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Estas canciones sonaron en el Apollo 11

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El vínculo entre un ejecutivo discográfico y un ingeniero de la NASA fue la clave para la música que sonó desde la Luna.

–Pongamos algo de música –dijo Aldrin.

–¡Fuera de mi maldito corredor, Aldrin! –respondió Collins–. Tengo que poner mi escotilla para que podamos…

–¿Qué tal esos casetes?

Son las 11:49 de la mañana. Afuera está completamente oscuro y el frío es mortal en extremo. No es el invierno austral, no están en la Antártida y estos dos hombres del hemisferio norte, que hace tres días dejaron su hogar en pleno verano, tienen la más trivial de las conversaciones en el menos común de los lugares.

– ¿Qué tal esos casetes?

– Ok.

Michael Collins, el piloto del módulo de comando, acaba de ponerse de acuerdo con Edwin ‘Buzz’ Aldrin, piloto del módulo lunar, para poner música a bordo de la misión Apollo 11. Les falta un día de viaje para llegar a la Luna. Un día después, el 20 de julio de 1969, Neil Armstrong y Aldrin pondrían pie sobre ella, mientras Collins los esperaba orbitando alrededor del satélite.

Tras esa conversación, Aldrin y Collins continúan hablando de cosas triviales, discuten si era el momento de tomar una pastilla de Lomotil y comentan sobre un par de asuntos técnicos de la misión. Todo eso, en la Tierra, no tendría la menor importancia, pero en la mitad del Espacio y durante la misión definitiva para llevar a un humano a la Luna, cada asunto es histórico. Sin embargo, lo monumental de la misión suele opacar el más sencillo de los datos: que todo esto estuvo a cargo de seres humanos; humanos excepcionales, por supuesto, pero humanos, al fin y al cabo, que incluso llevaron en su equipaje personal –si así se le puede llamar a una bolsita capaz de aguantar media libra de peso– objetos como crema de afeitar, una hostia para comulgar en la Luna y –no es broma– un banderín del Independiente de Avellaneda. Por supuesto, la historia del banderín bien daría para escribir otro artículo, pero basta con decir que Héctor Rodríguez, relacionista público del Independiente, convenció a las directivas del equipo para hacer socios a los astronautas del Apollo 11 varios meses antes de que partieran a la Luna. Así, a Armstrong, Aldrin y Collins se les expidieron carnets del club y les enviaron tres banderines y uniformes del equipo para sus hijos. Casi dos meses antes de partir a la Luna, Armstrong le respondió a Rodríguez con una carta que decía: “En nombre de la tripulación del Apollo 11, quiero agradecerle por su muy amable carta y por su consideración al enviarnos los tres banderines. Espero regresar para visitar pronto Buenos Aires y que las circunstancias me permitan aceptar su invitación para visitar su club”. Armstrong, cauto y pragmático, no podía prometer que iba a llevar el banderín a bordo. Pero terminó por hacerlo, e incluso fue a Argentina a encontrarse con Rodríguez en noviembre de 1969.

El viaje completo dura ocho días, de ida y vuelta y con una sola parada. No hay entretenimiento a bordo y las ventanas son pequeñas. No hay mucho paisaje, pero la vista es incomparable y solo la comparten tres personas: la Tierra y la Luna, sin distorsiones ni interrupciones por el clima o la contaminación lumínica, contra el fondo más oscuro imaginable. Por histórica que fuera la misión, los hombres a bordo necesitaban entretenerse con algo más que controles y discusiones técnicas. ¿Hubo música en el Apollo? Sí. Y todo fue gracias a un chiste que se hizo muchos años antes de que Armstrong diera su pequeño paso en la Luna y su salto gigante para la humanidad.

La grabadora Sony TC 50 iba en las misiones espaciales como una herramienta de trabajo, pero fue la clave para llevar música al espacio. Foto: Sony.

Para contar esta parte de la historia, tuvimos que contactar a Mick Kapp. En estos días en los que todo lo que tenga que ver con el Apollo 11 tiene gran demanda, encontrar a Kapp simplemente requirió ver su perfil en Linkedin –que tenía actualizado a sus 89 años de edad– y buscar en el directorio telefónico de Carmel, un pueblo en la costa de California. Kapp falleció en la noche del 11 de junio de 2019, cuatro días después de hablar con DONJUAN.

Nos contestó desde su casa, que está llena de recuerdos musicales, como el disco de oro que recibió por haber grabado Hello, Dolly, de Louis Armstrong, y fotos y objetos de misiones espaciales. No tenía claro cómo llegó a su casa una señal metálica que dice “Flight Office - Transocean Airways - Barranquilla Colombia”. Su esposa, Joyce, tampoco recuerda el origen de la placa, porque está segura de que ni ella ni su esposo estuvieron nunca en Colombia.
En los años sesenta, Mick Kapp era un joven ejecutivo de música de la disquera de su padre, Kapp Records. En 1965 había grabado un álbum con el comediante Bill Dana, que se había hecho famoso por representar a José Jiménez, un popular personaje que hacía sátira de los latinos en la televisión estadounidense. En la grabación de Kapp, a Jiménez lo escogían para ser el primer hombre en el espacio: parte del chiste consistía en que Jiménez era un tipo sin miedo, que se creía muy valiente y no sabía en lo que se estaba metiendo. “Pero cuando vas al espacio, tienes miedo. Uno se sobrepone al miedo haciendo las cosas, pero los astronautas, claramente, tenían miedo”, dijo el productor.

“Les envié los discos de José Jiménez a los siete astronautas del proyecto Mercury y a Paul Haney, el encargado de relaciones públicas de la NASA”, continúa. “Después, simplemente me olvidé de eso hasta que un día estuve en un club nocturno en Cabo Cañaveral, donde Bill Dana se estaba presentando. Esa noche se subieron al escenario Wally Schirra y Alan Shepard, el primer estadounidense que fue al espacio”. Esa noche empezó una relación en la que Kapp dejó su huella en la carrera espacial.

Todo se hizo de manera extraoficial. Haney era el único en la NASA que estaba al tanto del regalo que Kapp les hizo a los astronautas a partir de la misión Apollo 7. Se trataba de algo muy sencillo: Kapp armaría listas de reproducción con música para llevar al espacio.

Desde el Apollo 7, la NASA incluyó en el equipo a bordo unas grabadoras Sony TC 50 del tamaño de un libro pequeño para usarlas como bitácoras de voz. Kapp, simplemente, grabó varias canciones en los casetes que iban a servir para registrar las conversaciones de los astronautas. “Si llegaba a suceder algo importante y necesitaban grabar, lo harían encima de la música. Y si la perdían, pues la perdían. ¿A quién le importa?”, dijo Kapp.

¿Pero qué se lleva uno para oír durante un viaje a la Luna? La decisión no estaba completamente en manos de los astronautas, que bastante trabajo tenían mientras aprendían a dominar cada elemento del vuelo si es que querían regresar a casa con vida. Antes de cada viaje, Kapp les hacía un par de preguntas sobre sus canciones favoritas para grabar los casetes a partir de ahí. Por eso, en las grabaciones oficiales del Apollo 11, además de las voces gangosas y llenas de acrónimos en la que los astronautas hablan de cada detalle del viaje con jerga técnica, también suena lo siguiente:

- Galveston, de Glenn Campbell.
- People, de Barbra Streisand.
- Three O’Clock in the Morning, de Lou Rawls.
- Angel of the Morning, de Bettye Swann.
- Everyday People, de Peggy Lee.
- Spinning Wheel, de Blood, Sweat & Tears.
- Mother Country, de John Stewart.
- Mist O’ The Moon y Moon Moods, de Les Baxter y Dr. Samuel J. Hoffman.

*Para escuchar el playlist del Apollo 11 haga clic sobre este texto.

Aunque no se trataba de un trabajo público o comercial, Kapp tuvo la cortesía de hablar con las disqueras que tenían los derechos de la música. Todas aprobaron su uso para el Apollo 11, aunque solo de manera verbal y amigable. De todos modos, si se llegaba a saber, ¿quién iba a rechazar la publicidad que hubiera generado entretener a los primeros hombres en la Luna?

La mayor parte de esos aportes correspondieron a los gustos de Buzz Aldrin, sin duda el más espontáneo y mediático de la tripulación del Apollo 11. Neil Armstrong, a pesar de ser el más famoso, siempre fue el más reservado en público; sus elecciones musicales, sin embargo, no parecían destinadas a entretener a sus compañeros sino a ambientar la misión: Mist O’ The Moon y Moon Moods eran piezas de música que parecían sacadas de las películas de ciencia ficción de mitad del siglo XX, en las que el theremín era el instrumento principal. El sonido de ese instrumento, agudo e inquietante, era capaz de ambientar una película espacial o una de terror. Y, en cierto modo, el viaje del Apollo 11 tenía un poco de ambas cosas. Mick Kapp sabía desde hacía años, por los astronautas del proyecto Mercury, que era imposible ir al espacio y no tener miedo. Y, como una serpiente que se muerde la cola, la música que escogió Armstrong se utilizó en gran parte como banda sonora de la película El primer hombre en la Luna (2018), de Damien Chazelle.

***

La idea de la música en el espacio no se limita a la que se reproduce allí cuando algún humano está presente. En el siglo VI a.C., mientras realizaba unos modelos de relaciones aritméticas para la afinación musical, Pitágoras postuló que cada planeta emitía una armonía única mientras orbitaba la Tierra. El filósofo romano Boecio dijo en el siglo V d.C. que la “música universal” era la fuerza inaudible que organizaba el universo. Y Johannes Kepler fue más allá y en su libro Harmonices mundi relacionó el movimiento de los planetas alrededor del Sol con escalas musicales: “Garantizo que no se producen sonidos, pero puedo afirmar que los movimientos de los planetas están modulados de acuerdo con proporciones armónicas”, escribió. Si el experimento de “escuchar” esas relaciones se hiciera en tiempo real, se produciría una canción que duraría unos 30 años, pero algunas personas han experimentado con el modelo de Kepler para obtener música que se puede oír de inmediato, sin esperar a que los planetas la “produzcan”. Por ejemplo, el movimiento de la Tierra alrededor del Sol tendría una relación equivalente al semitono que hay entre mi y fa. Otros planetas tienen otras relaciones y, por lo tanto, otros intervalos. Así, todo el movimiento del sistema solar crearía una especie de canción.

La obsesión de Kepler lo llevó incluso a escribir a principios del siglo XVII el libro Somnium, que suele considerarse como el precursor de la literatura de ciencia ficción. Allí se describía un viaje a la Luna.

Cuatrocientos años después, la carrera espacial la empezaron ganando los soviéticos. Para mayo de 1961, ya habían puesto en órbita el primer satélite artificial, habían llevado a los primeros seres vivos al espacio –la perra Laika, que no regresó viva, y Belka y Strelka, que sí lo hicieron–, habían hecho el primer vuelo espacial pilotado por un ser humano –Yuri Gagarin– y habían logrado poner una sonda en la órbita lunar. A pesar del esfuerzo y el dinero, Estados Unidos se estaba quedando atrás y necesitaba un golpe maestro: por eso el presidente Kennedy se dirigió al Congreso para poner la meta de un estadounidense en la Luna antes de que se acabara la década.

El video de Chris Hadfield tocando "Space Oditty", de David Bowie, en la Estación Espacial Internacional, se convirtió en un video viral de Youtube. Foto: JPL - NASA.

Mientras tanto, la carrera seguía, nunca mejor dicho, al rojo vivo, porque los soviéticos procedieron a llevar a la primera mujer al espacio –Valentina Tereshkova– y lograron llevar a cabo la primera caminata espacial. Sin embargo, entre 1961 y 1967, el proyecto Gemini de la NASA fue el precursor para desarrollar las técnicas de viaje y la tecnología necesarias para el programa Apollo. Sin embargo, cuando llegó el momento de iniciar la nueva fase, ocurrió una tragedia: el 27 de enero de 1967, durante una prueba de rutina en tierra del Apollo I, Ed White, Gus Grissom y Roger Chaffee murieron en un incendio que consumió el interior de la que iba a ser su cápsula en el espacio.

Durante toda la década de los sesenta, los éxitos y las tragedias de la carrera espacial empezaron a empapar la imaginación de millones de personas: todo cambiaba muy rápido –desde Yuri Gagarin hasta Neil Armstrong apenas pasaron ocho años– y en 1965, Stanley Kubrick inició la filmación de 2001: Odisea del espacio, para la cual había encargado una banda sonora al compositor Alex North (con quien ya había trabajado en Espartaco y Dr. Strangelove). Sin embargo, durante la posproducción, Kubrick decidió no usar la música de North, que ya estaba compuesta, y se decidió por piezas de música clásica que había usado de manera temporal. Varias de las obras que escogió Kubrick, a pesar de no ser pop, sí eran lo suficientemente conocidas y, gracias a su película, quedaron vinculadas para siempre con el imaginario del espacio: es imposible oír las primeras notas de Así habló Zaratustra, de Richard Strauss, y no imaginar a los prehomínidos de 2001 en África, o escuchar Danubio Azul, de Johann Strauss II, sin pensar en la estación espacial rotatoria, o el Réquiem, de Györgi Ligeti, sin traer a la mente el monolito. Tan potente fue el efecto de la banda sonora que en el Reino Unido y Canadá usaron Así habló Zaratustra como la música introductoria en las transmisiones de noticias de las misiones Apollo.

Sin embargo, North solamente se enteró del cambio de la banda sonora el día del estreno de la película, en 1968.
Kubrick acabó teniendo la razón. “Sin importar cuán buenos sean nuestros mejores compositores para cine, ninguno de ellos es Beethoven, Mozart o Brahms. ¿Por qué usar música que no es tan buena cuando ya existe una multitud de música orquestal grandiosa del pasado y de nuestra propia época que está disponible?, dijo Kubrick para explicar su uso de la música clásica en la época en que dirigió Barry Lyndon. Por supuesto, ninguno de los compositores que citó apareció en 2001, pero la idea fue la misma.

"Space Oddity, el single más conocido de David Bowie, fue lanzado el 11 de julio de 1969. A los pocos días fue usado por la BBC en su cubrimiento de la misión Apollo 11. Foto: (CC BY-SA 3.0) AVRO.

La huella de la película de Kubrick también quedó en un muy joven David Bowie, quien se inspiró en ella para componer Space Oddity. El viaje de Bowie para componerla no fue uno espacial, sino uno alucinógeno gracias a las drogas que consumió para ver la película, como él mismo lo contaba. Su canción fue publicada el 11 de julio de 1969, apenas cinco días antes de que la misión Apollo 11 despegara hacia la Luna.

***

Tras el auge de las misiones Apollo, el interés del público por los viajes a la Luna decayó con rapidez. Ya se sabía qué se podía hacer y, después del Apollo 11, las misiones fueron un poco menos emocionantes porque –al menos ante los ojos de la mayoría– la parte científica de los viajes, como la instalación de aparatos de medición óptica y los experimentos geológicos, carecía de del interés que había detrás de preguntas tan universales como “¿quién será el primer hombre en la Luna?” y “¿volverá con vida?”. Además, la carrera espacial con la Unión Soviética prácticamente se había acabado con el Apollo 11, la Guerra Fría volvió a calentarse en la Tierra, la crisis del petróleo afectó la economía mundial y la guerra de Vietnam –al menos con Estados Unidos a bordo– continuó hasta abril de 1973, apenas cuatro meses después de la misión Apollo 17, la última vez que un humano estuvo en la Luna.

Sin embargo, quedaron algunas esquirlas de la explosión de entusiasmo en la cultura popular por la carrera espacial. Bernie Taupin, el letrista inseparable de Elton John, sobre todo en los años setenta, había leído El hombre ilustrado, de Ray Bradbury, que contenía el cuento The Rocket Man. Se trataba de la historia de un astronauta cuyo trabajo lo llevaba a estar en turnos de tres meses en el espacio y luego tres días de descanso en la Tierra, lo cual había hecho mella en la relación con su esposa y su hijo. El auge de la carrera espacial no hizo sino terminar de inspirar a Taupin para adaptar en su canción Rocket Man la historia de Bradbury.

En parte, la realidad alcanzó a la ficción de Rocket Man. Con el paso de los años, la estación espacial MIR y, luego, la Estación Espacial Internacional fueron recibiendo astronautas que rompieron récords de permanencia en el espacio. Space Oddity pasó de ser famosa en su propio tiempo a convertirse en un video viral en YouTube después de que el astronauta canadiense Chris Hadfield la interpretara con su guitarra desde la Estación Espacial Internacional. Y en el 2018, el astronauta alemán Alexander Gerst se conectó en directo con su iPad para tocar Spacelab en una transmisión en vivo con Kraftwerk, durante un concierto de la banda en Stuttgart. La fecha no podía ser más simbólica: 20 de julio.

El futuro, con un guiño al pasado, ya estaba llegando.

JORGE PATIÑO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 148 - JUNIO 2019

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