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El fracaso de los hermanos Maradona

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Pocos conocen la historia detrás de los dos hermanos de Diego que fueron un desastre como jugadores. Sin embargo, "Dios" hizo todo lo posible por lanzarlos al estrellato. ¿Y quién dudaría en creerle?

A pesar del tiempo transcurrido, el mundo aún no se cansa de mirar el gol que Diego Armando Maradona Franco les marcó a los ingleses en el Estadio Azteca. El 22 de junio de 1986, el genio arrancó desde la media cancha, condujo un balón adherido al pie, regateó a medio equipo rival y empujó la redonda al fondo de la portería. Las lágrimas de felicidad se deslizaron por los pómulos de los hinchas argentinos: la derrota en las Malvinas estaba todavía muy fresca. Minutos atrás, Diego Armando había hecho un gol con ayuda de una mano divina, ganándole en el salto al arquero Peter Shilton. “Es como si le hubiese robado una cartera a un inglés”, recordaba así Maradona en una entrevista la sensación que tuvo al momento de tan osada pillería. No se ha tratado de la única vez en que el 10 ha sido un maestro del engaño. También mostró maleada astucia al momento de promocionar a sus dos hermanos menores para encontrarles cabida en diversas ligas futbolísticas.

Raúl Alfredo, más conocido como “Lalo”, y Hugo Hernán, “el Turco” para los suyos, lograron jugar en distintos clubes gracias al apoyo del hermano-deidad. Sin embargo, el apellido futbolístico más famoso del universo les quedó enorme al momento de mostrar calidad en el césped.

“Las pisadas, las rabonas / son los chiches (juguetes) que los viejos / no te podían regalar”, canta La Guardia Hereje en el tema Para verte gambetear, recordando la infancia tan dura de Diego Armando, en compañía de un viejo balón en un potrero de Villa Fiorito, ante los aprietos económicos de doña Tota y don Diego. Raúl y Hugo también compartieron estas postales con los amigos del barrio, solo que las penurias duraron menos que las que tuvo que enfrentar Diego Armando. Lalo y el Turco son, respectivamente, seis y nueve años más jóvenes que el Pelusa, así que cuando él debutó en 1976 con los colores de Argentinos Juniors, la condición económica de la familia comenzó a mejorar. “Cuando Diego agarró su primera plata nos llevó a recorrer todas las jugueterías del barrio para comprarnos regalos, zapatillas, bicicletas. Quería darnos lo que no habíamos tenido de chicos”, declaraba Raúl a los medios décadas atrás.

Algunos señalan que los hermanos del 10 no triunfaron en las canchas justamente por esa falta de ambición, producto de la exposición a una miseria prolongada. Anatoly Karpov, uno de los mejores ajedrecistas de la historia, señalaba en una entrevista que su capacidad de concentración es la consecuencia de haber vivido una infancia durísima. Puede ser que el carácter se forje con mayor solidez entre dificultades y carencias, pero habría que diferenciar la fuerza en el ánimo de las enormes condiciones para conducir una pelota.

Con los éxitos en Argentinos Juniors, Boca, Barcelona y Nápoles, y su elevación a los altares luego de haber ganado el mundial en 1986, Diego Armando se convirtió en el futbolista más famoso del orbe, así que parecía bastante apetecible pensar que los genes habían tenido que ver en parte con ello y, por eso, contar con uno de sus hermanos en las filas de algún equipo podría traducirse en victorias deportivas y, sobre todo, en llenos asegurados en los estadios.

El primero en dar un paso adelante fue Raúl. Zurdo y ubicado en la cancha como enganche ofensivo, fuera de dichas coincidencias, se parecía en lo futbolístico a Diego Armando lo mismo que una estufa a un leopardo. Antes de debutar en la máxima competición argentina, Lalo jugó un partido con la sub-17 albiceleste, a petición de Carlos Salvador Bilardo. Se estrenó en primera en 1986 con la camiseta de Boca Juniors, entrando unos minutos en un encuentro somnífero frente a Estudiantes de la Plata. Cuando Diego Armando debutó en 1976, lo primero que se le ocurrió fue tirar un caño a un oponente. De los inicios de Raúl en el máximo circuito argentino, la prensa solo recogió opiniones sobre un futbolista sin carisma. Jugó un partido más con los xeneizes y tuvo la fortuna de enfrentar a River Plate en la Copa Libertadores, aunque en esa ocasión Boca utilizó a un equipo de suplentes, al resultar ya imposible su clasificación a la siguiente ronda.

El hermano del Pelusa tomó después un avión con rumbo a tierras españolas, al ser contratado sorpresivamente por el Granada de la segunda división. “Técnicamente es mucho mejor que nosotros dos, sin lugar a dudas. Es el más elegante de los tres, es el más dotado técnicamente, lo que pasa es que nosotros le ganamos en condición física, en lo demás nos pinta la cara”, subrayaba así Diego Armando el talento de Raúl con la pelota, supuestamente superior al de él mismo y al de Hugo, el más joven de la saga. La declaración del genio de Villa Fiorito deja entrever cómo se movían los hilos de la carrera de Raúl y de qué manera el 10 fue capaz de vender gato por liebre –en términos futbolísticos, lo justo sería decir “tronco por crack”–.

Como agradecimiento por la contratación de Lalo por tres años a cambio de un total de 34 millones de aquellas pesetas, los tres hermanos jugaron un partido amistoso con la camiseta de la escuadra granadina. La tarde del 15 de noviembre de 1987 se enfrentaron al Malmö sueco, ganando 3 goles por 2. Diego y Raúl colaboraron en el marcador y las crónicas de los diarios andaluces describieron un partido con buen fútbol. Los seguidores granadinos bautizaron con el mote de Maradonita al hermano de Diego, en espera de que sus supuestos talentos con la pelota catapultasen al equipo a la primera división. Días después, el Granada perdió 3 a 1 en Cartagena, aunque el único gol del equipo visitante lo marcó Raúl. Los malos resultados continuaron acompañando al cuadro rojiblanco y Lalo jugó cada vez menos minutos. El equipo se descarriló por completo y descendió a la segunda división B. La siguiente temporada, Maradonita tampoco destacó en los pocos minutos en la cancha, volviéndose un habitual poblador del banquillo. Finalmente las partes pactaron para rescindir el contrato y Raúl volvió a tierras argentinas para jugar en la temporada 1988-1989 con el Defensa y Justicia, un añejo club de la segunda división.

Algún empresario japonés acostumbrado a canjear lingotes de oro por espejos lo contrató para integrar las filas del Avispa Fukuoka, pero en dicha escuadra quedó debiendo de nueva cuenta. Sin embargo, no tuvo que vivir desempleado mucho tiempo: jugó en equipos de Estados Unidos y Venezuela para militar después en el Toronto Italia de Canadá, alternando sus responsabilidades futbolísticas con algunos períodos de residencia en Buenos Aires y Europa, acompañando con frecuencia a Diego entre tantos compromisos. En 1998 Raúl fichó por el Deportivo Municipal del Perú. A su llegada a Lima, ya con 32 años a cuestas, un periodista le pidió definir su estilo de juego. Raúl respondió a la pregunta con el característico acento (y ego) porteño: “Soy hábil. Tengo potencia en el remate. Casi como Diego”.

No ha existido en la historia un casi tan gigantesco. En su debut con los colores del “Muni”, Raúl anotó uno de los goles en la victoria del cuadro limeño y provocó las más altas esperanzas entre los aficionados. Transcurrieron las semanas y los resultados del equipo se volvieron desastrosos. Varios señalaron a Lalo como uno de los mayores responsables de la situación y tiempo después le llegaron a cerrar las puertas de la institución, lo cual provocó que Raúl visitara una comisaría para levantar una denuncia. La prensa deportiva de aquel país le puso una etiqueta difícil de arrancar: “El más grande paquete que ha pasado por el fútbol peruano”. En una vieja entrevista de la televisión argentina, un Raúl muy niño señalaba que las personas en la calle lo querían abrazar cada vez que sabían que Diego era su hermano. Seguramente los transeúntes de Lima en 1998 no encajaban con dicha descripción.

Luego de tanta turbulencia, Raúl Maradona decidió colgar las botas. Participó después en el programa Big Brother VIP de España, laboró en algunas escuelas de fútbol y en 2008 fichó como entrenador del Alvarado de Mar del Plata, equipo de las ligas menores de Argentina. Si el apellido abre puertas, también Raúl ha asumido las cosas que pueda decir la gente, llevando las formas hasta la esfera del humor. En 2012 protagonizó un anuncio publicitario en el que se prestó a las mofas por su pobre calidad futbolística. Un coro entonaba, al son de la música de La mano de Dios, de Rodrigo Bueno, las siguientes líneas: “A la sombra nació / de su hermano mayor / él quería la 10 / le dieron un bidón / enfrentó la adversidad de no haber gambeteado un solo cono en su vida”. Al final del comercial, Lalo abandonaba la cancha y era sustituido por un perro.

Si Raúl Maradona se encargó en cada oportunidad que tuvo de demostrar que lo suyo no era el talento con el balón, Hugo Hernán, el hermano pequeño del 10, dejó ver algunas veces facultades en la cancha, solo que no tan altas como las que todo el mundo esperaba –y las impuestas por el apellido–. Parafraseando al periodista argentino Miguel Bossio, la vida le dio lo justo y necesario para destacar en el balompié. Nada más. Nacido en 1969, desde niño Hugo tuvo muy claro que Diego Armando solo había uno. En los archivos de la televisión argentina aparece Huguito respondiendo cuando le preguntan si alguna vez será como el 10: “No, mi hermano es un marciano. No se puede discutir”.

“El Turco” debutó en la primera división en 1986 con Argentinos Juniors. En dicho equipo jugó catorce partidos de la liga local, cinco en la Libertadores y conquistó la Copa Interamericana ese mismo año. En 1987, nada menos que el Nápoles de Diego Armando adquirió su pase. Por más que uno piense lo contrario, el Pelusa seguramente tuvo que ver con el fichaje en 99 %, por dar alguna cifra aproximada. En aquellos años, las leyes italianas solo permitían contar con dos jugadores extranjeros en cada equipo, y entre el brasileño Careca –uno de los mejores delanteros de la época– y el hermano del astro argentino, no había mucho que decidir. Hugo fue cedido entonces al Ascoli, escuadra en la que jugó trece encuentros –uno de ellos enfrentando a Diego Armando– sin convertir gol alguno, a pesar de ser un jugador de ataque. Maradonino, como lo apodaban los tifosi, provocó menos reacción que un petardo mojado. Si a su llegada al Ascoli la prensa hablaba de un jugador puro, “un vero trascinatore” (una verdadera fuerza motriz), cuando abandonó el equipo afirmaba lo siguiente: “Col pallone risultò proprio un disastro (con el balón resultó más bien un desastre)”.

En 1988 fue cedido al Rayo Vallecano, de la segunda división española. La directiva del equipo de Vallecas pensó que en el fondo Hugo tenía una calidad que iba a explotar en cualquier momento. Además, la presencia del apellido Maradona en la alineación sería imán para la taquilla. “Es todavía mejor que yo”, afirmaba el genio nada más aterrizar el hermano en España; “es la versión derecha de Diego”, agregaba Bilardo por si faltaban flores; “soy más ofensivo que mi hermano”, dejaba en claro Hugo para sumarle expectación al asunto. El Rayo consiguió el ascenso a primera, y el Turco contribuyó con seis anotaciones, algunas de estas gracias a vistosos tiros libres. La temporada en primera fue una ruina, teniendo el equipo madrileño que volver a la segunda división. Hugo concluyó en esos meses su relación laboral con el Ascoli, así que el préstamo también llegó a su fin.

Partió a Viena para defender los colores del Rapid, jugó en el Deportivo Italia, de Venezuela, y participó varias semanas en la liga uruguaya en las filas del Progreso. En 1991 fue contratado por el PJM Futures de Japón, también militó en el Avispa Fukuoka –como su hermano Raúl– y en el Sapporo. En 1999 volvió a Argentina para jugar con el Almirante Brown de la segunda división y se retiró meses después. Se estrenó como entrenador en el Puerto Rico Islanders y luego decidió radicarse en Florida, donde abrió la escuela Cebollitas Soccer Club para los niños. Hugo ha seguido por ende la misma senda que Raúl: beneficiándose del prestigio que te da portar el famoso apellido en la espalda. Después de todo, ¿a qué chiquillo no le gustaría recibir consejos sobre cómo patear y driblar de parte de un Maradona, aunque no se trate del único Dios del fútbol?

La presencia de los tres Maradona en el mundo del balompié no ha sido el primer caso de hermanos futbolistas en la historia. Algunos han compartido vestuario –como los mellizos Barros Schelotto en Boca Juniors–, otros se han enfrentado –Diego y Gabriel Milito en el Inter de Milán y el Barcelona respectivamente– y existen ejemplos desde décadas atrás –la gente recuerda aún a los hermanos Charlton en la liga inglesa–. Los ha habido buenos, regulares y muy malos. El problema es que lo normal radique en hacer comparaciones entre dos mortales y no cuando se quiere poner en la balanza a una deidad con un jugador de limitadísimas facultades. Alguna vez le preguntaron a Hugo si no le hubiera gustado cambiarse de apellido con tal de haber tenido una carrera futbolística con menos presión. “¿Por qué? El apellido me lo dio mi viejo y no mi hermano”, respondió. De acuerdo, solo que el hermano ha sido el mejor en la profesión que Hugo escogió.

Diego Maradona consiguió abrir las puertas de par en par para sus consanguíneos en diversas ligas del mundo; el problema es que no solo se contentó con ello sino que con sus declaraciones puso el listón demasiado alto, con lo cual sometió a los hermanos a una presión cotidiana por parte de aficionados, periodistas, entrenadores y directivos. Aunque nadie les quita lo bailado. ¿Cuántos jóvenes soñarían con debutar en primera división y con ser fichados por equipos europeos? La lista es kilométrica. Tan pobre fue la contribución de Raúl y Hugo a la historia del fútbol que ni siquiera la iglesia maradoniana les ha reservado un espacio en sus altares. Ni apóstoles ni nada. En “El Dié”, historieta argentina donde Diego Armando encarnaba a un superhéroe, no se percibe por ningún lado la presencia de algún hermano que lo apoye en las luchas contra los representantes del mal.

El apellido Maradona no solo ha pesado sobre las espaldas de los hermanos del Pelusa. Desde que se supo en los años ochenta que el 10 había tenido un varón fruto de una relación extraconyugal, muchos pensaban que Diego Armando Maradona Sinagra seguiría la misma senda exitosa del papá en la cancha. En este caso las leyes de la herencia de Mendel fallaron de manera rotunda en cuanto al manejo del balón: Diego Armando II solo ha jugado en equipos de tercera y cuarta división de Italia, aunque ha corrido con mejor suerte en el fútbol playa. Y para no romper con la tradición, el hijo del Pelusa también ha abierto su propia academia: “La Scuola Calcio Maradona Junior”. Diego Fernando Maradona, nacido en febrero de 2013 a raíz de la relación del astro con Verónica Ojeda, seguramente levantará dentro de algunos años las más grandes esperanzas entre los argentinos, ilusionados en que el hijo más joven del genio conduzca al combinado albiceleste a una nueva conquista internacional. Falta tiempo para saber si el apellido Maradona integrará finalmente el selecto club de las dinastías futbolísticas, como los Verón en Argentina, los Forlán en Uruguay o los Maldini en Italia, o si se repetirá la historia de Edinho, el hijo de Pelé que optó por ser guardameta y que ha sido recordado más por sus problemas con la policía que por sus facultades en el terreno de juego.

Pero la eterna fe por el apellido Maradona no solo se reduce a los hermanos y a los hijos del crack. Diego Hernán y Jorge, sobrinos del 10 e hijos de Raúl, han probado suerte en las canchas con magros resultados. Diego Hernán ha participado en las ligas menores argentinas y en un equipo canadiense, y su papá, en la mejor tradición de los Maradona, lo ha definido de la siguiente manera: “Tiene un control de balón y un regate muy similar al de su tío”. Por su parte, Jorge entrenó algunos años con las inferiores de Argentinos Juniors y lo último que se sabe de él es que despliega toda su clase en un equipo de la cuarta división del país sudamericano.

¿Qué decir del nieto de Diego Armando? Hijo de Giannina Maradona y de Sergio “Kun” Agüero –letal delantero argentino–, Benjamín nació en febrero de 2009, y ha provocado altas expectativas por tanta sangre futbolera corriendo por sus venas. “Es increíble lo que juega este guacho (niño), no porque sea yo el abuelo. Se me cae la baba, pero como se le cae a cualquier abuelo que le ve pegar así a su nieto”, declaraba el Pelusa hace poco, mostrando ilusión pero, por raro que parezca, también algo de prudencia. Después de todo, Benjamín tiene apenas cinco años. Aunque si las cosas transcurren en el clan como de costumbre, cuando supere la segunda década de vida, Diego Armando sabrá que ha llegado el momento indicado para afirmar ante los micrófonos que el nieto es más habilidoso y contundente que el Maradona que todos vimos en México 86.

Si somos sinceros, la culpa es de todos al soñar con un nuevo Maradona capaz de repetir las hombradas del 10. Los fanáticos del balompié lloran aún la ausencia en el césped de Diego Armando. Sus hazañas, de por sí monumentales, van ganando peso con el paso de los años –“Gardel canta cada vez mejor”, afirman los argentinos–, y un ejercicio común en las charlas futbolísticas en bares y oficinas es descubrir reencarnaciones en los terrenos de juego: “ese muchachito ruso es el nuevo Garrincha; la nueva estrella de la segunda división de Francia tiene igual o más clase que Zidane”. Por ende, se comprende la expectación cada vez que ingresa un tipo no muy alto a la cancha, con el cabello negro y crespo, y llevando el apellido Maradona en la espalda.

Por: Jaime Porras Ferreyra

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