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Colombia vs Argentina, una historia de amor y odio

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Cada vez que podemos, los colombianos nos burlamos de los argentinos por el 5-0 de 1993. Pero un argentino nunca se burla de nosotros por el 9-1 ni el 6-0 que nos metieron en 1945, ni el 8-2 de 1957.

Además, varios colombianos han sido muy bien recibidos y adorados en equipos argentinos, y a mediados del siglo pasado, muchos argentinos dinamizaron el campeonato local colombiano y todavía son recordados por los hinchas de Millonarios, Santa Fe, Nacional, Cali y Medellín. Esta es la historia de una relación de amor y odio de casi un siglo. ¿Tendrá algún día un final feliz?

ALFREDO DI STEFANO es el símbolo más poderoso de la era de El Dorado en el fútbol colombiano.

Llegó a Colombia a sus 22 años y de 1949 a 1953 marcó 88 goles con Millonarios.

Después fue contratado por el Real Madrid, en donde se convirtió en leyenda.

Dos escenas resumen como ninguna otra la relación de amor y odio que une y a la vez separa a Colombia de Argentina. Sucedió en el estadio el Campin, de Bogotá, el 2 de junio de 1985. Ese día se enfrentaban la flamante selección Colombia que dirigía el aún más flamante doctor Gabriel Ochoa Uribe contra la vilipendiada Argentina que dirigía el también doctor Carlos Salvador Bilardo y que solo generaba críticas en su país. En un pasaje del partido, Diego Armando Maradona se acercó al banderín del córner para cobrar un tiro de esquina y le lanzaron una naranja. Maradona la dominó con el pie y comenzó a hacer con ella toda clase de piruetas. El público, que segundos antes lo abucheaba y madreaba, no tuvo más remedio que aplaudir su genio. Ocho años y tres meses después, en el estadio Monumental de Buenos Aires, era Maradona quien se ponía de pie en la platea para aplaudir a la Selección Colombia que acababa de golear 5 a 0 a Argentina.

Debo confesar que nunca he entendido por qué tantos hinchas colombianos le cargan esa bronca tan tenaz a Argentina. Ese odio. Esa aversión. Lo digo porque, al menos durante varias décadas, la gran mayoría de los ídolos del fútbol colombiano venían del margen derecho del río de La Plata y si acá hubo espectáculo en la década de 1950 y las tres siguientes fue, en gran parte, gracias a jugadores argentinos. Es cierto que muchos troncos llegados del sur poco o nada le aportaron al fútbol colombiano y que varios de ellos vinieron a ganarse la plata de fácil o a venderse a punta de verso.
Pero, sin duda, han sido más que suficientes las alegrías que le han dado al espectáculo del fútbol en Colombia.
Y cuando Colombia comenzó a exportar jugadores a Argentina con cierta regularidad –a mediados de los años noventa–, los argentinos recibieron a los colombianos con gran despliegue y generosidad.

Y de la misma manera que Di Stefano, Pedernera, Devanni, Pandolfi, Jorge Hugo Fernández, Lóndero, Scotta, Benítez, Gottardi, Gareca, Funes y tantos otros fueron ídolos en Colombia, en Argentina lo fueron o lo han sido Usuriaga, “Chicho” Serna, Óscar Córdoba, Bermúdez, Iván Ramiro Córdoba, Juan Pablo Ángel, Mario Alberto Yepes, James Rodríguez y Teófilo Gutiérrez. Entonces, ¿por qué hay tanta gente en Colombia que sigue detestando a los argentinos que tantas alegrías nos han dado en Colombia y tanta generosidad despliegan cuando nuestros compatriotas van a jugar en sus equipos? Tan argentinodependiente fue el fútbol de Colombia que varios futbolistas gauchos vistieron la camiseta de la selección Colombia en los años setenta. En 1975, Hugo Horacio Lóndero; en 1976, Raúl Navarro; en 1977, Luis Jerónimo López, Jorge Amado y Jorge Ramón “la Fiera” Cáceres.

Tal vez parte de la animadversión se debía a que los equipos argentinos vapuleaban a los clubes colombianos en la Copa Libertadores de América cuando jugaban acá y allá. Se recuerdan, como excepciones notables, el triunfo de Millonarios en la ronda semifinal de la Copa Libertadores de 1973 ante Independiente de Avellaneda, en El Campín, y el empate sin goles ante San Lorenzo de Almagro, partido en el que el juez brasileño Sebastião Rufino le anuló dos goles a Millonarios. Fue tal la indignación que provocó aquel arbitraje, que en los buses y las busetas de Bogotá hizo carrera una calcomanía en la que aparecía la caricatura de un rufián armado de un puñal, y un letrero que decía: “No dañe la cojinería. No sea Rufino”.

El primer triunfo en Copa Libertadores de un equipo colombiano en Argentina lo logró Millonarios ante Quilmes, recién en 1979. Pero, sin duda, la primera gran victoria resonante la logró el Deportivo Cali en la Copa Libertadores de 1981 cuando venció a River Plate en el estadio Monumental 1 a 0 con un golazo de Willington Ortiz. En aquel momento el equipo argentino contaba con jugadores de la talla de Ubaldo Matildo Fillol, Mario Alberto Kempes, Daniel Passarella, Alberto Tarantini, René Houseman, Norberto Alonso, Óscar Ortiz –todos ellos campeones del mundo con Argentina en 1978– y la naciente estrella Ramón Díaz.

Pero hasta bien entrados los años ochenta la norma era que los clubes argentinos les pasaran por encima a los colombianos. Así, a quienes les hacíamos fuerza a Argentina en los mundiales de 1974, 1978 y 1982 nos miraban como bichos raros. “¿En serio usted va por esos #$%&/()*?”. A partir de la consagración de Maradona en el Mundial de México de 1986, la cosa ha cambiado bastante hasta nuestros días. Pero aun así el hincha promedio colombiano parece no tragarse del todo a los argentinos y todavía lo normal es que un colombiano promedio le haga mucha más fuerza a Brasil, como si el fútbol colombiano se lo debiera todo a cariocas, paulistas, gauchos, pernambucanos y mineiros. Razones para detestar a los argentinos…, bueno. Ellos cargan con esa mala fama de petulantes, arrogantes, que se creen la última Coca-Cola del desierto, que se sienten más europeos que latinoamericanos, y va uno a ver y la cosa no es tan así. Pero bueno, ese imaginario subyace en la mente de muchas personas y todavía son muchos los colombianos que no pierden la oportunidad de caerles con toda.

Y más en el campo del fútbol, donde los argentinos han cultivado la fama de mañosos y de verseros, en especial Diego Armando Maradona, quien tres días antes del famoso 5-0 dijo en el canal 13 de su país una frase que reavivó para siempre ese odio de los colombianos por los argentinos: “Ellos no pueden romper la historia, ellos no deben romper la historia, nosotros los argentinos debemos seguir históricamente como estamos: Argentina arriba y Colombia abajo”. Pero bueno, tanto le hicimos tragar sus palabras que Industrias Philips publicó y pagó un aviso en el periódico El Tiempo en el que decía: “Diego Armando: cero en historia”.

James Rodríguez, en Banfield.

Juan Pablo Ángel, en River Plate.

El Palomo Usuriaga, en Independiente.

El Patrón Bermúdez jugó en Boca Juniors con otros dos colombianos: Chicho Serna y Óscar Córdoba.

Teófilo Gutiérrez, en River Plate.

Mario Alberto Yepes, en San Lorenzo. Y también fue importante en el River Plate.

A Colombia llegaron bastantes jugadores argentinos con un nivel deplorable, a los que sus empresarios promocionaban como si fueran de la selección argentina. De allí el famoso chiste que decía que el mejor negocio es comprar un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale.

Pero esa discusión no viene al caso darla. Muchos de esos jugadores que llegaron a Colombia mostraron un altísimo nivel, sudaron la camiseta por sus equipos y enseñaron, dejaron escuela. Muchos de esos jugadores no solo eran grandes jugadores, sino también excelentes personas.

Razones futbolísticas para no querer a los argentinos las hay desde tiempos anteriores al llamado El Dorado. En el campeonato suramericano de 1945, celebrado en Santiago de Chile, Argentina goleó 9 a 1 a Colombia. Dos años más tarde, en el Suramericano de Guayaquil, los argentinos ganaron 6 a 0. Y cuatro años después de haber terminado El Dorado, en el Suramericano de Lima de 1957, los gauchos vapulearon a Colombia 8 a 2. Esto no significa que un argentino, cada vez que se encuentre con un colombiano, le muestre nueve, ocho o seis dedos de sus manos para enrostrarle alguna de esas goleadas, como sí lo hacen todavía algunos colombianos con el 5 a 0 en el estadio Monumental de River, 22 años después. Pero bueno. Esos son detalles menores del folclor, propios de un país que durante décadas aguantó toda clase de goleadas y vivía de pequeñas hazañas como haberle empatado a Argentina 1 a 1 en El Campín el 11 de diciembre de 1971 (golazo de tiro libre de Adolfo “el Rifle” Andrade) y clasificar así a los Juegos Olímpicos de Múnich.

Hasta mediados de los años ochenta el historial de enfrentamientos entre Colombia y Argentina en la categoría de mayores fue más bien exiguo. Ningún cruce en la Copa América –que sucedió al Campeonato Suramericano–, como tampoco en eliminatorias a los mundiales de fútbol. Hasta la eliminatoria de 1985, la de la anécdota que abre estas notas, en la que Argentina venció 3 a 1 a Colombia en El Campín y, de regreso en Buenos Aires, por la mínima diferencia.
La era de los grandes duelos la marcaron las Copas América a partir de 1987. En el torneo de aquel año Colombia logró su primer triunfo notable ante Argentina al ganarle 2 a 1 en el partido por el tercer lugar, con goles de Gabriel Jaime “Barrabás” Gómez y John Jairo “el Andino” Galeano. La era de la paternidad había terminado. Ya no era el partido entre el padre y el hijo obediente. Las selecciones de ambos países jugaban ahora de igual a igual.

Colombia y Argentina no se vieron las caras en la Copa América de 1989 ni en la eliminatoria a Italia 90. Pero sí en las Copas América de 1991 y 1993. En la primera, jugada en Chile, se enfrentaron en la ronda final. Argentina venció 2 a 1 a Colombia y se consagró campeón. En la segunda, celebrada en Ecuador, en la primera fase empataron a un gol y en semifinales empataron sin goles. La definición con lanzamientos desde el punto penal le dio a Argentina el paso a la final. Pocos meses después llegó la eliminatoria. Colombia venció 2 a 1 a Argentina en Barranquilla y el 5 de septiembre de aquel año, el famoso 5 a 0 en el estadio Monumental.

Desde entonces hubo victorias a ambos lados y empates, entre ellos el muy recordado 3 a 0 que le propinó Colombia a Argentina en la Copa América de 1999, el partido en que Martín Palermo erró tres penales. Eso sí, hubo triunfos de Argentina en Barranquilla y Bogotá pero, desde el 5 a 0 –hace ya casi 22 años–, Colombia nunca volvió a ganar en Buenos Aires.

Si goles son amores, los hinchas colombianos que tanta fuerza le hacían a Brasil en tiempos anteriores a Francisco Maturana son, por decir lo menos, inconsecuentes. Entre 1948 y 1986 el goleador del campeonato siempre fue un argentino, con excepción de los años 1950, 1956, 1962, 1973 y 1974. Ese año, casualmente, es el único en que un brasileño ha sido el máximo goleador del torneo rentado colombiano. Además, el máximo goleador de la historia del campeonato colombiano ha sido Sergio Galván Rey, quien marcó 224 goles en los diferentes equipos en que jugó. A partir de 1988, en cambio, para encontrar un goleador argentino hace falta una lupa. Un par de veces el propio Galván Rey y Germán Cano, y una más Miguel Caneo.

No resulta fácil navegar por el laberinto de nombres de jugadores argentinos buenos, regulares y a veces malos que vistieron la casaca.

En casi cualquier equipo colombiano uno o varios argentinos forman parte del panteón de sus ídolos. Aún sesenta años después los hinchas de Millonarios evocan a Alfredo di Stefano como la máxima figura que vistió la camiseta azul. Los del Medellín aún evocan a José Manuel “el Charro” Moreno. Los santafereños, ni se diga, a Pontoni, Rial, Antón, Perucca y Fernández. Hasta los tan probrasileños barranquilleros todos los días se tragan el sapo de su aversión por los argentinos, porque todavía evocan a Juan Ramón “la Bruja” Verón y al arquero Juan Carlos Delménico.
Con solo revisar la lista de jugadores argentinos que han pasado por Colombia el resultado es abrumador. Si se exceptúan los equipos que han llegado a la primera división en los últimos quince o veinte años, en todos los equipos un buen puñado de argentinos dejó una huella honda. Y no solo en la era de El Dorado.

Amadeo Carrizo, de Millonarios.

Alberto Perazzo, de Santa Fe.

“El Tigre” Benítez, del Deportivo Cali.

Alfredo Castillo, de Millonarios.

Ángel Perucca, del Santa Fe.

En los años cuarenta, antes de que comenzara el campeonato profesional colombiano, por los equipos aún amateurs pasaron jugadores provenientes de las pampas. Los viejos hinchas de Millonarios y los conocedores recuerdan muy bien a Alfredo Castillo, goleador del primer campeonato, el de 1948, y a Pedro Cabillón.

Pero fue en 1949, con la llegada de Alfredo Pedernera a Millonarios, que se desató la fiebre de El Dorado, en la que los argentinos fueron, de lejos, las principales figuras en un medio donde también llegaron uruguayos, brasileños, peruanos, paraguayos, costarricenses y hasta húngaros e ingleses. Y desde entonces, hasta bien entrados los años ochenta, cuando el fútbol colombiano por fin despegó y en los equipos se instauró la tendencia a tener el máximo posible de jugadores colombianos, los argentinos estuvieron en casi todos los equipos. A vuelo de pájaro, este es un listado, bastante incompleto, de jugadores argentinos ilustres que pisaron las canchas colombianas.

En los años cincuenta, por los lados de Millonarios es imposible no mencionar a Alfredo di Stefano, Adolfo Pedernera, Néstor Raúl Rossi, Antonio Báez y el arquero Julio Cozzi. Santa Fe, por su parte, contó nada menos que con René Pontoni, Héctor Rial, Ángel Perucca, Mario Fernández y Hermenegildo Germán Antón. En esa misma década el legendario José Manuel Moreno vistió la casaca del Deportivo Independiente Medellín.

En los años sesenta… ¿Por dónde empezar? Los santafereños aún recitamos con gratitud “Panzutto, Perazzo, Bevilacqua, Campana y Reznik, campeones en 1960”. Los de Millonarios no se quedan atrás con Fernando “el Nano” Areán, José María Lavezzi, el goleador José María Ferrero y el gran Amadeo Carrizo, que defendió los tres palos del equipo azul. Los caleños no olvidan a Walter Marcolini. Por su parte, el nombre de Américo Montanini es sinónimo de Atlético Bucaramanga, mientras que los seguidores de Nacional contaron con Ricardo José María Ramaciotti, quien, para qué nos decimos mentiras, lo bautizaron con nombre de ídolo. Ómar Orestes Corbatta, otro grande de la historia del fútbol argentino, defendió en aquella época los colores del Medellín, equipo que también contó con el gran goleador Perfecto Rodríguez. Otro argentino ídolo de varios equipos fue Ómar Lorenzo Devanni.

Pero pasemos a los años setenta. Para comenzar, los integrantes del Atlético Nacional campeón de 1973, entre los que se destacaron el portero Raúl Navarro, Jorge Hugo Fernández y el goleador Oswaldo Marcial Palavecino. En Millonarios jugaron goleadores de la talla de Eduardo Andrés Maglioni, Miguel Ángel “el Ringo” Converti y Juan José Irgoyen. Óscar “el Pinino” Mas, Juan Carlos Sarnari y Óscar Calics, tres veteranos integrantes de la selección argentina que jugó el Mundial de Inglaterra de 1966, jugaron en América, Santa Fe y Nacional respectivamente. El Junior de Barranquilla, por su parte, contó en aquella década con Juan Ramón “la Bruja” Verón, campeón mundial de clubes en 1968 con Estudiantes de La Plata. El Deportivo Pereira tuvo en Jorge Ramón “la Fiera” Cáceres a uno de sus más grandes ídolos. Por su parte, Hugo Horacio Lóndero triunfó en Cúcuta Deportivo y luego en Nacional. En aquella década pasó por las filas del Medellín José Néstor Pékerman, quien 35 años después dejaría en Colombia una huella muy honda como director técnico de la selección que jugó el Mundial de Brasil 2014. El Cali de Bilardo, subcampeón de la Copa Libertadores de América de 1978, tuvo en sus filas a Ángel “el Obelisco” Landucci, Néstor Leonel Scotta y Alberto de Jesús “el Tigre” Benítez.

En buena parte de los años ochenta la huella argentina siguió siendo muy fuerte. La lista de nombres ilustres la encabezan Julio César Falcioni, portero, y Ricardo Alberto “el Tigre” Gareca, delantero, ambos del América de Cali, equipo donde también jugaron en el cambio de década Aurelio Pascuttini y el arquero Alfredo Gay. América también contó con el muy talentoso Carlos Luis Ischia. En el Deportivo Cali se destacó Ernesto Juan “el Cococho” Álvarez.

Santa Fe tuvo a uno de sus grandes ídolos, el artillero Hugo Ernesto Gottardi, y también contó en aquellos años con Walter Perazzo, hijo del inolvidable Alberto, Jorge Balbis –que luego pasó al América– y Juan Taverna. Por Nacional pasó sin pena ni gloria José Luis Brown, que sería campeón del mundo en 1986. El Atlético Bucaramanga contó con Miguel Oswaldo González, un goleador fuera de serie, quien también defendió los colores del Deportivo Cali. Junior tuvo en sus filas al gran defensor Edgardo Bauza. Por Millonarios pasaron jugadores de altísimo nivel como Alejandro Esteban Barberón, Carlos López, José Daniel van Tuyne, Juan Gilberto Funes, Óscar “el Pájaro” Suárez –que jugó en varios equipos más a lo largo de los años noventa–, así como los arqueros Pedro Alberto Vivalda y Sergio Goicochea, uno de los grandes protagonistas del Mundial de Italia de 1990. Para “Goico” fue fundamental su paso por Millonarios en 1989, equipo al que llegó poco menos que desahuciado por las lesiones y el rumor de una enfermedad. En Millonarios recuperó su nivel y Carlos Salvador Bilardo, director técnico de Argentina, lo llevó al Mundial de Italia, donde se consagró en las definiciones por lanzamientos desde el punto penal en los partidos de cuartos de final, ante Yugoslavia, y semifinal, ante el equipo de casa. Sus atajadas en aquellas dos instancias le permitieron a los argentinos jugar la final de aquella Copa del Mundo.

Fernando José Areán, de Millonarios. También jugó con el América de Cali y con el Cúcuta Deportivo.

Carlos Alberto Pandolfi, del Santa Fe.

Omar Orestes Corbatta, del Medellín.

En la década de 1990 y en lo corrido del siglo XXI, el número de jugadores extranjeros (y por ende argentinos) ha disminuido. Pero en estos años dejaron huella Ricardo Lunari, Daniel Tilger, el ya mencionado Galván Rey, así como el arquero Gastón Pezutti. En la actualidad la gran figura de Santa Fe es el volante argentino Omar Sebastián Pérez.
Visto ese panorama histórico, es más que evidente que el fútbol colombiano nació, creció, languideció y resucitó en gran medida gracias al aporte de jugadores y técnicos argentinos. Entonces, ¿de dónde habrá salido esa animadversión por Argentina que era tan latente hasta bien entrados los años ochenta y ese amor desmedido, servil, obsecuente y muchas veces abyecto por Brasil? ¿Por qué en los mundiales le hacían fuerza a Brasil hinchas cuyos ídolos eran Converti, Pascuttini, Devanni, “el Nene” Areán, Jorge Hugo Fernández, Montanini (vuelvo a caer en el interminable listado)…, por no mencionar a los nostálgicos de Di Stefano, Pedernera y compañía? Una razón, sin duda, la simpatía que despertó la selección brasileña en tiempos de Pelé. Además, el primer mundial del que se pudieron ver partidos en directo en Colombia fue el de México de 1970, en el que no participó Argentina, eliminada por Perú, y en el que Brasil exhibió toda su magia.

Ídolos brasileños los hubo, claro está. Heleno de Freitas, Dida y Garrincha en su ocaso –solo jugó un partido– pasaron por las filas del Junior. Por ese equipo más adelante desfilaron Víctor Ephanor, Chiquinho, “el Diablo” Caldeira y Othon Alberto Dacunha. “Pepillo” Marín, Claudionor Cardozo, Waltinho, campeones con Santa Fe en los sesenta; Iroldo, en el Deportivo Cali de los años sesenta, luego en los ochenta se destacó el goleador Sapuka en Tolima, Santa Fe y Nacional. José ‘’Pepe’’ Romeiro Cardozo y Eduardo Texeira Lima, en Millonarios. Pero brasileños no fueron demasiados si se comparan con las decenas de ídolos argentinos que hasta entonces acaparaban el mercado de extranjeros.

Igual puede decirse de paraguayos, uruguayos y peruanos. Los hubo con estatus de ídolo, pero definitivamente el fútbol colombiano fue, ante todo, terreno fértil para que se consagraran los argentinos. Y no solo jugadores. También grandes directores técnicos que dejaron muchas enseñanzas. La llegada de la televisión por cable puso en contacto a las nuevas generaciones de hinchas con el fútbol argentino. A través de canales como TyC Sports, ESPN y Fox, originados en Argentina, el hincha raso comenzó a saber más del “Mago” Capria o de Jorge Hernán Crespo que de los jugadores del torneo local.

También fue de gran importancia la llegada de jugadores colombianos que triunfaron en grandes equipos argentinos. Después del fracaso de los primeros que se aventuraron –Henry “la Mosca” Caicedo, John Jairo Tréllez, entre otros–, llegaron los que sí fueron ídolos de verdad: Albeiro Usuriaga, en Independiente de Avellaneda; Serna, Bermúdez y Óscar Córdoba, en Boca Juniors; Iván Ramiro Córdoba, en San Lorenzo de Almagro; Juan Pablo Ángel, Mario Alberto Yepes, Radamel Falcao García y ahora Teófilo Gutiérrez, en River Plate; James Rodríguez, en Banfield. Estos jugadores lograron que gran cantidad de hinchas colombianos se interesaran sobremanera en el campeonato argentino. De ese modo, comenzaron a verse en las calles de las ciudades de Colombia muchos jóvenes con camisetas de Boca y River, así como de la selección argentina. Algo imposible de imaginar unos diez o quince años antes.

¿Amor inconfesable? ¿Envidia disfrazada de odio? Difícil decirlo, y más ahora en que son tan frecuentes las voces de respaldo a Argentina como las de quienes no se los soportan.Eso sí, después de lo sucedido en el Mundial Brasil 2014, en el que Colombia se clasificó en el quinto lugar y del que James Rodríguez fue su goleador, la gratitud que le debe el fútbol colombiano a Argentina ha adquirido dimensiones bíblicas. Al fin y al cabo el gran cerebro del momento de gloria que vive Colombia gracias a su selección de mayores, el que puso la casa en orden después de 15 años dando tumbos sin ton ni son es un argentino de nombre José Néstor Pékerman. “No me diga más”.

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