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Durante siete días, la élite del automovilismo se reunió en México para uno de los eventos tipo rally más importantes en el mundo: la Carrera Panamericana.

No es común encontrar en México un hotel de lujo que se convierta en un taller de carros. En Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, la fachada del hotel Marriott empezó a lucir como un concesionario abarrotado de todo tipo de automóviles: Studebaker, Dodge, Alfa Romeo y uno que otro BMW. Turistas, curiosos y varios periodistas pudimos comprobar cómo los nervios, la emoción y la adrenalina se apoderaban de los pilotos y los mecánicos que participan cada año en la Carrera Panamericana. Cada equipo revisaba que sus coches estuvieran lo mejor equipados posible, para evitar daños mecánicos y prevenir accidentes en una carrera que no perdona errores y donde cada segundo vale oro. Por eso las velocidades alcanzan hasta 315 km/h en vehículos que tienen más de 620 caballos de fuerza. Y los accidentes están a la orden, durante la etapa de clasificación, que llegaba a San Cristóbal de las Casas, el Porsche 356A de la norteamericana Renee Brinkerhoff y su copiloto mexicano Roberto Mendoza sufrió un estrellón. La piloto perdió el control en una curva y su coche sobreviró (deslizamiento del eje trasero), se salió de la carretera y chocó fuertemente contra la barra de contención. Se dañó una de las puertas, el búmper y parte del capó. Afortunadamente, Brinkerhoff y su navegante salieron ilesos.

Los accidentes son ese riesgo que le pone picante a la competencia. O si no, pregúnteles a bandas de rock como Dire Straits o a los monstruos de la psicodelia Pink Floyd, que corrieron siete veces la Panamericana. En 1991 la banda británica sufrió un accidente que dejó al copiloto de David Gilmour con una fractura en la pierna luego de que chocara su Jaguar C-Type de 1952. Debido a eso, Sony Music les prohibió volver a competir, pero eso no fue impedimento para que en junio de 1992 la banda homenajeara la competencia con un documental que muestra la pasión de Gilmour y Nick Mason por los automóviles. Su soundtrack consta de once canciones, de las cuales siete están dedicadas al evento.

 

 

Por alguna razón, el rock nunca abandona la carrera. Al ritmo de “Love me two times” de The Doors, el centro de convenciones de Tuxtla Gutiérrez se convierte en el paroxismo de los amantes de los coches: Studebaker, Corvette, Fairlane, Ford Falcon, Subaru, Chevelle, entre otros autos, adornan el lugar. Los ojos de los aficionados rememoran la felicidad de los niños que juegan con carros de juguete en el patio de la casa. Allí conocí al piloto francés Hilaire Damiron y a su navegante –y curiosamente, su esposa– la brasilera Laura Damiron. Su carro es un Studebaker de 1954 que guarda una joya: el TAG Heuer Carrera, un reloj que fue bautizado en honor a la pasión y admiración que Jack Heuer, presidente de TAG en 1963, sintió por la Carrera Panamericana. Él era admirador de Juan Manuel Fangio, quien la había ganado en 1953. Desde ese momento, el vínculo entre la marca y el evento creció hasta que en
2012 TAG se convirtió en patrocinador oficial de la carrera.

–La carrera nació en 1950 para celebrar que México era el primer país en tener una carpeta asfáltica de norte a sur –me dice Edgardo Fuentes, director de logística de TAG Heuer–. La idea era conectar toda América, desde Alaska hasta Punta de Fuego, a través de una carretera panamericana. Nuestro país fue pionero.

 

 

Al siguiente día llegamos a la cuna del mezcal en México: la ciudad colonial de Oaxaca, donde es muy común la expresión “para todo mal mezcal, para todo bien también y si no hay remedio, litro y medio”. Cenamos en el restaurante Casa Oaxaca para conocer otra de las sorpresas de la gastronomía mexicana: mole negro con guajalote, puré de plátano, arroz con chepil y plátanos fritos con chapulines (grillos fritos).

–No es un tour como los de cualquier competencia, esos son paseos de señora gorda, esto es una carrera para hombres –dice Eduardo León, presidente y fundador de la Carrera Panamericana–. Son 3.420 km en siete ciudades, tenemos autorización del gobierno federal y estatal. El que corre acá, lo hace por gusto.

León rescató la carrera del olvido en 1988, porque una seguidilla de accidentes hizo que en 1954 se suspendiera la carrera. Para revivir la época dorada de los años cincuenta, las normas dicen que la carrera solo puede ser ganada por automóviles fabricados de 1950 a 1954, mientras que vehículos modernos pueden participar y ser cronometrados, mas no reconocidos como coches panamericanos. Si usted está pensando en participar, solo debe desembolsar siete mil dólares para cancelar la inscripción y su equipo debe contar con un presupuesto mínimo de 140.000 dólares para gastos de mantenimiento.

El piloto argentino Juan Manuel Fangio ganó la competencia en 1953 en un Lancia D24. Cortesía: TAG Heuer y Carrera Panamericana.

La Carrera Panamericana del 2015 recorrió en siete días varias ciudades de México, como Durango, Tuxtla Gutiérrez, Oaxaca, Toluca, Ciudad de México y Morelia. Participaron 84 pilotos de 14 países y solo la mitad logró terminar en el olvido. Los ganadores fueron el piloto Emilio Velásquez y su navegante Javier Marín, a bordo de un Studebaker de 1954. El segundo puesto fue para el matrimonio Damiron, que arribó con una diferencia de 10 segundos.

La última etapa, la del espinazo del diablo, en Durango, es verdaderamente el doctorado que todo rallista debe saber sortear: descender un cerro colmado de arbustos a gran velocidad provoca el riesgo inminente de desbarrancar en cada curva y salir directo contra un árbol. Con más de 80.000 kilómetros recorridos desde su tradición, el equivalente a darle dos vueltas a la Tierra, la Carrera Panamericana se ha convertido en la fiesta en la que todos quieren participar. Como dice su fundador Eduardo León: “En ningún lugar puedes jugar a lo que jugamos acá, cerrar carreteras y viajar a 310 km/h. Si en el mundo civilizado lo haces, te vas a la cárcel. Aquí no. Aquí está permitido”.

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