUIERO MIS ARMAS!». Le dije que no podía dárselas y él me contestó: «Si no me das mis armas, voy a tirar esta bota por la ventana». El departamento tenía un gran ventanal que daba a la calle y estábamos en un tercer piso. Yo repetí que no podía darle las armas y él manoteó la bota y la tiró contra la ventana haciendo pedazos el vidrio. Fue horroroso. Había una caja de no sé qué entre nosotros, de libros o alguna otra cosa, y yo me subí y le clavé las uñas en la cara. Era la única manera que tenía de alcanzarle la cara. Le saqué sangre. Estaba tan asustada y furiosa que podría haberle arrancado los ojos, pero solo lo arañé. Bastó que él tirase esa bota para que me volviera loca. Al ver mi reacción, él dijo que se iba en su motocicleta a Sonoma, a ver a nuestros amigos Bob y Terry Geiger, y se fue. Sonoma está a setenta kilómetros, no sé cómo hizo para llegar.

Sandra Dawn Thompson.

 

El doctor Feelgood era buen amigo de Hunter. ¿Oíste hablar de él? Era médico y artista. Fue él quien le dio anfetaminas a Hunter durante todos esos años. Más tarde, Hunter sedujo a la hija y se terminó la amistad.

Conocido de California, pidió resguardarse en el anonimato.

 

 

2

Billy y yo nos mudamos a San Francisco para estar cerca de ellos. Sandy adoraba a Hunter. Alguna gente pensaba: «Pobre Sandra, cómo puede soportar…». Pero, de hecho, era la única persona capaz de controlar a Hunter. Tenía una figura preciosa. Sexy. Hablaba con mucha suavidad, tenía sentido del humor y ese cabello rubio, largo y sedoso, y su hermoso bebé moreno, y aquel esposo salvaje y creativo. Era el contrapunto perfecto para Hunter. Cuando él se ponía a perorar, y la intensidad iba haciéndose insoportable, ella le decía: «¡Por Dios, Hunter…!» con su vocecita y él se detenía. La adoraba. Delante de la gente, a veces la trataba como una sirvienta. Pero a los más íntimos les decía cosas como: «No le digan a Sandra. Me matará si se entera». Le tenía miedo. No le gustaba que ella usara minifaldas, le daba un ataque. Era tan gracioso: podía olvidarse del cumpleaños de ella y del aniversario de casados, pero de pronto llegaba un día cualquiera con regalos maravillosos, como un anillo o un abrigo. ¿Te acuerdas de aquellos sacones hippies con lana de cordero en el interior y cuero estampado en el exterior? Hunter le consiguió uno de los primeros a Sandy. Pero no se te ocurriera esperar regalos de él en el día de tu cumpleaños.

Anne Willis Noonan, gran amiga de los Thompson; artista.

 

Él dijo que quería escribir un libro sobre nosotros y yo convencí a los muchachos, pero no era uno de los nuestros. Se nos pegó durante un año, más o menos. Venía con su camisa escocesa, su gorrita y esos borceguíes de color amarillo con cordones rojos que usan para ir de camping. Quiero decir que se vestía como un cazador aficionado. No venía en moto sino en un auto viejo, y no se aguantaba la vida de un Hell’s Angel. Solo aparecía los fines de semana. Y nos seguía, y tomaba notas. Lo que sí le gustaba era traer una enorme Magnum y dispararla. Una vez fuimos a Bass Lake y hubo lío porque no nos querían en el lago. Habían llamado a la policía y estos pidieron refuerzos, y nos encontramos con un tremendo cordón policial. Cuando decidimos avanzar hacia ellos, Hunter se bajó de su auto, abrió el baúl, saltó adentro y se encerró ahí.

Ralph «Sonny» Barger

 

¿De qué marca era ese cacharro que tenía? Era un Nash o un Rambler. Lo que recuerdo bien es que una vez le disparó con su Magnum. La cosa fue así: cuando íbamos a algún lado, cargábamos la cerveza en una estructura delante del capot, para que se mantuviera fresca con el viento que le daba de frente. Bueno, ese día paramos a tomarnos unas cervezas al norte de Big Sur, en una de esas rutas de montaña que ofrecían una hermosa vista del océano, y cuando quisimos seguir viaje no hubo manera de hacerlo arrancar. Así que Hunter sacó su pistola y le disparó al maldito Rambler. Primero sacamos la cerveza que quedaba, después Hunter le disparó y después lo empujamos al vacío. Fue una caída bastante espectacular. Y después hicimos dedo de regreso a la ciudad.

Michael Solheim, amigo de HST; agente inmobiliario en Aspen.

 

Hunter no tenía trabajo y ahora tenían un bebé, eran los días previos a que empezara a escribir Los Ángeles del Infierno y no tenían ni para pagar el alquiler, quiero decir, no tenían una moneda. Era una batalla constante. Yo acompañaba a Sandy y a Juan al supermercado y robábamos comida para que pudieran llenar la heladera. Nos escondíamos grandes filetes bajo el abrigo y pasábamos con el bebé delante de la cajera. No me enorgullece confesarlo, pero lo hacíamos: robábamos comida. Y, mientras tanto, Hunter se encargaba camisas Pendleton por correo, nunca olvidaré ese detalle: su hijo no tenía leche para la mamadera y él se encargaba camisas Pendleton por correo.

Anne Willis Noonan

 

Decidí mandar al carajo el periodismo y dedicarme de nuevo a la literatura, escribir un libro. Traté de manejar un taxi en San Francisco, intenté todo tipo de cosas. Me despertaba a las cinco de la mañana y hacía fila junto con los borrachos de la calle Mission para repartir volantes de las tiendas por la calle y demás mierdas por el estilo. Hasta que un día recibí una carta de Carey McWilliams, el jefe de redacción de The Nation, que decía: «¿Puedes escribirnos un artículo sobre los Hell’s Angels por cien dólares?». Y le contesté: «Haré cualquier cosa por cien dólares».

Hunter Thompson, en «The Playboy Interview», noviembre de 1974.

 

Yo trabajaba en Ballantine, la editorial de libros de bolsillo. Un día estaba leyendo The Nation y dije: «Caramba, esto es un gran material». Así que le escribí a Hunter Thompson: «Creo que hay un libro ahí. Si estás dispuesto a intentarlo, yo puedo conseguirte un anticipo de seis mil dólares». Un montón de gente pensó lo mismo, pero ninguno le había hecho una oferta concreta. Por supuesto, Hunter aceptó. Y empezó a entregarme capítulos de tres mil o cuatro mil palabras, y el material era maravilloso. Enseguida me di cuenta de que era un libro en serio: para salir en tapa dura, con todo el apoyo, antes que en edición de bolsillo. Así que llamé a mi amigo Jim Silberman en Random House. Creo que le mostré el primer tercio del libro. Jim Silberman pensó que era maravilloso, hizo un arreglo con Ballantine para que Random House lo publicara antes, y él mismo se encargó del editing. Y entonces los Angels le dieron aquella paliza a Hunter. Me mostró una foto de cómo lo dejaron: tuvo suerte de salir vivo.

Bernard Shircliff, exeditor, actualmente agente literario.

 

El departamento donde vivían en el Haight estaba en el último piso de una linda casa de familia. Una vez Hunter se fue por ahí, y Sandy y yo pensamos que la cocina quedaría preciosa pintada de rosado. Cuando Hunter vio lo que habíamos hecho, ¡le salía humo por las orejas! La cocina quedó divina. Pero él no soportaba el toque femenino: ponerle plumas al nido, como decía mi abuela. A Hunter solo le gustaba su propio estilo de decoración. Tenía una lámpara a la que le había puesto una pantalla que supuestamente estaba hecha de piel humana. Tenía una mesa hecha de patas de alce, le gustaban las alfombras de piel de animal con cabeza y todo. Esa clase de cosas le parecían perfectas, pero Sandy ponía una cortinita de encaje en alguna ventana o pintaba la cocina de rosado y ardía Troya. ¡Qué demente se puso con esa cocina!

Anne Wills Noonan

 

 

3

Antes de que los Angels le dieran la paliza, Hunter me llevó a una fiesta de cumpleaños de Sonny Barger. Me sentí tan extraño y fuera de contexto que apenas podía beber mi cerveza. Era como estar en un cuarto lleno de Hunter Thompsons. Me pasé la noche tratando de no hacer contacto visual con nadie. Hunter mantuvo su personaje hasta que empezaron a pegarle, todavía me sorprende que no lo hayan matado. Es probable que disfrutara físicamente del peligro. Sabía defenderse. Y le gustaba pelear.

«Peter Flanders», amigo de HST en los años sesenta y setenta; historiador; no desea que se use su nombre verdadero.

 

Juan tenía dos años y estaba en esa etapa en que tocan todo. Un día abrió la heladera y manoteó algo envuelto en papel de aluminio, y vino caminando con una gran sonrisa en su carita. Y yo me di cuenta de que había ácidos en aquel papel de aluminio, unas píldoras que Hunter había puesto en un rincón de la heladera. Fue espantoso. Empecé a zamarrear al pobre Juan mientras le gritaba: «¿Te tomaste una? ¡Hijo querido, contéstame! ¿Te tomaste una?». El pobre no sabía hablar todavía; no entendía nada de lo que estaba pasando. Yo le arranqué de la mano el papel de aluminio, lo abrí y vi que las píldoras estaban todas, y me volvió el alma al cuerpo. Fue de terror.

Sandra Dawn Thompson

 

Hunter se estaba convirtiendo en un para-Angel. Estaba mimetizado. Yo no quería ni acercarme porque de solo mirarlos ya corrías riesgo. Metían miedo realmente. Eran la clase de tipos que reclutaría Hitler para sus Camisas Pardas. Les gustaban sus fiestas y la cerveza y el whisky y las peleas. Eran una manada salvaje. Tenían mentalidad de manada. Sabían que Hunter siempre llevaba encima su Magnum. Y esa pistola podía agujerear una pared de ladrillo. Pero igual le dieron aquella paliza.

William Murray, periodista; escribió sobre los Angels para el «Saturday Evening Post» .

 

No creo que hayamos afectado la filosofía de Hunter en absoluto. Él ya andaba fanfarroneando con su Magnum antes de conocernos. Yo mismo lo vi disparar esa pistola por la ventana de su casa en San Francisco. Y también le gustaban el whisky y las anfetaminas antes de conocernos. Y le gustaba subirse a su motocicleta e irse a dar vueltas y después volver, sin dar explicaciones. Pero no era como nosotros. No tenía verdadero control de la moto, ni sabía cómo acomodar el cuerpo para poder conducir durante horas. Iba sentado demasiado erguido, para empezar. En una BSA uno no se sienta igual que en una Harley. No hay punto de comparación, en realidad. Déjeme decirlo así: la primera moto que le compré a mi esposa era una BSA. Después de dos meses, la cambió por una Harley. Le vendió la BSA a un abogado, si no me equivoco.

Ralph «Sonny» Barger

 

 

4

Recuerdo que sonó el teléfono muy tarde una noche y era Hunter: «Escucha, estoy en el hospital. Estoy bien. Me peleé con los Angels, pero estoy bien». Y cuando llegó a casa se veía terrible. Tenía la cara toda hinchada y de color violáceo. Apenas podía caminar. Le dolía todo el cuerpo, se quedó tirado en la cama durante días y días tomando calmantes, hasta que se atrevió a levantarse de nuevo. No, nunca se me cruzó por la cabeza que eso hubiera hecho mella en su autoestima. Para mí, Hunter era Dios. Y la autoestima de Dios es invulnerable. Igual que Hunter.

Sandra Dawn Thompson

 

El 1o de mayo de 1966 mi suerte se acabó. Los Angels decidieron que me había aprovechado de ellos y me dieron una paliza. Fueron cuatro o cinco contra mí solo. Todo empezó por un asunto menor que de pronto se volvió muy grave. El primer golpe que recibí vino sin advertencia previa, y por un momento pensé que era esa clase de chiste de borrachos que uno les acepta a sus amigos. Pero segundos después recibí otro golpe por la espalda y, cuando me quise dar cuenta, se me habían abalanzado en masa y me estaban moliendo a patadas…

Hunter Thompson, el famoso posfacio de «Los Ángeles del Infierno», 1966.

 

Y se fue y escribió su libro y cumplió con la fecha de entrega y apareció de vuelta, feliz, un día que íbamos todos a Squaw Creek. Personalmente, creo que planeó toda la escena por adelantado. Cuando estábamos en Squaw Creek, uno de los muchachos, George Zahn, a quien llamábamos Yonqui George, estaba discutiendo con su novia y le dio un cachetazo. Era la novia de George, no la de Hunter. Entonces Bruno, el perro de Yonqui George, mordió a George y él le dio una patada. Entonces Hunter dijo: «Solo los cobardes les pegan a las mujeres y a los animales». No se le decían esas cosas a Yonqui George. Yo creo que Hunter lo hizo adrede, para provocarlo, y después decir que lo habíamos molido a palos. George estuvo bastante moderado. Le dio unos golpes, es cierto. Hunter gritaba: «¡Sonny, Sonny, ayúdame!». Nunca contestó los golpes, solo gritó un poquito. Puede que George lo haya pateado un poco también. Porque Hunter se había tirado al piso hecho un ovillo. Pero no fue nada especial. De hecho, nosotros mismos lo levantamos, lo llevamos hasta su coche y le dijimos: «Hunter, será mejor que te vayas. Si Yonqui George ve que sigues por aquí, va a golpearte en serio». Hunter arrancó su coche y se fue. Con una sonrisa en los labios, probablemente. Ha de haberse sentido el tipo más feliz del mundo. Ya se imaginaba la tapa de su libro: «Conocí a los Hell’s Angels, anduve con ellos y estuvieron a punto de matarme por lo que cuento en estas páginas».

Ralph «Sonny» Barger

 

Dije que mi moto era más rápida que la suya, porque lo era. Y de repente recibí un puñetazo en plena cara y otro tipo me atacó por la espalda y me dio un terrible golpe en la sien, y entonces supe que estaba en problemas. Ese es el lema de los Angels: «Uno para todos y todos para uno». Y ahí estaba yo, en la orilla de aquel arroyo perdido, rodeado de una turba de motociclistas enloquecidos por el alcohol y las anfetaminas. Uno me tenía del cuello a punto de asfixiarme mientras otros dos me pateaban el pecho, y un bastardo quería darme en la cabeza con una roca mientras los demás aullaban de risa.

Hunter Thompson, «The Playboy Interview».

 

Fue en Squaw Creek, que es un sitio muy bonito cerca de Cloverdale. A unos ochenta kilómetros de San Francisco. Nuestro campamento estaba a un par de kilómetros de la ruta 101, junto al río. Era de noche y estábamos todos alrededor de una fogata. Y uno de nuestra pandilla, George Zahn, empezó a discutir con su chica y le dio un golpe. Y Hunter miró a George y le dijo: «Es de cobarde golpear una dama». Ante todo, nadie nos llama cobardes. Y, segundo, si uno de los nuestros tiene una discusión con su chica, es asunto de ellos dos, estrictamente. Pero Hunter abrió su bocota y George Zahn le dio su merecido. Fue solo George, no la pandilla entera, como él dijo en su libro. Tal vez sintió que lo estaban golpeando varios porque George es un tipo de cuidado. Pero yo estaba ahí mirando y puedo dar fe: Hunter cayó al piso y se puso en posición fetal, y George lo pateó un poco hasta que se cansó.

Elliot «Cisco» Valderrama, Hell’s Angels, sección Oakland.

 

Estaba mostrándoles a los Angels la tapa del libro y en un rincón decía $4,95, y los Angels dijeron: «¡Cuatro dólares con noventa y cinco! ¿Y cuánto de eso es nuestra parte? ¿La mitad?». Y yo dije: «Vamos, muchachos. Lleva su tiempo escribir un libro y todo el trabajo lo hice yo. La parte que les corresponde a ustedes de esos 4,95 es nada». Y lo siguiente que supe fue que estaba en el asiento trasero de mi auto, y mi nariz parecía rellena de masilla y mi cabeza parecía del tamaño de una sandía. Ya era de día. Un policía estaba golpeando la ventanilla del auto diciéndome: «¿Se puede saber qué le pasa?». Y yo contesté: «Fui a una fiesta de los Hell’s Angels».

Hunter Thompson, entrevista con P. J. O’Rourke en «Rolling Stone» .

 

Y hay que decir que George Zahn no era tan grande. Yo diría que medía probablemente un metro setenta y cinco. Y no pesaba más de setenta kilos. Pero George era muy rápido y muy duro. Había pasado la mitad de su vida en prisión. Ahora está muerto. De sobredosis. Por supuesto que si George hubiera ido perdiendo la pelea, todos habríamos ido en su ayuda. Si dos integrantes de nuestra pandilla pelean entre ellos, es uno contra uno. Y si uno de los nuestros pelea contra alguien de afuera y va ganando, también lo dejamos solo. Pero si empieza a pasarla mal, no vamos a permitir que ninguno de nuestra pandilla sufra. Sea contra uno o contra veinte, no vamos a dejar que ninguno de los nuestros sufra. Pero Hunter cayó al piso al primer golpe de George, y allí se quedó. George nunca necesitó ayuda. Tiny estaba ahí, mirando, y Sonny también, y ninguno de nosotros se metió. Puedo recordarlo bien, no porque se trate de Hunter Thompson. Quiero decir, ese nombre no significa nada para mí. No soy una persona que lea libros. Recuerdo al tipo por ese incidente. Yo acababa de entrar a los Angels, era uno de mis primeros campamentos con ellos. Y la escena me quedó grabada en la cabeza porque, después de que George golpeara a Hunter, él se levantó y huyó. La última imagen que tengo de él es esa: corriendo enloquecido por la ruta 101, gritando como una chica violada. Esa fue la última vez que vi a Hunter Thompson.

Elliot «Cisco» Valderrama

 

 

E. JEAN CARROLL / TRAD. ELVIO EDUARDO GANDOLFO
CORTESÍA TUSQUETS Y EDITORIAL PLANETA COLOMBIANA
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 144 - DICIEMBRE 2019

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