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Esmeraldas: el tesoro verde de Brasil

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En esta historia las autoras relatan cómo se comercializan las esmeraldas en Brasil, quién las extrae y cuáles son las condiciones sociales en las que viven los trabajadores en este tipo de oficio.

Colombia es el rey indiscutible de las esmeraldas. Tiene el 55% del mercado y la calidad de sus piedras está por encima del resto de productores. Sin embargo, desde hace poco más de dos décadas, los brasileños entraron en el negocio y ahora tienen un bocado significativo. Hoy son los segundos exportadores mundiales. Esta historia es un viaje a los socavones del gigante suramericano y una mirada a unas esmeraldas que no tienen tanto brillo, pero que también mueven varios millones de dólares, kilos de codicia y, paradójicamente, también generan mucha pobreza.

En la plaza principal de Campo Formoso decenas de hombres se agolpan alrededor de las mesas especialmente preparadas para negociar el precio de unas piedras verdes y opacas   primera vista. Son esmeraldas extraídas de la cercana sierra de Carnaíba y este pequeño municipio del interior de Bahía, en el nordeste de Brasil, es conocido por ser un importante punto de comercialización.

Aquí se arma a diario la Feira do Rato, un mercado callejero informal de compraventa de esmeraldas en estado bruto. Como si se tratara de una coreografía ensayada, los compradores se posicionan de cara al sol, guiñan un ojo y se acercan al otro la piedra para atisbar su fulgor verde. Más parecidas a un guijarro que a lo que entendemos por una piedra preciosa, su precio –ya desde este momento– varía en función del tamaño, transparencia y saturación. Un puñado puede llegar a costar trece dólares, aunque es posible comprarlas más baratas a pie de mina.

 

Jovelino, un hombre de aspecto sagaz, nariz aguileña y rostro curtido, nos aborda con desparpajo. Lleva veinticinco años frecuentando esta plaza para ganarse la vida y no pierde ocasión de indagar sobre el más mínimo movimiento que se salga de lo estrictamente habitual. Parece que acabamos de despertar su curiosidad. Luce una magnífica esmeralda oblonga sobre su camiseta a rayas. Cuenta que nació en Minas Gerais, que vino a Campo Formoso con veintisiete años, atraído por la actividad minera de la zona y que hoy su campo de acción se extiende a cualquier parte del país susceptible de negocio. “Cuando compro piedras buenas, las lapido y me voy a otras zonas de Brasil a venderlas, principalmente a São Paulo, porque allí hay más dinero”. Bajo los centenarios almendros encontramos muchos otros hombres que, como Jovelino, se han convertido en profesionales del regateo. Un coche de policía plantado en mitad de la plaza supervisa de cerca la situación. Las transacciones son lentas: se debe comprobar que lo que se compra es realmente esmeralda. Hay varios tipos de imitaciones que un ojo inexperto nunca diferenciaría. El rango de precios es muy extenso y se pacta entre vendedor y comprador sobre la marcha, por lo que hay que estar familiarizado con el asunto para no ser estafado. Además del peligro de los posibles fraudes, este negocio es muy irregular: “Estamos pasando una mala racha, por eso esto está tan tranquilo hoy –dice Carlos–. Los días en los que hay suerte viene un grupo de indios y dejan miles de reales en esmeraldas”. Jubilado y viudo, él es de los que se pasan aquí todas las mañanas del año esperando a que algún indio le mejore la economía. En algo tiene que ocupar el tiempo, ahora que acabó su empleo en la cementera local. Los ávidos negociantes asiáticos, escurridizos y reacios a ser entrevistados, se alojan en un hotel cercano a la plaza donde seleccionan el material que se llevarán en bruto a la India. Allí será trabajado y empleado para hacer joyas y abalorios; decorar lujosas casas, y dar prestancia y poderío a sus flamantes bodas.

 

 

Los rimeros de pequeñas piedras colocadas directamente en el asfalto hablan por sí mismos de lo que se extrae en este país. Aproximadamente el 98 % es de baja calidad. Segundo en el ranking mundial, Brasil exportó 920 kilos en 2014, equivalentes a 22,7 millones de dólares, una tercera parte de lo que exporta Colombia, líder indiscutible en este terreno. La esmeralda colombiana representa el 55 % de la producción mundial y su calidad es la más valorada del mundo. Pero para llegar a ese liderazgo, Colombia tuvo que enfrentar un episodio de avaricia y corrupción que asoló el campo y dejó a su población despavorida: la llamada Guerra Verde, algo tan vergonzoso como el asunto de los diamantes de sangre obtenidos en zonas de guerra mediante el uso de esclavos.

No se puede explicar la última etapa de la Guerra Verde –en la década de 1980– sin hablar de Víctor Carranza, un minero empresario que llegó a dominar el monopolio de la explotación de la esmeralda en Boyacá, la primera región productora del mundo. El “zar de las esmeraldas”, fallecido hace poco más de dos años, entró en la lista de millonarios de Forbes en 1992, cuando su fortuna alcanzó los 1.000 millones de dólares. Solo habían pasado dos años desde la firma del pacto que puso fin al escalofriante promedio de quinientas muertes anuales en la lucha por la hegemonía de la explotación. Hoy el negocio pertenece a varios clanes familiares, mientras que la población sigue siendo de las más desfavorecidas del país, a pesar de vivir en el corazón del mayor mercado mundial de esmeraldas. Muzo, considerado el epicentro por ser donde yace la mayor veta del mundo, recibió en 2013 apenas 116 millones de pesos en royaltis por la explotación del tesoro que guarda su suelo. Tan solo el 2 % de los habitantes trabaja en las minas.

El paradójico desequilibrio es también muy evidente en Brasil: “Da mucho que pensar –comenta Edilande mientras nos sirve un café en un pequeño restaurante del centro– que una piedra tan cara se extraiga durante tantos años en un lugar y que este nunca deje de ser pobre”.

***

A dos horas en coche por un camino de tierra rojiza llegamos a la  sierra de Carnaíba, una cordillera horadada por socavones naturales y artificiales en los que se esconde el tesoro verde que mueve a diario a centenares de mineros. Es lunes por la mañana y diez personas trabajan a medio gas. El ambiente es desolador, lúgubre y es que estas fechas están marcadas por el estigma de la fatalidad. Agosto es un mes de accidentes. Algunos no trabajan porque guardan luto; otros, por respeto a los fallecidos. La mayoría, por temor a que ocurra otra desgracia. Todos saben que esta es una profesión de riesgo, pero lo que más cuenta a la hora de quedarse este mes en casa no es tanto el miedo al peligro objetivo, como a la profunda superstición que impregna las creencias de la gente de Carnaíba: “Cuando las hojas de los arboles caen, significa que no viene una buena época. El mes de agosto es el mes de tragedia y muchos deciden no trabajar. Hay cosas que no tienen explicación; simplemente se hacen”. Eso es lo que dice Douglas, una especie de líder de corrillo, de esos de los que saben concitar en torno a sí la admiración inmediata.

Habla alto, nos ha visto con la cámara y quizá por eso gallea: “La mina está hecha para el hombre y si alguna mujer entra en el yacimiento tiene que mear para dar buena suerte”. Los esmeralderos, desocupados, asienten. Está visto que la mina sigue siendo el eje de la vida del garimpeiro, incluso durante el tiempo que este vive fuera de su vientre. En los túneles laberínticos se dan circunstancias que marcan profundamente la vida de un hombre. A veces, también la muerte. Bajar 350 metros para tocar suelo en 12 minutos, por un único cable de acero que solo soporta a una persona puede ser tedioso, anacrónico o, simplemente, un hecho. Pero esa misma circunstancia puede convertirse en una de las muchas trampas mortales de una mina el día en que alguien encuentra algo digno de ver. “Cuando alguien encuentra algo valioso, corre la voz y todos los esmeralderos quieren bajar, aunque sea su día libre. Es entonces cuando suelen suceder estos accidentes mortales”, asegura João, un vendedor de esmeraldas curtido, mientras nos muestra un puñado de morralla opaca, que se utiliza sobre todo en la confección de abalorios y joyas de bajo costo. La informalidad, los excesos de carga y las prisas pueden acabar con la vida de muchas personas. En abril de 2012 cinco garimpeiros murieron en el descenso por falta de condiciones mínimas de seguridad. “Quien lo vive desde afuera, cree que ser buscador de piedras es algo fantástico. En realidad, este es un trabajo muy sufrido”, concluye.

 

El que sí lo ha podido vivir desde dentro es Rogelio que, a pesar de admitir que es una profesión un tanto adictiva, ha presenciado la pérdida de algunos de sus compañeros. Desmitifica cualquier idea romántica al decir que ellos no son mineros, sino más bien “buscadores de esmeraldas” y que eso hace que se produzcan fuertes tensiones por encontrar la pieza con la que todos sueñan para poder vivir mejor. Tiene 23 años y empezó en esto cuando acababa de cumplir los trece: “Nosotros ganamos por lo que encontramos. Generalmente, la jornada laboral es hasta las cinco, pero cuando aparecen existencias nos quedamos hasta la una o las dos de la madrugada”. Ya es un hombre, pero conserva expresiones de niño que se hacen más patentes cuando rememora su primer día dentro de la mina. Todavía recuerda el miedo que le produjo descender tantos metros. “El riesgo es constante. No puedes dar un paso en falso porque lidias con material explosivo peligroso”.

Nadia también empezó siendo casi una niña. Sus manos rugosas y envejecidas no parecen las de una mujer de 37. Sin embargo, las jornadas sin luz natural y el riesgo a morir en el descenso son un terreno desconocido para ella. Nunca le ha hecho falta entrar en una mina. Su trabajo consiste en recuperar y limpiar esmeradamente lo que los mineros clasifican como descartable, porque entre esas sobras siempre aparece algo de valor. “No recuerdo cuándo empecé, solo sé que no sabía ni qué valor tenía una esmeralda. Todo lo que aprendí fue gracias a mi padre y estoy segura de que mis hijos seguirán la tradición”, aclara mientras remueve los remanentes. No todos quieren seguir en algo tan duro y arriesgado. Los tres hijos de Emanuel, propietario de un taller-joyería en Campo Formoso, se han convertido en abogado, médico y odontólogo respectivamente. Emanuel ha aprendido de manera autodidacta todo el proceso de creación de una joya y él mismo las modela digitalmente: “Las esmeraldas solo las empleo en un 10 % de los casos, porque no es tan fácil venderlas cuando son de buena calidad. La crisis financiera de Estados Unidos, tras la caída de las torres gemelas, desplomó la venta de las piedras caras y me tuve que inventar nuevas estrategias para adaptarme al mercado”.

Esa misma crisis empujó a César a salir del negocio. Expropietario de una mina de esmeraldas en la sierra de Carnaíba, nos explica las razones por las que ahora se dedica a la compraventa de otros minerales: “Tener una mina supone una gran inversión que no siempre es rentable. Especialmente ahora, que se exige que los mineros tengan un contrato legal y que se han incrementado las normativas de seguridad. Es obligatorio también levantar muros y poner cámaras para evitar el robo de los explosivos que se utilizan para abrir túneles. Porque aquí los ladrones no se andan con rodeos, si quieren desvalijar un cajero automático lo revientan con dinamita”.

Si para algunos la palabra esmeralda es sinónimo de ostentación, para otros significa supervivencia y delirio. Delirio inconsciente, el que les provoca la búsqueda de algo verdaderamente valioso, como la famosa “piedra Bahía”, un conglomerado bruto de 400 kilos valorado en medio millón de dólares. Descubierta aquí hace catorce años, esta roca con enormes cristales de esmeralda incrustados, es la protagonista de polémicas reclamaciones judiciales que implican, entre otros, al Gobierno de los Estados Unidos y al de Brasil. Sin ser considerada de gran calidad por los expertos, se ha convertido en el paradigma del deseo de cualquier esmeraldero que se precie. Y es que, la mayoría de las veces, cuanto más grande sea la piedra, más pasiones levanta.

Es el caso de la codiciada Fura –encontrada en Muzo en el año 1999–. Sus once mil quilates la convierten en una de las más grandes del mundo; no en la más valiosa, privilegio exclusivo de la esmeralda Tena. Extraídas ambas en la misma localidad colombiana, emergieron a la luz pública en 2010 en las manos del mismísimo Víctor Carranza. Estas gemas toman su nombre de un tradicional relato de los muzos, los primeros habitantes de la zona de Boyacá. Are, considerado por ellos el supremo creador de la humanidad, encomendó a la pareja Fura y Tena la misión de reproducirse y poblar el mundo. Para ello les concedió la eterna juventud a cambio de que su amor fuera exclusivo. Fura, la mujer, rompió su promesa de fidelidad, por lo que fue castigada con el envejecimiento y con tener que convivir varios días con el cadáver de su amado Tena. Profundamente arrepentida, las lágrimas que derramó se convirtieron en esmeraldas, las mismas que hoy guardan las montañas de Muzo. Los conquistadores españoles dieron con ellas en el siglo XVI, después de haber torturado sin éxito a los incas para que les revelaran la procedencia de aquellas sorprendentes piedras verdes que vendían los comerciantes colombianos.

 

Los primeros yacimientos de los que se tiene noticia no son, sin embargo, de este lugar tan generoso en la producción de esmeraldas, sino de África. Son las conocidas “Minas de Cleopatra”, llamadas así en honor a la última reina de Egipto, quien estaba absolutamente hipnotizada por su brillo verde y se engalanaba a menudo con joyas profusamente decoradas con su piedra favorita. Excelente memoria, buena elocuencia, protección contra enfermedades e, incluso, desarrollo de la inteligencia son algunas de las propiedades beneficiosas que se les atribuyen desde tiempos inmemorables. Plinio el Viejo, influyente científico y escritor romano que vivió en el siglo I, hablaba maravillas en su Tratado de las piedras preciosas, gemas y joyas. “No hay color más agradable a la vista, porque, aunque la vista se fija hambrienta sobre la hierba verde y las hojas, lo hace con mayor gusto contemplando las esmeraldas, pues ninguna cosa en verde tiene comparación con esta piedra”.

Con semejante lista de bondades es comprensible que se haya luchado a lo largo de la historia por poseer el preciado talismán, empleado en rituales y como símbolo de poder en culturas tan diversas como la inca, azteca, egipcia, india y europea. La codicia ha hecho que se guarde tan celosamente el secreto de sus fuentes, que a menudo han sido descubiertas por azar. Es el caso del hallazgo en la sierra de Carnaíba en los años sesenta. Brasil tiene mucha menos historia que otros países al respecto. Las primeras aparecieron a principios del siglo XX en Bahía y su comercio no ha sido verdaderamente importante en el mercado mundial hasta hace apenas veinte años. Es sorprendente que una de las piedras que más han contribuido al avance de la explotación minera del país haya sido una de las últimas en ser descubierta.

“No hay color más agradable a la vista, porque, aunque la vista se fija hambrienta sobre la hierba verde y las hojas, lo hace con mayor gusto contemplando las esmeraldas, pues ninguna cosa en verde tiene comparación con esta piedra”.

Encontrar esmeraldas no es tan fácil. “Las condiciones tan particulares que han tenido que darse para que se forme son las que hacen que esta gema sea extremadamente rara, valiosa y única. Entre las variedades de berilo, es la más difícil de encontrar sin impurezas y con ese color tan único que la caracteriza”, cuenta Gracia Baião, geóloga del Instituto Brasileño de Gemas y Metales Preciosos. El berilo es un mineral relativamente común, pero en la piedra que suscita nuestra admiración se ha combinado en las cantidades precisas con cromo, metal responsable de su color verde profundo. Sin embargo, las propiedades de la piedra no son el único determinante de su precio, también lo es el tratamiento que recibe. El gemólogo Daniel Kläy nos acoge en su elegante laboratorio, situado en un caserón colonial del siglo XVIII, en el corazón del centro histórico de Salvador de Bahía. Él se dedica a estructurar, lapidar y pulir con pulcritud de relojero las gemas que compra en bruto. “La piedra se corta en su forma básica, se faceta y finalmente se abrillanta con un disco de polvo de diamante”. De origen suizo, lleva sus últimos treinta años asentado en Brasil para dedicarse plenamente a la profesión que es, a la vez, su pasión. Las casi tres décadas de experiencia y su instinto le permiten distinguir una esmeralda auténtica de una sintética, algo que podría confundir hasta el mejor de los expertos. Sea por sus raíces o porque su profesión lo requiere, dispone de uno de los instrumentos más precisos del mundo: una báscula Mettler Toledo JL203 valorada en más de quinientos dólares y un microscopio Zeiss, que con el procedimiento analítico pertinente le ayudará a saber de la procedencia de la piedra: “Cuando la naturaleza las cristalizó, hace millones de años, dejó huellas. Estas marcas son debidas a la temperatura y presión, entre otros factores y, de un modo u otro, constituyen pistas para averiguar de qué lugar se han extraído. La colombiana es más translúcida y luminosa. Tiene, además, una tonalidad fácilmente distinguible”, dice Kläy.

Lo que diferencia a este de otros lapidadores es el afán por conseguir el material de primera mano. Una vez por mes viaja hasta las entrañas de la sierra de Carnaíba para negociar directamente con el minero. Su forma de hacerlo es muy poco común porque, además de dedicarse a la compraventa y al tratamiento de la piedra, también diseña sus propias joyas. El precio de la gema original puede llegar a cuadruplicarse en un anillo expuesto en alguno de los escaparates de la Quinta Avenida de Nueva York. La cifra que alcanza dejaría con la boca abierta a muchos de los que bajan día a día a arrancarle destellos de luz verde a la mina.

Sentado en una de las rocas, un garimpeiro otea los grandes despeñaderos de tierra rojiza cubierta por un manto de vegetación. Se imagina cuánta esmeralda puede haber en las tripas de estas sobrecogedoras montañas, las mismas que se han tragado a compañeros, amigos y familiares. Y cómo su suerte puede cambiar de un día para otro si se topa con un gran hallazgo. Infortunadamente, hasta ahora todo lo que ha encontrado han sido pequeños pedruscos que ha intercambiado por una moderada suma de dinero. Dinero que, a diferencia de la esmeralda, no es eterno.

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