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Entrevista con Natalia Ponce de León

 - Autor: 

Esta mujer trabaja por cambiar la situación de violencia de género en América Latina.

 La imagen de la Fundación Natalia Ponce de León es un ave fénix que se alza en toda su majestuosidad. “La vida renace”, dice. Ese esel mensaje. Porque ella logró renacer después del ataque de Jonathan Vega en contra de su cuerpo y de su vida que sucedió el 27 de marzo de 2014, un día que finalmente le mostró a Colombia que la violencia de género es uno de sus problemas urgentes. Cuatro años después, a través de su fundación y como embajadora de la reconciliación, Natalia busca que las víctimas invisibles de la violencia de género puedan también levantarse de las cenizas.

¿Para usted qué significa el 27 de marzo en su vida?

Un renacer. Ese día me quemaron el cuerpo, pero no me quemaron el alma. Al contrario, me volví más fuerte.

¿En qué momento decide renacer?

No hay un momento exacto. Es todo un proceso de recuperación, de sanación, de perdón, de aceptarse a uno mismo y de entender que el problema está en la sociedad y no en uno como víctima. Porque la primera reacción es el miedo: “¿Qué va a pensar la sociedad? Me veo como un monstruo, no me van a aceptar”. Después del ataque yo estaba  viviendo en una cárcel peor que la de mi victimario porque sentía odio y rabia. Ahora soy libre porque perdoné, no tengo la cabeza llena de odio. Amo lo que hago, amo mi vida y soy una mujer feliz. No sabía que era tan fuerte, pero creo que todos podemos serlo.

¿Cómo era antes?

Yo he crecido mental y espiritualmente, pero sigo siendo la misma persona. Obviamente cambió mi parte física, no tengo la misma cara ni las mismas facciones, pero en esencia sigo siendo la misma: temperamental, lloro, amo viajar y rumbear y soy supersociable. Toda mi vida he sido así, no es que de un día para otro me haya vuelto un ángel. Le encontré un sentido a mi vida, porque si uno siempre se queda con las mismas preguntas de “¿Por qué me hicieron esto? ¿Por qué le hicieron esto a mi familia?”, uno no puede respirar. Hay que darles sentido a las cosas.

¿Cuál es el objetivo de su fundación?

El mensaje de la fundación es promover, proteger y defender los derechos de personas que hemos sido quemadas con químicos en Colombia. Gracias a estos esfuerzos se ha logrado que, por ley, [el asalto con químicos] se considere un delito autónomo dentro de la categoría de lesiones personales. También logramos que el sistema de salud le responda por todo a cualquier víctima, así el ataque haya ocurrido antes o después de la ley. En este momento me siento contenta y tranquila porque hemos tocado a muchas personas víctimas de ataques químicos.

¿Qué planes tiene para el futuro?

Seguir con la fundación. Es una organización que ya tiene nombre y existen proyectos grandes en los que ya venimos trabajando: uno es con la fundación Avon Colombia, que nos donó quinientos millones de pesos para un proyecto que aborda la violencia entre adolescentes en cuatro colegios de diferentes ciudades del país. El otro año buscaremos más proyectos, más alianzas para seguir con los objetivos de la fundación: prevención, protección y defensa de los derechos de las personas quemadas.

¿La legislación actual realmente protege a las víctimas de los ataques como el que sufrió?

Está toda la normativa, existen todas las leyes; pero estas no se implementan. Si no hay un cambio completo en los abogados, los jueces y todo el código penal de Colombia, vamos a seguir en los ciclos de violencia que actualmente existen. La normativa es divina en papel, pero si no hay unos cambios en la narrativa y la educación de las nuevas generaciones, van a seguir existiendo los ataques con ácido, seguirá la violencia –tanto la psicológica, la física y la verbal– y seguirá el silencio por parte de las mujeres, que no se sienten con confianza de contar lo que les pasa.

¿Cómo puede lidiar una mujer con el acoso?

Se debe pedir ayuda. Hay mucha gente que está dispuesta a apoyar. Existen instituciones y organizaciones, como la Secretaría de la Mujer, que trabajan en este sentido. Pero también hay mucha violencia y, sobre todo, no hay confianza en el sistema judicial. Si yo me hubiera quedado callada, seguramente mi caso se habría perdido en el paisaje de los miles de casos que hay en Colombia. Se ponen denuncias que no avanzan, pero no nos podemos
cruzar de brazos: ¡hay que luchar hasta el final para que se haga justicia!

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