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Más allá de los disfraces de inspiración carioca hay una tradición que encuentra en barrios y pueblos del Caribe un profundo significado.

La cumbia, soberana, eterna, gigantesca, aparece en bloques de cinco. Dorada, opulenta, baila perfecta en pies que no se arrastran; levitan. El Cumbión de Oro es una avalancha de cumbiamberos que suben sombreros, esos que baten en la brisa de los días de Carnaval. Detrás de ellos vienen las marimondas de Barrio Abajo. Infinitas, pueden pasar durante más de tres minutos por el asfalto de la Vía 40, la avenida que recorren los principales desfiles del Carnaval de Barranquilla. Y tres minutos es bastante para unos grupos que avanzan bailando con relativa rapidez. Las marimondas son un enigma de pantalón largo, chaleco y corbata; el rostro nunca debe verse, las piernas jamás deben mostrarse y tampoco los brazos o las manos. Es una máscara de ojos que solo son un círculo saltón, una boca igual de saltona y una nariz larga, insolente, hecha de tela.

En esa misma locura colectiva que es la Batalla de Flores, el primer gran desfile de Carnaval en la Vía 40, detrás de esas 500 o 600 marimondas, van unos coyongos: un cono grandísimo que termina en un pico afilado, igual que el del pájaro que le da nombre a esta danza, una especie de cigüeña negra que busca peces en el río. No son más de treinta y su vestuario es igual de imponente, pero a su manera: no tiene el estallido de color de las marimondas, ni sus brincos alegres, sino un único tono por pájaro, un telar unicolor de dos metros de alto.

Un integrante de Los Diablos Arlequines, de Sabanalarga. Foto: Charlie Cordero.

 

El coyongo. Foto: Charlie Cordero.

Todos aman la marimonda. Puede que este personaje sea el símbolo más extendido del Carnaval fuera de Barranquilla. Es llamativa, mamadora de gallo –como se dice en la costa–, tal vez sea la mejor representación del carácter del barranquillero, como si se personificara a sí mismo en un disfraz dentro de su propia fiesta. Pero ese mismo público amante de las marimondas suele aburrirse con el coyongo, el pájaro gigantesco hecho con estructura de maderas, alambres y telas. Y tampoco disfruta mucho ver al golero o al burro, todos personajes venidos del río Magdalena, cuya vocación ribereña y de faenas rurales narra la cotidianidad del gran Caribe para convertirla en fiesta.

Ahí, en esos disfraces, es donde explota el Carnaval y su poder histórico de resistencia.

En Barranquilla, los sábados de precarnaval son sábados de fiesta. Siempre hay plan y los grupos musicales y folclóricos aparecen en cualquier lugar. A un centro comercial llegan Las Farotas de Talaigua, un grupo de once hombres vestidos de mujer que se mueven al ritmo seguidos de un grupo de millo.

Jeison, el más pequeño, tiene aretes verdes, grandes, como los míos. Le pregunto si le gustan y me dice que sí. Tiene las manos en la falda, ojos en la pechera y responde con la simpleza de sus once años: habla apenas. Pero no estoy hablando con Jeison, estoy con la ninfa, una niña que los españoles, en los tiempos de la Conquista, violaron a orillas de la Depresión Momposina. Ella y las otras mujeres de Talaigua, un pueblito que flota sobre el río Magdalena, a 250 kilómetros al sureste de lo que hoy es Cartagena, iban a lavar ropa al río. Jeison José Herrera Caro, talaiguero, once años, sabe que él es la ninfa, pero no conoce su historia.

Un congo alistando el disfraz. Foto: Charlie Cordero.

–Todavía no me lo han dicho, no me he visto la historia y tampoco la he escuchado -me dice.

Disfrazado de mujer, flores en la cabeza y pollera encendida, solo sabe que hacer parte de la danza ancestral de su pueblo, en la que hombres se visten de mujer, es emocionante.

–Los hombres se vestían de mujeres para defender a las mujeres –continúa–. Porque a las mujeres no se les pega.
Jeison conoce una parte de la historia. Le falta la peor.

Uno de los adultos de Las Farotas me explica que, como también violaban niñas, la ninfa –Jeison– es una parte esencial de la coreografía. Es la pequeña entre las adultas, la que hace el saludo, una especie de cortesía en la que alterna de un lado y otro, entre parejas, y luego sostiene la falda de sus extremos para hacer el perilleo, tal vez el más famoso de los pases de Las Farotas.

Una farota ejecutando su danza. Foto: Charlie Cordero.

Aún sin saberlo totalmente, labios rojos y mejillas coloradas por el mismo labial, Jeison es una Farota y todo lo que ella supone. Sabe de la fuerza de transfigurarse, de hacerse otro con vestirse, moverse y bailar. De hacerse otra. En tiempos del #MeToo y la resistencia femenina de corillos que se cantan en Chile y en Túnez para decir que hay violadores por todos lados, su historia, la de la ninfa, es parte de una serie de infamias que no se pueden olvidar.

Pero en el Carnaval de Barranquilla, como en esos carnavales donde todo pasó, los machos vestidos de hembras han sido una constante.

Desde hace siglos, el intercambio de roles ha sido parte esencial de los carnavales: la sublimación máxima del ser humano antes de volver a encajar, con sus medidas a punto, en el marco de lo políticamente correcto, lo permisible. Hay hombres, como las Farotas, que se convierten en mujeres para no olvidarlas, para aferrarse a la historia que no quieren repetir. En cambio, bastante lejanos del feminismo, y más bien machistas, otros hombres han transmutado en calles y aceras donde hay latas de cerveza en el piso: se ponen esponjas en el cuerpo para abultarlo y hacerlo protuberante, como esas figuras de las mujeres del Caribe. Esos mismos hombres que se convierten en mujeres para sentarse en las piernas de otro hombre y burlarse de su hombría, o para ponerla a prueba, valiéndose del permiso religioso concedido hasta cuarenta días antes de que el Hijo del Hombre sea entregado. Esa es la idea del Carnaval, una licencia para todos porque a todos les cabe un disfraz, y la fina línea entre lo que se es y lo que se quiere ser se rompe por unas horas, unos días o por toda la vida.

En cambio, a veces, lo que se quiere por unas horas es poder ser uno mismo.

Cuentan que Mama Naty las vistió de pies a cabeza para que no supieran quiénes eran: eran Natividad López de Altamar y sus hijas, cubiertas todas, que se disfrazaron de ellas mismas para poder entrar a las casetas y las verbenas del Carnaval, que hasta los años ochenta eran prohibidas para las damas sin compañía masculina. Se disfrazaron de mujer, de ellas mismas, trusa negra infinita, falda roja y máscara de tela, también negra.

Las Negritas Puloy. Foto: Charlie Cordero.

Las Negritas Puloy. Foto: Charlie Cordero.

–Entraban y vacilaban, pero con careta –cuenta Isabel Muñoz, la nueva matrona de la comparsa, casi 35 años después, mientras está sentada en su casa, en el populoso barrio Montecristo de Barranquilla, vecino del Barrio Abajo.

Es Isabel, nuera de Mama Naty, la que ahora comanda a las negras que reparten besos, y cuya fuerza atrajo a otras tantas mujeres que dejó de ser un disfraz colectivo para convertirse en comparsa de tradición popular: la única eminentemente femenina nacida en Barranquilla, en un acto de auténtica rebeldía. Las Negritas Puloy.

“El carnaval es descontrol y resistencia. Es la base lúdica de la sátira social. Es el rechazo a los tabúes, el desafío a lo prohibido, la posibilidad de liberación de los deseos. El momento en que podemos sacar nuestro disfraz y darles vida a todos aquellos que habitan en nosotros”. Lo leo en una pared del Museo del Carnaval. Las Puloy lo hicieron: son mujeres que se visten de mujer, que se esconden en sí mismas para poder liberarse. Les negaron el espacio, pero supieron tumbar el blindaje porque el disfraz lo puede todo. Las Negritas Puloy tiran besos sin pestañear, un modo de evadir la realidad para poder permanecer en ella. Y a veces no se puede ir exhibiendo lo que habita en uno mismo, a menos de que se use un disfraz.

–¿Qué hacían allá tirados?

–Descansando.

Son un lobo, un toro y otro toro. Camilo, de 12 años; Eyker, de 14, y Keyner, de 14 también. Camilo es el lobo. Eyker, el toro. Keyner, el otro toro. Es el domingo antes del Carnaval y ellos han pasado todo el día convertidos en fauna y tirándose a los carros que pasan, a los buses llenos de gente, a los pocos transeúntes que se atreven a caminar en esa vía sin andén. A todos les piden plata. Como paramos, nos piden el chance (que los llevemos). Aceptamos a cambio de las fotos y de que nos cuenten su historia. Hay trato.

–Una señora nos alquila los disfraces a dos mil pesos.

–Yo cojo la plata para comprar las libretas.

–Yo llevo cuatro mil.

–Yo seis mil.

–Yo nueve mil.

Estamos en la carretera que de Barranquilla conduce hacia Sabanalarga, un municipio a hora y media de Barranquilla. Los recogemos más allá que acá, llegando al pueblo. Todos hablan al tiempo.

El descabezado. Foto: Charlie Cordero.

–¿Y sus papás no les dicen nada? –pregunto.

–Sí, a mí sí.

–A mí no. Yo también bailo cumbia.

El viaje es muy rápido, así que la entrevista se acaba. Antes hemos hecho las fotos. Todo está saldado. Fue divertido llevar a tres animales parlantes en el asiento de atrás.

La fauna del Carnaval está en todas partes. Es un todo que se puede tomar por sus partes. Son lobos, toros, jirafas, burros, gusanos, ciempiés, gorilas. Encontrarlos es fácil, pero solo en ciertos lugares y en determinados momentos. Se han ido extinguiendo poco a poco en las calles de Barranquilla, que ahora son más urbes que escenarios naturales donde estos animales pueden pasear.

Tres personajes de la fauna recorren una calle de Galapa. Foto: Charlie Cordero.

La fauna del Carnaval. Foto: Charlie Cordero.

La fauna del Carnaval. Foto: Charlie Cordero.

El tigre. Foto: Charlie Cordero.

Antes, la fauna llegaba a las casas de improviso, durante los cuatro días de la máxima fiesta. A veces empezaban a verse un mes antes del Carnaval: ventaneaban, asustaban, pedían plata, se salían con la suya. Y manejaban sus propios códigos. No hablar, a menos que estuvieran en manada y la presa dijera que no tenía plata, que permiso, que la dejen pasar. Entonces hacían lo que dicta el instinto: la acosaban, la perseguían: “Mira que es para una gaseosa, todo bien”.

Me gustaba verlos por las calles andar, en cualquier sitio, a cualquier hora. Se ha vuelto más difícil topárselos, pero es fácil saber dónde están concentrados: en los desfiles y eventos del Carnaval, y en las carreteras que van hacia otros municipios. Son comunes los retenes con cuerdas y escopetas de palo, en donde la fauna amenaza como amenazan los animales salvajes para molestar a esos humanos que les han ido robando su hábitat. A los de verdad los han sacado a punta de incendios forestales, tala de árboles y ganadería extensiva. Con estos de peluche, de mentira, lo han hecho levantando edificios con alma de rascacielos, con lobbies que bloquean el acceso a las casas, a los hogares y a la gente a la cual le pueden pedir monedas.

Antes la fauna llegaba, ahora hay que salir a buscarla. Todo era más fácil cuando las casas eran mayoría y al sonar el timbre uno corría a abrir para encontrarse en la puerta, por ejemplo, a un burro con escopeta.

Hoy, los burros más famosos del Atlántico son los de Adolfredo Llanos. Tiene cien y cada año los viste con hilos de tela. Antes eran negros, grises y blancos, imitando la piel del animal, pero ahora se le dio por hacerlos multicolor. Los cose en el taller que tiene en su casa, en Pital de Megua, corregimiento de Baranoa, a 40 minutos de Barranquilla.

–Llevamos años estudiando el pelo – dice.

Adolfredo estudió Artes Plásticas y por eso él puede darles vida a los burros más lindos de todo el Carnaval de Barranquilla. Porque la gente dice que Adolfredo hace burros lindos, y que estos, los corcoveones, genuinamente lo son.

–¿Cómo logra que tantos niños quieran disfrazarse de burros, cuando parecía que ya nadie quería hacerlo?

Ante la pregunta, se descompone de la risa.

–Aquí, en Pital, los pelaos, todos, se quieren disfrazar de burro –responde–. Al contrario, aquí toca decir que ya no puedo recibir más. ¡Todos quieren estar en el burro corcoveón!

El burro corcoveón, originario del corregimiento de Pital de Megua. Este año celebra dos décadas en el Carnaval de Barranquilla. Foto: Charlie Cordero.

Piezas del disfraz del burro corcoveón. Foto: Charlie Cordero.

En la periferia, en los pueblos, el Carnaval tiene otras dimensiones y todavía son bastante más artesanales que en Barranquilla. En un pueblo como Pital todo parece más fácil: las danzas no requieren esfuerzos mayúsculos para no desaparecer porque no hay saturación y los niños no están tan tentados por el celular, ni por el Nintendo Switch –¿este es el último?– ni por el TikTok. Como en los pueblos la diversión tiene menos oferta, nada se compara con ponerse un disfraz. En Barranquilla, casi nadie quiere ponerse las alas de golero o un enterizo con cola de mico o la máscara de un burro brioso; en la periferia sí.

Los cien de Adolfredo hacen sus propios disfraces en un patio-taller que se adecuó para abaratar los costos: Adolfredo le da forma a la espuma y la convierte en una máscara con la expresión permanente del rebuzno. Luego, los niños –hay desde los 3 años– las decoran como quieren. Tienen cinta, vinilos, silicona y tela para forrarlas. También tienen al maestro. Y tienen la libertad de ser el burro que quieran, con los rasgos que quieran.

–¿De dónde viene el burro corcoveón? –pregunto.

–El Carnaval es en verano. Para esa época, el campesino ya había cultivado el millo, lo metía en una trocha y lo guardaba. Como no había pasto, llevaba al burro a comer millo, y como ese es afrodisíaco, el burro se pone jarocho, patea, no quiere ir al monte, hace de todo –explica Adolfredo–. De ahí viene lo de corcoveón.

Fue un 20 de enero –día de San Sebastián– que Adolfredo fundó la danza de sus burros en el año 2000. Desde entonces, cada año, iza la bandera de su grupo ese día. Es el acto más importante para cualquier agrupación carnavalera, y allá en Pital se celebra con una fiesta indómita. Se llama la Mondocarnochuzoburroteka. Una fiesta de burros felices de serlo.

La fiesta que nació en las calles y se llenó de escenas espontáneas como la de un burro cruzando en un semáforo, o la de un indio mohicano de lanza y flecha asustando a transeúntes, fue creciendo y se fue llenando de postales perfectas, de rostros felices y vestuarios de lujo. Sí, el Carnaval es vivo, dinámico, se transforma y cambia, como esa calle donde nació, que también se moderniza, que seguramente ya es de asfalto y no de arena, pero siempre seguirá naciendo de la entraña de lo absurdamente cotidiano.

Disfraz de la comparsa Selva Africana, del municipio de Galapa. Este grupo ha participado en el Carnaval de Barranquilla por 43 años. Foto: Charlie Cordero.

Los niños alquilan disfraces de animales para salir a pedir dinero. Foto tomada en Baranoa. Foto: Charlie Cordero.

Siempre saldrá el burro hacia la Vía 40 con zapatos en la mano, o habrá congos con caras largas antes de ponerse el turbante. Siempre habrá goleros batiendo las alas en canchas de arena, en los ensayos previos a la fiesta, y gorilas y perros peludos, gigantescos, tirados en la carretera mientras descansan de su faena.

El disfraz es, a fin de cuentas, eso que nos echamos encima para sacar otros pesos de adentro. Estar disfrazado es vivir lo que se soñó, y con todo lo que eso conlleva: el acto de transfigurarse, de conversión, que siempre deja rastro, como toda metamorfosis. Supone el más sincero de los escenarios, alejado de toda la pompa, antes de salir a posar ante las cámaras.

ANDREA JIMÉNEZ JIMÉNEZ
CRÓNICA GRÁFICA DE CHARLIE CORDERO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 156 - FEBRERO 2019

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