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La interminable guerra de Irak

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La periodista colombiana Catalina Gómez Ángel estuvo en el frente de batalla en la retoma de Mosul, en Irak, y desde allí reflejó el panorama desolador de un país donde la guerra no parece tener fin.

Irak puede dividirse en cualquier momento. Después de más de dos décadas en las que una guerra ha seguido a otra guerra, este país, invadido por una coalición liderada por Estados Unidos en 2003, ha quedado fracturado entre la mayoría chiita, los kurdos y los árabes sunitas que, cansados de la exclusión sectaria impulsada desde el gobierno central, dieron visto bueno a la llegada de la peor cara del extremismo: el llamado Estado Islámico. Esta es la historia de cómo las fuerzas iraquíes, después de dos años de lucha para expulsar a Isis del 40 % de su territorio, actualmente batallan para retomar Mosul, la segunda ciudad del país. La periodista colombiana Catalina Gómez Ángel, que ha sido testigo del avance de Isis en Irak desde 2014, ha regresado al frente de batalla y muestra un panorama desolador de un país donde la guerra no parece tener fin.

Desde la desgastante guerra con Irán en la década de 1980, Irak no ha vivido en paz. No habían pasado tres años del cese al fuego que puso fin al enfrentamiento de ocho años con Irán, cuando el presidente republicano George Bush dio luz verde para atacar Irak como represalia por haber invadido Kuwait, una pequeña nación petrolífera ubicada al sur de su territorio. Si bien entonces el Gobierno estadounidense decidió no ir por la cabeza del dictador Sadam Husein, las sanciones económicas se incrementaron, hasta el extremo de hacer la vida de los iraquíes una tortura, y los ataques esporádicos al país nunca desaparecieron hasta que en 2003 Estados Unidos y sus aliados invadieron el país en el marco de la guerra que se libraba contra el terrorismo. El argumento era que el régimen de Husein escondía armas de destrucción masiva. Una acusación que resultó ser un montaje del gobierno de George W. Bush, que hizo lo que no se atrevió su padre: derrocar al dictador.

Sadam Husein era sin duda un dictador con mayúsculas. La represión y los abusos que cometió durante casi tres décadas que gobernó en Irak están documentados en los miles de libros. Pero las armas nucleares de destrucción masiva no existían y los ataques del 11 de septiembre sirvieron como excusa para que los gobiernos de Londres y Washington, principalmente, aprovecharan la oportunidad para recuperar la influencia sobre este país fundado sobre lo que antiguamente se conocía como Mesopotamia. La ubicación y la riqueza de estas tierras atravesadas por los históricos ríos Tigris y Éufrates, que poseen las quintas reservas de petróleo del mundo, la han convertido en un objeto de deseo para todos los imperios en el transcurso de los tiempos. Hasta hoy.

 

El desembarco de los estadounidenses y sus aliados, que al final de 2003 tenían alrededor de 225.000 hombres en Irak, resultó un desastre. Destruyeron todas las instituciones, empezando por el Ejército, para luego comenzar su reconstrucción desde cero. Su decisión de brindar apoyo político incondicional a los chiitas dio rienda suelta al sentimiento de venganza que se había ido acumulando dentro de esta comunidad después de años de políticas sectarias de Sadam en contra de esta rama del islam que practica más del 60 % de la población. Sadam, que gobernaba bajo el manto del partido nacionalista Baaz, había beneficiado a los sunitas, la otra gran rama del islam a la que pertenecía. Los sunitas, mayoría en el mundo musulmán pero minoría en Irak, representan alrededor del 38 % de la población iraquí. El 14 % de la comunidad de sunitas son kurdos, que se identifican por su etnia y no por su religión. Los kurdos, que viven en el norte del país, hablan su propia lengua y después de décadas de lucha contra el gobierno de Bagdad, la Nueva Constitución de 2005 ratificó su autonomía.

La improvisación de las políticas de entonces trajeron consecuencias dolorosas para el país. Más de 250.000 personas han muerto en las múltiples guerras que se han peleado desde entonces en Irak: la guerra entre la coalición internacional y el Ejército iraquí; la guerra de Al Qaeda y los seguidores de Sadam contra los invasores; la guerra sectaria entre Al Qaeda y las milicias chiitas que se crearon después de 2003, y la guerra de estas organizaciones chiitas contra los invasores, que terminaron por abandonar Irak en 2011 después de haber invertido millones de dólares en su intento por modernizar al Ejército y estabilizar al país. La guerra actual es contra el llamado Estado Islámico, conocido en estas tierras como Daesh, una disidencia de Al Qaeda que se fortaleció ideológicamente en las cárceles dirigidas por los estadounidenses y que había ganado poder militar en el marco de la guerra siria.

***

A finales de junio de 2014, dos semanas después de que el entonces llamado Estado Islámico de Irak y del Levante hubiera avanzado en Irak hasta tomarse casi el 40 % del territorio, una fila de varios metros se extendía frente al cuartel de la Policía Federal de Nayaf, al sur de Bagdad. No importaban los 50 grados centígrados de temperatura que marcaba el termómetro a las 10.30 de la mañana, aún más inclementes por el sol que pegaba sobre aquel terreno desértico en medio de la nada.

Hombres de todas las edades esperaban a que les llegara el turno de presentarse frente a la ventanilla. “Vengo por la fatua”, decían repetidamente ante el hombre que procedía a recogerles los datos. Se referían al dictamen religioso hecho por el gran ayatolá Ali Sistani, máxima figura del chiismo en Irak. Sistani, que vive en esta ciudad que considera el centro del chiismo en el país, había llamado a los iraquíes de todas las creencias y etnias a enlistarse después de la caída de Mosul. La segunda ciudad del país había sido tomada por los extremistas el 10 de junio, sin gran resistencia de las fuerzas de seguridad iraquíes que habían huido en masa. Pocos días después de aquella fatua se habían registrado más de dos millones de voluntarios, la mayor parte provenientes de las regiones de mayoría chiita que se extienden desde Bagdad hacia el sur del país.

Para entonces había viajado a Irak con el fin de cubrir lo que se consideraba una catástrofe, otra más en la historia del país. Ni la Policía Federal, el Ejército y hasta las famosas Fuerzas Especiales creadas y entrenadas por los americanos habían podido detener el avance de alrededor de 2.000 extremistas que atravesaron la frontera desde Siria, tomaron Mosul y continuaron hacia otras regiones donde se les iban uniendo simpatizantes locales. En cuestión de días, el llamado Estado Islámico se había apoderado de las grandes ciudades de mayoría sunita y amenazaban con seguir hacia otras regiones.

En Mosul miles de oficiales se quitaron sus uniformes y huyeron dejando las armas atrás. Otros se unieron a los combatientes y otros miles resultaron capturados y asesinados. Mientras el mundo se distraía con el Mundial de Fútbol de Brasil, más de 1.700 militares de origen chiita fueron asesinados en Tikrit, la ciudad originaria del exdictador. Los cadáveres de muchos de ellos fueron lanzados al Tigris desde uno de sus palacios. Los videos de estos asesinatos que los extremistas de Isis subían a la red competían en popularidad con los goles que James Rodríguez marcaba en Brasil.

 

La Bagdad que encontré aquel junio era una ciudad apoderada por el miedo. En los primeros cuatro meses del 2014 habían muerto 4.134 personas según la organización Iraq body count que contabiliza las muertes en este país desde 2003. Muchos habían muerto a consecuencia de los carros bomba que Isis hacía explotar constantemente en el país. Esta vez la preocupación se extendía a que Daesh se tomara la ciudad, o al menos partes de ella. El fantasma de una guerra sectaria entre chiitas y sunitas había vuelto a resurgir. Los retenes que se volvieron a levantar a lo largo de la ciudad –ya de por sí encerrada en barrios marcados por sectas y protegidos por paredes de hormigón–, hacían que el tráfico durante el día fuera aún más caótico de lo normal. Para entonces circulaban noticias de que Daesh tenía decenas de células durmientes en los cinturones que rodeaban a Bagdad.

En cada conversación, ya fuera con políticos o gente de la calle, me quedaba claro que los extremistas sunitas tenían en vilo al país. Pero también era evidente que Irak no contaba con los hombres ni las armas para protegerlo. Daesh no solo había dejado en evidencia la debilidad de las fuerzas iraquíes en las que los estadounidenses habían invertido millones de dólares, sino que también se había quedado sin gran parte de su arsenal. En solo Mosul, Daesh capturó 2.300 humvees, y este es un pequeño ejemplo. Cada vez que me movía unos kilómetros afuera de Bagdad o transitaba por algunos barrios periféricos confirmaba que quienes realmente lideraban la defensa de la ciudad eran las controvertidas milicias chiitas, que fueron señaladas de haber asesinado decenas de soldados estadounidenses durante la invasión. Muchas de estas milicias son financiadas por Irán, que irónicamente ganó gran influencia en Irak después de la invasión promovida por dos de sus grandes enemigos: Estados Unidos y Gran Bretaña. Irán, que como Irak también es de mayoría chiita, respondió de inmediato al avance de Daesh en Irak enviando hombres, asesores y armas. En Bagdad se asegura que si no hubiera sido por la intervención de Irán en junio de 2014 la catástrofe habría sido peor.

La crisis se agudizaba a consecuencia de que Irak se encontraba en un limbo político. El entonces primer ministro chiita, Nouri Al Maliki, a quien los sunitas acusaban de haber llevado a cabo una campaña de represión y abusos contra los sunitas del país, movía sus fichas para ser reelegido en el cargo. En Mosul el sentimiento anti Bagdad era tan grande que buena parte de la población vio con buenos ojos la instalación de un gobierno liderado por el llamado Estado Islámico, que desde años atrás había ido ganando terreno en esta ciudad gracias a su discurso religioso y reivindicativo de la comunidad sunita. Hubo que esperar hasta septiembre para que las fuerzas políticas llegasen a un acuerdo y designaran al también chiita Haider Al Abadi como primer ministro. Prometía incluir a la comunidad sunita en el Gobierno, sacar adelante políticas de reconciliación y poner en marcha una campaña para recuperar las tierras y ciudades que estaban en poder del llamado Califato del Estado Islámico, que fue proclamado desde la mezquita Al Nouri de Mosul el 5 julio por Abu Bakr Al Baghdadi.

Después de durísimas campañas militares a lo largo del Irak sunita en los dos últimos años, las reconstruidas fuerzas iraquíes pelean actualmente en las calles de Mosul. Esta es la ofensiva militar más grande que se ha llevado a cabo en Irak desde la invasión. Y también más difícil, a consecuencia de la gran división que existe en Irán entre sus tres principales actores: chiitas, sunitas y kurdos.

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Desde una trinchera que han levantado para protegerse en el terreno baldío que separa dos casas, varios hombres de las Fuerzas Especiales iraquíes me señalan las edificaciones que están en la distancia. Es Gogjoli, me dice uno de ellos identificado como Nasr. Se refiere al primer barrio de Mosul, por donde empezaría la batalla para retomar la ciudad.

“Daesh está escondido en esa planicie”, señala Nasr que lleva su M.16 en posición de defensa. Por más que intenta identificar el lugar que quiere mostrar no logro ver más allá de un terreno desértico que se interpone entre la posición donde nos encontramos y la ciudad, el aire está cargado de un color amarillo espeso a consecuencia del polvo y la pólvora de tantos días de lucha. La chaqueta negra y la insignia de las Fuerzas Especiales que Nasr lleva pegada en la manga derecha lo identifican como uno de los integrantes de la División de Oro del servicio de contraterrorismo iraquí, las Fuerzas Especiales que tienen la misión de ir siempre al frente de la batalla contra Daesh. “Desde allá nos atacan con francotiradores y otras veces utilizan morteros. Pero estamos acostumbrados”, me explica este joven de 27 años que tiene a su cargo la conducción de un humvee gastado y maltrecho en el que se mueve su unidad. El carro armado de color negro, que lleva un número 9 en sus puertas delanteras, es herencia de los estadounidenses. Con él han participado en todas las grandes batallas para expulsar a Daesh de Irak en estos dos últimos años: Tikrit, Baiji, Ramadi y Faluya, que hasta Mosul había sido la lucha más difícil para ellos.

Los múltiples disparos en las ventanas del humvee son la prueba de los días difíciles que han dejado atrás. “Los momentos más difíciles los vivimos al comienzo, pues no estábamos familiarizados con la manera de pelear de ellos –por Daesh– y era muy difícil anticipar sus ataques”, me cuenta. Para aquel momento de la conversación se habían unido el resto de sus compañeros. Llevan tantos días peleando, o preparándose para hacerlo, que cualquier distracción les parece novedosa.

 

Uno de ellos, que lleva un sombrero camuflado, recuerda que una de las tácticas de Daesh es atacarlos por sorpresa y emboscarlos con los miles de artefactos explosivos que dejan sembrados en la vías, o en las poblaciones que han tenido en su poder. Eso sin contar con los suicidas y los carros bomba que ha utilizado como principal arma de ataque. “De cierta manera hemos aprendido a identificarlos y neutralizarlos –por explosivos y carros bomba–. Pero cuando entramos a una ciudad lo que más daño nos hace son los francotiradores. Los túneles les permiten aparecer por todas partes”, cuenta el hombre del sombrero, llamado Ali, y quien tiene a su cargo la ametralladora que va en lo alto del humvee. La seguridad del grupo depende de su agilidad para descubrir de dónde vienen los disparos enemigos.

Los siete integrantes de la unidad se habían dividido las misiones aquel día. Unos estaban de turno y otros se dedicaban a labores más mundanas, como lavar la ropa. Era evidente que después de días de victorias, el grupo estaba exultante. La pelea para llegar hasta las puertas de Mosul había sido dura, les había costado descubrir el lugar donde Daesh había ubicado la artillería pesada con la que los atacaba, el área estaba llena de túneles y explosivos. Pero al final habían logrado recuperar estas posiciones en menos de dos semanas. Se alababan por haber avanzado mucho más rápido que el Ejército, los peshmergas y la Policía Federal, que tienen a cargo otros frentes.

Después de meses de discusiones, el gobierno de Al Abadi logró llegar a un acuerdo que satisficiera no solo a todas las fuerzas militares, sino también a todas las sectas, especialmente a los sunitas. Se decidió que las Fuerzas Especiales, de las que hace parte la unidad de Nasr, y algunas divisiones del Ejército se enfocarían en el este de la ciudad, que son las fuerzas que hoy pelean en Mosul. El Ejército y la Policía Federal tendrían a su cargo el frente sur y los kurdos liberarían las zonas del norte ubicadas en las planicies de Nínive, que ellos siempre han reclamado como parte de su territorio. Bajo ese mismo compromiso el gobierno de Erbil, la capital kurda, se comprometía a autorizar que las fuerzas iraquíes, las mismas contra las que peleó por décadas, operaran desde su territorio y que sus peshmergas no entrarían a Mosul, ciudad sobre la que históricamente han tenido influencia.

El mismo compromiso fue hecho por las unidades de movilización popular, el nombre que agrupa actualmente a las milicias chiitas conocidas localmente como Hash al Shabi, a quienes los sunitas se niegan a ver dentro de la ciudad. Aun bajo esta petición, las Hash al Shabi dan apoyo por el frente sur y llevan a cabo una ofensiva para liberar todas las poblaciones al oeste de Mosul cercanas a la frontera con Siria. Todas estas fuerzas, excepto las milicias, son apoyadas por fuerzas de una coalición internacional liderada de nuevo por Estados Unidos. Un grupo de 5.000 estadounidenses que dan apoyo a nivel estratégico a las fuerzas iraquíes y kurdas. Desde el aire bombardean y en el terreno ayudan con asesoría, artillería, inteligencia y coordinan los ataques aéreos.

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De las tácticas utilizadas por Daesh en su lucha quedan decenas de rastros en la vía que transitamos hasta llegar a la posición donde se encuentra ubicada la unidad de Nasr. Lo que no ha sido fácil, como todo en Irak. Como cada mañana que queremos ir a uno de los frentes de batalla, tuvimos que pedir permiso, en esta ocasión en la base que los Servicios de Contraterrorismo iraquí han establecido en la región semiautónoma del Kurdistán. Después de un largo rato de explicaciones, aceptan dejarnos llegar hasta el último frente y para mostrarnos el camino envían al capitán Ahmad, un joven fornido de 22 años que nunca deja ver su rostro, siempre cubierto por un pasamontañas verde.

Lo hace para evitar que el enemigo pueda identificarlo. Se casó dos meses atrás y teme que su mujer y el resto de su familia en Bagdad tengan problemas por su culpa. Me cuenta que a veces pelean muy cerca y Daesh los filma. Luego distribuyen los videos por la web y eso les puede causar muchos problemas. Durante la batalla de Tikrit, la gran primera ofensiva, estuvieron encerrados en la misma casa con los extremistas por horas, podían hablar entre ellos. Ese día descubrió que los llamaban cuervos. Por sus uniformes negros. “Nosotros los llamamos ratas”, me cuenta durante el trayecto.

Antes de la aparición de Daesh, la División de Oro era acusada por los sunitas, y especialmente por los habitantes de Mosul, de ser un instrumento político del ex primer ministro chiita Nouri Al Maliki. Se les señalaba de realizar abusos de tinte sectarios. Su presencia era tan controvertida que entonces se hablaba de la necesidad de desmantelarlos. Pero la guerra contra el llamado Estado Islámico llevó a reestructurarlos y reentrenarlos. En estos últimos años han vuelto a convertirse en la fuerza iraquí mejor valorada por la sociedad.

“De cada batalla aprendemos muchas lecciones”, me explica Ahmad, que ya para entonces creía que la batalla Mosul sería la difícil –como está sucediendo–. Daesh, además de sus viejas tácticas de emboscadas y carros bomba, está utilizando a la población como escudos humanos, lo que complica aún más la batalla.

 

Gracias a la presencia de Ahmed, traspasamos una serie de retenes kurdos e iraquíes –donde si no se tiene el permiso correspondiente, los periodistas podemos permanecer por horas–, hasta llegar a la cristiana Bartella, la primera gran población de otras que se extienden a lo largo de esta vía de doble calzada que llega hasta el corazón de Mosul. Bartella hace parte del grupo de pueblos de mayoría cristiana ubicados en las históricas planicies de Nínive que fueron capturados por Daesh en la segunda ofensiva hacia el norte de Irak, en agosto de 2014. A los cristianos que han vivido en estas tierras durante siglos, Daesh les dio tres opciones: convertirse al islam, pagar una fianza o morir. La mayoría huyeron con lo que tenían puesto.

Entre todas las historias desgarradoras que se escuchaban en aquel agosto en Erbil, la capital kurda donde decenas de miles de cristianos buscaron refugio, nunca olvidaré la de una mujer a quien los extremistas de Daesh le habían quitado a su niña de cinco años de las manos cuando intentaba escapar. “Me daba órdenes –por el extremista– de que siguiera adelante mientras yo los veía llevar a la niña y entregársela a un emir –nombre como se identifica a los líderes–”, me había contado en aquel momento cuando vivía en un salón comunal de una de las iglesias de la ciudad. Según una noticia que apareció en un medio kurdo días atrás, esta señora hoy vive en un campo de refugiados de la zona y sigue buscando a su hija, sin éxito.

Un destino tan trágico, o más, habían sufrido otros pobladores de esta planicie, como la minoría yazidi. Cientos fueron asesinados y miles de mujeres fueron secuestradas, vendidas, esclavizadas y violadas por esta Daesh, que considera a los yazidis una secta diabólica. Cristianos, yazidis y otras minorías religiosas que han sido perseguidos por Daesh acusan a sus vecinos sunitas, con los que han convivido por siglos, de haberlos traicionado.

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El humo del cigarrillo se ha apoderado del bazar central de Fazliya. Después de dos años y medio en que fumar estaba prohibido, los habitantes de esta población rodeada por olivos, no pierden un minuto para inhalar el tabaco que ha vuelto a venderse legalmente en el pueblo. Han pasado cinco días desde que los peshmergas kurdos han expulsado a Daesh y todos parecen celebrarlo. Unos con sus cigarrillos, otros con sus caras recién afeitadas y las niñas corriendo por la calle. Todos quieren hablar y tomarse fotos con los periodistas que pasan por allí. La anunciada liberación de Mosul y la planicie de Nínive movilizó a cientos de periodistas de todas partes del mundo, en cuestión de días Erbil se convirtió en un hervidero donde cada mañana los periodistas hacen filas antes las autoridades kurdas e iraquíes con el objetivo de llegar a los diferentes frentes. Mientras el gobierno de Bagdad exige una visa que tarda semanas, los kurdos la otorgan a la llegada, al menos para algunas nacionalidades. En una región como Oriente Medio donde los visados son extremadamente difíciles de conseguir para los periodistas, la laxitud de los visados kurdos ha permitido que la ofensiva de Mosul sea seguida desde tan cerca.

“Era horrible. Muchas veces tocaban nuestras puertas en la madrugada para pedir nuestros coches o nuestras armas”, me cuenta Fátima, una señora de 78 años que encuentro sentada en la puerta de su casa junto con otras tres mujeres de su familia. A su alrededor decenas de niños juegan en las calles de tierra, mientras que los jóvenes mayores, que no superaban los veinte, miran desde atrás sin querer implicarse en la conversación. “Esto era como una cárcel al aire libre”, dice la señora que, como muchas otras personas con las que hablo en el pueblo, asegura que al comienzo no creyó que Daesh les pudiera hacer daño. A diferencia de muchas otras poblaciones de esta planicie, Fazliya está habitada por sunitas, en este caso de la minoría étnica chabak. Son ellos a quienes sus vecinos de otras confesiones acusan de traición.

En las calles del pueblo los hombres explican que los extremistas llegaron hablando de religión, de la discriminación que vivían los sunitas y de las nuevas oportunidades que tenían por delante en el territorio del Califato. La gente los aceptó y por eso no huyeron, como lo hicieron cientos de miles de habitantes de las poblaciones vecinas. También aseguran que cuando quisieron huir no pudieron. Daesh minó toda la zona alrededor dejándolos sin vía de escape hacia las tierras del Kurdistán, la única región libre de Daesh a su alrededor. “Pasaron un par de meses para que nos diéramos cuenta de quiénes eran en realidad”, me cuenta otra de las mujeres del grupo, más sinceras que los hombres. Ella insistía en que los extremistas aparecían y desaparecían sin previo aviso, pero que sus reglas siempre permanecieron gracias a la gente del pueblo que colaboraba con ellos.

 

Las mujeres tenían que cubrirse el rostro y no salir a la calle sin la compañía del esposo, o el padre. “Si nos veían con la cara descubierta teníamos que pagar dinero como castigo”, me explica la más joven del grupo, que como es normal en su cultura llevaba cubierta la cabeza con un pañuelo negro ajustado. Los hombres tenían que llevar los pantalones por encima del tobillo, dejarse crecer la barba, usar colores neutros y no podían fumar. A esto se sumaban los castigos y las ejecuciones para quienes rompían la ley. La mayor de las mujeres cuenta que uno de los momentos más duros para ellas era cuando venían por los jóvenes en las mañanas para regresarlos en las noches con las manos y la ropa llenas de tierra.

“Tenían extrañas teorías –por Daesh–. Decían que teníamos que ir a la mezquita a orar, pero justificaban su ausencia del rezo con el argumento de que estaban haciendo la yihad y su responsabilidad era la guerra”, agrega la misma señora que me repite varias veces que Daesh está terminado. “Los kurdos nos protegen”, dice. Por eso los habitantes de Fazliya no sienten que sea necesario marcharse ahora que han sido liberados, como lo han hecho hasta el momento más de 90.000 personas que abandonan las poblaciones que han sido liberadas. Se espera que para el fin de la ofensiva más de un millón de personas hayan huido de sus casas en lo que será una de las crisis humanitarias más grandes de los últimos años. Más de treinta campos se han construido en los alrededores de Mosul en los últimos meses, pero las organizaciones humanitarias son conscientes de que no serán suficientes para acoger a todas las personas que posiblemente los necesitarán.

Pero el reto más difícil, cuenta cada uno de los oficiales con los que hablo, es la seguridad. Decenas de simpatizantes de Daesh han tratado de camuflarse entre los desplazados. De cada grupo grande siempre encuentran unos dos o tres. Como respuesta han puesto en marcha un procedimiento de seguridad en el que se hace un chequeo especial a cada una de las personas que abandonan los territorios donde Daesh tuvo influencia. Aunque todo el mundo es consciente de los peligros que representa la movilización de un gran número de personas, las organizaciones de derechos humanos han llamado la atención sobre las arbitrariedades que se puedan cometer con los sospechosos.

Fazliya llama la atención porque ha quedado intacta. A diferencia de las poblaciones habitadas por los cristianos, yazidis o los otros chabaks, de confesión chiita, no fue afectada ni por los explosivos que deja Daesh sembrados en las poblaciones que tuvo en su poder ni por los bombardeos de los aviones de la coalición que escuchamos a la distancia. “Esperemos que muchos jóvenes hayan entendido que Daesh no era bueno”, dice la mayor de las mujeres antes de despedirme. Observo de reojo que muchos de los jóvenes que han seguido nuestra conversación todavía llevaban el pantalón remangado.

***

En la medida que nos acercamos a la población de Bartella, donde las iglesias fueron saqueadas y destruidas en su interior, las imágenes parecen sacadas de una película del Día final. Tal como se repite en todos los frentes de batalla. Las bodegas y edificaciones construidas a lo largo de la carretera están destruidas, las explosiones, pero sobre todo los bombardeos, las dejaron por el suelo. Los techos de zinc han quedado esparcidos hasta en los cables de la luz de donde cuelgan como muñecos desgonzados. Los esqueletos de los carros bomba se levantan como si fueran la gran pieza de arte de un museo del horror y miles de neumáticos que Daesh quemaba para bloquear la vista de los aviones de la coalición todavía arden a fuego lento.

Algunas partes de la carretera no están limpias de explosivos, así que siguiendo las instrucciones de Ahmed, el conductor cambia de un carril a otro, en forma de zigzag, para evitarlos. O para no caer en los huecos profundos que dejan las unidades antiexplosivos cuando limpian el terreno. “Para nosotros todos los enfrentamientos contra Daesh son difíciles porque no peleamos contra un ejército convencional, sino contra una guerrilla que no le importa morir y que está familiarizada con las ciudades a donde llegamos, como es el caso de Mosul donde han tenido mucho tiempo para prepararse”, me explica el teniente Ahmad para justificar la destrucción que tenemos al frente. “A esto se suman los túneles”, agrega. Después de un rato de camino en estas circunstancias, siempre cubiertos por un cielo espeso cargado de nubes amarillas y rodeados por casas semidestruidas y pedazos de concreto regados en cada rincón como relleno de piñata, giramos a la izquierda para adentrarnos por una vía estrecha de tierra que servía de límite a esta última población.

Las casas donde se encontraban los hombres de Nasr habían pertenecido a Daesh hasta solo dos días atrás. El escudo del Estado Islámico todavía estaba pintado en las puertas de algunas viviendas.

Al llegar, Nasr y el francotirador del grupo se encuentran de guardia. Siempre apuntan hacia el infinito invisible. Los demás, siempre atentos, caminan alrededor del humvee, donde después de un rato prendieron el fuego con el fin de preparar algo para comer antes de que caiga la tarde. Uno de ellos corta los tomates y otro se encarga de cargar los celulares en la multitoma que se nutre de la batería del humvee. Los teléfonos son el objeto más preciado en estos frentes, casi al nivel de las armas. Una selfie, me pide cada uno de los hombres de la unidad. Tal como se repetía en cada frente de batalla que visitamos. Cómo negarse, pero al mismo tiempo cómo saber dónde terminarán esas imágenes. ¿Colgadas en su Facebook? Mejor no preguntar.

 

“Todos entramos en esto porque queríamos pelear contra los terroristas”, me cuenta Nasr cuando le pregunto cuándo y por qué se había apuntado a las Fuerzas Especiales. Me dice que al igual que muchos de sus compañeros era originario del sur del país, de Nayaf, y que se unió hace más de dos años siguiendo el llamado del ayatolá Sistani. Todos ellos, incluido el capitán Ahmad, hacen parte de ese grupo de más de dos millones de voluntarios que se apuntaron en las Fuerzas Especiales. Dice que dejó atrás a su mujer y a sus tres hijos porque lo creyó necesario. “Había que defender a Irak”, asegura.

Lo destinaron a las Fuerzas Especiales por la edad y su capacidad física, pero no fue fácil sacar adelante el entrenamiento, me cuenta que las estadísticas son que después de 100 días de entrenamiento solo 5 de cada 25 logran pasar la prueba. A otros voluntarios que siguieron el llamado de la fatua los destinaron a otras fuerzas militares. Muchos otros engrosaron nuevas milicias que fueron creadas por las autoridades religiosas del chiismo en el sur de Irak. Estos grupos se unirían luego a los que ya existían desde el tiempo de la invasión para conformar las Hash al Shabi, donde también hay una minoría de grupos sunitas.

“Nosotros no peleamos por el hecho de ser chiitas o sunitas, es por Irak y porque queremos eliminar a los extremistas”, me explica Nasr, que no entiende la razón por la que me llamaba la atención que la mayoría de los humvees de las Fuerzas Especiales, y del Ejército o la Policía, lleven las banderas de los símbolos del chiismo. La imagen del imam Hussein, el nieto del profeta Mahoma y el mártir más famoso de esta corriente del islam que considera que el yerno del profeta era su sucesor, ondean en todas las regiones donde se lleva a cabo la ofensiva por Mosul, considerada, a su vez, la capital del sunismo en Irak.

Esta tendencia llama aún más la atención en el frente sur, en la población de Qayara, donde la abundancia de las tierras kurdas y la planicie de Nínive choca con un territorio árido donde la pobreza es evidente a pesar de ser uno de los principales centros petrolíferos de la región. Antes de salir derrotado de esta población de mayoría sunita, donde el extremismo y la ideología que sostienen a Al Qaeda y al Estado Islámico han tenido acogida desde hace décadas, Daesh prendió fuego a los pozos petrolíferos para evitar ser detectados por los aviones de la coalición. Han pasado más de cuatro meses desde entonces y en los barrios de la ciudad todavía los niños viven en medio de llamaradas que provocan ese humo negro espeso que hace aún más lúgubre este territorio desértico de casas de concreto a la vista. Si existe el apocalipsis, debe ser como Qayara.

***

En la carretera que lleva a la base militar de Qayara, utilizada por los estadounidenses como base de operaciones, un retén de la Policía Federal nos pide que paremos para preguntar quiénes somos. De inmediato llama la atención que la caseta de madera que los hombres han levantado para protegerse del sol está adornada con las fotos del imam Hussein, su padre el imam Ali, el ayatolá Ali Sistani –quien dictó la fatua– y el líder supremo de Irán, Ali Jamenei, a quien siguen muchos de las viejas milicias que a su vez son financiadas por los persas. Sistani y Jamenei tienen una gran rivalidad dentro de los chiitas no solo por su visión de la religión, sino porque un sector del chiismo iraquí quiere mantenerse independiente de Irán.

“Nosotros nos iremos de aquí cuando terminemos con Daesh, tal como lo hemos hecho en otras regiones de Irak”, asegura el líder de la organización Badr, Hadi Al Amiri, la milicia chiita más grande de todas las que hacen parte de Hash Al Shabi y que ha estado presente en las grandes batallas contra Daesh en Irak y muchas veces liderándolas. En esta ocasión, la mayoría de sus tropas, al igual que otras milicias, pelean cerca de la frontera con Siria donde intentan cortarles las rutas de abastecimiento a los extremistas que permanecen dentro de Mosul, donde ellos han prometido no entrar. “La gente sabe la seguridad que traemos e incluso en muchas regiones nos piden que les demos apoyo. Pero la idea es irnos cuando no sea necesario”, asegura Al Amiri, a quien encontramos con un grupo de periodistas en una pequeña población recién liberada en medio del desierto. A pocos metros de distancia, un grupo de sus hombres lanzan morteros hacia una población vecina donde se luchaba a esa hora. En la distancia la explosión de un carro bomba deja en evidencia que si bien Daesh ha abandonado muchas de estas poblaciones, ha dejado a algunos hombres dispuestos a inmolarse. Como siempre lo hace.

“Por ahora no vamos a entrar a Mosul, solo lo haremos si el gobierno nos lo pide”, sentencia Amiri con ironía. Después de casi dos meses de ofensiva, y a pesar de todos los progresos que han hecho las fuerzas iraquíes, nadie niega que la batalla por Mosul es de lejos la más difícil y mortífera que se ha peleado hasta ahora con Daesh en Irak. Más de 2.000 integrantes de las fuerzas militares habrían muerto según las Naciones Unidas y después de los cantos de victoria de los primeros días nadie se atreve a pronosticar cuánto tiempo más durará esta batalla por esta ciudad de mayoría sunita en la que está en juego el futuro de Irak. Si los chiitas extienden la venganza que ya existió en el país después de la caída de Sadam Husein, y los sunitas se sienten traicionados, entonces la unidad que han mostrado las fuerzas iraquíes en esta gran ofensiva contra el llamado Estado Islámico en Mosul no habría servido de nada. Irak es un país extremadamente frágil, en donde cualquier mala decisión puede acabar fracturándolo definitivamente.

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