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Ámsterdam, un alucinante viaje en 48 horas

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Un alucinante recorrido por una ciudad que tiene a sus prostitutas en vitrinas de lujo, venden marihuana como dulces para niños y no se ve ni un solo ladrón.

Hay que llegar en tren, porque la Centraal Station es la puerta natural de Ámsterdam, de frente a la calle Damrak y de espaldas al Ij, el río que los trabajadores municipales excavan ya a esta hora y al que le han robado terreno durante los últimos seis siglos. El reloj del ayuntamiento da las siete y algunos viajeros que han pasado la noche escondidos en los botes salen a buscar un café. Son mochileros. De Ámsterdam se puede decir lo que sea, pero no se ve el desfile de borrachos arruinados y junkies que uno encontraría a esa misma hora en, digamos, Las Vegas.

Al caminar por el Damrak entre multitudes de bicicletas que esquivan a los pasantes que acompañan su café con appelgebak (una especie de pastel de manzana local), uno llega al Damsplein, que en una época fue el fin de la ciudad. Al frente está el obelisco en homenaje a los caídos durante la segunda Guerra Mundial. El símbolo -que parece una inmensa representación fálica- se repite en cada bolardo de los andenes, marcado con la triple X, que aparece en el escudo de la ciudad. La leyenda de las tres plagas de Ámsterdam (el fuego, la inundación y la peste) que las X representaban en la época en la que se usaba la "Doncella de Hierro" original en el Museo de la Tortura del canal Singel y comenzaba el comercio de diamantes que continúa en el Dam.

Uno admira los diamantes y la máquina de cuchillos adentro que tan útil le fue a una cierta condesa Bathory con una pequeña presión de los cuchillos sobre su piel desnuda, pero contra el argumento de Ámsterdam como "ciudad triple equis" habría que decir que uno visita todas las ciudades por razones del mismo tipo y que uno vendría por aquí así la ciudad fuera la capital moral del mundo occidental. Como Venecia o las medinas del mundo árabe, Ámsterdam es un laberinto que parece haberse construido a sí mismo.

Dentro de ese laberinto está el laberinto del Wallen. Ninguna guía de viaje lo omitiría, así la mayoría cometa el crimen de llamarlo Red Light District, pero casi todas olvidan que es un ejemplo único de todas las épocas de la arquitectura flamenca y que hay que verlo dos veces, la primera temprano, cuando no hay luces rojas y la gente que vive en el barrio va a trabajar, a la panadería o lleva a sus hijos al colegio sin mirar a las chicas que a esta hora no son tan chicas: con los años las mujeres del Wallen se desplazan en el reloj y de horario y las damas detrás de los cristales en la mañana son gordas y expertas, casi maternales, y sin la arrogancia de las que vendrán mas tarde, hacen pensar en las putas del "puerto de Ámsterdam" a las que cantó Jacques Brel.

En esos tiempos de marinos, cuando en las tabernas se servía a chorros el ginebra holandés que ahora es más bien un lujo imperdible, pasó por aquí Vincent van Gogh. Sus temporadas en Ámsterdam fueron cortas, pero la ciudad posee una de las colecciones más importantes de su obra y le ha construido un museo exclusivo. Pasa con Van Gogh, a lo mejor más que con cualquier otro artista, que su obra no puede entenderse hasta que se tienen sus cuadros enfrente: las pinceladas son tan gruesas que uno tiene la tentación de decir que Van Gogh era un escultor. Por eso uno de los personajes de la película Sueños de Kurosawa podía entrar al Campo de trigo con cuervos, que es el cuadro que tengo enfrente en este comienzo de tarde, pero cuando vuelvo a salir a la calle estoy enamorado de la primera época de Vincent, en la que estuvo a punto de quedarse como misionero predicando entre los trabajadores del carbón.

En el Parque de los Museos, un grupo de turistas muy jóvenes se toma fotografías con un anuncio gigante de I AMSTERDAM. También puedo ver el letrero de Heineken Experience, pero prefiero tomar una botella en algún café barato y tras tres botellas termino pagando un café caro en Hooftstraat, la calle donde las mismas grandes marcas de Champs Élyssées tienen locales más elegantes que en París.

Mis siguientes dos cervezas son dos Amstel después del almuerzo: Brussels Lof met Aardappelpuree (que es una especie de pariente lejano del puré de papas) en un restaurante del Rembrandtplein. (que se llama "Plein" por plaza, y Rembrandt por el artista que inspiró la escultura monumental que tiene).

Sin mapa y desde que uno se mantenga en las calles secundarias, terminará por regresar al Wallen, o mejor, por caer en el Singelgebied, "el otro" distrito rojo, donde siempre hay menos turistas y las chicas tienen tiempo para algo de conversación. En holandés, "shop" se dice winkel, pero los tres letreros de neón que tengo enfrente dicen "Sexshop", "Coffeeshop", y "Smartshop". Ni en el primero venden sexo, ni en el segundo café.

-Quisiera un sobrecito de hongos -digo en el tercero-, mexicanos si se puede.

El vendedor repite lo que parece ser una explicación que ha repetido mucho. La nueva reglamentación prohíbe la venta de hongos, excepto como esporas.

-En cambio -dice- tengo estas pastillas que son como el éxtasis pero a base de productos naturales.

Ahora que no hay hongos los smartshops sobreviven gracias a ese tipo de imitaciones naturales que bajo con una cerveza en lugares como el Last Waterhole, uno de los pocos clubes de rock de la ciudad donde la música no es una colección de grande éxitos de los años noventa. Dos minutos después las pastillas se sienten en forma de latidos en la cabeza y me pregunto si tengo las pupilas dilatadas, pero cuando estoy en la puerta del It!, en Rembrandtplein, el efecto ha pasado.

De todas maneras son casi las doce y en Ámsterdam el efecto Cenicienta se ha invertido: es a la medianoche cuando las mujeres que han pasado el día en el trabajo o la universidad, invaden las calles en bicicleta y traje de fiesta, una combinación que deja ver cada dos segundos los beneficios que años de pedalear han traído a las piernas casi siempre pálidas de las locales. Como en el Melkweg y en el Mazzo se baila toda la noche, la ropa se va aligerando hasta casi desaparecer, las mujeres se pasan cerveza de boca en boca y las pastillas reales circulan en los lavamanos.

A la hora de salir, los grupos se dispersan rápido. "La hora de salir" quiere decir: siete de la mañana. Me como un pasabocas en una de las máquinas distribuidoras de Febo, una de las marcas más famosas de comida rápida de Holanda. Es grasoso pero forma parte de la vida de la ciudad. A las siete sigo teniendo hambre, pero sobre todo necesito un café.

Lo tomo en el Vondelpark, frente a la estatua en homenaje al cineasta Theo van Gogh. Los últimos deportistas de la madrugada, se mezclan con las últimas parejitas que salen de los rincones. El Vondel es el paraíso donde, desde que uno sea discreto, puede tirar legalmente en el espacio público. Y la gente folla. Desde las puertas del parque uno nota quién va a follar, y la mayoría de los que pasan son más adultos que eligen el parque (gente que va al Noordermarkt a mirar antigüedades), que adolescentes y artistas varados sin otra opción (gente que va al Albert Cuyp Market a comprar objetos de segunda). Yo me enamoro de dos objetos antiguos de gran valor, un LP de Shocking Blue y un globo terráqueo del siglo XVIII.

El vendedor, por cierto, me recomienda The Pantry, en Leidsekruisstraat, uno de los pocos restaurantes que sirven verdadera comida holandesa. De allí son diez minutos de caminata hasta el Rijk, el gran museo nacional. Pasa con los Rembrandt que si uno visita la ciudad en verano, cree que no puede haber cambiado tanto, que el artista inventó esa oscuridad, pero si la ha recorrido en un final de tarde de invierno no sólo siente que las escenas eran posibles, sino que Ámsterdam es la misma de hace cuatrocientos años.

En el Rijk, termino por cruzarme con una de esas chicas que vigilan que nadie se lance a escupitajos o tinta de marcador fluorescente contra un Vermeer "¿Qué sitios me recomienda visitar en Ámsterdam?", pregunto. No es lo primero que digo, pero lo demás son las preguntas de rigor. Lleva una placa que dice Van Houten, debe tener ancestros antillanos. Menciona Amsterdam Noord y el Bijlmer. Para ir a visitar el segundo, que es su barrio, podemos vernos a eso de las siete en la estación de metro Oostlijn.

Para llegar al primero alquilo una bicicleta y cruzo el Ij en ferry. El trayecto dura cinco minutos. Todo mundo desembarca de prisa, han hecho el trayecto toda la vida. No veré turistas en mi recorrido hasta el Florapark, con sus cisnes salvajes y sus casas reflejándose en el agua y a través de callejuelas llenas de mujeres musulmanas que arrastran sus carritos de mercado y cafés donde los jubilados holandeses comparten mesa con los inmigrantes. A las ocho estoy parado en el andén de Oostlijn. Van Houten no está allí. No puedo saber si ya se ha ido, o no acudió a la cita.

En lugar de los edificios de ladrillo del centro, se extienden los bloques hexagonales simétricos que albergan a muchos de los que inmigraron tras la independencia de Suriname. La gente del barrio tiene presente el momento trágico cuando un carguero de El-Al se estrelló contra las torres y que llevaba lo que algunos insisten era material para armas químicas.

También tienen presentes los momentos de gloria de cada verano, cuando el festival de Kwakoe eleva a acontecimiento nacional el clima de rumba multicultural que existe cada noche en un distrito donde en una sola calle pueden encontrarse un bar de jazz, uno de rock indie y dos de música tropical. "Salvo durante el festival, los extranjeros se quedan en el estadio", dice un barman que sale a la puerta para señalar la mole que sirve de sede al Ajax y alberga también un museo con la historia del club.

De regreso en el centro paso por uno de los dos museos éróticos del Wallen, que expone dibujos que Lennon hizo durante sus Bed In en la ciudad, esculturas polinesias y "juguetes" antiguos que exigen cierta creatividad para imaginar en funcionamiento. Es una buena parada antes del Bananabar, un nombre que uno cree de mal gusto hasta que ve lo que las meseras en topless pueden hacer con esa fruta. Cuarenta euros dan derecho a bebidas ilimitadas y se nota que varios de los que piden una más se lo han tomado en serio, pero sólo tomo dos cervezas, antes de pasar al Casa Rosso, el teatro erótico que sobrevivió a la campaña de sellamientos que acabó con el Yab-Yum, el más tradicional de los burdeles del centro.

El primer espectáculo en el Rosso es una bailarina morena a la que se le une una rubia vestida con velos, una importación extraña del Oriente Medio. Luego una pareja sube el escenario Después otras dos mujeres, una de las cuales debe ser local, si recordamos los beneficios que la bicicleta trae a las piernas. Las dos chicas se besan y suben a un tipo del público, la morena se le sienta en la cara, la rubia le salta encima como si su vida dependiera de romperle la pelvis. El tipo tiene cara de idiota o a lo mejor es que lo envidio.

Después de una hora y media las dos primeras modelos vuelven a subir. Imagino una repetición y vuelvo a perderme entre los mismos callejones de la mañana. Hay una esquina donde abundan las morenas, en otra las asiáticas o las europeas del este. Me detengo en Tromm Pett Straat, que parece cosmopolita y golpeo en la ventana de una rubia delgada que dice "120/60 ", no es necesario explicar a qué corresponde cada precio antes de que cruce la puerta. Por un momento, mientras la rubia cierra la cortina que da a la calle, pienso en Van Houten.

Seguiré pensando en ella cuando entre en el Yo Yo, uno de los pocos coffeeshops que siguen abiertos a esa hora de la madrugada. Quiero un trago, pero no venden licor. Esa es otra de las nuevas leyes. Sin embargo, el hombre de la barra, que parece mucho más un profesor universitario que un jíbaro, es conversador. Tiene una balanza para quienes compran por peso y un menú con los precios para quienes compran los porros armados.

Vende las variedades tailandesa y Palmira roja, pero nada como la local nederwiet. En las mesas la gente juega al ajedrez o conversa más bien en voz baja. Hay incluso algunos que leen. Los mejores coffeeshops son los más tranquilos, pero es cuestión de gustos, en The Bulldog y en el Flying Pig la gente pasa al bar de al lado y la fiesta continúa durante todo lo que queda de madrugada.

-No se duerma en el parque -dice el indigente que me despierta-, una vez la policía me arrestó por eso. No, mentira, me arrestaron por orinar en público, el policía me dijo: "Orine donde quiera pero no le muestre la verga a las turistas", y yo dije: "Señor, yo nunca le he mostrado ni le mostraré la verga a las turistas".

Son las seis y cuarenta y cinco. He tomado tantas cervezas que el mayor placer del mundo sería usar uno de los orinales públicos al aire libre que han estado en la ciudad desde Brel y a lo mejor desde los pioneros que comenzaron a secar esta tierra. Ese sería también un gran final, pero el tren parte en quince minutos y tengo que alcanzarlo. Los trabajadores comienzan a excavar, los vendedores de souvenirs abrirán más tarde, ellos tienen todo el resto del día.

Texto / Ricardo Abdahllah

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