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Historia de los partidos Colombia vs Brasil

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"¡Ñerda, nos tocó Brasil otra vez. Cipote vaina!".

 El grito quejumbroso, lanzado a todo pulmón, puso en estado de alerta a la gente que caminaba a esa hora del mediodía en que el calor hace burbujear al asfalto, por una acera del siempre atestado Paseo Bolívar. Unos detuvieron el paso y quedaron petrificados, como en la imagen congelada de una película de terror. Otros abrieron desorbitadamente los ojos y pusieron cara de espanto, como si acabaran de escuchar el anuncio de un desastre inminente que, por más que corrieran, los alcanzaría a todos.

Pocheche, vendedor de agua de coco en una esquina de la concurrida avenida barranquillera, acababa de escuchar en su pequeño radio de pilas los resultados del sorteo de grupos de la Copa América y entregaba a sus vecinos y a todo el que estuviera en las proximidades de su carrito, la mala nueva. Es decir, la mala vieja: Brasil ha sido toda la vida nuestra Bestia Negra. Nuestro eterno tormento.

Lo que nos ha ocurrido con los brasileños es tema para el psiquiatra. El único triunfo colombiano sobre Brasil en un partido oficial tuvo lugar el 11 de julio de 1991, en la Copa América de ese año. Ese día, ese archi-super-histórico día, vencimos a nuestros torturadores en Viña del Mar, Chile, dos goles a cero. Y gran parte del mérito, como para sacar pecho por el resto de sus días, le corresponde a Luis Augusto “el Chiqui” García, un hombre con la malicia indígena dibujada a cincel en la cara. Ántony de Ávila y Arnoldo Iguarán marcaron los tantos colombianos.
Seis días más tarde, en la fase final del torneo, llegó el tatequieto y, como era frecuente en aquellos años, el guayabo de la derrota y la vuelta a casa: Brasil, con goles de Branco y Renato Gaúcho, volvió a enderezar la historia. Bueno, es cierto que hay otra victoria colombiana sobre Brasil, pero tuvo lugar en un partido amistoso disputado en Bogotá el 15 de mayo de 1985, con solitario gol de Víctor Lugo.

En el sinnúmero de victorias brasileñas sobre Colombia aparece dos veces un nueve a cero, los dos marcadores más vergonzosos que registra la historia de nuestra selección. El primero en la Copa América del 57. Ese día, Evaristo, que después sería ídolo en el Barcelona, nos marcó cinco goles. La otra muenda la sufrimos en una pequeña ciudad brasileña llamada Londrina, en el Preolímpico del año 2000 y lastimó, en mayor medida que la anterior, porque ya entonces éramos alguien en el panorama del fútbol suramericano, nuestra golpeada autoestima.

Hubo otro palizón de miedo, en el Preolímpico de 1959. Los brasileños, que habían perdido dos a cero en Bogotá, se desquitaron cruelmente, propinándonos en el Maracaná una zurra descomunal. Perdimos siete a uno y el autor del único tanto colombiano, el defensor cienaguero Manuel Manjarrés, pasó a llamarse desde ese día “Maracaná” Manjarrés, un apodo que parecía un elogio, pero que en el fondo sonaba a burla sangrienta.

Ya se nos olvidaron los nueve goles que nos metieron los brasileros en 1957 durante la Copa América que se jugó en Lima. Pero todavía nos acordamos del 9-0 que Brasil le propinó a la selección sub-23 en el torneo preolímpico del 2000.

El fútbol tiene esas vainas. Es probable que no exista otro deporte que simbolice tan dramáticamente la eterna lucha entre las especies. En todas ellas, ya se trate de felinos, cetáceos, aves carroñeras o seres humanos, se dan estas rivalidades desiguales, que en muchos casos, por fortuna para el que salió derrotado de cada enfrentamiento, suele ser temporal. Menos, claro, en nuestro caso, cuando el destino, el sorteo de una copa o eso que los gitanos llaman “el mal fario”, vuelve a ponernos enfrente a Brasil.

La historia del fútbol, sin embargo, es rica en ejemplos que deberían llenarnos de optimismo a pocas semanas del inicio de la Copa América. Resulta que hasta mediados del siglo pasado, esos mismos brasileños, que deslumbraron al mundo con su mágica mezcla de samba y fútbol y una clara vocación de campeones del mundo, se convertían en mansos corderitos cada vez que les tocaba enfrentar a la selección argentina. El brasileño era un equipo de artistas, muchos de ellos salidos de las favelas, que mezclaba, en las dosis apropiadas, espontaneidad, improvisación e instinto. Gracias a ese fútbol, que en algún momento fue invencible, la nación brasileña logró consolidar eso que los intelectuales llamaron el “ser nacional”. En los pies de los brasileños, un deporte rústico se transformó en una forma elemental de la religiosidad.
Por eso cuesta entender que, como cualquier equipito de los arrabales del fútbol, llámese Haití o Islas Feroe, los superdotados futbolistas brasileños hayan desarrollado semejante complejo de inferioridad frente a Argentina. “¿Qué ganamos con demostrar al mundo entero que somos superiores si siempre perdemos con los argentinos?”, se lamentaba el escritor Guilherme Dicken en vísperas del Campeonato Suramericano del 45 en las páginas del diario
Folha, de São Paulo.

GARRINCHA jugó un solo partido con el Junior de Barranquilla. Fue en 1968, en el Estadio Metropolitano, y su rival fue el Santa Fe en el que jugaban Klinger y Delio “Maravilla” Gamboa. El Junior perdió el partido 2-3 y Garrincha no hizo ningún gol.

Definitivamente, lo más lindo que tiene el fútbol es que te da y te quita, te quita y te da, como filosofa Rubén Blades en Maestra Vida, una de sus mejores canciones. En el fútbol, creador de mitos colectivos y gran tribalizador de las masas, el chiquito puede con el grandote cuando le suena la flauta y las victorias y las derrotas jamás están aseguradas. Eso hace posible que quien manda a callar de ayer, hoy se haya convertido en un don nadie, así, con minúscula. Y viceversa: de cenicientas que hoy bailan en los grandes salones de la aristocracia del fútbol está poblada la historia de este deporte.
Tengo más ejemplos. Hasta los años sesenta, el Bayern de Múnich no era más que un modesto club de la cuarta división alemana y apenas en 1967 subió a la división de honor (así se decía antes) de la Bundesliga. Y miren hoy al equipo de Beckenbauer. Y Holanda, innegable potencia del fútbol de nuestros días, era, hasta la aparición de Cruyff y los otros miembros de su generación, un equipo sin historia. Tabula rasa. Cero a la izquierda. Bueno, a españoles y portugueses, aun jugando buen fútbol y contando en sus ligas con clubes casi imbatibles, tampoco es que les fuera mucho mejor en los torneos internacionales.

¿Quién, por Dios, se acuerda hoy de que hubo un tiempo en que Suiza, Austria y Hungría llegaron a ser las grandes potencias futbolísticas de Europa? ¿Habrá alguien que todavía recuerde el 6 a 3 que le encajaron los húngaros a los ingleses sobre el césped de su entonces sacrosanto Wembley el 25 de noviembre de 1953? Tampoco creo que haya muchos que sepan que en la primera ronda del mundial de 1954, disputado en Suiza, esos mismos superfavoritos húngaros derrotaron a los alemanes con un marcador de 8 a 3, que hoy parece de ciencia ficción. Aunque en la final, el inveterado amor propio y fortaleza mental de los alemanes los condujo a una estrecha victoria de 3 a 2 sobre la refinada escuela magiar, en donde brillaban Puskas, Koscis, Szibor y Higdekuti.

¿Me creerían los muchachos que andan hoy por la vida con la camiseta del Real Madrid, luciéndola como una segunda piel, más tersa y fina que aquella con la que vinieron al mundo, si les cuento que hubo un club italiano, el Torino, que era considerado el Rey Midas del Calcio, el club con el que soñaban los mejores futbolistas de Europa y América, tanto o más poderoso que un Barcelona, un Bayern o un Chelsea modelo 2015? Dígame alguien, por caridad, dónde diablos está hoy el Torino porque yo no lo he vuelto a ver mencionado en los periódicos ni nadie habla de él en las emisoras. El fútbol tiene esas vainas.

Pero volvamos al tema de nuestra desdichada rivalidad con los brasileños y encarémoslo con una actitud realista y desapasionada. Seamos sinceros, la Colombia de los tiempos de “Maracaná” Manjarrés era poca cosa futbolísticamente. Es cierto que ya habíamos producido algunos grandes jugadores, pero no estábamos maduros todavía para pelear en las Ligas Mayores. Y el respeto que sentíamos por el fútbol brasileño estaba más que justificado, no solo por las grandes victorias internacionales de su selección, sino por los inolvidables cracks de ese país que vinieron a jugar a Colombia desde los primeros años de El Dorado.

Imposible nombrarlos a todos porque el número de los que llegaron a reforzar nuestros equipos profesionales, sin ser tan grande como el de los argentinos, pasa de los cincuenta. Me limitaré a mencionar a los más famosos y los de más imponente trayectoria. Integrantes de selecciones mundialistas como Oreco, el sobrio pero efectivo defensa de Millonarios. Como el mismo Paulo César Lima, que llegó a Junior traído por su padrastro Marinho Rodríguez de Oliveira, técnico entonces del equipo. O como Garrincha, nada menos, que llegó a los Tiburones en el ocaso de su carrera. O como, en mi humilde opinión, el más grande de todos: Heleno de Freitas, personaje de novela, tanto aquí como allá.
Había equipos, como el Unión Magdalena, que llegó a contratar hasta diez brasileños en una sola temporada. Uno de ellos, Quarentinha, hizo época en este club, en el Junior y en el Deportivo Cali. Los verdes caleños trajeron a otro inolvidable crack: Iroldo, hijo de escritor, fantástico delantero y jugador de unas condiciones que hoy, sin la menor duda, lo tendrían en la élite del fútbol europeo. Desde los tiempos del gran Leonidas, la primera gran estrella brasileña que deslumbró a Europa, el futbolista brasileño ha sido magnificado, a veces excesivamente. Todavía hoy, los brasileños están condenados a representar, dondequiera que vayan, un fútbol diferente, posmoderno, rítmico, “o orgasmo do futebol”.

Con el paso de los años, también nosotros enviaríamos a clubes brasileños un importante número de jugadores que incluso, como en el caso de Freddy Rincón y Víctor Hugo Aristizábal, llegaron a ser grandes figuras en el campeonato de ese país. De Rincón llegó a decir Vanderlei Luxemburgo, técnico ganador de la verde-amarelha, que si hubiese sido brasileño, con seguridad lo habría llamado a la selección.

No hay duda de que Rincón es un producto genuino del cambio de mentalidad que se operó en el futbolista colombiano a partir de 1975, que es, para mí, el año en que nuestro fútbol salió del clóset y, de la mano de Efraín Sánchez, alcanzó la final de la Copa América de ese año, perdiéndola, según muchos, de manera injusta. La interesada –y descarada– intervención de Teófilo Salinas, presidente de la Confederación Suramericana de Fútbol y peruano para más señas, permitió la llegada, a trancas y barrancas, del “Cholo” Sotil desde Barcelona para jugar el partido de desempate en Caracas, que los peruanos ganaron con un gol suyo.

Pero el verdadero conductor de Colombia hacia la Tierra Prometida fue sin duda Francisco Maturana, denostado hoy por una buena cantidad de tan ingratos como ignorantes detractores. La importancia de Maturana no está en su pintoresca filosofía de tocador, ni en sus muchas veces deslumbrantes hallazgos retóricos, sino en haber logrado algo que, según Georges Brassens, el cantautor francés tan mencionado por García Márquez, es lo más difícil que enfrentamos los seres humanos en nuestro paso por la Tierra: ser uno mismo. Y tener el suficiente carácter para seguir siéndolo.

Maturana supo siempre que cada equipo de fútbol cuenta una historia. Una historia que está basada en su manera de concebir el juego y de disfrutarlo. A esa historia pertenecen, tanto los futbolistas, que actúan desde adentro, como los hinchas, que en este caso es el país entero. Ese equipo debía reflejar lo que somos. Nuestra manera de atacar y de defendernos. De sufrir y de gozar. De hacer música. De hacer el amor. Y hasta nuestros espantos, sueños y miserias debían estar ahí presentes. Ese equipo es Colombia entera, sus negros, sus blancos y sus mestizos y está obligado a conservar los rasgos de nuestra gente.

Maturana invirtió la premisa del recientemente desaparecido Eduardo Galeano, “dime cómo juegas y te diré quién eres”, y preconizó lo contrario: dime quién eres y te diré cómo tienes que jugar. Esa fue su enseñanza y la huella que dejó en nuestro fútbol. Ni más ni menos que nuestras huellas digitales. La manera colombiana de entender el fútbol. Nuestro fútbol, a partir de Maturana, contiene todo lo que nos distingue como pueblo y todo lo contradictorio y sorprendente que proyectamos como individuos.

Con Maturana solo ganamos el título de la Copa América del 2001 celebrada en nuestro país, sin recibir un solo gol en contra, pero jugando frente a equipos que llegaron plagados de suplentes y sin Argentina, cuya cobarde ausencia fue cubierta por el menos atractivo Honduras. El miedo a la violencia guerrillera fue la excusa de la AFA.
Pero con Maturana se lograron otras cosas. Sobre todo, respeto internacional gracias a un fútbol que enamoraba el ojo y calentaba el corazón, a pesar de su falta de contundencia ofensiva. Detrás de la perfumada parla de Maturana surgieron simpáticas figuras mediáticas, las primeras de nuestra joven mitología. La melena rizada del Pibe sigue siendo símbolo de aquella época e indiscutible ícono comercial. Higuita, con sus inverosímiles y simiescas puestas en escena, fue el más atractivo bufón de la corte. Las selecciones de Maturana pusieron a Colombia en el mapa del mundo.

La semilla que sembró Maturana se transformó, en las manos de Pékerman, en el mayor tesoro nacional desde los días en que los muzos tallaban con delicada precisión las esmeraldas que extraían de la tierra, sin perder de vista al enemigo que acechaba detrás de las montañas, para combatirlo con fiereza. Con el argentino al mando adquirimos lo que nos faltaba: guapeza, agresividad, mayor capacidad para soportar el dolor, obsesiva búsqueda del triunfo, voluntad de dominio cuando nos toca enfrentar a iguales e inferiores.

Esa mezcla del arte que ya poseíamos y la organizada predisposición al combate y al sacrificio que fuimos adquiriendo con el roce internacional, convierte al futbolista colombiano en un objeto codiciado por los grandes clubes del mundo. El triunfo de James en el Real Madrid, el de Jackson en el Porto, el de Teófilo en River, testimonian el positivo cambio de mentalidad del futbolista colombiano, igual que la clasificación de Colombia entre las tres o cuatro mejores selecciones del mundo. Ahora ya puede hablarse de un estilo nacional de jugar al fútbol, del mismo modo que se habla de una escuela pictórica o de una literatura auténticamente colombiana.

Después de Maturana todo cambió: el mundo, las modas, las formas de jugar al fútbol y de verlo y disfrutarlo. El fútbol teledifundido de hoy, mediatizado y globalizado, mutó hacia unas exuberantes formas darwinianas donde solo puede sobrevivir y evolucionar el más fuerte: la bestia peluda que copa cada espacio del terreno de juego, obsesionada con el arco contrario. El que primero tapone, el que primero chute, termina llevándose el gato al agua. El más rápido, el más pícaro, el que aporte más fantasía se lleva el mejor contrato. El fútbol está subordinado hoy a un mercado en el que reina el desenfreno comercial.

El futbolista de hoy, bañado en todas las aguas, es descreído e irreverente. Ya no se gana con la camiseta ni con la historia. Los jugadores, los técnicos, el público descubrieron que nadie es campeón la víspera del partido. Ahora el hincha muestra un mayor respeto por el futbolista que se enfunda la camiseta del país. Ya no le plantea exigencias desorbitadas. Los prejuicios y las mitomanías están pasando a la historia. Sin que apenas nos diéramos cuenta, nos hemos vuelto adultos.

Estamos a las puertas de una nueva Copa América en la que Venezuela puede dañarle el caminado a Uruguay. Ya no hay papás de nadie y Bolivia, como dicen los argentinos, es capaz de “hacerle un hijo macho” a los chilenos, que les arrebataron el mar. Ya no existen colonias subdesarrolladas, como en la época en que Brasil ganaba “sin bajarse del autobús”, como dijo una vez Helenio Herrera para describir las victorias presupuestadas ante el rival más débil. Ya no huele tanto a favela, como en los tiempos de “Maracaná” Manjarrés. El grito asustado de Pocheche en el paseo Bolívar cuando escuchó que nos había tocado Brasil en el sorteo, se vuelve cada vez más un anacronismo.

Vamos a Chile a saldar de una vez por todas las viejas cuentas con Brasil. Sobre todo la última derrota, 2 a 1, en el mundial del año pasado, que dejó tantas heridas abiertas. Porque perdimos a pesar de haber sido, en ese partido, más brasileños que ellos. Por la permisividad del árbitro español Velasco Carballo, que permitió el vulgar matoneo de los brasileños desde el pitazo inicial. Por el gol de Yepes, que desató una lluvia viral de mensajes internáuticos a la progenitora de Velasco Carballo. Por la dura entrada de Zúñiga al melindroso Neymar, que fue nuestra contribución a la historia universal de la infamia.

En fin. Creo que ha llegado la hora de acabar con el maleficio y “alemanizar” en Chile nuestra vieja sed de venganza. Pa que se acabe la vaina de una vez por todas.

Quarentinha jugó para el América de Cali, el Unión Magdalena, el Deportivo Cali y el Junior. En la foto está con el uniforme del Unión Magdalena en 1966.

Marinho Rodrigues de Oliveira era técnico del Junior en 1972.

Iroldo Rodriguez de Oliveira, en 1970, con el uniforme del Deportivo Cali.

Heleno de Freitas jugó para el Junior en 1950 e hizo 9 goles en 15 partidos.

Freddy Rincón jugó para el Corinthians de São Paulo desde 1997 hasta el 2000, cuando ganó el Mundial de Clubes. También jugó para el Palmeiras, el Santos y el Cruzeiro.

Víctor Hugo Aristizábal celebra un gol del Cruzeiro en el 2003 en un partido contra Flamengo. También jugó en el São Paulo F.C., el Santos, el Vitória y el Curitiba. Además es el máximo goleador extranjero de la liga brasilera: marcó 110 goles.

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