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La caída del Eduardo Santos

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Esta es la crónica que escribió Otilio López sobre el fin de los días del estadio Eduardo Santos, de Santa Marta, donde corren los recuerdos de Di Stéfano, el Pibe Valderrama y James Rodríguez.

Por el pasto seco y áspero del estadio Eduardo Santos de Santa Marta corren los recuerdos de Di Stéfano, el “Pibe” Valderrama y James Rodríguez, así como los de algunas figuras que engalanaron ese templo del fútbol samario que será demolido por fallas en su estructura. DONJUAN recorrió por última vez ese escenario y otros estadios de Colombia para obtener una radiografía nacional que lo hará llorar o reír por las chambonadas, la mediocridad, la politiquería y la falta de compromiso de los gobernantes de turno con sus escenarios deportivos.

El 29 de marzo de 2009 hacía una tarde soleada propicia para el buen fútbol en el estadio de Santa Marta. Unión Magdalena ganaba 1-0 al Barranquilla Fútbol Club por el torneo de ascenso en un partido muy aburridor de mitad de temporada. Con toda seguridad, las 900 personas que asistieron ese día al estadio no tendrían motivos para recordarlo, hasta que minutos antes de terminar el primer tiempo sucedió algo que nadie esperaba.

En la tribuna occidental del estadio, la barra cienaguera, una de las más tradicionales del Unión, integrada por unos cuantos hombres “sesenteros” hacían sonar la tambora y el güiro cantando: ¡Unión sopla ciclón! —porque el equipo había convertido el primer gol del partido—. De repente, la fiesta que se vivía al ritmo de El son de negro se interrumpió cuando aficionados empezaron a correr huyendo de la tribuna. Todo era confusión en medio de los gritos de adultos y niños. “¡Abejas, hay abejas! ¡Nos están clavando!”, decían los asistentes.

 

Las cadenas radiales que estaban en el estadio transmitiendo el juego del Unión Magdalena informaban que un enjambre de abejas africanizadas se había alborotado. Entre el asombro, todo parecía una escena premeditada como para ponerle algo de emoción al partido. Mientras tanto, en la cancha los 22 jugadores seguían su disputa con normalidad. Hasta al mismo comisario de campo, Ovidio López –que siempre se ubicaba en la pista atlética del escenario–, le tomó unos minutos comprender lo que pasaba en las tribunas. El partido se suspendió.

En aquellos minutos de zozobra, las abejas picaron centenares de asistentes, los periodistas tiraron sus micrófonos, dejaron las transmisiones y salieron corriendo de las cabinas que no tenían vidrios de protección. Ómar Ospino Pérez, quien trabajaba como voz comercial de RCN radio, mientras se quitaba la camiseta para espantar las abejas, bajaba corriendo por los escalones hacia la salida del estadio. Trataba de quitárselas, sacudía su piel morena y gruesa, hasta que no pudo más y sufrió el inclemente ataque. A fuerza de voluntad alcanzó a llegar a la parte baja del estadio tan rápido como sus 105 kilos de peso se lo permitieron y luego se desmayó. Cuando recobró el sentido iba en una patrulla de la Policía hacia la clínica Mar Caribe con un preinfarto. Sufrió cuarenta picaduras.

Después de hacer una inspección, la Defensa Civil comunicó que dos enjambres de abejas muy grandes estaban arraigados en una columna de la tribuna occidental y en consecuencia no se podía garantizar la seguridad durante las siguientes 24 horas. Tras intensos esfuerzos para jugar la segunda parte lo más rápido posible —por costos y calendario—, las colmenas fueron destruidas y el partido se reanudó al día siguiente por la tarde. Eso sí, con escaso público porque nadie quiso arriesgarse a que hubiera otro panal oculto en algún lugar.

 

Lo cierto es que hoy pocas personas recuerdan quién hizo el gol, o cuánto quedó el partido. El interés lo protagonizó saber por qué se habían alborotado las abejas. Los seguidores del Unión repetían dos teorías: una señalaba a hinchas que buscaban armar caos por el manejo administrativo del equipo y otra indicaba que el ruido por la celebración del gol perturbó a los insectos. La situación no se analizó, todo fue chiste y a la semana el suceso se olvidó. Lo que estuvo a punto de ser una tragedia quedó en comedia. Hasta Edwin Ávila, el jugador del Barranquilla, que jugaba ese partido, dice que lo único que recuerda es haber salido corriendo hacia el camerino huyendo del caos.

Han pasado siete años de aquel episodio y ahora el estadio está cerrado. El exalcalde de la ciudad, Carlos Caicedo, consideró que el escenario era un peligro por el deterioro de sus estructuras y prohibió que fuera utilizado para la práctica deportiva profesional.

El 3 de marzo de 2013 el Unión jugó su último partido en su sede de toda la vida y como si los problemas administrativos no fueran suficientes, el equipo se despidió de su tierra perdiendo 1-0 ante Llaneros.

Desde ese último partido el estadio es un armazón de concreto sin utilidad. El arquitecto e historiador Álvaro Ospino Valiente documenta que su construcción inició en 1939 y hasta 1944 apenas estaba lista la cancha y una pequeña gradería.

Sin terminarlo y sin inauguración oficial, el escenario se utilizaba para esporádicos encuentros futboleros. El estadio duró más de diez años para construirse totalmente, solo la designación de la ciudad para celebrar los VI Juegos Atléticos Nacionales aceleró las obras y finalmente se construyó la gradería del estadio con capacidad de 8.000 espectadores. Con la construcción de las últimas tribunas de sur y norte en la década de 1990, la capacidad del estadio ascendió a 23.000 espectadores, recuerda Ospino Valiente.

***

En las afueras del estadio de Santa Marta hay personas que se aglomeran bajo el inclemente sol, pero no van a ver ningún partido, todos son turistas que llegaron para tomarse una foto junto al monumento del “Pibe” Valderrama que se encuentra en la entrada del escenario.

A las diez de la mañana la avenida frente al estadio tiene una calzada completa invadida de automóviles. Hay tres chivas turísticas, dos vans, un bus con una excursión de estudiantes y carros particulares. Son más de 200 turistas que les permiten a los comerciantes hacerse un festín en ventas. Los raspaos y la limonada ya se vendieron todos. Pero al que le va mejor es, sin duda, al que ofrece las pelucas melenudas y ensortijadas del crack.

Hay dos paisas que se separan del guía que dirige la excursión y caminan con dirección al estadio —los delata el hablado—. Se acercan hasta la entrada principal y un vendedor les dice: “No dejan entrar al estadio. Ahí no hay na que ve!”.

Un viejo portón rojo con tres entradas principales, una por la que ingresaban los jugadores, prensa, abonados y cortesía, y las otras dos para los “mortales”, es el panorama visible de la fachada. Además, hay cinco perros que si no estuvieran tirados parecerían custodiar las entradas, pero en realidad se protegen bajo la sombra en un común día tórrido. En la parte superior el nombre más presidencial que un estadio pueda tener en Colombia: Eduardo Santos Montejo, en pintura color azul desteñido. Lleva este nombre porque el presidente fue impulsor del escenario durante su gobierno de 1938 a 1942.

En el interior del estadio está Lorenzo Quinto, él ha vivido allí desde muy joven, como lo hizo su padre durante más de cincuenta años. Ser guardián del estadio es un oficio de generación en su familia. Sin despegar su pequeño radio del oído se dirige a mí: “¿Qué, vienes también a echar mentira que el estadio se está cayendo?”. Luego camina hacia un mecedor que tiene a unos metros para seguir arreglando un viejo abanico y agrega con soberbia: “El alcalde lo va a tumbar”.

 

Y Lorenzo Quinto tiene razón, una valla en el frente del estadio anuncia que este será demolido y allí se construirá una arena de eventos para los Juegos Bolivarianos 2017 que tiene a la ciudad como sede. Los periódicos en Santa Marta anunciaron que el alcalde Rafael Martínez firmó el convenio para la construcción del nuevo estadio por 52.449 millones de pesos y quedará en una zona de expansión llamada Bureche, al sur de la ciudad.

Mario Ibarra es un periodista samario que vive a pocas cuadras del estadio, iba a ver los partidos del Unión desde niño o podía escuchar desde su casa los gritos de los goles. Cuando creció se hizo periodista y entrevistaba a los jugadores. Tiene toda la razón para decirme en un tono casi sentimental que si se cumple lo dicho por el alcalde de demoler el estadio, se vendrán abajo cientos de toneladas de concreto que acabarán con un lugar, pero no con la historia.

Con esa frase en mente recorro los que pueden ser los últimos días del Eduardo Santos. Es evidente el mal estado de la estructura inaugurada en 1950. Lo único que contrasta con el cemento gris deteriorado son tres frondosos palos de mango en la parte baja del estadio. Las columnas son gruesas, pero tienen unos pedazos descascarados donde se ven las varillas oxidadas por el inexorable paso del tiempo.

El piso está lleno de baches, la última reparación realizada a esta tribuna al iniciar la década de 1990 no se nota. Hay unos muros de concreto de un metro de altura donde se ubicaban los vendedores, unas escaleras para subir hacia las tribunas y las puertas para ingresar a los camerinos. Nada más. Prohibir que se realizaran partidos de equipos profesionales fue un simple acto de sensatez y humanidad.

Sin ponerle ni un ladrillo, este escenario deportivo lleva más de tres años cerrado. Al menos, otros estadios de Colombia se construyen a paso de tortuga, así se conviertan al final en monumentos que van perdiendo similitud en su arquitectura o unas tribunas sean más grandes, más pequeñas, más angostas o más anchas que otras.

 

La situación de este estadio produce risa e indignación en las mismas proporciones, así lo manifiesta el periodista Iván Mejía quien en su programa El pulso del fútbol ha dicho algunas veces: “Al estadio de Santa Marta le echan camionadas de arena porque lo van a comenzar a arreglar, pero sopla la brisa y se lleva la arena, vuelven a echar arena y se la vuelve a llevar la brisa”, termina riendo.

Esta estructura de más de seis décadas todo lo tiene pintado en color azul y rojo como los colores del equipo Unión Magdalena. Las únicas excepciones son varias placas que políticos de la región mandaron a poner en honor de los jugadores insignes y al equipo que quedó campeón en 1968. Pero los políticos también aprovecharon para autoexaltarse, porque las placas dicen: donada por fulano de tal.

Hay dos camerinos con las puertas abiertas. Uno pertenecía a los árbitros. Tiene cuatro lockers oxidados donde guardaban el equipamiento, un murito que hacía las veces de bancas, un baño lleno de suciedad, telarañas, aguas servidas y lo más noble de ese excremental lugar, una frase en la pared que dice: ¡suerte, señores jueces!

El ex árbitro Fifa Rafael Sanabria recuerda que dirigir en el estadio Eduardo Santos era una odisea. “Algo que me impresionó cuando iba a arbitrar es que los camerinos eran muy viejos. En muchas ocasiones no había agua en las duchas y entonces nos ponían una caneca llena de agua caliente por el clima, nos tocaba echarle las bolsas de hielo que nos daban para enfriarla y con totumas teníamos que bañarnos para ir al aeropuerto después del partido”, comenta Sanabria.

En el centro de los camerinos hay un raro mesón embaldosado de blanco, como los que se usan en los expendios de carnes, y al fondo pequeñas duchas que tienen en la superficie agua rebosada, basura y por todos lados hay regado excremento de paloma.

Un túnel muy pequeño y oscuro conduce a la pista atlética. Para un amante del fútbol salir a la cancha en un estadio cerrado es una sensación muy extraña. Un estadio sin gente y sin fútbol puede ser el más triste de todos los infiernos. Aquí, cuando el Unión Magdalena salía del camerino para jugar un partido sonaban las sirenas, los tambores, las gaitas, todo ese colorido queda en la memoria de su hinchada y en una que otra cinta de video.

 

Es casi mediodía y dentro del campo puede sentirse la fuerza de los vientos alisios, o “la loca”, como se le conoce porque es una brisa que por un extraño fenómeno natural sopla en todas las direcciones, y con tanta fuerza que puede tumbar árboles, techos y someter a su antojo un balón de fútbol.

Los jugadores decían que en esta cancha era muy difícil dominar el balón, porque el viento detenía el esférico en el aire. Especialmente a los arqueros el balón les hacía extraños movimientos. El exarquero Óscar Córdoba recuerda que cuando jugaba con el América de Cali recibió un gol por el fenómeno de la brisa.

—Era un estadio particular, ese día jugábamos contra el Unión y me golpeé con un delantero, por el fair play traté de botar el balón a la lateral, pero el viento no lo dejó salir y cayó cerca de Gamero, quien, mientras yo le daba primeros auxilios al jugador, lanzó a la puerta y me hizo el gol como desde treinta metros de distancia. “El profe Diego Umaña me quería matar”, dice entre risas Córdoba.

Es tan seria la situación del viento en el estadio, que el juez Rafael Sanabria dice que cuando iniciaba su carrera, una de las preguntas del examen arbitral decía: “¿Si el arquero hace un saque y el balón en el aire lo devuelve el viento y entra a su propia portería, es autogol?”. “Muchas veces nos reíamos de esas preguntas, pero cuando iba a arbitrar a Santa Marta ya la pregunta no era tan descabellada”, recuerda Sanabria.

Por su condena a la soledad, el gramado del estadio está muy deteriorado. Dos regaderas en intervalos del día mojan el campo; aun así, el pasto está quemado por la fuerte sequía y en otros puntos simplemente está lleno de tierra. En un costado de la cancha donde se ejecuta el tiro de esquina hay un pequeño tubo blanco tirado en el piso con un trapo rojo amarrado, alguna vez fue el banderín. En el área grande puede observarse el lugar exacto del célebre “morrito”. Que es un montículo de tierra donde, según los periodistas, los jugadores del Unión Magdalena apuntaban para que el balón hiciera un pique que cambiara la trayectoria y confundiera al arquero.

Todo surgió en el torneo apertura del año 2002 cuando al Unión Magdalena le faltaba un punto para clasificar al octagonal y en la última fecha recibía al Envigado. El Unión iba perdiendo. Sobre el final del partido, el jugador Luis Zuleta disparó a ras de pasto, el balón pegó en el montículo y se le pasó por encima al arquero Libis Arenas, que apenas iniciaba su carrera con 17 años edad.

Por la clasificación agónica las cámaras de televisión y los fotógrafos de los periódicos madrugaron al día siguiente a buscar el “morrito” milagroso. Desde entonces corría el cuento que el “morrito” era un defecto a propósito del césped para que el Unión Magdalena se beneficiara, ideado por el técnico Eduardo Julián Retat, aunque él siempre lo negó.

***

El maestro de obra Antonio López Coronado regresó al estadio después de mucho tiempo. Trabajó en una ampliación del techo de la tribuna occidental en la década de 1970. Inspecciona con ojo clínico de 50 años en el oficio y expresa: “La estructura está fatigada —mientras toca una varilla expuesta por la corrosión en una columna de la parte central de la tribuna—, los pedazos de concreto que se caen del techo es porque este ya no tiene impermeabilización y hasta el mismo clima lo deteriora, creo que este estadio ya no tiene vida útil en estas condiciones”, indica.

El área de tribuna preferencial tiene como privilegio que está encerrada por una malla de alambre muy desgastada. Solo hay silletería para cuarenta personas donde se sientan directivos y jugadores.

En la parte superior quedan las cabinas de transmisión, seis en el costado derecho para las emisoras locales y seis en la zona izquierda para los periodistas visitantes. Las cabinas no superan dos metros de ancho ni los tres de largo. Las mismas bancas de madera donde los locutores y comentaristas trabajaron permanecen allí, pero las acometidas eléctricas, los cables y las cerraduras de las puertas ya no están. Lo único que se quedó fue la suciedad y entre ella un condón usado: una prueba infalible de que en estas cabinas pudo morir el fútbol, pero nunca el amor.

Ovidio López, el excomisario de campo recuerda que la queja más recurrente de los equipos visitantes era porque el gramado permanecía muy alto, pero mantenerlo impecable dependía de los directivos del Unión Magdalena que poco invertían para esa finalidad. López dice que el deterioro notorio del estadio empezó a verse desde mediados de 1990 y la causa por la que más se suspendían partidos era por falta de fluido eléctrico.

Desde la parte alta de las tribunas se puede ver al sur de la ciudad la sierra nevada que expone sus picos fácil a los ojos por la ausencia de las nubes esta mañana. De allá viene revoloteando la brisa loca, pero ya no están esos grandes jugadores para dominar el balón en estas difíciles condiciones.

 

Muchas historias tiene este estadio. El escritor Ramón Illán Bacca recuerda ver en Santa Marta al que fue considerado el mejor jugador del mundo en su época.

Para mí es imborrable el recuerdo de ese partido glorioso cuando Di Stéfano en dos jugadas fantásticas metió dos goles de chilena en un partido contra el Deportivo Samarios, como no había en esos años los nuevos aparatos para captar la imagen, solo está el recuerdo en mi memoria.

Treinta años después, en ese mismo estadio un joven de afro color mono debutó con 19 años de edad en el fútbol profesional, se trataba de Carlos “el Pibe” Valderrama, el 10 y capitán de la selección Colombia en tres mundiales. Al exjugador Didi Valderrama, primo del Pibe, quien también jugaba en el Magdalena en 1983, se le viene a la mente la historia de un partido en este estadio.

Siempre recuerdo un gol del Pibe en el Eduardo Santos, pero la historia de ese gol comenzó en El Campín de Bogotá. Jugábamos contra Santa Fe y el Pibe nunca fue un jugador de hacer goles, entonces yo me proyecté por una punta, me metí al área y él estaba frente al arco pidiéndome el balón para hacer el gol. Yo no se la pasé y preferí hacer una jugada individual. Entonces cuando lo miré estaba tirado en el piso dándole golpes al gramado. Eso me dio mucha risa. Pero para el próximo partido fuimos a Santa Marta y jugábamos contra el Medellín. Tuve la oportunidad de quedar frente al arquero y Carlos estaba solo al lado, esta vez sí se la pasé e hizo el gol. Lo celebramos mucho porque toda la semana él estaba enojado porque le había negado el balón en Bogotá.

Hasta James Rodríguez, el 10 del Real Madrid, jugó en este estadio con tan solo 15 años de edad. Fue el 10 de octubre de 2007 en un partido de las finales del torneo de ascenso.

 

César Augusto Corbacho, quien ha narrado el fútbol colombiano por más de treinta años, recuerda aquel partido. “Jugaban Unión Magdalena contra el Envigado, ese partido fue por la noche y quedaron 0-0, pero me llamó la atención ver en la nómina un niño de 15 años. Cuando cogía el balón lo hacía con una personalidad como si fuera un jugador veterano al lado de Giovanni Moreno y Jairo Palomino, que eran los referentes de ese equipo. Pero la verdad, nunca alcancé a imaginar que yo estaba narrándole al que en años sería el goleador de un mundial”.

Para los hinchas samarios el gran recuerdo fue el título que celebraron en esta vieja fortaleza el 15 de diciembre de 1968 cuando el Unión Magdalena le ganó agónicamente al Deportivo Cali la final del torneo colombiano en un partido que quedó 2-2. La hinchada invadió la cancha después del gol del empate al minuto 41 del segundo tiempo y el juez tuvo que dar por concluido el encuentro. Era el primer estadio del Caribe colombiano en ver a uno de sus representantes quedar campeón.

Hoy, todavía algunos jugadores que ganaron ese título e hinchas de la “Belle Époque” del fútbol samario se reúnen a recordar a las afueras del estadio bajo la sombra de los robles.

***

En otros estadios de Colombia también ocurren situaciones extrañas como la de la lechuza que salió en plena transmisión de televisión comiéndose una rata en el horizontal del arco sur del Estadio Metropolitano de Barranquilla mientras jugaban Colombia y Venezuela por las eliminatorias en el 2011. O el jugador del Pereira que le pegó una patada a otra lechuza en ese mismo estadio y despertó la indignación de muchos colombianos. Y qué decir de los audaces hinchas del Cúcuta que violaron la seguridad de la policía e ingresaron al estadio un ataúd con un muerto adentro en pleno partido.

Pero estas son pequeñas anécdotas ante “las empanadas” que se hacen en los estadios por cuenta de la negligencia y falta de planificación. El Monumental de Palmaseca, sede del Deportivo Cali, el primer estadio propio de un equipo en Colombia, lo que debió ser todo un ejemplo administrativo se convirtió en críticas porque el estadio no tenía agua potable. Además –una vez se sale de la recta Cali-Palmira– la vía destapada y estrecha para entrar al parqueadero del Monumental es un solo trancón. Los asistentes también están a merced del exceso de mosquitos y durante la epidemia del zika en Colombia, muchas personas dejaron de asistir al estadio y el coloso se ganó el remoquete del “Palmazika”. El estadio, sin embargo, ha ido superando poco a poco todas las falencias con las obras que impulsan los directivos del equipo.

 

Pero lo de Cali es un detalle menor de un equipo grande. En Valledupar, a mitad de año, el gobernador del departamento del Cesar anunciaba con bombos y platillos la inauguración del estadio Armando Maestre Pavajeau a finales del mes de junio con una inversión superior a los 59.000 millones de pesos. En un país especializado en chambonadas, solo unas semanas después el portal La Naranja Mecánica revelaba cómo jugadores de un equipo visitante se bañaban con bolsas de agua al terminar un partido, porque no había agua en el camerino del estadio. No pasó mucho tiempo para que el escenario Armando Maestre diera de qué hablar nuevamente porque este año también se ganó el para nada admirable récord de cortes de luz en un partido. Mientras jugaban el Valledupar y el Deportivo Independiente Medellín el fluido eléctrico se fue cinco veces. Al mes siguiente Electricaribe le cortó la energía al estadio por una deuda de 137 millones de pesos, según informó el periódico El Pilón.

En Colombia alguien con buen humor podría decir que es todo un estilo arquitectónico construir estadios por pedazos: hacen una tribuna, en unos años construyen otra y el resultado final son escenarios como el 12 de Octubre de Tuluá, sin uniformidad, donde las graderías no concuerdan entre sí. Un ejemplo en este estadio es que detrás de los arcos no hay tribunas y solo se observa un portón por donde entraban hace un par de años los buses que transportan a los equipos.

¿Pero qué decir cuando las chambonadas cobran vidas? La falta de organización y planificación se vio reflejada con la tragedia en el estadio Plazas Alcid de Neiva. Lo triste de todo esto son los nombres de las cifras: Wilson Rodríguez, Edilberto Vélez López, Edison Cabrera y Ferney Bolaños, cuatro obreros que murieron al desplomarse una placa de concreto que les cayó encima.

***

En Santa Marta, al mediodía, el sol de a poco va ahuyentado a los turistas que están afuera del Eduardo Santos. Mañana vendrán más a visitar la estatua del Pibe que ostenta el primer puesto de todos los monumentos de la ciudad. Si Lorenzo Quinto, el guardián del estadio no lo impide, algunos turistas intentarán entrar a la derruida fortaleza del fútbol samario para desilusionarse.

A las dos de la tarde Lorenzo, el guardián del estadio, cierra el portón; Antonio, el maestro de obra, señala desde afuera el lugar exacto en el cual trabajó durante la ampliación de la tribuna occidental, mientras los vendedores, que terminaron un gran día, se alistan para irse a sus casas para la siesta.

Y así como el estadio vecino de béisbol fue demolido, el eterno estadio del Unión Magdalena, que ahora se parece más a un cementerio donde murieron los gritos de los goles y habita un silencio sepulcral, espera que llegue la hora y la fecha para que lo tumben (ya la han puesto y corrido varias veces) y después de recogidas las ruinas se le ponga a su historia el definitivo punto final.

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