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La escritora colombiana que escribe en inglés

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Ingrid Rojas, la autora de La fruta del borrachero, es una de las invitadas de Filbo 2019

Como muchos colombianos, Ingrid Rojas vivió la violencia en carne propia: creció en la Bogotá de principios de los noventa, la época de las bombas en los centros comerciales, los atentados sicariales y los secuestros. Antes de que ella cumpliera 15 años su familia abandonó el país y se refugió en Estados Unidos, donde pudo construir una vida en el exilio. Allá creció y se convirtió en escritora: sus ensayos y cuentos han aparecido en The New York Times, Los Angeles Review of Books y The Huffington Post, por ejemplo, y actualmente vive en San Francisco, donde es profesora de escritura en la Universidad de San Francisco y tiene una columna de crítica literaria en una emisora radial. Este año, Ingrid vuelve a Colombia. Presentará en la Feria del Libro La fruta del borrachero, su debut literario, una novela en donde cuenta su propia experiencia con la guerra y explora el punto de vista de las mujeres que vivieron el conflicto armado en Colombia. Lo escribió en inglés, lo publicó el año pasado y ya es un éxito en Estados Unidos, tanto que lo recomendaron en The New York Times y la invitaron a conversar en Late Night with Seth Meyers, uno de los talk shows más vistos de Estados Unidos.

¿Para usted, qué significan los años noventa?
Fue una época donde nadie tenía control de nada. Había sequía, apagones de luz y a Pablo Escobar nadie lo podía controlar. Fue una época donde todo el país era como un niño: nadie tenía el control de nada y no había adultos para corregir esa situación de descontrol.

¿Qué recuerda de Escobar?
Cuando se murió, yo estaba en mi casa. Fue un momento en el que me sentí feliz y yo creo que, como muchos colombianos, tenía esperanza y pensaba que toda la violencia se iba a acabar; pero también me sentía muy triste por la humanidad de un hombre que estaba en el techo de una casa derramando su propia sangre. Recuerdo que estaba en el piso, con las piernas cruzadas, pegada a la televisión, y sé que no me moví de ahí por bastante tiempo, me quedé viendo la misma imagen que una y otra vez pasaban en el noticiero.

La fruta del borrachero describe el conflicto desde una perspectiva bogotana y femenina. ¿Por qué?
Desde niña estuve muy influenciada por las historias de las mujeres que me rodeaban: historias de mi madre, de las empleadas que vivían con nosotras, de mis tías, de mi abuela... Siempre me interesó la forma en la que el conflicto armado repercute en la sociedad y cómo las mujeres a veces tienen opciones y de repente no tienen ninguna. Quise enfocar la novela en la familia, la amistad y en la manera como las mujeres vivían en esa época, pero no quería que el conflicto lo fuera todo.

¿Y cuál es la postura de las mujeres dentro de un conflicto?
Lo que he visto en las mujeres durante mi vida es que somos el motor que sigue tratando de vivir su vida por fuera del conflicto, así este siga sucediendo: tratamos de tener amigos, nos enamoramos, bailamos. Me asombra que así las mujeres vean pocas opciones en situaciones difíciles, siguen teniendo mucha fuerza interior que jamás se apaga.

En La fruta del borrachero, su primera novela, cuenta su propia historia y lo hace desde el exilio.
Sí. En 1998 me fui con mi familia del país por culpa del conflicto. Comencé a escribir el libro desde todo lo que había vivido un día de invierno y soledad en Chicago: por culpa de la visa no podía volver a Colombia, pero la extrañaba mucho. Los exiliados siempre tenemos ese sentimiento de una vida perdida y pensamos ¿qué hubiera pasado si nos hubiéramos quedado? Sin embargo, en el proceso de escritura, no solo conté mi historia. También investigué a muchas mujeres e hice estudios de campo: durante un año leí todos los periódicos que fueron publicados desde 1989 hasta 1995, también leí libros sobre Pablo Escobar y busqué historias orales sobre los desplazados en Colombia. Siempre me interesó ver los dos lados de la situación, por eso también entrevisté a personas que habían pertenecido a la guerrilla y que habían sido paramilitares. A veces la violencia no es algo político, sino una historia que viene de toda una genealogía.

¿Cómo es vivir en el exilio?
Cuando me fui de Colombia tenía mucha ansiedad. Sin embargo, lo que hice para distraerme fue coger una colección de libros que tenía de Julio Cortázar y me senté a leer La autopista del sur. Lo hice varias veces. Ahí sentí que las palabras me ayudaron a salir del vacío que sentía.

¿Cómo apareció el título?
Cuando era pequeña, tenía un borrachero en nuestro jardín y en San Francisco, cuando estaba escribiendo la historia, también tenía uno. Sentí que este árbol me estaba persiguiendo y empecé a leer acerca del borrachero. Ese olor perfumado, intoxicante, era tan fuerte que entró en mi mente y comencé a verlo como un símbolo de lo que Colombia fue en ese momento para mí, un lugar con una belleza intoxicante, pero también muy peligroso.

¿Qué sigue ahora para usted?
Estoy escribiendo una crónica acerca de mi abuelo. Él era un curandero y la gente decía que podía mover las nubes. Hasta ahora estoy escribiendo el primer borrador y voy en la página sesenta. También voy a Colombia durante la Feria del Libro, el 27 y el 28 de abril estaré en tres mesas redondas y haré una lectura de la novela.

 

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