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Los chinos se tomaron Bogotá y -en un país donde todos nos quejamos de ser maltratados por nuestro pasaporte- ellos han tenido que soportar varios brotes de xenofobia.

Los chinos invadieron Bogotá. Su presencia no solo está en productos Made in China o en los restaurantes que se convirtieron en sus mejores embajadas. China está en varias empresas con sede en Bogotá o en un local de ropa de bajo costo. Hay inmigrantes que pueden trabajar como mensajeros o como presidentes de monstruos empresariales. Sin embargo, en San Victorino, su presencia ha causado resquemor y verdaderos brotes de xenofobia. Los comerciantes colombianos les han declarado la guerra. Esta crónica empieza en un edificio residencial en el centro de Bogotá, se traslada a San Victorino y termina en el hotel New Century Qingtian Zhengda en la China. 

Bogotá, Centro Internacional

Los vecinos de siempre se fueron. En febrero de 2015 el panorama comenzó a cambiar en el edificio de la calle 32 con carrera 13 en el barrio San Martín, a una cuadra del Parque Central Bavaria. Los cruces que tenía en el ascensor en la mañana con parejas jóvenes, estudiantes de medicina de la Universidad Javeriana de uniforme azul, ejecutivas o con el amigo del piso 23 de la torre 1, empezaron a ser cada día menos frecuentes.

Quienes los reemplazaron estaban en todas partes: no solo en el ascensor, en el corredor, en el cuarto del shut de basuras, en la portería, en el garaje, en la tienda –que queda adentro del edificio–, en el gimnasio. Al principio me parecía que eran físicamente todos iguales, pero al pasar de los días iba notando sus diferencias. Casi siempre llegaban o salían de afán y con bolsas. La invasión no parecía un verdadero fenómeno hasta el día en que un taxista me preguntó “¿Usted va al edificio de los chinos?”. En ese momento caí en la cuenta que estaba viviendo en una pequeña China.

 

“Ninguno habla ni jota de español, uno ya se acostumbra a entenderles sus señas. Por lo general compran huevos, arroz y verduras”, me dijo la administradora de la tienda del edificio. Kevin Cubillos, el joven que hace los domicilios, comentó que vivían varios chinos en un mismo apartamento y que sabía de un camión que llegaba cargado de pescado para ellos todas las noches de los viernes. Los porteros también dicen que se han acostumbrado a hablar con los chinos con señas, uno de ellos me dijo en voz baja que hace unos días estuvo Migración en el edificio en busca de ciudadanos chinos indocumentados y que nada había pasado más allá de una advertencia.

El administrador del edificio está buscando traductor para poner letreros en mandarín en las zonas comunes del edificio, con algunas normas de convivencia, porque con tantos chinos en los 346 apartamentos de las dos torres se le está saliendo de las manos el manejo administrativo por la diferencia de culturas. El edificio tiene vista a Monserrate, a la Macarena y a La Perseverancia (barrios que a principios del siglo XX fueron centros de obreros a las afueras del perímetro urbano que acompañaron el desarrollo desde 1890 de la cervecería Bavaria) y hacia toda la ciudad. Está ubicado en pleno Centro Internacional, a un paso del centro y tiene muy cerca, por la carrera Séptima, la estación de Transmilenio de El Museo (al frente del Museo Nacional) y en la Caracas, la estación Profamilia.

***

Era lunes. Llovía durísimo. Mientras estaba en el sofá de cuero de la portería vi cómo entraban y salían varios chinos. Pasaron dos mujeres que ya me habían dicho con señas que no hablan español, otro hombre se sentó en el sofá que se hallaba al lado mío. Debía tener más de treinta años, estaba vestido con una chaqueta negra todavía mojada por la lluvia, tenis y jeans. Con un movimiento de cabeza me saludó y me indicó que no hablaba español.

La mayoría con los que normalmente me cruzo tienen una actitud tímida que yo trato de esquivar logrando por mucho un hola y un chao. Un día uno, que se subió en el ascensor hasta el piso 11, me llamó la atención porque lo hizo cantando una canción, llevaba camisa negra y tenis blancos. Otro, vestido de negro, que se quedó en el piso 8, llevaba en una olla con agua un algo adentro que no pude saber qué era.

Otra noche entré al gimnasio y entre las máquinas de correr y las pesas se encontraban seis jóvenes chinas haciendo todo menos ejercicio. Estaban muertas de la risa, hablando entre ellas en su idioma. Al rato, al darme cuenta de que una hablaba español (con acento español de España) me acerqué y me contó que había vivido en España y que trabajaba en San Victorino, como la mayoría de los chinos que vivían en ese edificio. Hablamos un poco más y quedamos de vernos otra vez. Al otro día volví al gimnasio y al otro y al otro y nunca más la volví a ver.

Entre tantos encuentros y desencuentros, los chinos eran noticia nacional. Portafolio decía “¿China Town? Comerciantes chinos se adueñan de San Victorino y otros sectores de Bogotá”. El Tiempo tenía otro titular: “Mercado de China en San Victorino”. Y Semana escribía que “El tradicional San Victorino se resiste a ser un barrio chino”.

Para el primer trimestre del año 2016, entre China y Colombia, la importación fue de 700 millones de dólares y la exportación de 1.400 millones de dólares. *Fuente: Embajada china.

A Helena Yang, para variar, la vi por primera vez en el ascensor. Antes de bajarme y al darme cuenta de que hablaba español le pregunté si podíamos conversar en calma. Al otro día timbró en mi apartamento. Mientras nos tomábamos un café me contó, con acento español, que nació en 1984 en Qingtian y que vive con su esposo y sus dos hijos en España desde 2007 donde tiene una tienda de textiles. Me dijo que aceptó hablar conmigo porque quería que se supiera que ella y muchos chinos que tienen vínculos comerciales en San Victorino han venido siendo maltratados por los comerciantes locales.

“Vine a Bogotá para gestionar una importación de mercancía china, con ganas de invertir en San Victorino. Pero me voy a España en estos días porque la situación está muy dura y prefiero esperar a que se baje la marea. Me han pegado dos veces. El 7 de junio del año pasado en la mañana con una amiga que vende en San Victorino, en plena manifestación, la gente nos tiró frutas y huevos. A mi amiga empezaron a pitarle. Tenemos una persona a la que le pegaron en la cabeza con una piedra y le tocó ir al hospital y a la comisaría donde puso el denuncio. Mientras caminábamos por la calle nos tiraron fruta y botellas, no es justo. No hay seguridad, por las noches no quiero salir a la calle. Me da miedo. Nuestra embajada ha hablado con el centro comercial Gran San (donde están la mayoría de los comerciantes colombianos que protestan) y ellos no han querido hablar. Nosotros estamos haciendo negocios legalmente y contribuyendo a la economía”. Ellos –me dice– están pagando impuestos, IVA, arriendo. “Este país no me deja tener una tarjeta de extranjería, no solo soy yo, sino son la mayoría de los chinos. Si el Estado no me da el papel, yo qué hago, no soy ilegal por eso, no hay facilidades”.

Es muy fácil encontrar un almacén de chinos en el barrio San Victorino, lo que resulta difícil es hablar con alguno de ellos que además hable bien español. Después de pasar por varios locales (hay cerca de cincuenta) por las calles 11, 12 y 13 en búsqueda de un chino que hablara español, encontramos por fin uno, pero casi sordo. Estaba sentado en una silla que miraba a la calle detrás de un mostrador de vidrio acompañado de un hombre joven y uno mayor (ambos chinos). Para que me oyera me tocó acercarme a su audífono y repetirle y repetirle, casi que gritarle, hasta que me respondió furioso en “espanchino” que le parecía injusto con ellos los plantones y marchas que desde mayo han venido haciendo los colombianos. Ellos en su almacén tenían los documentos que pide la POLFA (Policía Fiscal y Aduanera) pegados en el mostrador que da a la calle para que a nadie le quepa duda de que su negocio era legal y que todos los documentos los tenían al día y en regla.

***

Santiago Villa es corresponsal del periódico El Tiempo en China y lo invité a que me acompañara a construir esta historia porque descubrimos que la mayoría de los chinos que trabajan en San Victorino provienen de una misma región china. Santiago me acompañó a visitar a Zhou Zhou en su almacén. Esa mañana, al recorrer juntos las calles del populoso barrio, vimos cómo la tensión entre Oriente y Occidente era evidente. Los comerciantes locales tenían puestas camisetas que decían “Compre Productos Colombianos” (como si los bluejeans, tops, pantalonetas y zapatos que ellos mismos vendían no fueran de fábricas en provincias como Guangdong o Zhejiang, de donde los chinos también importan sus mercancías). En el último piso del centro comercial Gran San, donde queda la gerencia, nos mostraron su periódico, San Dictorino, que ellos mismo elaboran y distribuyen entre los cerca de 700 comerciantes y en el que la postura de los artículos y editoriales es de absoluto rechazo a los inmigrantes.

Muchos de los inmigrantes no hablan español. Santiago –que según él tiene un manejo básico del mandarín y se desenvuelve de maravilla– me ayudó a ir de una a otra tienda preguntando de dónde venían, y averiguamos que casi todos provenían del mismo pueblo: Qingtian (se pronuncia “ching tian”).

Por indicación de un taiwanés de un local vecino, llegamos al almacén Violeta, una tienda de ropa de bajo costo, en una cuadra en la que hay de todo: una bodega mayorista que se llama Baby Krios, la tienda de lechona Los dos Tolimas, Variedades Jessica, Disfraces el gran balcón y Bodegas Ilusión: globos y empaques.

El primo de Zho Zhou, Yiwei Zhou también nación en Qingtian y vive hace un año en Bogotá. Tiene otro almacén de ropa china en la calle 116 y en ocasiones trabaja en San Victorino en el almacén Violeta.

Nos abrimos camino entre raks con blusas colgadas de todos los colores, puntos, rayas, huecos, estampados en relieve. Olía a ropa nueva que ha estado guardada por largo tiempo y todo estaba en orden. Aunque Zhou Zhou, el comerciante chino y dueño del negocio, decía que no, el piso brillaba más de lo normal. Hay letreros en cartones sobre la ropa de colores que dicen promoción. Me fijo en una camiseta rosada de pepas negras que tiene un letrero que señala que la unidad vale 25.000 y al por mayor vale 20.000. Nos dice que esa blusa es china y explica que las que vienen de Italia cuestan más y me señala una camiseta negra con encaje que vale 28.000 y al por mayor 23.000.

Subimos una escalera hacia el segundo piso donde está su oficina, en la que sobresale una estantería colgada de la pared con fólderes con la documentación que demuestra, según él, que su negocio cumple con todas las reglas por si llega alguna autoridad. Nos sentamos al frente de Zhou Zhou y nos tomamos un café. Su oficina tenía un sofá, un escritorio, un monitor que mostraba las imágenes de las cámaras de seguridad en su tienda, una mesa con una olla de arroz, un kettle (un aparato para calentar el agua) y debajo pacas de botellas de agua y de Coca-Cola para ofrecer a los visitantes. Había también un telón azul y otro blanco, que seguro era un estudio improvisado de fotografía para documentos oficiales. Desde su ventana con cortina violeta del segundo piso nos señalaba por dónde pasaban todos los sábados las manifestaciones.

Zhou Zhou tiene 34 años, no es bajito ni muy alto, es flaco, moreno, de pelo negro y capul corta. Nació en China, en Qingtian, de donde dice son la mayoría de los comerciantes chinos de San Victorino. “Si salgo por acá a caminar me encuentro con una cantidad de paisanos de allá”. Agrega que es un fenómeno de voz a voz en el que ha influido la crisis europea, desde allá vienen a Bogotá porque se dice que es en San Victorino donde se hace plata de verdad por el número de habitantes. “En Qingtian me quedan muchos compañeros de colegio, mi abuela y un primo policía. Pertenezco, como muchos de los chinos que viven en Bogotá, a una asociación para todos los chinos que están fuera de Qingtian. Nos conectamos por We Chat (la red social china, que es una mezcla mejorada de WhatsApp, Twitter y Facebook) y compartimos las imágenes de cuando nos tiran piedras y se preocupan. Todos los chinos del mundo saben que en Colombia la situación está muy tensa”.

Zhou Zhou es casado y su esposa (que maneja el negocio de venta de ropa china en España) vive en España con sus dos hijos de 12 y de 10, mientras él maneja los negocios en Bogotá con su hermana mayor. “Como no podemos confiarnos en la situación de los negocios en Bogotá, no podemos dejar el negocio en España. Ahora mismo, con esta situación, estamos mejor en España. Acá me siento inseguro. Puede ser que dejemos Bogotá”. A Zhou Zhou le han negado tres veces la solicitud de ciudadanía. Tiene visa de trabajo y debe renovarla cada tres meses. Según la Cancillería, desde el año 2014 se han aprobado cerca de mil visas de trabajo al año y han sido negadas 113 solicitudes.

Lin Jie tiene 27 años, nació en Qingtian y habla mejor inglés que español. Trabaja con sus papás en uno de los almacenes de San Victorino.

Zhou Zhou y su hermana viven en un apartamento de tres cuartos. Salió de China por primera vez para irse a España donde comenzó haciendo domicilios y vendiendo minutos de celular. “Desde el año 2000 en temporada comencé a vender productos chinos en España. En España es muy fácil el papeleo, acá hay mucho trámite. Acá te molestan mucho las autoridades. Allá se cumple la ley y ya y no molestan tanto. Los comerciantes colombianos dicen que ellos pagan más impuestos cuando traen las cosas que los comerciantes chinos: eso no es cierto. Todo el mundo paga por igual”.

La situación con los comerciantes de San Victorino no ha mejorado desde mayo, que empeoraron las protestas. “A mí me han tirado huevos y piedras. Un día cuando vine con una señora solo, llegaron varios tirando huevos y piedras sin decir nada. Y finalmente, cuando llamamos, vino la policía. Al principio tuvimos susto, ni en España hemos vivido algo parecido”. Nos mostró un video en donde se ve a los protestantes llegando hasta las puertas de su almacén. “Mientras yo cerraba las puertas, un almacén de chinos vecino se lo llenaron de huevos y de pintura”. Nos cuenta que hay casos más graves y nos muestra otros videos y fotos en las que se demuestra que un día en uno de los plantones al traductor cantonés, que nació en Colombia porque su familia llegó hace cincuenta años, y a su novia los golpearon sin descanso.

Nos mostró la galería de agravios que había fotografiado con su celular: el torso de un hombre que exhibe los hematomas que le dejaron los golpes; la imagen de uno de los moretones, más de cerca; la fachada de una tienda chorreando huevos rotos; y cadenas humanas para impedir que los chinos abran las puertas metálicas de sus tiendas. “A los chinos que vendemos en San Victorino nos intimidan y hacen plantones para que no podamos trabajar. Es muy difícil hacer negocios aquí, pero ya invertí en esto y no puedo perder mi dinero”, añadió.

Nian Jun trabaja en uno de los almacenes de San Victorino y es uno de los treinta mil chinos (según la Embajada china) que hay en Colombia. No habla español.

Óscar Ospina, uno de los jóvenes comerciantes que lleva 15 años trabajando en San Victorino, se pasea en el centro comercial Gran San con una camiseta que dice Compro a colombiano. ¿Y Tú? “En estos días nosotros nos hemos organizado y hemos salido y hemos hecho plantones. Nos hemos ido a parar en los locales de esas personas y no les hemos permitido que abran. Me mueve salir a protestar porque yo trabajo en el centro comercial y se siente el bajón de las ventas. Y no sé si han visto, pero la mayoría de los locales de ellos se mantienen llenos porque es muy barato. Creo que el Gobierno tiene que hacer algo porque al no haber una respuesta, la gente se puede cansar y hacer actos de violencia. A veces ha pasado que tiran cosas, objetos. Un día salió un chino y golpeó una señora que estaba protestando. Las camisetas fue una idea que salió de aquí del centro comercial El Gran San y las estaban regalando. Ellos cobran barato porque no pagan los aranceles que paga un colombiano. Lo que toca es seguir unidos y trabajando. Todos los madrugones estamos saliendo: miércoles y sábados desde las 6 a. m. hasta el medio día plantados frente a los locales de ellos para que se den cuenta de que no estamos de acuerdo. Hay muchas familias que dependen del comercio, de los textiles, de las blusas, tanto de este sector de Policarpa y de este centro comercial. Ojalá que la gente que pasa entienda que con esto se perjudica toda Colombia. La solución sería que ellos pagaran lo que paga un colombiano cuando trae de afuera”. (Según consultamos, los aranceles de las importaciones aplican a todas las mercancias dependiendo de su origen de fabricación y no tiene nada que ver la nacionalidad de los comerciantes).

“La situación empeorará porque no vamos a permitir que los chinos nos roben el mercado”, sentencia.

Zhou Zhou aseguró que los comerciantes de San Victorino no están vendiendo mercancía nacional, sino china y más cara y justifica la diferencia de precios. “Nosotros vendemos más barato porque somos chinos y tenemos el contacto con la fábrica directamente. No tenemos intermediarios, llevamos muchos años con los mismos fabricantes y sabemos muy bien quién vende barato. La mayoría de nosotros negociamos con Guangzhou y como hablamos chino son más serios con nosotros”. Nos contó que ellos se han organizado y han tratado de acercarse para convivir pacíficamente con los comerciantes del centro comercial Gran San. “No aceptan ninguna negociación. Las cartas se las dirigimos al administrador del centro comercial”.

***

La última y segunda vez que me vi con Zhou Zhou sin Santiago (porque se tuvo que regresar a China) le oí decir la palabra boleto de avión más o menos cinco veces. En la pantalla de su computador estaba abierta una página de tiquetes aéreos. Me explicó que se tenía que ir de Colombia porque ya se le habían cumplido los 180 días seguidos de estadía en Bogotá y según la Cancillería, un extranjero que quiera ingresar a Colombia por turismo, la vigencia de la visa será hasta por un año con derecho a permanecer en el país por 180 días continuos o discontinuos durante la vigencia de la visa.

Hablamos de las últimas protestas y antes de despedirnos fuimos al restaurante Wok, ubicado muy cerca de su local, donde él almuerza como si estuviera en China. Yo comí pollo picante, raíces chinas, habichuelas y pasta; Zhou Zhou eligió una especie de ramen (una sopa con verduras, huevo, pasta). Poco a poco el restaurante se empezó a llenar de clientela china, viejos conocidos todos. Hablamos poco. Zhou despegó su cabeza de la taza de sopa para decirme que no era verdad que ellos comieran perro, cucarachas o ratas. “Por lo menos lo digo por nosotros, los de mi pueblo”.

Le conté que haríamos una crónica doble, que yo trabajaría sobre los chinos vendedores de San Victorino, mientras que Santiago viajaría a Qingtian, en China, para escribir sobre el pueblo y sus familiares. “No hay muchos”, dijo. “Pero allí vive mi primo. Pueden hablar con él. Voy a ayudarles a contactar a algunas personas”. Me dijo que él no veía a su abuela desde hace un año y que no creía que Santiago pudiera hablar con su abuela porque tiene 87 años y habla el idioma tradicional de Qíntian. “Ella vive en una casa de cinco pisos y le encanta vivir sola en la parte de arriba, a pesar de que siempre le han ofrecido compañía. En la parte de abajo viven quienes la cuidan”. Terminamos de almorzar y supe que la cuenta de nuestro almuerzo había corrido por cuenta de los dueños del restaurante. “La casa invita”, sonrió y se despidió. Lo vi perderse entre los ríos de gente que a esa hora caminaban por las calles de San Victorino.

 

***

Santiago Villa, desde Qingtian

“Las personas de Qingtian no son seres humanos. Son máquinas de hacer negocios”, me dijo unos días antes del viaje, en Beijing, Yue Feng, una pekinesa que estudiaba en Barcelona, que de inmediato pareció arrepentirse de usar un lenguaje tan fuerte.

“Qingtian es famoso porque muchos de sus habitantes salen de China, pero están en una posición difícil. Nosotros no los consideramos chinos y las personas de los países a los que emigran, aunque hayan vivido muchas décadas allí o sean hijos de inmigrantes, siempre los considerarán chinos, y nunca españoles o italianos. Les interesa más ganar dinero que las tradiciones. Son muy raros. Por ejemplo, a una amiga mía de Qingtian, cuando estábamos estudiando la especialización en España, su madre le dijo que dejaría de pagarle los estudios y que debía buscarse un trabajo. Ella tenía 24 años. Una familia china jamás haría eso”, me dijo.

Qingtian, en la provincia de Zhejiang, tiene 500.000 habitantes. Es famoso por sus tallados de piedra, pero en especial porque uno de cada tres de sus habitantes emigra para abrir negocios en Europa, África, América Latina y como un nuevo fenómeno a Bogotá para trabajar en San Victorino.

Mientras planeaba desde Pekín el viaje en tren hasta Qingtian, ya la vigilancia del Partido Comunista se había manifestado. (Para la prensa, o al menos la extranjera, su presencia en el mejor de los casos asume una modalidad muy hospitalaria de control, como la de padres sobreprotectores). Un día antes de viajar, mi traductora me contó que fue contactada por la encargada de asuntos públicos del gobierno de Qingtian: la señora Zhou Jie y que ella le había preguntado si ya teníamos un itinerario de entrevistas, y que si no, haría uno para nosotros. También dijo que le había dicho que nos encontrará en la estación de tren y nos llevará al hotel.

Le pedí decirle a la señora Zhou que agradecía su oferta, pero que ya teníamos un horario apretado. Una hora más tarde, la traductora me escribió contándome que todos los entrevistados habían cancelado la cita. Lo que nos llevó a no tener más remedio que quedar de encontrarnos con la señora Zhou y aceptarle que programara unas entrevistas. Quienes habían dicho “no”, volvieron a confirmar las entrevistas.

***

El tren me dejó puntual a las 9:33 a. m. en una estación de losas grises. Aunque había poca gente a la salida, al principio no vi a la joven menuda de camiseta blanca y jeans, que desde el borde de la calle alzaba el brazo con insistencia. Le hice una seña, y al acercarme noté que no era una camisa lo que tenía puesto, sino una versión informal de un qipao (una tradicional prenda china de cuello redondo, con un diseño de hojas y una rama sobre la que estaba un pájaro de cresta azul). Tenía sandalias blancas con el talón elevado y esmalte naranja en las pequeñas uñas de sus pies. Con las manos contra el pecho, una entre la otra, ligeramente inclinada, sonrió. Había programado nuestras entrevistas para el día.

“Deben disculparme. No encontré a ningún familiar de alguien que viviera en Colombia, pero sí de quienes viven en Italia y Dinamarca. ¿No hay ningún problema, verdad? Están un poco nerviosos de hablar con ustedes, así que mejor los acompaño”. Le respondí que yo ya tenía contactados a familiares de personas que vivían en Colombia. “Muchas personas aquí hablan el dialecto local”, dijo. “Es mejor que yo los acompañe para traducir la entrevista al mandarín, y su traductora puede hacerlo luego al inglés”.

–No hace falta –dije–. Traje a una traductora que nació en esta provincia, justamente por eso.

–Pero el dialecto de Qingtian es distinto –sonrió.

 

“¿Por qué tanta gente se va de Qingtian?”, le pregunté a la señora Zhou mientras el conductor nos llevaba al hotel. Más de una tercera parte de las personas que nacen allí se van de China. El pueblo tiene 500.000 habitantes, y al menos 200.000 personas han emigrado hacia Europa, África y América Latina, principalmente. Comencé a ver el paisaje apretado entre cumbres frondosas de suelo rocoso, al pueblo dividido por el río Oujiang, de aguas azuladas y demasiado pando en ese punto para la navegación. En cada ribera, a lo largo de cinco kilómetros, se levantan enormes edificios propios de la nueva China. El valle, que tiene menos de un kilómetro de ancho a cada lado del río, comienza con calles amplias que al llegar a la montaña mutan a laberínticas escaleras, con estructuras residenciales de una modestia y hacinamiento propios de barriadas latinoamericanas. Las grúas torre flanquean ambas orillas del río como símbolo de la omnipresente hubris de la construcción china.

“La geografía aquí hace muy difícil la agricultura”, respondió ella. “No hay muchas oportunidades. Hasta hace unos pocos años, la comunicación con otros lugares era prácticamente imposible y este era un condado muy pobre. Salir de Qingtian se hizo por primera vez popular a principios de la década de 1980, cuando China se comenzó a abrir al mundo. Además, el carácter de la gente de aquí es aventurero. No le tienen miedo a lo desconocido. Les gusta salirse de su zona de comodidad”.

–¿Y usted por qué no se fue?

–Por mi familia. Yo estudié negocios internacionales en Hangzhou. Había encontrado un trabajo allí, pero soy hija única. Mis padres me pidieron que regresara para estar con ellos. Ahora tengo un hijo de dos años y mi esposo trabaja como servidor público.

No teníamos mucho tiempo. El primo de Zhou Zhou me había escrito para explicar que estaba en un pueblo vecino, llamado Lishui (pronunciado “lui shuei”), y que no podría reunirse con nosotros sino hasta el día siguiente. Pidió que viajáramos allá. Eran veinte minutos en tren.

 

Los personajes que prepararon para mis primeras entrevistas eran historias de éxito. El primero, Zhou Yong (casi todos los que conocí, aunque no son parientes, llevaban el apellido Zhou), era un cuarentón tímido y de estatura baja, que aparentaba diez años menos. Tenía una sedosa camisa negra y un cinturón italiano. Dijo que sus hermanos vivían en Francia e Italia. El segundo, de cabeza afeitada y siempre sonriente, se presentó únicamente como el señor Chen y tenía hijos en Dinamarca. Era, además, terrateniente. Me mostró con orgullo las fotos de su finca a las afueras de Qingtian. “Los comerciantes colombianos y los chinos deben ponerse de acuerdo. Sin fijar los precios de antemano, deben tratar de llegar a una cifra parecida. Así podrán llevarse mejor”, dijo Chen, levantando el dedo índice. “Lo más importante es que todo se haga de forma legal y pagando impuestos”.

“Por supuesto que lo más importante es cumplir con la ley”, dijo Yong, miraba de lado cuando hablaba, a menudo no directamente a mí. “Pero no estoy de acuerdo con que se acuerden precios porque sufre el consumidor. La competencia tiene que ser libre. ¿Qué pensarían los consumidores colombianos si saben que los chinos adquieren su producto muy barato, pero lo venden más caro de lo necesario tan solo para satisfacer a los comerciantes colombianos?”.

Chen y Yong insistieron en saber exactamente qué estaba haciendo el Gobierno colombiano para proteger a los chinos. Recordaron el episodio de la quema de una bodega de cueros en España y marchas contra los comerciantes chinos en Italia. Dijeron que los gobiernos de esos países habían tenido una respuesta vehemente en defensa de los chinos, y que a causa de eso no se habían presentado episodios similares.

Algunos restaurantes en Qingtian recrean la iconografía de la Revolución Cultural, y los meseros se disfrazan de guardias rojos maoístas.

“Creo que si hacemos negocios allí tendremos un impacto positivo sobre la economía”, dijo Yong. “Sin embargo, es evidente que los comerciantes colombianos no están contentos con los chinos y quieren expresar su frustración. ¿Qué viene ahora? ¿Se arrepentirán de los abusos o harán algo peor? Sea como fuere, quiero decirle a la gente de Qingtian que está en Colombia que la apoyamos. Estamos aquí para ella, pase lo que pase”.

Yong, al principio retraído, comenzó a hablar con vehemencia. Aproveché ese impulso para pedirle que opinara sobre lo que dijo mi amiga pekinesa con respecto a las personas de Qingtian.

–Es muy fácil decir eso desde Beijing, donde hay oportunidades. Este en cambio ha sido un pueblo pobre, sin agricultura y con pocos recursos. Lo único que la gente quiere es buscar una vida mejor. Estoy en total desacuerdo con su amiga. Mire mi caso. Yo me quedé aquí para cuidar a mis padres. Mi madre murió y mi padre está enfermo. ¿Le parece que eso no es preocuparse por la familia? Por supuesto que las personas de aquí nos preocupamos por nuestras familias.

 

Al final de la tarde, mientras la señora Zhou tenía una reunión en su oficina y pidió que descansáramos en el hotel, aproveché para dar una vuelta con mi traductora y sin la vigilancia estatal.

Nos desviamos de la calle comercial, de su iluminación brillante y bullicio. Cruzamos un pasaje estrecho, con vallas de construcción a ambos lados. Caía el sol y me atrajo un callejón ascendente, que se volvía una larga escalera. Comenzamos a subir. Opté por tomar los caminos más angostos ante la variedad de opciones que iban apareciendo. Era un laberinto de edificios de cuatro o seis pisos con entradas abiertas y oscuras, de pintura desgastada y paredes sucias, llenas de letreros manuscritos en ideogramas chinos y números de teléfonos (anuncios para tramitadores de visas y documentos, quién sabe cuántos falsos).

Finalmente desembocamos en un sendero de pasto y tierra. Apareció algo que casi no se ve en Qingtian: una casa. Era de piedra. Evidentemente más vieja que el resto del barrio. También parecía abandonada. La rodeamos y atrás, en un pequeño escampado acorralado por la selva de edificios residenciales encontramos tumbas.

Los semicírculos de piedra oscura, con diseños ondulados y monolitos delgados, me hacían pensar en un altar pagano. No tenían flores, pero tampoco estaban devoradas por la hierba. Era el escenario de una novela gótica en el corazón de una favela asiática. Busqué inscripciones, pero no había ninguna.

 

El primer piso de un edificio contiguo tenía un corredor abierto hacia este diminuto cementerio. Dentro, unos viejos conversaban. Levanté un brazo, lancé un saludo y entré, pasando frente a una alberca para lavar la ropa, tiestos de plástico, implementos de limpieza más sucios que el piso, sillas vacías y puertas abiertas a escuetos salones de apartamentos simples.

Una pareja de viejos nos invitó a sentarnos en la única mesa que tenían en su casa: un comedor circular de cuatro puestos, de asientos sólidos y madera oscura. Tenían dos hijos en España.

“Nos comunicamos casi todos los días por We Chat con ellos y vemos videos de nuestro nieto”, dijeron. “Les va muy bien. Han comprado cuatro apartamentos, y aunque no vienen con frecuencia envían algo de dinero. Tampoco es mucho lo que necesitamos acá”.

Pregunté por las tumbas.

“Son de personas que vivieron fuera de Qingtian y volvieron para morir aquí. Ellos eran los dueños de esa casa”, respondió el viejo. “Ahora los hijos la tienen, pero están en Europa. No sé qué piensen hacer con ella”. Las hojas que caen retornan a las raíces. Es un proverbio chino que se refiere a regresar al pueblo natal para morir después de haber probado la fortuna afuera.

***

Lishui exhibe la ruina sin pudor alguno. El túnel de salida de la estación podría haber sido el de un presidio tropical; y el guardia apostado al final, que cuidaba una reja de barrotes verticales, no pidió ver mi boleto, como es la regla en China, porque estaba distraído discutiendo a gritos con un civil flaco y desencajado. Al salir, el primer edificio que aparece plantado en el lado opuesto de un estrecho pasaje peatonal es un hotel. A la derecha, tras unas cintas naranja de construcción, descansa una grúa cuya labor es demoler un edificio que sigue habitado.

A su sombra nos esperaba para almorzar Zhoujun, el primo de Zhou Zhou. Había cuidado su apariencia para el encuentro. Tenía una camisa polo roja como la bandera china, reloj plateado y anteojos de marco pequeño. Hablaba rápido. Estaba con un amigo que entendía un poco de inglés. Ocuparon los puestos delanteros de un Volkswagen negro sedán, no tan impecable como su conductor.

Era la última entrevista que teníamos programada para ese día. Luego regresaríamos a Qingtian y dedicaríamos la tarde y la noche a hacer fotografías, y a seguir hablando con los habitantes del pueblo durante encuentros fortuitos; o al menos eso era lo que yo pensaba.

 

Un breve recorrido por Lishui demostró que el pueblo entero estaba en proceso de remodelación. Asumía el vacío, limpio e insípido, estilo de las nuevas ciudades chinas. La materialización urbana del “Sueño chino”, el gran eslogan que usa el actual primer mandatario, Xi Jinping, para referirse a la posibilidad que toda persona tiene para alcanzar la clase media; o, por qué no, la riqueza. Pasamos frente a una construcción que tenía un aspecto a medio camino entre un museo y un búnker.

“Aquí trabajo yo”, dijo Zhoujun. Era un edificio gubernamental. El primo de Zhou Zhou era un funcionario estatal. Entonces encajó la pieza de por qué el gobierno de Qingtian se enteró tan pronto de mi visita.

“Yo le aconsejé a Zhou Zhou que no viajara para Colombia”, confesó Zhoujun durante nuestra entrevista, que fue mientras almorzábamos en un restaurante que tenía una terraza, con vista al mismo río sobre el que, aguas arriba, quedaba Qingtian. “Yo le dije a mi primo: tú estás bien en España, tienes ingresos y familia, ¿para qué te arriesgas yendo a un país donde la economía no es fuerte y hay problemas de seguridad? Y ahora mira los líos que tiene. Quiero saber qué está haciendo el Gobierno de Colombia para remediar esto. No entiendo por qué no quieren la inversión de China. El Gobierno colombiano debe proteger a los comerciantes de China”, dijo Zhoujun. “Sin embargo, le diría a mi primo que piense en su seguridad. La seguridad es lo primero: luego los negocios”.

Le pregunté por qué no había salido de China. “Muchos en Qingtian se van, es cierto, pero piensa que no nos podemos ir todos. ¿Quién cuidaría de nuestros padres? Alguien tiene que quedarse. Yo estoy bien aquí”, dijo. Mirábamos el río, que corría sin prisa. En la otra ribera había un barrio más modesto, incluso rural, que más temprano que tarde sería engullido y remodelado en edificios nuevos. Quizás es lo que sus habitantes quieren que pase. Sin duda, Zhoujun es uno de quienes vive el “Sueño chino”. No serán todos, incluso no la mayoría, pero más que en ningún otro momento de su historia, en China los que se quedan tienen la posibilidad de prosperar.

 

Al menos pensaba cuando terminamos el almuerzo y él recibió una llamada en su teléfono. Habló largo rato. Al colgar me anunció que lo habían llamado del gobierno local de Qingtian. A través de él me mandaban decir que debía regresar esa misma noche a Beijing. Habían cancelado mi reserva de hotel. Protesté. Yo necesitaba más tiempo para hacer entrevistas y fotografías.

“Aquí en China las cosas funcionan distinto”, dijo. “Es mejor que se vaya. No se preocupe, le devolverán el dinero del hotel y le comprarán un boleto en primera clase para esta noche. Ya lo están esperando en la estación de Qingtian para darle unos obsequios y llevarlo a cenar antes de que salga el tren”.

En Qingtian, en efecto, nos esperaba la señora Zhou con el director de la Oficina de Comunicaciones: un hombre de baja estatura, de esos que aparentan menos edad de la que tienen. Me presentaron disculpas y me entregaron una bolsa de obsequios. Dentro había un librito de fotografía y ocho cajas de postales de la provincia de Zhejiang, además de una bufanda negra de cachemir que costó 100 dólares: lo sé porque le dejaron puesta la etiqueta con el precio.

El jefe de la señora Zhou se despidió con venias y una amplia sonrisa, y se excusó por no poder acompañarnos en la cena de despedida. La última cena, irónicamente, se hizo en un restaurante con motivo comunista. Hay varios de ese tipo en China. Su ambientación recrea las décadas de maoísmo, la iconografía de la Larga Marcha y la Revolución Cultural, y exhibe los afiches de propaganda exaltando al gran líder. Sus meseros llevan puestos los uniformes de la guardia roja.

 

“¿Por qué tengo que irme del pueblo?”, le pregunté a la señora Zhou durante la cena.

Ella sonrió y dijo con paciencia, como a un niño. “Nosotros pensamos que usted ya había terminado sus entrevistas. Además, su traductora se iba esta noche, así que no creemos que sea buena idea que usted se quede en el pueblo sin alguien que le traduzca. Por último, la semana pasada se realizó la cumbre del G20 en la capital de la provincia. Usted lo sabe porque asistió a ella. Hay muchos periodistas allá, y si no ponemos un límite, es posible que a Qingtian lleguen más periodistas extranjeros de los que podríamos recibir”.

–¿Y qué pasa si decido no irme? –pregunté.

Eso nunca ha sucedido con un periodista. Entienda que esto es por su seguridad. Si quiere puede venir en otra ocasión. Estamos muy contentos de que haya hecho este reportaje –dijo.

Si quiere saber más de los autores, sígalos en Twitter como @Linamagutierrez y @santiagovillach

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