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Julio Garavito es uno de los científicos más importantes de la historia de Colombia. Casi cien años después de su muerte sus logros se han confundido con las supersticiones de feligreses marginales.

Los tacones rojos golpetean el piso del Cementerio Central. Unas piernas largas se abren paso entre los mausoleos. La dueña de esas piernas va acompañada de un perrito beige con botines rosados en cada una de las patas. El pug avanza con la lengua afuera, se detiene, olisquea los ramos de flores que rodean la tumba, levanta la pata, pero la mujer de tacones lo aparta jalándolo de la correa. ¡Cuidadito Pucca!, lo reprende con una voz gruesa y varonil. Se persigna tres veces, se agacha y deja un ramo de flores sobre la lápida de Julio Garavito. Un grupo de hombres con gorra y tatuajes en los dedos miran las piernas del travesti. 

La mujer de tacones rojos saca de su cartera una hoja de papel. Lee la fotocopia de la Oración a Dios Todopoderoso por los méritos de Julio Garavito, frota un billete de $20.000 en una de las columnas de la tumba, lo coloca en su pecho, ora con fervor, pide. El pug se echa a sus pies con las patas abiertas y el travesti enciende un bareto jorobado, reza mientras expulsa el humo sobre las piedras del sepulcro.

El billete que hace parte de los rituales salió en circulación en diciembre de 1996 en honor al matemático colombiano. De color índigo, aguamarina, cobalto, turquesa y petróleo, expone una elegante combinación de tonalidades azules. En su anverso aparece la cara de Julio Garavito, con mirada serena, bigote abundante, el cuello pulcro de una camisa blanca. Además, hay un círculo que representa el lado oscuro de la Luna. En el reverso se aprecia la vista de la Tierra desde su satélite natural, y una serie de figuras geométricas euclidianas usadas por el científico para sus cálculos celestes.

Hasta 1997, cuando se emitió el billete de $20.000, la tumba de Julio Garavito era otra más en el cementerio. Un sepulcro vecino al de Leo Kopp, Luis Carlos Galán Sarmiento, Laureano Gómez y José Asunción Silva. Un lunes, el día de las almas benditas, el sepulcro recibió la visita de un grupo de travestis, que le rezaron y pidieron favores. A los pocos días, uno de ellos regresó con un tarro y una brocha. Luego de embadurnar las piedras de pintura azul, la voz se corrió con rapidez: la nueva estrella de la moneda colombiana concedía favores económicos desde el más allá.

El travesti de tacones rojos se llama Camila. Suele visitar el Cementerio Central en compañía de Pucca, su perrito de botines rosados. Es un ritual que lleva haciendo hace tres años: “Vea amor, yo le voy a contar una historia rapidito, cuando yo vine por primera vez a pedirle a Garavito, ese fin de semana me hice $600.000. Parada en la calle, en el cuarto con los clientes, chalequeando borrachitos, bajándome billeteras. Y no es algo normal, yo no gano tanto un fin de semana. Fueron $600.000 en billetes de $20.000, solo en billetes azulitos, los de Garavito, ¿sí ve?”.

 

El ego de Patarroyo

II

En 1920, Julio Garavito fue enterrado en una ceremonia donde el entonces estudiante de ingeniería Laureano Gómez, presidente de la república años después, y uno de los máximos símbolos del Partido Conservador, pronunció palabras en su honor. Sucedió una tarde lluviosa en la que la misa fue dicha en latín. Las oraciones pronunciadas bajo paraguas negros, sombreros negros y gabanes negros, evocaron el Círculo de los Nueve Puntos, una sociedad secreta y científica dedicada a las mediciones celestes de la que Garavito hizo parte y que funcionó durante la guerra de los Mil Días. Los miembros eran matemáticos adictos a la geometría y profesores de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional, que habían bautizado a la sociedad en homenaje al físico y matemático suizo Leonard Euler y su teorema de la circunferencia de los nueve puntos. Era una sociedad en la que los matemáticos colombianos se divertían retándose unos a otros con la resolución de ecuaciones complejas.

Garavito nació en Bogotá el 5 de enero de 1865, se graduó del Colegio de San Bartolomé en 1884. Para lograrlo tuvo que pagarse sus estudios, porque su madre se mudó a Fusagasugá, luego de la temprana muerte del padre. De esta manera, Garavito alternó la obtención del título de bachiller en Filosofía y Letras con su trabajo como el encargado de probar los metales con los que se hacían las monedas en la Casa de Moneda. En 1887 obtuvo su licenciatura en Matemáticas, y después su grado como ingeniero en la Facultad de la Universidad Nacional. En 1893 se casó con María Luisa Cadena, y en 1892, un año antes del matrimonio, fue nombrado director del Observatorio Astronómico Nacional. Allí permaneció 27 años, entre sus funciones entregaba reportes al ministro de Instrucción Pública sobre el clima de Bogotá y explicaba con detalle en qué consistía un eclipse o un sismo, porque la gente en general creía que estos fenómenos naturales anticipaban el fin del mundo o invocaban el juicio final.

Siendo director del Observatorio Astronómico Nacional, se le ocurrió medir la latitud del edificio sede. Fue una tarea que le tomó varias noches, observando las estrellas y extrayendo los datos de las distancias celestes, armado de un teodolito y un cronómetro. Este sencillo procedimiento fue conocido como el Método Garavito. Entonces el Senado de la República le encomendó desarrollar un mapa actualizado para el territorio colombiano. Así, un equipo de ingenieros recorrió el país de cabo a rabo. En las selvas, montañas, desembocaduras de ríos, ciudades y playas, los matemáticos leyeron los cielos nocturnos y consignaron sus cálculos con rigor. Las mediciones fueron comunicadas a través de la red telegráfica del país, tomando al meridiano de Bogotá como el meridiano 0, e intercambiando datos y precisando las coordenadas del nuevo mapa de Colombia.

Julio Garavito estudió los cometas que pasaron por la Tierra entre 1901 y 1910 como el Halley, que fue el primero en ser reconocido como periódico. Su órbita fue calculada por primera vez por el astrónomo Edmund Halley en 1705. Garavito, por su parte, logró calcular su trayectoria, cuya estela brillante, tras setenta y cinco años de ausencia, retornó a la bóveda celeste el 19 de febrero de 1910. Garavito tomó nota de los movimientos diurnos del cometa, pese a que era imposible verlo bajo la luminosidad del día. Calculó también la trayectoria, al observar las distancias que el cometa trazaba en relación con el planeta Saturno. Se quedó la noche en vigilia, bajo el cielo oscuro, a la captura de los datos que le sirvieron para burlar la luz del sol. Al segundo anochecer, la sociedad del Círculo de los Nueve Puntos comprobó y celebró el rigor del científico celeste.

 

La parábola de Carlos Alonso Lucio

III

Álvaro Peña vende bastones en el centro de Bogotá. Bastones de madera, aluminio, plástico. En el Parque Santander, en la Plazoleta de la Mariposa de San Victorino, en los semáforos de la carrera Décima. Al caminar, Álvaro arrastra su pierna izquierda, debe apoyarse en un desaliñado bastón negro. Cojea por una vieja herida que le dejó un enfrentamiento a puñal, con otro vendedor ambulante, años atrás. A Álvaro le gusta pedirles favores a los muertos. Su tumba preferida es la del hombre del billete. Al igual que otras personas que la visitan, fuma marihuana, expulsa el humo sobre la sepultura y frota dinero en las columnas azules.

Angie, Dayana y Milena son tres prostitutas provenientes de Tuluá, Armenia y Cali. Se sientan junto a Álvaro y conversan:

“Yo escuché que el man era bueno, trabajador, de una familia de plata de aquí de Bogotá”, dice Angie recogiéndose el pelo con un caucho morado. “Yo también escuché eso”, agrega Dayana, “pero al principio pensé que era el violador de niños y me emputé, porque cómo era posible que le rezaran a ese hijueputa, luego me dijeron que el violador estaba en la cárcel, y ahí sí empecé a rezarle a Garavito”, concluye Dayana. “El man era trabajador, sí, pero yo escuché que le gustaba fumar bareta a escondidas de la familia”, complementa Milena. “Era uno de esos cachacos solapados que se vuelan de sus casas para fritarse la cabeza”, y las tres mujeres y Álvaro Peña ríen a carcajadas.

“¿Que por qué le rezó a Garavito?”, toma la palabra el vendedor de bastones, y las tres lo escuchan con atención. “Sí pilla a la gente que está en la tumba, los que están llegando, los que se están yendo. Vea, los chinos de las camisetas de fútbol son ladrones: yo los he visto raponeando en la Décima. ¿Sí ve la pelada de pelo negro? Esa es una puta del Santafé”, y Álvaro les guiña el ojo a las tres chicas, quienes sonríen cómplices. “Yo me pateo el Santafé todos los días, pero allá no vendo nada, solo me meto a comprar yerbita. Antes yo le daba al bazuco como a una moto, dele, dele, dele, hasta que mataron al negro, un ñerito mío. Con él veníamos a pedirle a Garavito, pero un día lo cogieron mal parado y le pegaron tres pepazos en la cabeza, ahí mismo quedó mi negrito”. Angie y Dayana se persignan, se besan los puños, miran las copas de los árboles. “Desde esa vez prometí dejar el bazuco”, prosigue, “lo hice por el alma del negro, para ayudarle con las vueltas en el más allá. Vea, yo le rezo a Garavito por lo mismo que todos los que estamos acá, le rezo a Garavito porque el man era un ladrón, un vicioso, ¿sí pilla?”.

Pero Julio Garavito no era un ladrón, ni un vicioso. Era un matemático brillante. Lo quisieron convertir en ello la imaginación popular, la fe y las supersticiones. La creencia absurda de que frotar billetes en una tumba trae riqueza y trabajo.

 

Los verdaderos juguetes del espionaje

***

En Colombia, en febrero de 1916, se observó un eclipse total de sol. En ciudades como Bucaramanga y Medellín, la luna cubrió al astro fascinando y horrorizando a los ciudadanos. El Observatorio Astronómico Nacional designó una comisión para su estudio liderada por Julio Garavito. Viajaron a Puerto Berrío, una población intermedia entre las dos ciudades. El afán por regresar a Bogotá lo carcomía. Su esposa, María Luisa Cadena, estaba enferma y ya no podría levantarse más. María Luisa agonizaba y los magníficos astros, a los que Garavito había dedicado su vida, no podían hacer nada para salvarla.

María Luisa, la mujer con la que nunca pudo tener un hijo, murió. Presa de angustias y depresiones, los últimos cuatro años de su vida los dedicó a la docencia y al énfasis en el estudio de uno de sus astros predilectos: la Luna.

Garavito se obsesionó con los movimientos del satélite. Si un navegante conocía con exactitud la posición del astro frente a las estrellas y la comparaba con las consignadas en viajes anteriores, y tenía en cuenta la hora local de navegación, le era posible saber la distancia que le faltaba para llegar a tierra. La astronomía, ciencia imprescindible para la navegación en altamar, recibió los aportes del hombre de mirada tranquila, quien pese a las limitaciones técnicas y la escasa financiación, logró ubicar su nombre en varios cráteres de la Luna. En 1970, cincuenta años después de su funeral, la Unión Astronómica Internacional bautizó un conjunto de cráteres del lado oscuro de la Luna, con el nombre de Julio Garavito. Los boquerones, ubicados en la cara oculta, tienen las coordenadas selenográficas de latitud 48 grados al sur y 157 de longitud oriental. La luna, que se muestra magnífica en noches de plenilunio, capaz de agitar las mareas del océano, lleva el nombre de uno de los genios de la historia de Colombia.

***

Un hombre capaz de trazar con su propio método el meridiano de Bogotá, se convirtió en el patrono de los malandros. Un hombre disciplinado, austero y consagrado, es el santo de una comunidad de marginados, que están convencidos de que Julio Garavito, el único colombiano que tiene su nombre inscrito en la Luna, catedrático por más de veinte años de Cálculo Infinitesimal, Mecánica Racional y Astronomía, era un hombre disipado, con tendencias dipsómanas y aficiones sicotrópicas.

Álvaro Peña se levanta, se sacude el pantalón, se apoya en su bastón negro: “Hay que rezarle con más firmeza esta noche al vago”, dice. Y las tres mujeres lo miran con atención. “¿No han analizado el billete?”, les pregunta y Dayana se encoge de hombros, mientras Angie y Milena se miran con cara de interrogante. “Párenle bolas” y el hombre les señala con el dedo la luna inmensa de una de las caras del billete. “¿Sí pillan? Esta noche hay luna llena y si sale en el billete del vago es por algo”, concluye Álvaro Peña y las tres mujeres asienten convencidas de su nuevo hallazgo.

Los boquerones, ubicados en la cara oculta, tienen las coordenadas selenográficas de latitud 48 grados al sur y 157 de longitud oriental.

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