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Conozca la historia y los testimonios de las 200 personas que llegaron armadas con mazos y martillos para asaltar las casas en el barrio La Paz en Bosa.

La localidad de Bosa, al suroccidente de la capital, se extiende desde las aguas del río bogotá al norte, hasta las calzadas de la autopista sur. tiene 2.466 hectáreas en las que viven más de 580.000 personas distribuidas en 330 barrios. De sus días como pueblo al lado de bogotá queda poco: la estación de ferrocarril y la iglesia de san bernardino. ahora es una aglomeración de casas prefabricadas y obras en ladrillo y ninguna tan alta como para destacarse en el horizonte. La cámara de comercio de bogotá declara que bosa cuenta con una de las percepciones de inseguridad más altas entre los bogotanos. y no están equivocados. Fue la tercera localidad con el mayor número de homicidios en el primer semestre de 2015 y la tercera con mayor número de riñas. curiosamente fue tan solo la decimoprimera en número de hurtos personales. Hoy en día, para que la gente le preste atención a esta zona, la noticia que genere tiene que ser algo increíble, demencial, una cosa que se balancee sobre los límites del realismo mágico. por ejemplo, doscientas personas robando en una noche un barrio entero.

El 26 de agosto unas cuantas manzanas del barrio la paz fueron territorio comanche. la mayoría de las casas asaltadas estaban vacías y eran propiedad del municipio, pero los pocos habitantes que todavía permanecen en el barrio vivieron más de nueve horas de zozobra, más de nueve horas en las que una horda estuvo martillando puertas y contadores de luz y marcos de ventanas y retretes de cerámica. hombres, mujeres y niños –muchos niños– se abalanzaron contra las casas y las devoraron, las vaciaron, arrancaron con sus manos los cables de la electricidad y quebraron con mazos los ladrillos. todo lo que podían tomar lo tomaban, todo lo que podían romper lo rompían. y como es el caso con las fuerzas de la naturaleza, nadie pudo hacer nada para detenerlos.

***

La Paz, ubicado en el corazón de Bosa (coordenadas 4° 37’ 1” N, 74° 11 ’8” W), tiene las características que reconocen los colombianos en un barrio popular: tiendas “detoderas” montadas en cada garaje, perros vagabundos que no pertenecen a nadie, pero a la vez pertenecen a toda la cuadra, los bordes de los andenes delineados con blanco, rojo y verde, dios sabe por qué. La calle 62 es lo más parecido que tiene a una vía principal, sobre ella se distribuyen los mercados y las pollerías y las salas de chat. tiene alguna que otra casa prefabricada e incluso cuenta con una buena cantidad de esas que fueron diseñadas por los mismos dueños. se nota solo cuando se está adentro: una distribución que vence al sentido común, con la cocina al fondo, los cuartos repartidos como piezas de tetris y pasillos que no llevan a ningún lado. en ciertas partes la altura del techo también es un inconveniente para cualquiera que mida más de un metro setenta.

Por la carrera 84 hasta la calle 65, en dirección al lugar donde se desarrolló “el robo del año”, hay una serie de calles polvorientas apenas pavimentadas, que parecen sacadas de un western. La gente anda por la mitad de la vía, porque rara vez llegan hasta allá los carros. siempre cálido y siempre soleado, es un sitio que parece inmune al clima de Bogotá. Las fachadas de las casas a cada lado son coloridas, pintadas con azul o amarillo, verde o rojo. el barrio termina ahí donde se alza una colina verde que protege a la vecindad de la vista (y más o menos del olor) del río tunjuelito. Más allá de la colina, siguiendo el río contaminado, están las tierras salvajes de cambuches y basuras y los drogadictos que merodean en las noches. Los vecinos recuerdan que hace un par de años este era un buen sitio para vivir. no el mejor, pero sin duda un buen sitio. Las personas podían salir a caminar de noche mientras los niños jugaban bajo la luz de las farolas.

 

Ya no queda nada de eso. casi todas las casas están abandonadas. difícilmente hay algunos vecinos. La mayoría se han ido a vivir a otra parte porque el idu compró sus predios para poder demolerlos y construir la ampliación de la avenida ciudad de cali. La lentitud de la entidad ha dejado a algunas personas viviendo entre las casas vacías. si antes esas cuadras parecían un pueblo de la frontera, ahora parecen un pueblo fantasma. a la gente no le gusta salir de noche, no por los espantos, sino por el peligro de los ladrones y “viciosos” que se vuelven cada vez más frecuentes.

 

***

El miércoles 26 de agosto, a las cinco de la tarde, comenzó el martilleo. No hay manera de saber si alguien empezó a pasar la voz, si lo planearon en una reunión o si acaso lo arreglaron todo por Whats-App, pero todos los testigos de la locura que se iba a desencadenar están seguros de que fue planeada milimétricamente. El golpeteo se escuchó por todo el barrio, hizo eco en las casas vacías y en las habitadas. César Sierra lo oyó de inmediato, mientras pulía el auto de uno de sus vecinos en su taller de latonería. Es difícil adivinar la edad de César, porque su predilección por usar gorras juveniles y chaquetas de jean –que lo hacen parecer un poco más joven– lucha con las líneas que se forman alrededor de su boca, marcando sus mejillas, y unos ojos hundidos –que lo hacen parecer un poco más viejo–. Es moreno, bajo y acuerpado, de esas personas que sacan músculos con el trabajo y no en el gimnasio. Sus pantalones y las manos parecen siempre estar sucios, con pintura de los carros que restaura. Apenas oyó el golpeteo salió a la calle y, entrecerrando los ojos por el sol del atardecer, pudo ver a un grupo de personas, probablemente veinte, arremolinarse contra una de las casas abandonadas, una beige y de tres pisos. Estaba a una cuadra de distancia. Del interior venía el bam-bam-bam de los mazos golpeando contra el concreto, intercalado con el ocasional clank-clank-clank que hace el metal al chocar contra metal.

Ya antes habían venido otros como esos, los que César describe como drogadictos y habitantes de la calle, algunos con camisas de equipos de fútbol –no diré cuáles, porque no quiero reforzar estereotipos– y otros con gorras que usan hasta en la noche más oscura. Sus ropas no eran un manojo de harapos, pero se veían gastadas. La mayoría eran muchachos, algunos todavía en la pubertad. Aprovechaban las distracciones de los vigilantes para robarse lo que pudieran de las casas. Estaban vacías, pero en sus marcos de hierro y hasta en sus baldosas los ladrones podían encontrar algún valor por el que valía la pena hacer añicos la residencia. Vendían esas cosas luego en los talleres y chatarrerías cercanas. César no le prestó atención al asunto. Eso era problema de otro y un crimen sin víctimas. Entró de nuevo a su taller de latonería para seguir con su trabajo acompañado de su hijo Junior.

A una cuadra de distancia estaba Yenny. Ama de casa, una mujer que saluda con una sonrisa y que contrasta su tez mulata con un mechón púrpura que cae sobre sus hombros. Vive con sus dos hijos, un niño y una niña, frente a la primera residencia atacada. Se asomó discretamente por la ventana para ver qué sucedía. Su esposo no fue tan cauteloso. Salía a la calle continuamente y observaba a la banda de asaltantes de cerca. Quería asegurarse de que no intentaran nada con su casa. Los niños preguntaban qué estaba sucediendo afuera.
Yenny contestaba:
–Nada, no está pasando nada –hacía poco su hija se había puesto a llorar y protestar porque no quería irse de su hogar, por más que lo quisiera comprar el IDU. Yenny no quería descubrir cómo se pondrían ellos si veían, a través del vidrio, a un montón de personas –según ella– bajo el efecto de las drogas, rompiendo vidrios y arremetiendo contra el concreto para llevarse los barrotes de hierro de las ventanas. Era difícil mantener a raya la curiosidad de sus hijos. Las ventanas de la entrada se encuentran junto al cuarto de los niños, lo que complicaba el esfuerzo de evitar que vieran lo que estaba sucediendo afuera. Afortunadamente los chicos se distraen fácilmente con un televisor.

Yenny decidió que se quedarían dentro de la casa todo el día, de ser necesario, hasta que llegara alguien a poner orden. Los vigilantes encargados del barrio, Edilton Rojas y Carlos Noguera, llegaron de inmediato. Edilton es alto y Carlos tiene uno de esos cuerpos compactos que siempre están dispuestos a lanzar un puño demoledor, ambos la clase de hombres de hombros anchos que al sentarse abren las piernas y cruzan los brazos sobre la mesa. Tienen voces gentiles. Llevan el pelo corto y el mismo estilo de gafas oscuras. Uniformados en todo el sentido de la palabra, vestidos como versiones más ligeras del Esmad, con sus arneses sobre el uniforme azul y protectores en las articulaciones. Cuando llegaron vieron al grupo de asaltantes atrincherarse dentro de la casa para defenderla de otro grupo de ladrones que se acercaban.

–¡Ese portón es mío! –gritaba uno de los primeros. Se paraban desafiantes, sacaban pecho como gallos de pelea, y enseñaban sus cuchillos mientras bailaban en círculos. Los que estaban dentro del edificio agarraron piedras y ladrillos y comenzaron a lanzárselas a los de afuera. Todos tenían pésima puntería.

 

Cuando César volvió a salir, había dos grupos en dos edificios.
–¿Y qué hacemos? –le preguntó César a uno de los vigilantes. Ambos observaban a los ladrones perderse hacia el río o por las esquinas con rejas en las manos. Empezaban a esparcirse a otras casas como un cáncer. Se acercaban cada vez más a ellos.
–¿Pero qué hacemos de qué? –le respondió el vigilante–. ¿Hacernos
matar?

Ni Edilton ni Carlos son realmente rudos. La única arma con la que cuentan es un Avantel para llamar a la policía. Lo máximo que intentaron Edilton y Carlos fue sacar el celular y tomar unas fotos de lo que estaba pasando para mandarlas a sus supervisores del IDU. Apenas los vándalos se dieron cuenta de las fotos arrinconaron a los guardas contra un poste y les dijeron:

–Siguen tomando fotos y los vamos a picar y a tirar al río. Sacaron sus armas y los vigilantes guardaron sus celulares. La gente siguió llegando. Cada vez más hombres, mujeres y especialmente niños que parecían venir desde las orillas del Tunjuelito con herramientas en mano, o salían de alguna esquina para perderse por otra apenas conseguían algo que pudieran vender. Eran grupos de diez o de quince personas que se repartían entre las casas abandonadas. A las seis empezó a oscurecer. El golpeteo no paraba, César lo podía escuchar desde la sala de su casa. Aunque él sentía que no había razón para estarlo –no todavía–, sus hijas menores se encontraban bastante asustadas. Él y su esposa las calmaron, fingiendo como solo saben hacer los padres que todo va a estar bien. César les decía a sus hijas que Dios no dejaría que nada malo les pasara cuando una vecina, doña Ana, apareció frente a su puerta para darle la noticia: la misma gente que estaba atacando las viviendas abandonadas estaba entrando a la casa de su mamá. Tenía que hacer algo. Salió y se sintió abrumado: César se encontró con que doscientas personas se habían apoderado de su cuadra.

El IDU tenía programado empezar la demolición de las casas adquiridas la semana del asalto. Solo se presentaron el día después de los hechos y, como esta, ya han demolido varias casas del sector.

***

En otras circunstancias, doscientas personas –un poco más, un poco menos– no parecerían ser tanta gente. Nunca van a llenar un concierto y apenas son suficientes para hacer que parezca ocupada una gala. Doscientas personas ni siquiera alcanzan a superar la capacidad máxima de un bus biarticulado del Transmilenio. Pero esa noche doscientas personas se hicieron sentir. Sobre todo, se hicieron temer.

El intendente Garzón (* Nombre cambiado por petición de la persona.) y tres uniformados más llegaron a la escena minutos después, recuerda que no eran más que unas cuantas docenas, grupos pequeños que corrían de una casa a la otra para evitar ser capturados. El intendente se está poniendo viejo para seguir de patrullero: se está quedando calvo y no se encuentra en tan buena forma como sus colegas más jóvenes y acuerpados. Su rostro pálido y bien afeitado se nota cansado, pero su presencia era suficiente para que los ladrones salieran corriendo mientras dejaban un rastro de objetos metálicos de camino al Tunjuelito, escalando la colina con premura y perdiéndose detrás de ella. Porque a esa hora aún respetaban el uniforme. Persiguieron a un par y arrestaron a otros dos.

Cada vez que volvían de escoltar a un hombre al CAI Antonia Santos veían más gente. Hasta que llegó un momento en el que el intendente Garzón, sin darse cuenta, se encontró con calles que parecían los pasadizos de una plaza de mercado. El griterío era igual, “¡bajate esto!” y “¡cogé eso!”, pero las palabras eran indistinguibles por el sonido de los martillos y los mazos y las barras que venía de todas partes.

A esas horas el dominio de la turba sobre el lugar era tan evidente que tuvieron la osadía de desfilar con dos camionetas por las calles polvorientas del barrio. Eran vehículos de carga blancos y compactos que hace un tiempo la Alcaldía dio a los “zorreros” a cambio de sus caballos. Sus motores estaban listos a todo momento para escapar con los portones y los barrotes y hasta los contadores de energía que la gente tiraba en ellas. Era una fiesta a la que todos los ladrones habían sido invitados. El sonido de los mazos marcaba el ritmo de esa locura. A la vuelta de la esquina había personas que se escurrían por un hueco de medio metro al costado de una casa. Los vecinos lo habían tapado días atrás con un pedazo de concreto, y los ladrones habían vuelto a abrirlo. Arrastraron sus herramientas por el hueco, entraron y fueron a los pisos de arriba. Golpearon fuerte los marcos de las ventanas hasta que los ladrillos empezaron a ceder. “¡Tirá eso!”, les gritaban desde afuera. Golpearon más fuerte y tanto ladrillos como marcos se desplomaron hacia la calle. No le dieron a nadie porque abajo estaban atentos, listos para montar todo en las camionetas blancas que esperaban a estar llenas de chatarra para irse del lugar. Es imposible decir a dónde fueron, de dónde vinieron.

Mientras amenazaban con romperle la cabeza a alguien lanzando kilos de escombros desde un segundo o tercer piso, algunos vecinos vieron llegar a una familia entera que se mezcló con los ladrones para visitar su antigua casa. Se convirtieron en criminales por un día, porque ante la mirada de sus vecinos empezaron a arrancar los contadores de energía –cosa que de suerte no los fulminó en el acto– y a sacar el cableado del interior de las paredes. Afortunadamente pudieron largarse antes de que alguno de los otros delincuentes que estaban ahí, quizá un muchachito con camisa holgada o un drogadicto con ojos perdidos, les mostrara una navaja o un changón guardado debajo de sus ropas y les quitara más de lo que habían ganado. Así pasaba. Es difícil creer que no haya salido nadie herido. No había reglas, no había orden. No había siquiera honor entre ladrones, y el hombre –o incluso el niño– que martillaba tenía que estar pendiente de dónde iba a caer su botín. Si se descuidaba llegaban rateros más avispados, agarraban lo que el otro acababa de sacar y se perdían en la próxima esquina, o detrás de la colina que esconde al río.

Si los que corrían en esa dirección miraron desde esa colina hacia atrás, al menos un momento, seguramente vieron el flujo de gente iluminado por las farolas que entraba y salía de las viviendas, los muchachos más jóvenes encaramados en los techos quitando las tejas y las antenas, las paredes de concreto que explotaban por la fuerza bruta de las herramientas que las azotaban y los ladrones perdiéndose con sus tesoros de cobre y latón entre las calles del barrio. Todo al ritmo de los mazos. Los únicos que no entendían la fiesta eran los que no se unían a ella, los vecinos que observaban desde la distancia, creyéndose falsamente protegidos por el vidrio de sus ventanas. Los cuatro policías en la escena no podían manejar todo eso. Persiguiendo a criminales aleatorios, yendo y viniendo del CAI e intentando estar en todas partes al mismo tiempo. La muchedumbre ya no se dejaba intimidar por sus uniformes y sus armas.

Siguieron saqueando libremente, como si nadie estuviera viendo. Y llegó el momento en el que no les bastó con las abandonadas. Eventualmente esos jóvenes tan ágiles como gatos –o apartamenteros profesionales– se subieron al techo de la casa de doña Rosalbina, la mamá de César. En esos momentos ella estaba por fuera. La casa con las luces apagadas era un blanco bastante fácil. Empezaron a quitarle las tejas. Estaban nuevas y posiblemente valían unos pesos más.

–Esta casa es propiedad privada –les dijo César al momento en que llegó. Aunque la propiedad ya la había ofertado el IDU, aún no la habían pagado.
–¡Ábrase de acá, sapo hijueputa, porque le vamos a dar es pipeta!
–le respondieron. Era una promesa que podía mandarlo al hospital o a la morgue. César se dio la vuelta y se alejó tan rápido como pudo. A sus espaldas empezaba el saqueo de la casa, con los ladrones pelando capas de tejas hasta crear un espacio por el que empezaron a entrar. Mientras los de adentro sacaban algunas de las posesiones de la casa por el agujero, los de afuera lo aprovechaban para entrar las herramientas. Hacía unos pocos días César había puesto remaches sobre puertas y ventanas, y aunque eso podía detener los golpes del exterior, no tenían oportunidad contra un garrotazo. Los tornillos cedieron con facilidad. La multitud entró y empezó a sacar todo lo que se cruzaba en su camino: el colchón, el televisor, el cilindro de gas. Se llevaron el chifonier de doña Rosalbina y arrancaron también los contadores. Lo único que los ladrones tuvieron la gentileza de dejar fueron los cables, el esqueleto partido de la cama, un retrete destrozado y algunas prendas de ropa que aún hoy día pueden encontrarse entre los restos de la casa, bajo los escombros. De haber podido se habrían llevado todos los bloques de la casa prefabricada, y hubo una o dos personas que lo intentaron.

 

Alrededor de las siete y media llegaron Rosalbina (74 años) y su hija. No se pudieron acercar a su propio hogar. La muchedumbre aún rodeaba la casa y recogía las tejas que todavía estaban en el piso.

–¡Señores agentes, miren! ¿Qué hago?
–Señora, no se acerque por allá porque no respondemos por su  integridad –fue todo lo que le respondieron. Los oficiales ya habían decidido que era muy arriesgado meterse con la gente. Se quedaron ahí de pie, mientras destrozaban la casa de doña Rosalbina y empezaban a cerrarse sobre la de César. Algunos intentaron mover los ladrillos de la pared de su garaje para robarle las herramientas.

César se plantó firme en la entrada. A su lado estaban algunos vecinos, su esposa y sus hijos mayores.

–Si me van a tocar la casa les toca que me maten. A unos pasos de donde se encontraba, detrás de la puerta de su garaje y escondido de los ojos de la gente, César tenía apoyado un machete. Si la turba se venía contra su casa, solo necesitaba dar unos cuantos pasos, extender la mano para agarrarlo. Probablemente alcanzaría a cortar a dos, quizá tres de ellos, antes de que fueran demasiados y lo sometieran contra el piso. Lo que pasaría después de eso era bastante obvio. No esperaba que los vecinos se quedaran a pelear si llegaba a eso, pero al menos su presencia ayudaba a intimidar a la bandada que los rodeaba. Le preocupaba más su familia. César le sostuvo la mirada a todos a su alrededor, hizo valer cada centímetro de su estatura con el pecho hinchado. En realidad tenía miedo, como lo tendría todo el mundo, de lo que pudiera pasar. Pero fue cuestión de solo un par de segundos antes de que la muchedumbre empezara a dispersarse lentamente. Le dedicaron una última mirada al garaje, donde estaban sus herramientas de latonería, pero no se atrevieron a hacer nada más.

Mientras tanto, la policía hacía su mejor esfuerzo en las cuadras afectadas. No servía de mucho. El intendente Garzón sacó de la multitud a un niño. No podía tener más de doce años. Andaba con un mazo en la mano, venía de destruir una fachada o iba camino a hacerlo. El guante del oficial no alcanzó a cerrarse sobre el chico cuando ya el gentío se cerró a su alrededor, hostil, soltando gritos y reproches. De la multitud salió la mamá del niño, y luego salió el tío. Otros familiares asomaron su cara también, aunque el intendente no está muy seguro de qué lazo era el que tenían. Tuvo que dejar al chico irse con su familia, el mazo aún en su mano.

 

En otra ocasión intentó detener a una señora que salía de una casa. Llevaba algunas cosas pequeñas, como chapas, en sus manos.

–Por favor, es que no tengo con qué comer –le rogó la mujer. El intendente la dejó ir.

No había mucho que los policías pudieran hacer. La gente no los había amenazado ni había intentado nada contra ellos. Sin embargo, todo eso podía cambiar en el momento en el que empezaran a arrestar gente de esos grupos. Finalmente, respaldados por las órdenes del cuartel, él y su compañero se quedaron quietos frente a la casa de César, asegurándose de que la muchedumbre no se ensañara con las casas habitadas y observando cómo la gente se llevaba el barrio en sus manos. El asalto duró hasta las tres de la madrugada. Nadie durmió esa noche. Incluso después de que la multitud empezó a disolverse y llegaron los refuerzos de la policía para acelerarlo, después de las 2:00 a. m., los golpes se seguían oyendo. Los niños y adultos que se encontraban acostados en sus camas, intentando dormir, eran traídos de vuelta a la realidad por el estridente choque de un mazo contra el concreto, por el grito de algún delincuente.

Y una vez se extinguieron los sonidos por completo, fue el miedo a que volvieran lo que impidió a muchos cerrar los ojos. A la mañana siguiente todos despertaron en Faluya. Era como si un dron se hubiera perdido rumbo a Irak y en vez de atacar un búnker árabe hubiera soltado sus bombas sobre Bosa, volando por los aires las ventanas y las puertas de latón de las viviendas, colapsando los techos y desintegrando las tejas. Los vigilantes dicen que fueron entre unas ocho y diez casas las que fueron desvalijadas (una cifra que va por lo bajo, no confirmada por el IDU), los vecinos dicen que alrededor de quince. Los restos de lo que parecía una batalla quedaron esparcidos por todas partes.

Cuando la hija de Yenny salió rumbo al colegio esa mañana tuvo que pasar por entre los escombros. Los pedazos de vidrio y ladrillo crujían bajo los pies de los transeúntes. Ella preguntó una y otra vez a sus papás qué había pasado. Aunque la mamá de la pequeña no la había dejado ver nada, la violencia de la noche anterior era palpable en los esqueletos de las casas. Los adultos tampoco entienden del todo qué pasó esa noche. Están seguros de que no fue algo espontáneo, que todo lo que pasó tuvo que ser planeado. A Edilton, de hecho, le dijo el martes anterior un hombre que agarró llevándose una ventana: “¿por qué se preocupa si esta noche venimos y nos lo llevamos todo?”. La profecía estaba desfasada por un solo día. En cuanto a quiénes lo hicieron, los testimonios están encontrados: mientras los vecinos afirman que la mayoría parecían ser habitantes de la calle y drogadictos, los patrulleros y el Comando de la Policía dicen que el grupo estaba conformado principalmente por vecinos y antiguos dueños de las casas con un plan al mejor estilo de La estrategia del caracol. Se niegan a hablar de toda la hazaña como un robo. El IDU solo se refiere a los asaltantes como “un grupo de personas”, que es tan genérico como se puede poner.

¿Y qué pasó con el botín? El intendente Garzón, que patrulla cada día las calles de Bosa, está seguro de haber visto algunas de las puertas de hierro y latón que se robaron aquella noche en casas y talleres cercanos. Los custodios del barrio también aseguran que las han visto en las entradas de las casas al otro lado del río. El barrio aún tiene la apariencia de una zona de guerra, pero es por un motivo diferente: las retroexcavadoras del IDU, que empiezan a operar cada mañana y tumban casas hasta los cimientos. El sonido de sus taladros es más fuerte que el del golpeteo.

Los restos son limpiados en la tarde y en la noche no queda más que un lote vacío. Gente como César y su madre –que ahora vive con él, porque de su casa no quedó más que el armazón– están obligados a convertirse en desplazados cuando el IDU compre su hogar. Mientras tanto, tienen que vivir entre los restos de lo que alguna vez fue, acorde a los vecinos, un buen sitio para vivir. Esas viviendas estaban condenadas desde el momento en que el proyecto se aprobó, pero después de que dejen de existir quedará la historia de la tremenda fiesta con la que los ladrones decidieron despedirlas.

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