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Joaquín Pérez ha sido durante años abogado de clientes como Salvatore Mancuso y Jorge 40. Acuden a él por una sola razón: él es la llave para negociar con los EE.UU. y lograr una rebaja en sus penas.

"Haarrrrold, ¿cómo está todo?", me pregunta Joaquín con unas erres de gringo despistado y no con el acento de un cubano que escapó del feudo castrista en 1966 cuando tenía 14 años. Su sonrisa de bienvenida es poco honesta. Yo soy periodista y él abogado, vamos a ver a uno de sus clientes y su sonrisa tiene el toque de una recepcionista de hotel; solo que en este hotel no hay suites. Joaquín tiene el pelo engominado y ni una gota de sudor en la frente. Lleva un impecable traje claro, un Rolex de 20.000 dólares y los 40 grados del verano washingtoniano no parecen afectarlo. Tiene las uñas esmaltadas y sostiene en la mano derecha un maletín rebosante de papeles con el expediente de uno de sus clientes: el jefe paramilitar Salvatore Mancuso extraditado hace año y medio. "Ven".

Joaquín no le estrecha la mano a nadie pero saluda a los guardias del correccional Treatment Facility, de Washington, con una confianza de viejos conocidos. En algún momento me dice: "mmmm... vas a tener que esperrrrar antes de hablar con Mancuso, primero voy a entrevistar a Jorge 40 en la cárcel del lado". "Mierda", pensé. Fuimos juntos. Las dos cárceles están separadas por menos de 200 metros. En el camino no me mira ni me habla demasiado, saca del saco su iPhone y le da instrucciones a su secretaria en Miami en su incansable spanglish. Pérez entró prácticamente sin pedir permiso al DC Jail y habló con el ex jefe paramilitar durante tres horas. Yo me quedé todo ese tiempo en el parqueadero. "Maldito viejo me va a dejar metido", pensé. Cuando salió me miró con lástima y me dijo que fuéramos a comer algo, "debes tener hambre", comentó.

-¿Y Mancuso? -le dije-. Yo vine para entrevistarlo.

-No te preocupes, Harrrold: ya lo verás. Fuimos a un restaurante francés y me recomendó el cordero. En medio de mi almuerzo tardío me dijo en tono confidencial que Jorge 40 se negaba a colaborar con las autoridades colombianas y con el Proceso de Justicia y Paz y que en su celda de 2 x 2 metros se encontraba más en paz que en Colombia. "No lo publiques", me ordenó. Cuando regresamos a la cárcel nuevamente hizo un tremendo alarde de poder y entramos a las ocho de la noche a visitar a una persona que, para el departamento de Estado de EE. UU., es un terrorista. Unos días antes alguien me había dicho que Pérez era más que un abogado: era un miembro de la DEA vestido de penalista. "Eso no es cierto", me dijo. Yo obtuve la entrevista con Mancuso, pero para ese entonces me intrigaba más su abogado. Joaquín -supe con un par de llamadas- es considerado un Dios por clientes como Mancuso o Jorge 40.

Docenas de narcotraficantes de Colombia, Puerto Rico y República Dominicana le pagan entre 100.000 y 500.000 dólares por proceso, después que negocian sus penas con una Corte en Estados Unidos. Él vive con su dinero. Es propietario de veinte edificios, cinco casas, un avión Cessna 340 de dos motores -que obtuvo gracias a los oficios del papá de un narcotraficante al que representó en 2001 y que se ha convertido en su principal juguete: el mismo lo pilota-, tiene cuatro Mercedes-Benz y dos BMW último modelo y dos edificios en Coral Way, donde concentra a 14 abogados que trabajan para él en casos de narcotráfico. Su casa principal -el lugar donde vive con su familia- tiene unos 1.500 metros cuadrados de área, en el sector de Coral Gables. Es una especie de palacete que quiere imitar, en su fachada y a una escala menor, al palacio de Buckingham. Tiene piscina, unos ocho cuartos, dos salas, tres estudios, un gimnasio, zona de BBQ, zona húmeda, un Obregón regalado por un cliente de Cali y una foto con el ex presidente Bill Clinton, que muestra como su mayor trofeo. También hay una foto de él con Carlos Castaño acompañada de un perfil realizado en 2004 por Steven Dudley para la revista Poder bajo el título "El abogado de Castaño".

-¿Cómo hace para recibir pagos del narcotráfico? -le pregunté-. ¿Esto -dije pensando en su casa y en sus juguetes- no es lavado de activos?

Su respuesta es seca:

-La sección 1957 del Código Federal ampara a abogados como yo del delito de lavado de activos. Claro que -y por primera vez titubea- yo trato de que terceras personas sean las que paguen los honorarios de mis clientes.

-¿Y cuánto gana?

-No me gusta hablar de montos, pero prefiero tener 10 procesos de 100.000 dólares a uno de un millón. Mientras más barato sea el proceso, menos te comprometes con tu cliente. Conozco abogados que te venden la idea de no tenerte más de un año en una cárcel y luego te defraudan. Yo prefiero cobrar barato y decir la verdad.

Pérez ha logrado que decenas de narcotraficantes que deberían pagar penas de 20 ó 30 años en una estrecha celda en Estados Unidos, paguen irrisorias condenas después de hacer un negocio que va a la fija: delatar socios, revelar rutas y entregar caletas con millones de dólares escondidos bajo tierra. Con esa misma habilidad quiso negociar con la DEA en 1996 la entrega de Carlos Castaño. "Carlos era un tipo estructurado. Veía el mundo muy diferente, y de verdad -me dice con un cinismo que me obliga a hacer una mueca- quería a Colombia".

Cuando se daban los pasos definitivos para su entrega, otros jefes paramilitares encabezados por su hermano Vicente Castaño, le organizaron una emboscada y lo asesinaron el 16 de abril de 2004 en San Pedro de Urabá (Antioquia). "Quería irse a Estados Unidos a estudiar. Tenía mucho respeto por este país", dice Pérez con nostalgia. "Negociación fallida, dinero perdido", pienso. Nadie sabe cuánto habría pagado Castaño por sus servicios, pero Pérez dice que no cobró ni un solo dólar. "Fue gratis porque quería estar cerca de alguien que se perfilaba como un ícono de la historia de Colombia", dice, pero cuando habla de él, no habla precisamente de un prócer.

-Un día llegué a una finca del nudo de Paramillo donde Castaño tenía su fortín. A un lado había una especie de clínica para los heridos en combate y ahí hablamos. Comencé a explicar cómo podría ser su negociación con los fiscales estadounidenses y un combatiente que había perdido la pierna comenzó a convulsionar. Castaño ni se inmutó. Parecía que no le importaba.

Joaquín Pérez es hijo de una pareja de inmigrantes españoles en Cuba que salió de la isla en medio de la pobreza en busca de otra oportunidad. Se establecieron en Boston y trabajaban donde podían. Él se dedicaba a limpiar pisos en bancos y edificios estatales, pero sabía claramente cuál era su futuro. Terminó la secundaria en 1975 y consiguió un cupo en la Facultad de Leyes en el Boston College, donde terminó con honores su carrera al lado del senador demócrata y ex aspirante a la presidencia de Estados Unidos John Kerry. El futuro era más claro que nunca. Fue reclutado, por saber español, por la oficina de la fiscal Janet Reno -la famosa mujer de hierro que después se convertiría en fiscal general de la nación- para tratar temas de poca monta en Miami. En esa época llegaron más de 120.000 cubanos exiliados y la Capital del Sol se convirtió en un centro de delincuencia y delitos menores.

"Me encargaba de llevar casos de parejas descarriadas o de robos y uno que otro de narcotráfico que -por ese entonces- ya se empezaba a notar", sostiene Pérez. "Pero querrría más y no me gustaba ese trabajo de litigante". Ese "querrría más", significaba dólares. Pérez se ganaba no más de 12.000 dólares al año. Y eso, en su cabeza, era una miseria. Con los contactos que ya había hecho se ideó una manera de ganarle a la pobreza de sus primeros años: representar a los narcotraficantes caídos en desgracia con la DEA que vivían asustados con la palabra extradición. Fue allí donde según sus conocidos comenzó a ser un verdadero "vendedor de ilusiones".

Habló con sus fuentes y vino a Colombia a negociar con Carlos Castaño, su primer gran cliente. La prensa lo descubrió. Le hicieron un par de artículos y los narcos vieron en él a un redentor. Mientras hablaba con Castaño se encargó, por ejemplo, de preparar la entrega de dos narcos que quisieron reemplazar a Pablo Escobar. El primero, Arturo Piza. Ligado a Castaño y al paramilitarismo era el hombre fuerte del cartel de Medellín y al que el libro Pacto en la sombra, de los periodistas Édgar Téllez y Jorge Lesmes, lo reseña como uno de los primeros que se entregó a Estados Unidos para negociar su condena con la DEA. Piza no pagó ni un día de cárcel.

-Lo trataron bien -recuerda Pérez-. Para las agencias antidrogas fue como un ángel caído del cielo.

Luego siguió Nicolás Vergonzoli, un capo que logró pertenecer simultáneamente a los carteles de Cali y Medellín, que estaba protegido por Castaño. Buen arreglo y mucho dinero de por medio. "¡Que venga el otro, Joaquín!", dijeron los agentes de la DEA. Y llegó otro peso pesado: Julio Correa o "Julio Fierro", como lo conocían en el mundo de la mafia. Fierro por lo sanguinario. Fierro por lo poderoso. Era el novio de la modelo paisa Natalia París. Fue a Estados Unidos y reveló los detalles más íntimos de la mafia de Colombia. Tenía una vida de príncipe en Miami, pero un día se desesperó, viajó a Medellín a visitar a París y sus antiguos socios le cobraron la traición: lo masacraron con una motosierra.

-Recuerdo bien que "Fierro" llevó a su esposa Natalia a un par de reuniones mientras se adelantaba la negociación. Incluso estuvieron en mi casa de Coral Gables -dice Pérez-. En el mismo sentido, Baruch Vega, el célebre fotógrafo que por esos días era intermediario entre la DEA y los narcos para negociar sus entregas, recuerda bien esos arreglos y asegura que con él se hicieron al menos unas veinte reuniones.

Más allá de las anécdotas, Pérez demostró que era sagaz y poderoso con la justicia norteamericana. Enviaba mensajes a los narcos sobre sus procesos en Estados Unidos y los citaba en Venezuela, Panamá, República Dominicana, Aruba o Curaçao. En cuestión de meses, el sindicado era entregado a un miembro de la DEA, del FBI o a un fiscal que prometía pocos años de cárcel.

Los arreglos se cumplían al pie de la letra, y la fama de Pérez continuaba en ascenso. Por ese juego, que algunos consideraban no sólo peligroso, sino antiético, Pérez se convirtió en objeto de comentarios de sus colegas en Miami. Uno de ellos, Roy Black, defensor de Fabio Ochoa, aseguró en algunos medios que Pérez integraba, con Baruch Vega y varios miembros de la DEA, un programa para testigos arrepentidos conocido como "Resocialización de Narcotraficantes" que, según él, empezó en 1995 y se hacía para "coimear a los narcos", es decir, negociar su entrega y quitarles sus millones.

Pérez lo niega:

-Eso lo dicen porque hay abogados en Estados Unidos que envidian mi capacidad profesional. No tuve necesidad de eso. Hago mi trabajo y aprovecho los contactos que tengo.

Sus contactos y sus clientes siempre lo han llevado a otros clientes y a nuevas negociaciones, unas más importantes que otras: la primera parte del caso de Víctor Patiño Fómeque; Carlos José Robayo, alias "Guacamayo" -jefe de seguridad de Hernando Gómez Bustamante, "Rasguño", capo de capos del norte del Valle-. Se estima que mató a más de 200 personas. Pérez lo negoció con siete años de prisión. Eduardo Restrepo Victoria, "El Socio", gran narco del Tolima: siete años. Elizabeth Castro, "la reina de la heroína": tres años. La lista incluye otros treinta criminales que negociaron sus penas y purgaron no más de diez años de prisión.

Según el mito, Pérez les salva el pellejo a sus clientes y luego los pone a trabajar para él. De acuerdo con esa versión, Huges Rodríguez, un empresario a quien la justicia estadounidense relacionó con el jefe paramilitar "Jorge 40". Por eso tuvo que viajar de Maracaibo a Washington hace poco más de cinco años a negociar un caso de narcotráfico en el que aparecía envuelto. Quienes conocen del tema aseguran que Pérez lo sacó del problema y este ahora le sirve como conductor cuando va a Washington o a Nueva York a visitar a sus clientes. Pérez se ríe y dice:

-Eso no es cierto. El señor Rodríguez es un tipo importante y jamás se prestaría para eso.

Muchas personas comparan a Pérez con un paisa negociante. Ahora estoy sentado frente a él en un cómodo salón de un lujoso hotel en el norte de Bogotá de donde por lo general no sale. Sabe que fuera del hotel, en las calles de Bogotá, corre peligro. Los antiguos socios de sus clientes no lo consideran precisamente dios. Está lleno de citas y necesita la ayuda de tres secretarios que no se despegan de él cuando viene a Colombia y que corren a su ritmo. Uno le cuadra las reuniones con narcotraficantes o familiares de personas buscadas por la DEA.

Otro está pendiente de sus finanzas y otro más lo lleva a la cárcel de alta seguridad de Cómbita (Boyacá) en vuelos chárter para ver a narcos que están a punto de ser extraditados. Uno de esos secretarios me confesó que conoció a su jefe por un artículo de la revista Semana que lo relacionaba con Carlos Castaño. "Mi hermano tenía un proceso por narcotráfico en Estados Unidos y Joaquín negoció para que tuviera pocos años de cárcel. Desde entonces, le ayudo en todo lo que necesite".

Pérez pide no perder tiempo. Está con un vestido azul oscuro. Me pregunta dónde compro mis vestidos. No le digo nada. Habla rápido. No apunta nada, dice que todo lo tiene en su cabeza. Explica que la entrevista en esta ocasión será por partes porque tiene que ver a varios clientes. Enciendo la grabadora y empieza a hablar de su infancia y de sus clientes. "Hay que dar la vida por ellos, pero no hay que traspasar la línea -dice-. Algunos solo quieren escuchar lo que ellos quieren". La charla toma ritmo. Habla un poco de Cuba y es evidente que odia a Fidel Castro. Dice que la historia de la mafia en Colombia es tan rara que los de afuera se enteran de las cosas más rápido que las mismas autoridades colombianas.

-¿Por qué? -pregunto.

-Un día de 1994, en épocas de la campaña de Ernesto Samper, viajé a Bogotá con un agente del FBI que quería negociar con uno de mis clientes. Ese cliente era de Villavicencio y nosotros lo estábamos esperando en un sitio secreto. Cuando llegó me dijo: "Qué pena doctor, me demoré porque vengo de entregar un dinero a la campaña del candidato Ernesto Samper". Los agentes del FBI no le prestaron atención. Yo tampoco. Después me di cuenta de que lo que decía era cierto cuando empezó el famoso proceso 8.000.

Y justo allí su secretario nos interrumpe. Le dice, con algo de misterio, que llegó otro cliente. Pérez me pide que salga y que trate de no mirar a la persona que va a entrar. Hago caso y vuelvo a entrar media hora después, pero cuando me acomodo en una silla, nuevamente llega su secretario y le dice "Joaquín te busca otro. Debes atenderlo". Por la cara que tiene el secretario, la policía lo debe estar buscando y debe estar desesperado por negociar. Salgo, vuelvo a entrar, hablamos 15 minutos más y me despide:

-No te puedo atenderrrr más, debo salirrrr al aeropuerto.

Meses después nos vemos en Miami. En su oficina -donde todo el mundo parece tomarse en serio la frase "el tiempo es oro"- descubro que no sabe abrir una página de Internet, no sabe de archivos adjuntos, no sabe enviar un e-mail ni un fax. Todo se lo hace Magda, una secretaria de más de cincuenta años que lo llama por su nombre y que solo habla lo necesario. Me comenta de otros capos, de otras historias, de muertos en el Valle, de operativos de la policía colombiana liderados por él.

En su escritorio tiene al menos 50 requerimientos para fiscales en las cortes de Miami, Tampa, Nueva York, Washington, Puerto Rico y Colombia. Es una máquina de construir casos y hacer dinero. Tanto misterio, tanto narco, tanto FBI, tanta CIA y tanta cárcel, me empiezan a agotar. Me despido y él me dice que pronto tendremos otra oportunidad para vernos. Le sonreí y pensé:

-Con un hombre tan misterioso como Joaquín, ni el FBI ni mucho menos el gobierno colombiano tendrán idea dónde será la cita.

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