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Senna estaba dispuesta a ganarse todo: por eso dejó una profunda huella en el automovilismo mundial.

Ayrton Senna y Alain Prost se encontraban de nuevo en el circuito de Suzuka, pero esta vez estaban en equipos diferentes. Para la temporada de 1990, Alain Prost, que había conseguido el año anterior el título con McLaren, había sido fichado por Ferrari; por su parte, el brasileño había renovado con la escudería dirigida por Ron Dennis con la misión de volver a conseguir el campeonato. La definición del título se disputaba otra vez en la misma pista donde, en la temporada anterior, Prost había estrellado al brasileño justo antes de una chicana para evitar que lograra el primer lugar y siguiera con posibilidades en el campeonato; solo que esta vez el que estaba obligado a ganar era Prost. Senna respiró profundo y en la primera curva hizo exactamente lo mismo que hacía un año le habían hecho a él. Los dos quedaron fuera de la carrera y el brasileño ganó el segundo título, de los tres que logró.

Nació en Sao Paulo en 1960. Su papá era dueño de varias empresas –incluida una comercializadora de repuestos de carros– y de varias tierras dedicadas a la ganadería. Por eso a los cuatro años, Ayrton recibió su primer kart –que su papá construyó en su propio garaje– y a los siete ya manejaba un campero por las fincas de su familia. Tenía una personalidad que solo puede ser descrita como determinante: en las reuniones siempre se imponía, ya fuera con un chiste o con alguna otra salida memorable en la que demostraba una inteligencia admirable. También era sensible hasta las lágrimas y recio cuando tenía que tomar decisiones importantes.

Senna en Inglaterra en 1981. Foto: (CC BY 2.0) Instituto Ayrton Senna

Sin embargo, apenas olía el asfalto de un autódromo, aparecía otro Senna. Cuando los motores rugían, se convertía y sacaba lo más agresivo de su personalidad. Esa determinación lo ponía en riesgo a él y a sus rivales. Enrique Scalabroni, un ingeniero y diseñador que trabajó por más de 20 años en la escudería Williams, donde Senna compitió la última temporada de su carrera, dijo que nunca conoció a nadie tan confiado como Senna, un piloto que en las curvas frenaba un segundo después y aceleraba uno antes de lo que había acordado con el equipo.

Después de pasar por todas las categorías del karting en Brasil, viajó a Inglaterra. Había quedado segundo en el Campeonato Mundial de Karting. Fue en esa época cuando eligió el diseño del casco amarillo brillante que lo acompañó durante toda su carrera y que fue creado por el hijo del pintor de los cascos de Emerson Fittipaldi. Sin hablar inglés y decidido a llegar a la máxima categoría del automovilismo mundial, se radicó en Londres, donde aprendió a hablar el idioma frente al televisor. En el documental The Right to Win, dirigido por Hans Pool, su hermana Viviane cuenta que cuando no estaba conduciendo, Ayrton se sentaba frente a la pantalla a ver cualquier programa para ejercitar el oído y entender expresiones que se usaban en la calle. Tenía 20 años y mientras sus padres le insistían en volver a Brasil, él se las arreglaba para vivir en un pequeño apartamento donde solo comía huevo, en distintas versiones, porque era lo único que sabía cocinar.

Aunque Senna ganó todos los campeonatos que corrió en Inglaterra, los expertos decían que aún era muy joven para la Fórmula 1. Cualquier otro se hubiera dejado vencer por la situación, pero él era diferente: en 1983, cuando corría en la Fórmula 3 británica, consiguió convencer a Frank Williams para que lo invitara a unas sesiones libres en el autódromo de Donington Park. Allí probó el Fórmula 1 de Williams. Ese día, Senna llegó al autódromo con el overol puesto y pidió que lo dejaran correr de primero para que el carro no tuviera ningún tipo de desgaste. Frank Williams ha recordado en varias entrevistas que Senna fue tan insistente que él no tuvo más remedio que dejarlo andar y que quedó sorprendido cuando el brasileño hizo mejores tiempos que su piloto oficial –y campeón de la Fórmula 1 de 1982– Keke Rosberg. Eso le bastó a Senna para lograr un asiento en la máxima categoría del automovilismo para la temporada de 1984, aunque no en Williams sino en Toleman, un equipo que había entrado a la Fórmula tres años atrás. Durante ese año, tuvo duelos con Niki Lauda y con Alain Prost, y aunque se retiraró en la mayoría de las carreras, celebró pequeños triunfos: logró la vuelta más rápida en Mónaco, donde quedó de segundo, y se subió al podio en tres ocasiones. Nada mal para un novato.

Durante los siguientes diez años desarrolló una intensa rivalidad con el francés Alain Prost. Ellos fueron, al fin y al cabo, los dos mejores pilotos del circuito a finales de los años ochenta. En las dos temporadas en que fueron compañeros de equipo en McLaren se ocultaron estrategias, se ignoraron en los pits y hasta se maldijeron a través de los intercomunicadores durante las carreras. Cuando Prost firmó con Ferrari, en 1990, la relación mejoró, la competencia aumentó y el espectáculo ganó. “Cuando la gente me pregunta cuál fue el mejor piloto contra el que corrí, respondo: ‘Senna, sin duda’”, escribió Prost en la revista Autoweek el año pasado. “Ayrton nunca quiso vencerme, quería destruirme. Sin embargo, todo cambió cuando me retiré: una semana antes, cuando compartimos podio en Japón, no podía mirarme a los ojos, pero después de mi última carrera, en Australia, fue a darme un abrazo”.

El McLaren MP4 de Senna en 1988. Foto: (CC BY 2.0) Norio Kolke - ASE / Instituto Ayrton Senna

Su confianza en sí mismo y su fe en Dios lo llevaron a traspasar los límites de lo real. A finales de los ochenta, cuando otros pilotos discutían las vulnerabilidades en la seguridad de sus carros, la cabeza fría de Senna les llegaba a inspirar temor. Él corría contra la muerte: “Hay un día, bajo ciertas circunstancias, en que piensas que llegaste al límite”, dijo en Racing is in My Blood, un documental biográfico publicado en 1992. “Luego vas por ese límite y lo tocas y dices: ‘Bueno, este es el límite’. Pero cuando esto sucede, algo cambia y te das cuenta de que puedes ir más allá. Con poder mental, con determinación y con instinto, y con la experiencia también, puedes llegar a volar muy alto”. Sin embargo, sus compañeros y sus rivales lo criticaban por su manera agresiva y por los riesgos, a veces innecesarios, que tomaba no solo para competir, sino para conseguir sus objetivos.

Senna siempre quiso ser mejor. Su determinación era tal que para lograr el éxito sobre los carros revolucionó la manera de vivir por fuera de la pista. Fue uno de los primeros pilotos en entender que el talento no bastaba y que se necesitaba trabajo mental, físico y emocional para lograr la victoria. Por eso incluyó dietas y planes alimentarios, algo que no era común en los años ochenta. Así mismo, trabajó su mente e incluyó en su equipo personal al coach espiritual Nuno Cobra, quien lo acompañó durante sus últimos 5 años de carrera. Cobra explicaba que el éxito de Senna radicaba en que él lograba niveles elevados de concentración y meditación durante las competencias y que por eso hacía lo que otros creían que era imposible.

Sin embargo, esa determinación lo acercaba a lo más humano. Senna estaba obsesionado por ser mejor que los otros, pero a veces sus objetivos no se reducían a ganar. Eso lo demostró en agosto de 1992, cuando en el circuito de Spa recibió el Gran Premio de Bélgica: la primera victoria del novato Michael Schumacher, que ese año se estrenaba en la escudería Benetton, quedó opacada por una acción de Senna durante la sesión de pruebas libres. Erik Comas, un piloto que corría su segunda temporada, rodaba justo antes de Senna cuando de repente se estrelló a 230 kilómetros por hora en una curva rápida a la izquierda; su carro, con él adentro, salió volando hasta caer nuevamente en el centro de la pista. Senna pasó justo en ese momento y se percató de que el carro de Comas seguía acelerando: no dudó un segundo en frenar, abandonar su carro y correr por plena pista para ir a apagar el motor y evitar una catástrofe. Los ingenieros y socorristas, que llegaron después, contaron que Comas había quedado inconsciente acelerando el motor a más de 7.000 revoluciones por minuto, lo que hubiera podido causar un incendio o una explosión. Senna, el primero en llegar, se quedó arrodillado al lado del monoplaza y sostuvo la cabeza del piloto hasta que los socorristas llegaron, una imagen que quedó marcada en la historia del automovilismo: “Todos lo hubiéramos hecho, pero de Ayrton, quizá por su forma de vivir las carreras, no lo esperábamos”, afirmó uno de los ingenieros de su equipo.

Ayrton Senna, junto con Proust y Boutsen, en el podio del Gran Premio de Canada de 1988. Foto: (CC BY 2.0) Angelo Orsi

Senna murió dos años después de ese episodio, el 1 de mayo de 1994, cuando su carro se estrelló en la curva Tamburello del trazado de Imola, en Italia, a más de 300 kilómetros por hora. Había logrado la pole position y estaba intentando, como siempre, exigirse al máximo; solo que esa vez su determinación tenía un ingrediente especial: quería ganar la carrera para hacer la vuelta de la victoria con una bandera austriaca en honor a Roland Ratzenberger, un novato que había perdido la vida en otro accidente durante las prácticas. Según indicó la investigación que adelantó la justicia italiana, Senna estaba exigiendo su carro al máximo para alejarse de Michael Schumacher, que venía en el segundo puesto, cuando un problema en la columna de dirección lo envió directo hacia el muro de concreto: la barra de dirección de su monoplaza salió disparada justo hacia el casco de Senna y le dio un golpe que le produjo una fuerte hemorragia cerebral que lo llevó a la muerte. Cinco días después, Emerson Fittipaldi salió por la televisión brasileña cargando el féretro del campeón. Detrás, caminaba Rubens Barrichelo. Sin embargo, los tres títulos de Senna tenían un significado profundo, no solo para Brasil, que decretó 3 días de duelo nacional, sino para toda la Fórmula 1.

“Senna es, probablemente, el campeón más rápido que vi en mi vida. Él siempre estaba estirando lo elástico”, dijo Jackie Stewart en una entrevista con la BBC cuando se cumplieron 20 años de su muerte. “¡Por Dios, es que era muy rápido!”.

Esa frase demuestra el aura casi angelical de un corredor que, aunque no fue el dueño de los récords ni fue el más ganador, había dejado decenas de momentos que lo hacían parecer un corredor imbatible, casi mesiánico, en un deporte acostumbrado a crear héroes que dependen únicamente de los números.

SEBASTIÁN HEREDIA
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 152 - OCTUBRE 2019

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