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La exposición de James Bond

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En 2012, James Bond cumplió 50 años de haber aparecido por primera vez en el cine. Por eso el centro Barbican de Londres y EON exhiben los archivos con los detalles más íntimos de los rodajes.

En 2012, este mítico héroe de ficción celebró cincuenta años de haber aparecido por primera vez en el cine, cuando fue interpretado por Sean Connery, en Dr. No (1962), bajo la dirección de Terence Young. Desde entonces, se han filmado 24 películas de sus aventuras y los actores George Lazenby, Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan lo han encarnado y más recientemente Daniel Craig. Todos ellos han hecho de James Bond una verdadera leyenda del cine. Por eso, el Centro Barbican de Londres y EON —la casa que ha producido la mayoría de estas cintas— Abrieron sus archivos para exhibir los detalles más íntimos de los rodajes y permitirle ver al público el proceso de creación de estos largometrajes de acción pura, desde el concepto inicial hasta el montaje final. El resultado es James Bond 007, la exposición – 50 años de estilo Bond, que se presenta por estos días en la Gran Plaza de la Villette, en París (Francia).

Es el mejor espía británico al servicio de su majestad, la reina de Inglaterra. Aficionado al vodka-martini (shaken not starred), inteligente e intrépido, seductor, todo un gentleman capaz de combatir y vencer a los criminales más temidos. Tan sofisticados como su Omega son los artefactos que emplea para salir de aprietos y lograr hazañas que parecen imposibles. Solo confía en Walther PPK, que en realidad es el nombre de su pistola. En persecuciones veloces y cruzadas por balas y explosiones peligrosas, conduce autos de las más lujosas marcas, pero sus predilectos son, sin duda, los Aston Martin, aunque también pilotea con destreza aviones, helicópteros, botes, submarinos y motos de nieve y de tierra. Es infinitamente atractivo, pero su secreto no es el esmoquin ni la corbata que lo por demás le van muy bien, sino el estilo impecable y misterioso con el que porta todo lo que lleva puesto, lo cual le ha valido para conquistar a las más lindas y aguerridas. Su nombre es Bond…, James Bond.

Póngase cómodo porque desde ahora usted entrará, sala por sala, al mundo de James Bond. Para empezar, la inconfundible música de James Bond le da la bienvenida. Todo es oscuro y solo se ve en letras doradas el nombre de la muestra, con una leve pero diciente variación: la línea vertical del número siete de su identificación 007, se ha convertido en la empuñadura de su pistola. Y debajo, una gran entrada circular en forma de pasaje, que emula un túnel y que también recuerda las célebres aperturas de las películas, que lo muestran en la mira de un fusil que lo apunta, lo sigue desde lejos y se apresta a dispararle, mientras él camina sereno de derecha a izquierda en la pantalla, hasta que, de repente, gira y dispara mucho antes de que su adversario apriete el gatillo.

Shirley Eaton - Goldfinger - 1964.

(Los relojes de James Bond)

El montaje de la exposición es tan espectacular como las películas y cada milímetro está pensado para que el espectador tenga una verdadera experiencia Bond, incluso si no ha visto las películas, pues las piezas que se exhiben, describen a la perfección el carácter del espía. Por eso, el hecho de que sean carros y mujeres los encargados de dar la bienvenida a la muestra es elocuente, porque, al fin y al cabo, ¿qué sería del 007 sin sus “chicas Bond” y sus lujosos autos?

Dos de los más espectaculares adornan la entrada: un Aston Martin DB5, que apareció por primera vez en la película Goldfinger (1964) y que se conserva con su placa original: BMT 216A y el Aston Martin DB10, del que se manufacturaron solo diez carros en total; ocho fueron usados para la película y dos más son de exposición. Daniel Craig fue quien los condujo en Espectro (2015), la última entrega de la saga, y la producción decidió que Craig y el carro aparecerían juntos en el afiche promocional de la película, pues el DB10 se diseñó en 2014 para celebrar la estrecha relación que esta marca ha mantenido con las películas de James Bond.

A ellos les sigue una cama circular y giratoria, con un maniquí femenino, en tamaño natural, cuasi desnudo y pintado por completo de color dorado, una réplica del personaje de Jill Masterson, interpretada por la actriz británica Shirley Eaton, cuando es encontrada muerta y recubierta en oro, en la película Goldfinger (1964), lo que le valió el sobrenombre de Golden Girl o chica dorada.

Tras estos abrebocas se va revelando el universo de la saga literaria y cinematográfica de James Bond, con la exhibición de más de 600 objetos, como storyboards, decorados, guiones, fragmentos de las películas, fotos, esculturas, gadgets y vestidos, que organizaron temáticamente las curadoras Bronwyn Cosgrave, historiadora y periodista de moda y Lindy Cosgrave, vestuarista galardonada con un Óscar.

Guión gráfico - You Only Live Twice - 1967.

('Skyfall', una gran película para los 50 años de James Bond)

DONJUAN aprovechó para preguntarle a Bronwyn Cosgrave, qué les recomendaba a nuestros lectores para tener el estilo Bond: “Creo que para que un hombre sea impactante, hay que mirar al hombre, no a su ropa ni a sus cosas. Es verdad que maneja autos lujosos y tiene todos estos objetos deslumbrantes, pero eso es parte de su trabajo. Entonces, creo que no es el dinero lo que lo hace atractivo, sino que tiene una carrera que lo llena y una vida interesante.

En cuanto al estilo… Bueno, Bond es Bond y su estilo es solo de él, pero si un hombre quiere un estilo clásico, no hay mejor modelo que él. De hecho, uno de los primeros ítems que aseguré para esta exposición fue la recreación del traje clásico de Sean Connery. Ese diseño es original de Anthony Sinclair, un sastre que sigue vigente, así que si un hombre quiere ir a Londres a comprarlo, todavía están disponibles… Esos trajes han sido un punto de referencia para todos los sastres que han trabajado en las películas de James Bond.

“Seguimos una estructura narrativa muy similar a la de las películas. Creamos una exposición que permitiera a los visitantes seguir los pasos de Bond; por eso, después de esta entrada espectacular, lo primero que se visita es la oficina de M., que es el jefe del Servicio Secreto de Inteligencia Británico, para representar el momento en el que se le encarga alguna misión a Bond. Luego, dan un paseo por el Q Branch, la división en la que se desarrollan todos los artefactos que emplean los agentes del Servicio Secreto Británico”, comenta Cosgrave.

En la oficina de M. se puede ver un maniquí sentado en un cuartito pequeño, que representa a quien en las películas solía llevar el nombre de M. Bernard Lee y junto a él, quien lo remplazó en 1992: Stella Rimington, que fue la primera mujer nombrada en la ficticia dirección del departamento M16 al que rinde cuentas Bond, y que fue interpretada por la actriz británica Judi Dench en varias entregas.

Sean Connery - Dr. No - 1962.

(Los 50 años de James Bond, a través de la imaginación y el diseño)

A esta sección le sigue el Q Branch o taller de Q, que debe su nombre a Quartermaster, uno de los mejores aliados de Bond, pues la especialidad de este intendente es crear los gadgets y aparatos fabulosos que sacan de aprietos a Bond. Q, que es más que nada un cerebro genial, ha sido interpretado en las películas por distintos actores, pero mantiene una frase inconfundible: “Ahora ponga atención, 007”, le dice a Bond cada vez que le entrega el maletín con las herramientas que necesitará en cada nueva misión.

En la exposición, el Q Branch se muestra como una bodega alargada, bien iluminada y repleta de cajas de madera y entre ellas, una serie de vitrinas que dejan ver los objetos, con una explicación de su uso y algunas pantallas que muestran los fragmentos en los que Bond se valió de ellos. Así que a esta sala pueden dedicársele al menos dos horas del recorrido, pero no solo por los objetos en sí mismos, sino porque a través de ellos se va haciendo evidente que esta muestra es también un homenaje al cine de acción y, en particular, a la forma como se hacía hace unos años, cuando los efectos especiales se lograban con el ingenio y el genio de los equipos de montaje y producción, que hacían de una acción ordinaria, una verdadera hazaña en la pantalla, al mismo tiempo que transformaban objetos decorativos en verdaderos gadgets tecnológicos.

Una de las piezas más curiosas es un tubo horizontal que usó en dos ocasiones Bond y que les permitió a Sean Connery y a Pierce Brosnan estar mucho tiempo bajo el agua. Se trataba de un supuesto “reciclador de oxígeno”, del que se desprendió una anécdota que recuerda con humor Meg Simons, directora de los archivos de EON Production: “A la Marina de los Estados Unidos le interesó tanto la autonomía de este artefacto de respiración submarina, que contactó a la dirección artística de la película para que les explicaran cómo funcionaba esa tecnología. Ellos les respondieron que los actores no habían hecho más que retener la respiración algunos segundos y que el montaje era lo que daba la ilusión de que el 007 había permanecido tanto tiempo bajo el agua”.

Dentadura de Mandíbula - 1977 - 1979.

(Los verdaderos juguetes del espionaje)

“El primer dispositivo que usó Bond en las películas fue un maletín que contenía piezas de oro y que estaba provisto en su cierre de un artefacto que podía explotar si no se abría correctamente y de un cuchillo en un borde, en caso de que Bond tuviera algún atacante. Lo usó Connery en From Russia with Love (1963)”, según cuenta Laurent Perriot, especialista en la saga.

A este se le suman otros gadgets increíbles, como una cajetilla de cigarrillos capaz de descifrar combinaciones de cajas fuertes, un rastrillo de jardinería que en realidad era un radar, un reloj despertador que funcionaba como detonador de explosivos, dinamita en forma de crema dental, una cámara de fotos láser y unos zapatos equipados con un cuchillo retráctil.

Y lo que resulta más sorprendente es ver cómo Q siempre estuvo a la vanguardia gracias a objetos que hoy parecen totalmente anticuados, pero que en su época eran verdaderas maravillas tecnológicas, como el beeper y el teléfono celular que llevaba el carro del 007, en From Russia with Love, pues siendo una película de 1963, todavía ni siquiera se soñaba con que esa tecnología fuera a ser real algún día y menos con un teléfono celular Ericsson, equipado con una pistola paralizadora que daba un choque de 20.000 voltios a cualquiera que intentara usarlo y no tuviera autorización, pues disponía de lector de huellas digitales y funcionaba además como un control remoto para pilotear un BMW 750iL.

Sin embargo, no hay que creer que solo los artefactos utilizados por Bond tienen protagonismo en la exposición, también se pueden ver otras piezas pertenecientes a sus rivales, como el sombrero melón de bordes de acero que solía usar Oddjob, el sirviente de Goldfinger, diseñado precisamente para decapitar, cuando era lanzado como un bumerán, en Goldfinger (1964). O la famosa pistola de oro de Francisco Scaramanga, el temido asesino que le dio nombre a la cinta El hombre de la pistola de oro (1974), que detonaba una única bala de oro macizo de 24 quilates y que contaba con un particular diseño: la culata tenía la forma de un encendedor, el barril parecía un bolígrafo, el mango lucía como una cigarrera y el gatillo emulaba a una mancuerna.

Pistola de oro - 1974.

(Jessica Jones: la superheroína de Netflix)

Lo más sorprendente de esta sala es que al acercarse a los artefactos que exhibe, es posible darse cuenta de que fueron hechos con objetos decorativos, que incluso llegan a parecer de juguete, pero que gracias a la magia del cine fueron convertidos en piezas de colección y objetos de alta tecnología.

A todo ello se suman algunos de los efectos personales del 007, como billetera, gafas de sol, pasaportes, tiquetes de avión y tarjetas de crédito, que nunca están marcados con el nombre de James Bond, sino con pseudónimos, como John Adam Bryce o Alex Smith, e incluso uno, cuyos datos están escritos a mano y data de una de las primeras películas. También algunos reportes de salud, carnets del servicio secreto, mancuernas y cinturones para portar armas.

Esta exposición no estaría completa si no incluyera una sala consagrada a Ian Fleming, el escritor que creó el personaje de James Bond en 1953, gracias a que él mismo fue espía durante la Segunda Guerra Mundial en la división naval británica. Desde allí concibió planes de desinformación y propaganda, reclutó y estuvo al mando de varios agentes y dirigió la operación Goldeneye en España, en la que instaló una unidad de asalto y un comando encargado de obtener informaciones de las líneas enemigas.

Luego se convirtió en periodista, trabajó para la agencia de prensa Reuters y después se encargó de coordinar a los corresponsales extranjeros del Sunday Times. Ese cargo le permitió recorrer el mundo y alimentar su imaginación para que las aventuras de Bond se desarrollaran en parajes exóticos, uno de ellos fue Jamaica. Al parecer, esta isla del Caribe encantó a tal punto a Fleming, que se mandó construir una villa allí, para escribir desde ahí estos best-sellers de espionaje, con un ritmo frenético, pues al parecer tardaba solamente ocho semanas en darle vida a cada libro.

En ese sentido, Laurent Perriot, especialista de James Bond, explica el hecho de que el 007 viaje por todo el mundo para cumplir sus misiones es uno de sus sellos personales, “con escenas de lugares soñados, dignas de tarjeta postal”.

Dr. No - 1962.

(Detective Marañón: un Sherlock Holmes criollo)

En esta sala se puede ver también el manuscrito original de la novela Doctor No, las primeras ediciones de otras novelas de Bond y una recreación de la máquina de escribir de Fleming. La original estaba enchapada en oro y le costó 174 dólares en 1952; luego, en mayo de 1995, fue vendida por la casa de subastas Christie’s por 56.000 libras esterlinas.

Perriot añade que curiosamente Francisco Scaramanga, el personaje del famoso revólver de oro, fue interpretado por Christopher Lee, quien era el primo de Fleming y obtuvo el papel por azar, y que esa arma fue uno de los pocos artefactos sofisticados que aparecieron en los libros, pues los gadgets que usa Bond fueron surgiendo y se especializaron en la versión cinematográfica, mas no en la literaria.

Una de las secciones más espectaculares es la que recrea la sala de Casino Royale (2006), con una gran mesa de póker en el centro y los personajes más destacados de toda la saga, reunidos alrededor en forma de maniquíes vestidos con los trajes de gala que han usado las chicas Bond y los esmóquines de Bond. Todo ello ambientado por tres grandes pantallas que dejan ver escenas míticas de varias partidas de cartas.

Cosgrave recuerda que en una ocasión tuvo la oportunidad de conversar con Lois Chiles, que hizo el rol de la doctora Holly Goodhead en Moonraker (1979) y que antes había trabajado en El Gran Gatsby. “Le pregunté por qué había decidido convertirse en una chica Bond. Ella me dijo que cuando la habían llamado a hacerle la propuesta, ella puso dos condiciones, que resumió en dos preguntas. La primera fue: ‘¿Puedo hacerme un corte de pelo en París?’, a lo que le dijeron que sí. Luego preguntó quién haría sus vestidos y le respondieron que sería Hubert de Givenchy. Entonces ella dijo: ¡Genial, estoy adentro!”.

Lois Chiles - Moonraker - 1979.

(Inventos solo para agentes secretos)

Esa anécdota revela la sofisticación a la que ha llegado la producción de las películas de Bond, pues una de las tantas razones por las que este diseñador de modas es un nombre icónico del diseño francés es porque en su carrera solo aceptó trabajar para dos películas: Moonraker, la undécima entrega de Bond, y Desayuno con diamantes (Breakfast at Thiffany’s), la cinta que inmortalizó Audrey Hepburn con el famoso vestido negro de satín italiano que, según él, la hacía ver ultrafemenina y muy parisina.

Cosgrave añade que durante la concepción y creación de la exposición descubrió que a lo largo de estos cincuenta años de trayectoria Bond, la producción no se ha conformado con tener a “los mejores vestuaristas de cada época, sino que además se ha dado el lujo de incorporar también a grandes diseñadores de moda, con lo que han logrado puestas en escena verdaderamente deslumbrantes”.

En ese sentido, Meg Simmons añade que no solo en términos de moda, sino también de joyería y accesorios, “el toque francés ha sido clave para construir el estilo Bond. En muchas escenas se resalta con intención el resplandor de las joyas de Cartier, Chloé, Yves Saint Laurent, Pierre Cardin, Hermès y Christian Dior, entre otros tantos”. Y es que los trajes que llevan los personajes de las películas de James Bond no son escogidos al azar. Por ejemplo, Jany Temime, vestuarista de Skyfall (2012) y Espectro (2015), asegura que para el diseño del esmoquin color crema de Daniel Craig y el vestido de seda de Léa Seydoux, con los que aparecen durante una velada en un tren hacia Marruecos, están inspirados en los que usaron Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en el clásico del cine Casablanca (1942).

“Eso sí, aclaro que la flor roja en la solapa de Bond fue una buena idea de Daniel, que cogió espontáneamente una flor de la mesa en la que estaban sentados con Léa en el tren y se la puso en el ojal dice Temime. Así que tuve que hacer una flor artificial para que se viera igual en todos los momentos del rodaje”.

La vestuarista añade que para una escena de acción debía confeccionar y disponer de unos treinta trajes para él, otros quince para los dobles y algunos otros que quema y daña para que Bond use durante o después de uno de sus combates.

 

(Aston Martin DB9 GT: el nuevo juguete de James Bond)

Y es que desde los orígenes de la saga, el lado chic y glamuroso de Bond ha hecho parte de su ADN. De hecho, en los archivos se tiene el registro de que los trajes que utilizó Sean Connery, el primer James Bond, fueron confeccionados hacia 1961 por Anthony Sinclair, el sastre personal del director de las dos primeras cintas, pues consideraba que el personaje debía estar vestido como un grande de la armada, pero infortunadamente en ese momento los almacenes no disponían de este tipo de productos, pues Inglaterra apenas estaba comenzando a salir del periodo de austeridad en el que se había sumido durante la posguerra. Así que los hombres debían vestirse con lo poco que encontraban y sus mujeres hacían ajustes a mano.

Entre los vestidos más destacados se puede ver el traje blanco de Daniel Craig, el vestido de satín claro de Léa Sydoux, el corsé de Mónica Bellucci (todos de Espectro, 2015), el esmoquin blanco de Roger Moore (Octopussy, 1983), el traje espacial de Moonraker (1979) y, claro, los bikinis de Honey Ryder, interpretada por Úrsula Andress (Dr. No. 1962) y por Halle Berry (Die Another Day, 2002) que estuvo inspirado en el de Úrsula.

Esta misma exposición se mostró por primera vez en Londres (2012), que concidió con el aniversario exacto del estreno de la primera película (1962), luego se vio también en Toronto, Shanghái, Melbourne, Madrid y México. Sin embargo, uno de los privilegios del montaje de París es que muestra piezas de la última película, Espectro (2015). Entre ellos, seis de los mil quinientos trajes con alambres internos que usaron las bailarinas tradicionales para la secuencia de apertura, que sucede durante la Fiesta de muertos, en México. Al igual que un inmenso tótem esqueleto.

El cierre de la exposición no puede ser más espectacular: una réplica del Palacio de Hielo, que apareció en Die Another Day (2002), y que le ha valido las mejores críticas, a tal punto que la exposición se ha convertido en una de las más visitadas de la temporada en la capital francesa, pues no solo celebra el talento de los que han estado frente a la cámara, sino también de quienes han estado detrás de escena por más de 50 años y han convertido al 007 en el inconfundible héroe legendario, que promete seguir cautivando a muchas generaciones más con su inconfundible: “Mi nombre es Bond…, James Bond”.

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