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Conozca el perfil del exguerrillero del M19, asesor de paramilitares y del ELN, exsenador, prófugo de la justicia, expresidario y posiblemente futuro pastor cristiano. Todo sobre Carlos Alonso Lucio.

Este es el perfil de un personaje público imposible de leer. Fue guerrillero del M-19 y asesor de los paramilitares y el ELN. Fue senador, prófugo de la justicia y expresidiario. Fue novio de Íngrid Betancourt y es el esposo de la exfiscal Viviane Morales. Hoy es un ferviente cristiano que reza todos los domingos y promueve marchas en contra de la adopción igualitaria y algunos han empezado a verlo como el pastor Lucio.

Martes 18 de julio de 2000. Décima sesión de tortura. Carlos Alonso Lucio, alias José Antonio, estaba en manos de los hombres del jefe paramilitar Carlos Castaño. Faltaban dos años para que Castaño comenzara a negociar con el Gobierno nacional la desmovilización de las estructuras paramilitares y presionaban a Lucio –un exguerrillero del M-19– para que les diera la clave de encriptación de su computador. Lucio se rindió. Pasadas las seis de la tarde lo dejaron tranquilo, se sentó en una hamaca y oyó en la radio de uno de los guardias las voces de Horacio Serpa y Antonio Navarro Wolff. Le daban el pésame a su familia por su muerte. Después oyó a su mamá pidiendo que le entregaran el cuerpo de su hijo. Todos pensaban que estaba muerto. En ese momento llegaron otros dos paramilitares por él. Y esta es la historia que Carlos Alonso Lucio cuenta como si se tratara de una película que vio en el cine:

—¡Vamos! —le dijeron.

—No vamos para ningún lado —respondió—. Yo oí la noticia y sé que me van a fusilar. Si es así, fusílenme de frente, no me vayan a matar por la espalda.

Vendado y esposado, caminaron por el monte y lo montaron en un carro en el que anduvieron durante media hora hasta que llegaron donde estaba Carlos Castaño, en una casa de campo en la que ya se habían reunido antes.

—Carlos, ¿qué va a pasar? —le preguntó Lucio.

—¿Ya oyó noticias?

—Sí, lo oí en la radio.

—Pero todavía no es cierto —le dijo el jefe paramilitar.

—No, evidentemente no es cierto. ¿Qué va a pasar?

—Mañana a las cinco de la mañana, el estado mayor de las autodefensas decidió hacerle un consejo de paz de guerra.

—Un consejo de paz de guerra… Eso es un chiste. ¿En qué termina?

—En que lo vamos a declarar objetivo de guerra, lo vamos a fusilar.

—Como ya está tomada la decisión cambiemos de tema —concluyó Lucio.

—¿Se toma un whisky?

—Yo, amarrado, no tomo whisky.

Llevaba unos cuatro días sin comer. Castaño ordenó que le quitaran las esposas, se sirvieron un Chivas 21 años en vasos de vidrio y comenzaron a conversar. Empezó el noticiero de RCN y apareció en la pantalla Jorge Alfredo Vargas con corbata negra dando la noticia de su muerte. Luego pasaron en directo la casa de sus papás en el norte de Bogotá, y ambos hombres se pusieron a ver su velorio.

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Castaño cogió el teléfono, se comunicó con RCN y dijo: “Todavía no lo he matado. Mañana comienzo un proceso de paz de guerra”. De inmediato el noticiero dio la noticia y pudieron oír los gritos de alegría, “¡Está vivo!”. Ambos hombres siguieron conversando sobre la guerra sin ponerse de acuerdo en nada. Enfrentados, pero con cordialidad. Tenían la misma edad y se habían involucrado en el conflicto colombiano casi en la misma época.

—Oiga, Carlos Alonso, ¿usted por qué no se dedicó a escribir?

—¿Y por qué me pregunta eso? Además nunca me ha leído.

—Es que usted escribe muy bien —le dijo el máximo líder de las AUC.

—¿Por qué?

—En el computador a usted se le quedó una cosa por fuera.

Y entonces le trajo unas hojas impresas. Resulta que en una estadía de Carlos Alonso Lucio en un campamento del ELN, estaban almorzando mientras veían la televisión cuando oyeron: “¡Extra! ¡Extra! ¡Secuestradas unas niñas de colegio en Pance, Cali, por el ELN!”. Lució le preguntó al comandante alias Gabino:

—¿Eso es cierto?

—No sé —le respondió el hombre—. No sé, acaba de ocurrir.

—Averigüe —le dijo Lucio–. Porque si eso es cierto, yo me voy del campamento. Los niños en la guerra no, hasta allá no.

—Dejame averiguamos y hablamos más tarde.

Lucio se fue para su sitio y hacia las seis de la tarde Gabino lo llamó y le dijo: —Sí, fue el ELN. ¿Qué pensás?

Carlos Alonso le habló de la barrera que no se podía romper, del problema ético de meter a los niños en la guerra. El comandante le pidió un par de horas para pensar y luego regresó.

—Tenés razón. Las soltamos con una condición, que vos nos redactés el comunicado y nosotros lo firmamos.

Lucio redactó el comunicado, lo firmaron, y soltaron a las colegialas. Ese fue el escrito que quedó por fuera de la encriptación del computador portátil que llevaba en su maleta cuando fue secuestrado, lo que Castaño leyó y a lo que Lucio se refiere como el primer milagro.

Ya era casi la una de la mañana , y el paramilitar le preguntó:

—¿Qué música le gusta? A mí me encanta Pagliaro. —Y puso a Gian Franco Pagliaro.

 

Carlos Alonso le dijo:

—Pues eso es bueno, pero a mí me gusta mucho más la mía.

—¿Qué le gusta?

Lucio tenía una música que le había mandado Viviane Morales, un disco compacto de Agustín Lara. Lo puso y comenzaron a hablar de boleros. Como a la una y media de la mañana, Castaño interrumpió la conversación y le dijo:

—¿Carlos, si lo suelto, usted qué hace?

—Pues ya esto se jodió. Me toca irme para la cárcel porque tengo una orden de captura de la Corte.

Lucio estaba prófugo de la justicia después de evadir, desde finales de 1998, una orden de captura por estafa y falsa denuncia.

—Si se va para la cárcel lo suelto, pero me toca soltarlo antes de las cinco de la mañana, si no el estado mayor no me deja.

Llamaron a José Fernando Castro, defensor del Pueblo, quien se comunicó con María Milena Andrade, defensora del Pueblo en Córdoba. A las cinco de la mañana estaba a la orilla del río Sinú. Al despedirse, Castaño le dijo:

—Perdóneme, usted es el único hombre que he intentado matar durante diez días y no he podido.

Lucio lo abrazó y le dijo que todo quedaba olvidado. Se sentó en el carro y Andrade le dijo, “Doctor, esto sí es un milagro. En estos cuatro años es la primera vez que prendo el teléfono, y hoy lo hice porque tengo a mi papá hospitalizado y estamos esperando una razón. Si no fuera por eso, no puedo contestar su llamada”. El segundo milagro, según Carlos Alonso. La mujer, luego de trabajar de lunes a domingo casi 24 horas al día, se había comprometido con su marido a apagar el teléfono de 8 de la noche a 6 de la mañana, para que no se le acabara el matrimonio.

De allí condujeron al aeropuerto de Montería, se montaron en un avión y aterrizaron en Bogotá, donde lo recibió José Fernando Castro. Lo esperaban alrededor de trescientos policías para capturarlo. El coronel al mando subió al avión para esposarlo y tomarle la foto. El defensor del Pueblo se lo impidió, diciendo que él se responsabilizaba. De allí se fueron a la Fiscalía, donde dio una rueda de prensa de veinte minutos. Luego subieron a uno de los despachos, donde pudo ver a sus papás y a Viviane Morales. Y de ahí para la cárcel.

—Estuve unas tres horas ahí —comenta—. Y derecho para la cárcel, que me pareció muy linda. ¡Qué rejas tan bonitas! Cuando llegué, los presos ya sabían que yo iba para allá, y me tenían una fiesta. Mejor dicho, tras de que llegaba rendido, me tocó atender el agasajo en el que me daban la bienvenida.

Allí comenzó a estudiar la Biblia y el cristianismo, y creó un grupo de oración con paramilitares, guerrilleros y policías, luego de haberle prometido a Dios que si lo dejaba seguir viviendo, mientras estuvo secuestrado convencido de que iba a morir, dejaría de pensar en las armas como una opción: “Hay diferentes dejaciones de armas, cuando tú entregas un fusil, cuando tú te estás sacando el fusil de las manos, cuando te sacas el fusil de la cabeza, y otra cosa es cuando te sacas la violencia del corazón”.

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—¿Si se escapó antes, por qué no lo hizo otra vez?

—Por Dios y por amor. El preso que no busca la salida no tiene dignidad, yo sabía exactamente cómo me podía ir, pero decidí no irme. Si lo hubiera hecho habría tenido que regresar a la clandestinidad de la guerra, y yo ya le había prometido a Dios que no lo haría. Y, además, porque estábamos empezando la historia de amor con Viviane.

—¿Luego de salir de la cárcel, cuándo se puso en contacto con Carlos Castaño, cuándo comienza a hablarle al oído en Santa Fe de Ralito?

—Un día, como dos años después, cuando yo estaba en la cárcel, me llegó una comunicación de Castaño que decía: “De nuevo le pido perdón”, y “Así como Dios lo perdonó a usted y dio su matrimonio con Viviane y dio su conversión, también le pido a Dios que me perdone a mí”. Cuando salí de la cárcel, él me mandó una razón: “Vamos a empezar el proceso de paz con el Gobierno. Ayúdenos”. Entonces yo le mandé a decir que no me arriesgaba a que me repitiera mi dosis, que no. Y volvió a comunicarse: “Por favor. El estado mayor le pide perdón”, y me mandó una carta firmada por todos.

—¿Por qué les creyó y cómo fue capaz de perdonarlos?

—Porque el perdón real es perdonar lo imperdonable. Dos fundamentos del cristianismo son el amor y el perdón. Yo entiendo que la guerra te lleva a hacer cosas inimaginables. La guerra es la negación de la vida. En la guerra se mata, se muere y se sufre. Cuando yo fui a hablar con Castaño y termino secuestrado, lo que estaba intentando era abrir un proceso de paz. Es más, después me dijo: “De las cosas que nos arrepentimos fue de no haberle hecho caso. Esto que estamos empezando lo hubiéramos podido hacer hace cinco años”. Además, ya había empezado oficialmente el proceso con el Gobierno, o sea que no podían matarme. Una organización armada en un proceso de paz no puede matar a otro, porque acaba su propio proceso.

—¿Le pagaron por esa asesoría?

—Los procesos de paz no se pagan. No era un problema de dinero.

—¿Entonces cómo se estaba ganando la vida en ese momento?

—Con los negocios familiares.

—¿Cómo era su relación con Castaño?

—Si tú no logras establecer una relación humana con quien perdonaste, el perdón no es auténtico. El perdón es el reconocimiento humano en el otro. La relación con Castaño y los paramilitares, en el proceso de paz, fue una relación humana. Había momentos de conversación humana y de relación cordial.

—¿Hubo una amistad?

—No.

—¿A pesar del perdón del corazón, cuando está frente a una persona que lo ha subyugado mental, emocional y físicamente, no hay cierto desbalance?

—En la ecuación entre el torturador y el torturado, el que se degrada es el torturador. La víctima de la tortura, durante la tortura, es el torturado. Pero la víctima de la tortura, después de la tortura, es el torturador. Tú como torturado, ¿de qué tienes que arrepentirte? El que tiene que arrepentirse es el otro. El que tocó límites de su alma y de su espíritu fue el otro, no tú.

 

***

Tenía quince años cuando inició su relación con el M-19. Sus camaradas Eduardo Chávez y César Ucrós recuerdan que su primera impresión fue: “¿Qué hace este gomelo de colegio privado del norte aquí?”. Lucio venía del Liceo Francés. Intentando explicar cómo terminó en el M-19 cuenta que en ese momento el significado de la revolución era distinto, la lucha guerrillera se apreciaba diferente a como se aprecia hoy, porque no se había vivido toda la ola de la violencia del narcotráfico.

La relación psicológica con el tema político, con la revolución y el movimiento armado era totalmente distinto. “El significado de la palabra guerrilla era distinto, como si viniera de un diccionario diferente al de hoy. Hoy guerrilla significa degradación, narcotráfico, violencia, secuestro, dolor… En aquella época, en muchos sectores, significaba entusiasmo, o la posibilidad de cambio o transformación. Al punto que hay cosas que uno le cuenta a la gente joven que son inverosímiles”, agrega. Y asegura que el M-19 alcanzó a tener niveles de simpatía del 87% entre la población, lo que hoy sería inimaginable en un movimiento guerrillero.

No fueron las razones políticas las que determinaron su decisión de meterse a la guerra. En esa época su única preocupación era la rumba en el colegio, y nada le gustaba tanto como jugar bolos, la equitación y bailar salsa. Un día venía de jugar bolos y cuando entró a la casa sonó el sirirí: “¡Extra! ¡Extra! ¡Extra!”, del Noticiero de las 7, y dijeron: “Desmantelada célula del M-19, detenido Carlos Pizarro, en Santander”. La familia Pizarro era muy amiga de su familia. “… Detenidos Andrés Almarales, Rafael Santamaría, Ramiro Lucio Escobar”. Ramiro es el único hermano de su papá, es su tío amado.

Lucio sintió como si le hubiera caído un baldado de agua fría. Durante 23 días vio a su abuela y a su papá recorriendo batallón y batallón, desde Bogotá hasta Bucaramanga, preguntando por su tío Ramiro sin recibir respuesta. Eso significó para él un cambio radical. Todo lo que hacía antes perdió sentido y comenzó a sentir una profunda preocupación, atención y pasión por explicarse qué había detrás, no solo de esa célula del M-19, sino del sufrimiento de su abuela buscando a su hijo y de su papá, a su hermano. Por qué el Estado no decía dónde estaban, si los tenían detenidos. Ramiro Lucio, que tenía 35 años, apareció preso en la cárcel Modelo de Bucaramanga, y el joven Carlos Alonso decidió ir a visitarlo. Ya en el entretanto sabía que durante esos 23 días había sido torturado.

“Era la época del estatuto de seguridad del gobierno de Julio César Turbay y la tortura era una cosa masiva en el país. Era el año posterior al robo de las armas del Cantón Norte. El Ejército estaba en un grado de furia impresionante, y lo que oliera a M-19…”. Cuando apareció su tío conocieron su versión de qué le tocó vivir durante esos días. “Ahí me enteré de que existía Colombia, de que existía historia, conflicto social, entre otras cosas, porque mi familia era una urna. Para mí, mi papá y mi mamá lo eran todo, una familia muy unida, mi hermano menor y yo un par de consentidos. Mi papá, un hombre trabajador, exitoso profesionalmente, no teníamos dificultades económicas. Vivíamos con toda la comodidad en el mejor barrio de Bogotá, teníamos relaciones de élite y estudiábamos en un colegio de élite, y ese episodio rompió la urna. De un momento a otro dejó de ser una familia feliz, no me cabía en la cabeza que afuera pudieran existir esos niveles de injusticia”.

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Salió un viernes por la tarde del colegio y el conductor lo llevó llevó a Bucaramanga, lo esperó mientras entró a la cárcel y lo devolvió a Bogotá. Así comenzó a conocer las tesis revolucionarias y el tema de la violencia histórica, a entender que había tragedia social, pobreza. En la cárcel encontró a su tío y a un colectivo del M-19 viviendo un sueño de una revolución. Vio que esa gente estaba haciendo algo muy distinto y más valioso que el círculo en que él se movía en Bogotá. Y descubrió en esa gente cosas que le parecieron admirables, sus luchas, su entrega, sus temas (antes sus temas eran los bolos y John Travolta). Así inició su relación con el M-19.

Sus primeras tareas fueron convertirse en el correo entre el colectivo de la cárcel de Bucaramanga y el de La Picota, cuenta Lucio riéndose. La mayoría eran mensajes orales, por motivos de seguridad. No se trató de una decisión de un momento, ni una reflexión. “Uno empieza a meterse, a vivir un proceso de enamoramiento paulatino y cuando te das cuenta tu corazón está allá, estás realizando actividades, estás metido con la gente, estás yendo a reuniones, formas parte de una estructura, ya te metiste”. Iba al colegio entre semana, y los fines de semana, a la cárcel. Su vida social se sostuvo, pero cada vez menos, porque con mayor frecuencia acudía a esas actividades. Sus papás sabían que viajaba a Bucaramanga, pero la idea era que iba a ver al tío preso.

—¿Entró al M-19 con algún temor, luego de ser consciente de las torturas a su tío?

—Hay miedos obvios, el miedo a la cárcel, a la tortura…, pero viví esa época con tal grado de entusiasmo, ímpetu, convicción. Éramos hermanos, era una sensación extraordinaria. Para nosotros la revolución era una fiesta, mamábamos gallo. Nos enrumbábamos y bailábamos. El M-19 era una organización muy alegre. Fue inspirado y dirigido en su primera época por Jaime Bateman, que era un costeñazo caribeño que decía: “La revolución es una fiesta”. Decía que había que hacerlo con alegría.

En 1984, “El Negro”, Alfonso Jacquin, que murió en el Palacio de Justicia, y eran muy amigos, como hermanos, se llevaban diez años, lo llamó mientras ambos estaban en diferentes apartamentos clandestinos de la capital.

—“José Antonio”, necesito hablar contigo.

Lucio pensó que tenía alguna información de que les iban a caer. Se encontraron en un bar en Bogotá, en la calle de atrás del Centro93. En esa época se pintaban el pelo, se hacían la permanente y usaban gafas, incluso en una ocasión se vistió de mujer con tacones porque le estaban haciendo un seguimiento y lo iban a coger. Llego a la reunión y ahí estaba “el Negro” con una botella de whisky. Carlos Alonso le preguntó qué problema tenían.

—No, viejo “José Antonio”, es que no podía descansar porque te tengo una noticia. Hermano, descubrí la definición del amor.

—Negro, si eso es cierto, brindemos de una vez.

Y nada que le decía. Como a las dos de la mañana finalmente le dijo:

—Yo he llegado a la conclusión de que el amor es el folclore del alma.

—¿Cuáles son los dirigentes del M-19 que más lo influenciaron?

—Carlos Pizarro y Álvaro Fayad, mis dos hermanos en el M-19. Carlos me llevaba 15 años, y “El Turco”, 20. Me decían “El sardino”, y me acogieron. No he conocido persona más inteligente que Álvaro Fayad, tenía una capacidad de síntesis, una forma distinta de mirar la realidad. Casi que hablaba en verbos, era una persona muy cálida y me trataba como un maestro. Con Carlos hablábamos de la vida, nos enrumbábamos y viajábamos juntos. Él vivía en clave de poesía, y concebía la vida como un poema.

 

En los medios de comunicación lo tildan de oportunista, pero para Carlos Alonso Lucio una de las características del oportunista es no meterse en problemas y aprovechar las oportunidades para beneficio propio. “Calificar de oportunista a una persona que siempre se ha metido en problemas y nunca ha estado de acuerdo con el establecimiento… Es lo contrario”. Si fuera oportunista sería rico, poderoso y querido por los medios, agrega, porque el círculo social en el que creció se lo permitía. “¿Qué es oportunista? ¿Meterse a la guerra estando en el Liceo Francés?”.

Si hubiera sido un oportunista, insiste, no habría estado preso, herido, exiliado, ni vivido el escarnio público de los medios de comunicación. “Dicen que soy un oportunista porque he estado en todas las orillas, pero no han entendido que es un concepto correcto y acertado de la paz. La paz es entre todos. Jaime Bateman presentó la propuesta de paz a propósito de la toma de la Embajada de la República Dominicana, en 1980. Y propuso lo que denominó “Un gran sancocho nacional” para dejar de pelear por ideologías foráneas y solucionar la violencia histórica”. Lucio admite haberse reunido con unos y otros, argumentando que la única forma de buscar la paz en un país es intentando interlocutar con todos los actores del conflicto.

—No es que yo haya bailado con distintas parejas, siempre he bailado la misma canción, la paz. A mí nunca me han descubierto hablando en secreto con nadie. Cada vez que me reúno con una persona que está en la ilegalidad, quien lo ha venido a contar he sido yo.

Cuando le han preguntado si Pablo Escobar financió la toma del Palacio de Justicia, ha respondido, casi con ira, que tal creencia es “ignorancia histórica”, pero no ha dado explicaciones. Lucio asegura que cuando decidieron la operación, Pizarro no estaba convencido porque sabía que la respuesta del Ejército iba a ser “con todo”. El M-19 no se metió al Palacio pensando que iba a repetirse la historia de la toma de la Embajada de la República Dominicana. En ese caso, luego de los primeros tiros, el Ejército no entró debido a la presencia de los embajadores y los demás rehenes. El presupuesto militar de la Embajada fue: el comando entra, toma rehenes y el Ejército no va a entrar porque pone en riesgo las vidas de los civiles.

El relato del coronel (r) Plazas sobre la toma del Palacio de Justicia

El presupuesto del Palacio fue distinto, asegura Lucio: frenar la arremetida militar del adversario. La exigencia militar era superior y necesitaban un armamento más sofisticado. Pizarro sabía que iban a meter los tanques y que tenían que estar preparados para esa embestida. Los tanques se podían frenar y contener con rockets, que son los lanzacohetes antiblindajes. Pizarro dijo: “Si no consiguen los rockets, no se vayan a meter”. Pero no los consiguieron porque no había dinero. “Si la operación hubiera sido pagada por Pablo Escobar, nunca hubiera faltado dinero. No hubo operación más pobre en el M-19 que la del Palacio.Además, la gente del M-19 que murió en el Palacio era de una importancia descomunal para nosotros. ¡Tú no vas a poner en riesgo lo mejor de tu organización para hacerle un mandado a un mafioso! Pero, además, ¿cuál mandado? El cuento peregrino de que había que quemarle los expedientes, ¿se iban a resolver los problemas jurídicos del capo di tutti capi de la época porque le quemáramos el expediente? ¿Tú crees que vas a meter semejante operación para quemar un expediente? ¿No te parece más fácil un soborno y un fósforo?”.

Luego de haber dado tantas vueltas, Lucio finalmente no se graduó de Derecho en la Universidad de los Andes porque no se aguantó la academia, y tampoco se graduó del colegio, sino que validó presentando el examen del Icfes cuando tenía 43 años. La señora que vigilaba los exámenes lo reconoció y le dijo:

—¿Usted no es familiar del doctor Lucio?

—No, no, yo soy el doctor Lucio.

—¿Y usted no era graduado?

—No, yo vengo a presentar el examen. Y no me distraiga porque lo pierdo.

Asegura que no da entrevistas porque la prensa tiende a editorializar lo que se produce sobre él. El motivo por el cual accedió a esta es porque está promocionando un libro que acaba de publicar. Dice que no le afectan las que considera calumnias de la prensa en su contra. A quien le afectan es a su familia, pero él se niega a defenderse y cree que esa especie de inmunidad la adquirió con su nueva fe. La misma que le cambió la vida. Para él, el amor de pareja no era una prioridad, y tampoco lo era su familia. Por encima de eso estaba la guerra y la política. Además, la clandestinidad no le permitía estar pendiente de sus hijos, a los que admite haber descuidado durante muchos años. Ahora, luego de “haberle entregado el corazón a Cristo”, comenzó una nueva relación con ellos que describe como preciosa.

Después de dos relaciones que no prosperaron, con las madres de sus dos hijos, tiene hoy una relación con la primera mujer que fue fiscal general de la nación, Viviane Morales, su actual esposa. Se conocieron cuando ambos eran representantes a la Cámara. En ese momento ella ya era cristiana, pero para él la fe no era una prioridad. Y ella nunca lo presionó para que se convirtiera. Mientras Lucio estaba preso en La Picota, recibió un permiso para salir de allí y casarse con Morales. Esa fue una de las tres veces que se han casado, tras haberse divorciado en dos ocasiones. Fue el 15 de diciembre de 2000. Lucio llevaba casi seis meses preso y, luego de intensas torturas durante su secuestro por los paramilitares, estaba muy flaco. Se casaron en la iglesia Casa sobre la Roca. Después tuvieron una recepción con su familia y amigos y de allí salieron a pasar la noche de bodas en un hotel. Cumplidas casi 24 horas, debió volver a La Picota.

—Se dice que tuvo la posibilidad de manipular la Fiscalía mientras su esposa era la fiscal, ¿es cierto?

—Cuando Viviane llegó a la Fiscalía, yo ya no tenía ningún ejercicio político. Ya había terminado el proceso de Ralito y era un ciudadano sin ningún interés por lo público, como lo soy hoy. Además, asegurar que lo hice es no conocer a Viviane, una mujer que tiene su propio criterio, ética y un liderazgo de muchos años atrás.

Luego de casarse tres veces y divorciarse dos, Lucio y Morales han decidido no volver a separarse porque “no caben más separaciones en el registro civil”. Tantos tropiezos los explica porque cualquier conflicto que para una pareja es solo una piedra en el camino, para ellos significaba el divorcio.

Este hombre que el abogado Abelardo de la Espriella dice que fue “un guerrillero de las sábanas, un terrorista del amor” se ríe a carcajadas con esa definición y la niega, considerándose “normalito” y no muy exitoso con las mujeres. Cuando le pregunto por su relación con Íngrid Betancourt, se queda un momento en silencio y después dice: “Muy querida”. Carlos Alonso Lucio dice que, por respeto a Viviane Morales, no habla de sus relaciones pasadas. “Cuando uno compartió la intimidad con una mujer, debe sostenerse la lealtad de esa intimidad. Salir a hablar de esos amores… no”.

Ahora Lucio y Morales marchan por el país proponiendo un referendo que cuestiona la adopción por parejas del mismo género y convocando multitudes que apoyan las ideas que él plasmó en el libro que acaba de publicar, ¡Cristianos, salid del clóset!, en contra de la adopción igualitaria, argumentando que en este tema hay que priorizar los derechos de los niños sobre los de los adultos. La pareja trabaja apasionadamente guiada por los cánones de la iglesia evangélica-protestante a la que pertenecen: Casa sobre la Roca, fundada por Darío Silva, quien es amigo de la senadora Morales hace más de veinte años y uno de los pastores que visitaba a Lucio en la cárcel, con quien comenzó sus estudios bíblicos.

Quienes no pertenecen a ellas, aseguran que las iglesias evangélicas son empresas de hacer dinero y gigantes maquinarias políticas lideradas por ladrones; Carlos Alonso es consciente de la corrupción en las iglesias de Colombia, pero que Casa sobre la Roca no es un ejemplo de robos de fe porque siempre le muestran su contabilidad a la gente y el diezmo (10% de lo que se produzca) no es obligatorio. Asegura que su iglesia no apoya a Viviane Morales, allá a nadie le dicen por quién votar, no hay nunca una adhesión a ningún candidato específico porque una iglesia no debe convertirse en un partido político.

Carlos Alonso Lucio niega que su iglesia, además de lo espiritual, lo ayude de cualquier otra forma, a él o a Viviane Morales. Y como suele hablar cuando se trata de algo importante, con voz y entonación de discurso de prócer político, dice que nunca ha ejercido un liderazgo religioso porque tiene una gran pregunta. El hombre que fue guerrillero quisiera saber cómo es que en Colombia, mayoritariamente cristiana, sigue reinando la corrupción, la desigualdad social, la miseria y la violencia. Se plantea de qué manera se puede lograr que Colombia aplique en su día a día los valores que profesa en sus cultos los domingos. Pero es muy esquivo para responder si, en las circunstancias ideales, sería pastor de su iglesia.

Hace falta hacerle la pregunta cuatro veces para que diga que lo haría. En un futuro próximo quizá nos encontremos con el “pastor Lucio”.

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