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Martha Orrantia narra desde Roma cómo es la cotidianidad en un país cerrado por la cuarentena para enfrentar el Coronavirus.

Siga a Marta Orrantia en Twitter @martalorrantia

Hace seis meses vivo en Roma. Hace tres semanas vivo en una ciudad fantasma. Hace tres días vivo en un país cerrado.

En medio de la cuarentena, me doy cuenta de que debo hacer mercado. Hasta ahora he guardado la calma, no he corrido al supermercado más cercano a aprovisionarme de latas de atún o cajas de pasta, porque estoy convencida de que eso no tiene ningún sentido. Primero, la nevera de mi casa es pequeña, justa para la compra diaria y para guardar un par de cosas congeladas. Ni hablar de una despensa o de un clóset para almacenar compras voluminosas. Pero lo más importante es que sigo pensando que, a pesar de las medidas draconianas, no estamos en guerra y, por lo tanto, no habrá escasez. Quién sabe qué tan torpe sea mi razonamiento, porque aquí se dice que desde la guerra el país no sufría tanto. No bajaba tanto su productividad. No estaba tan frenado.

El Carrefour Express queda a 500 metros de mi casa. Es un mercado pequeño, justo desviado media cuadra de la ruta turística y, por lo tanto, sin mucho tráfico cotidiano. Cuando trato de entrar, un chico con tapabocas y guantes quirúrgicos me señala un letrero que no entiendo. A pesar de tomar clases de italiano y de su parecido con el español, aún me cuesta mucho trabajo comprender el idioma, sobre todo el escrito.

La Piazza de Spagna, casi desocupada, el 11 de marzo a las 6 pm. Foto: Marta Orrantia

Una señora de edad, la única que no tiene tapabocas, me explica que hay que hacer fila, que ella es la última y que adelante suyo hay otras ocho personas, todas con máscara y bufandas a pesar del clima primaveral.
No dejan entrar sino a tres personas a la vez al establecimiento. “Son las nuevas medidas del gobierno, señora”, dice el chico. “Para garantizar un metro de distancia entre los compradores”.

Italia hoy (cambia constantemente) tiene poco más de diez mil casos de Coronavirus, la mayoría en la parte norte del país. Según los expertos este es el nuevo foco de contagio mundial, llegando a superar a China, cuyas medidas hicieron que el virus disminuyera la rapidez de su expansión y rompiera la curva de crecimiento. Ahora quienes vivimos aquí somos los parias del mundo.

Comenzó todo con un paciente cero, al que al parecer nunca encontraron. El paciente uno, cuya suerte seguimos todos como pegados a una telenovela, fue dado de alta hace dos días. Desde ahí, el virus se regó como pólvora en la región de Lombardía.

No es difícil. Italia es un país que no le teme al contacto. La gente es querendona, curiosa, le gusta hablar con sus vecinos, con los extraños, saludar a los desconocidos, preguntar por las vidas ajenas. Ese encanto de barrio, que se conserva incluso en la capital, es parte de su atractivo. Esta vez, sin embargo, fue su perdición.
De las medidas que ha tomado el gobierno, me parece, dos son las más difíciles para los italianos: la primera es suspender el fútbol y la segunda evitar el contacto. Un país que vive a través del “calcio” y celebra con abrazos y besos, siente que le quitaron su identidad.

Tapabocas agotados. Foto: Marta Orrantia

Sin embargo, esto se incluyó en el último decreto del gobierno, el que Giuseppe Conte, presidente del Consejo de Ministros, se vio obligado a adoptar, según dijo, con el acuerdo de todos los partidos políticos. “Aquí estamos todos en la misma barca”, explicó Conte en una rueda de prensa. “En esto no hay cabida a la oposición”.
Antes de eso, sin embargo, Italia se demoró en entender. Las primeras señales llegaron a Roma hace tres semanas, provenientes de gobiernos extranjeros que les pedían a los estudiantes de intercambio que se devolvieran a sus países de origen.

Bibiana y Pablo, una puertorriqueña y un español que estudiaban arte, tuvieron que suspender su viaje de semana de receso a Sicilia y regresar a casa. Justo el día antes habíamos hablado del asunto y habíamos concluido que era un problema económico, que generar caos y miedo solo contribuía a agravar la situación.

En ese momento el Coronavirus se encontraba activo en el norte de Italia y, debido a las ya tradicionales rencillas entre el norte (más rico) y el sur del país, parecía un problema lejano e incluso ajeno. Por esa misma época una amiga colombiana que había hecho planes de vacaciones me llamó. Dijo que había decidido cancelar todo. “¿Para qué nos exponemos?”, me dijo. Torpemente, creí que exageraba, pero guardé silencio. El Covid-19 era una gripa fuerte en mi imaginario. Ponía en riesgo poblaciones con problemas previos como insuficiencias respiratorias o diabetes, pero para las personas saludables no era un riesgo.

La Columna de la Inmaculada, sin público, el miércoles 11 de marzo a las 6 p.m. Foto: Marta Orrantia

A esto siguieron otras señales. El turismo disminuyó ostensiblemente. Roma recibe al año unos 7,5 millones de visitantes, y es frecuente que inunden las calles y los lugares históricos. Al comienzo dejamos de ver las excursiones provenientes de China, pero luego también bajaron las cifras mundiales. Carlo, un vendedor de frutas y verduras del tradicional y turístico Campo di Fiori, se quejaba de que sus productos se estaban echando a perder. “Ya no viene nadie. Hace unos días hacíamos chistes sobre esto, pero ahora la cosa se puso seria. Muchos podemos quebrar por la falta de turismo”.

El viernes 28 de febrero, un colega escritor me anunció que él también se iría del país. Lleva viviendo 15 años en Roma, pero regresaba a Nueva York, su ciudad natal, porque su familia quería estar junta en lo que él llamó “este tiempo de crisis”. Me pareció rara la reacción. Exagerada, si se quiere. Aquí todo seguía funcionando con normalidad, y creía que sucumbir ante el pánico y huir no era la solución.

Tal vez muchos se fueron en ese fin de semana, porque desde el 29 de febrero las calles estaban desiertas. Aún preguntaban en los restaurantes si teníamos reserva, pero más como una cortesía que porque realmente hiciera falta. Incluso Perilli, una de las trattorias más tradicionales de Roma, donde se necesita separar una mesa con dos o tres semanas de anticipación, exhibía una sola mesa ocupada un sábado en la noche.

“Ha aumentado el racismo”, me dijo Kitara, una joven tailandesa que llegó a Roma hace un año para vivir con su novio italiano. “La gente me mira cuando subo al bus y últimamente no han dejado que los chinos viajen en transporte público. Les hacen tan mala cara que los obligan a salir”.

Los establecimientos comerciales solo pueden abrir si garantizan una separación de un metro entre los compradores. Foto: Marta Orrantia

El único lugar de Roma donde los chinos no son mirados con suspicacia es probablemente el nuevo Mercato del Esquilino. Situado cerca de la estación de Termini, es un galpón monumental que alberga una plaza de mercado donde van los inmigrantes de toda la ciudad a comprar los productos originarios de su tierra. Un pedacito de nostalgia en medio de Italia. No solo hay comida oriental. También hay productos típicos italianos y, por supuesto, los latinos también tenemos nuestro pequeño paraíso: plátano verde, yuca, cilantro, ají rocoto y mazorca peruana, y para los expertos Manzana Postobón y aguardiente Antioqueño. Mientras las amas de casa de Prati (un barrio residencial romano) se quejaban por la falta de pasta en sus tiendas, el mercado del Esquilino –antes de las restricciones gubernamentales– parecía una cornucopia de abundancia. Tomates, lechugas, espárragos salvajes, manzanas, naranjas, pescados de todos los tipos y carnes, desde el cordero hasta el pato. Había quesos, jamones, especies, granos y panes. Los vendedores seguían gritando sus productos desde la comodidad de los mostradores y las personas de todas las razas seguían caminando entre los puestos sin protección y sin miedo al contagio. Esto cambió pronto.

La cuarentena
El domingo 1 de marzo, el gobierno italiano emitió un decreto por medio del cual se aislaba el norte del país, dejando en cuarentena a más de 14 millones de personas. En ese momento, el virus rondaba los seis mil afectados y en un solo día hubo más de cuarenta muertes. En Roma se sintió el coletazo de la decisión desde el lunes 2, cuando desaparecieron los turistas como por arte de magia.

Desde ahí todo ha sido muy rápido. Roma, que se creía inmune, ha sucumbido al miedo y la zozobra. Al fin y al cabo, todos los caminos siguen conduciendo a ella y romper un país en dos, se dio cuenta el gobierno, es imposible. Fue por eso que, el 10 de marzo, Conte emitió el nuevo comunicado, uno que contempla unas medidas mucho más estrictas, hechas para frenar la rápida expansión del virus.

Italia entera está en cuarentena. Para viajar de un lado al otro del país es necesario tener un documento firmado y una buena excusa, que puede ser una emergencia médica, un trabajo impostergable o alguna calamidad familiar. Lo mismo ocurre dentro de las zonas Schengen.

Además de esto, los museos deben permanecer cerrados y se clausuraron los espectáculos públicos como la ópera o el ballet. Las huelgas, las reuniones multitudinarias, las escuelas, las universidades y hasta las oficinas deben cerrar sus puertas y los empleados deben trabajar desde casa.

La Via Corso, en Roma, una de las calles comerciales más transitadas de la ciudad. Foto: Marta Orrantia

Los restaurantes pueden abrir hasta las seis de la tarde, pero las mesas siempre deben conservar la distancia reglamentaria de un metro entre sí. A la gente se le pide que lleve guantes en los lugares públicos, que no tome el metro o el bus o el tranvía, que no bese, que no de la mano, que no tenga contacto físico.

Esto, sumado a la suspensión de la liga de fútbol y al pánico de la población, ha logrado que el ánimo de los italianos quede en el piso. Italia es un país cerrado.

Algunos, como la señora del supermercado, se resisten a usar tapabocas. Otros siguen abriendo sus comercios, más por la costumbre que por la clientela, porque las vías comerciales se encuentran vacías y nadie entra en los almacenes.

“Compre aquí la máscara anti-contagio”, dice un almacén de ropa deportiva, y publicita un casco de soldado del imperio romano, haciendo alarde de buen humor. Otros, más serios, advierten de las reglamentaciones: “Recuerde que los clientes deben permanecer a un metro los unos de los otros”, aunque no haya clientes que lo lean. Los más tienen avisos apocalípticos: “Todo debe salir. Rebajas del 80% por cierre”, o “cerrados hasta nuevo aviso”.
No es claro el desenlace de esta pesadilla. Air France, por ejemplo, suspendió todos los vuelos a Italia hasta el 3 de abril, lo que dejaría al país no solo inactivo sino aislado de su principal vecino. China puso restricciones a los viajeros que llegan de Italia, y es obligatorio para los italianos hacer cuarentena en otros países como en Kenia o Colombia, donde el virus aún no se cuenta en los miles.

En la Fontana di Trevi, uno de los puntos turísticos de Roma, solo hace presencia la policía. Foto: Marta Orrantia

Las consecuencias de la economía son impredecibles. Desde los grandes comercios hasta los vendedores callejeros de selfie-sticks y paraguas están de brazos cruzados, y todavía no se ve la luz al final del túnel.

Guiseppe Conte ha dicho que Italia es de los pocos países que tiene una medición eficiente de los casos y un seguimiento de ellos. “No podemos ser irresponsables y mentir en las cifras de Coronavirus”, aseguró, y es tal vez eso lo que ha puesto a Italia en el ojo del huracán, pero lo que la hace también un ejemplo a seguir a nivel mundial en el tema de mitigación de impacto. Muchos otros países tienen subregistros de sus afectados, bien sea para no crear un pánico económico o porque no poseen las suficientes herramientas para examinar a todos los que llegan a los hospitales con fiebre. Eso querría decir que no están todos los que son, y con seguridad en Italia tampoco, pero por lo menos se acerca. Sin embargo, las consecuencias de haber dicho la verdad son un país paralizado, triste y lleno de incertidumbre. Un país donde la gente perdió el deseo de abrazar.

MARTA ORRANTIA @martalorrantia
WWW.REVISTADONJUAN.COM

 

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