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Stranger Things: ¿qué tan horribles pueden ser los ochenta?

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Estas son las razones por las cuales todos debemos ver Stranger Things, una serie de Netfilx que combina la nostalgia de los 80 con el horror y el misterio.

Después de toda una semana escuchando a mis compañeros de oficina hablar de Stranger Things, de aguantarme en silencio las reprimendas por no haberla empezado y tragarme la frase “¡tienes que verla!” una docena de veces, de taparme los oídos cada vez que iban a discutir un capítulo e irme gritando incoherencias para no escuchar nada… Después de todo eso, en un solo fin de semana, me vi toda la primera temporada de este viaje de nostalgia y terror que trajo Netflix a mediados de julio.

Y les digo: tienen que verla.

 

(Silicon Valley: la muerte de Sheldon Cooper)

Empezaré por decir que los niños son un tema complicado en las series y películas. La gente que ve E.T. o Moonrise Kingdom puede pensar por un rato que los niños son fantásticos, solo para terminar odiándolos en cuanto ve a Daniel el travieso y a ese mocoso que sale en la segunda temporada de The Strain. ¡Lo odio! A lo que voy es a que esta serie no podía funcionar si, sus personajes principales, un grupo de pequeños nerds que se lanzan a la aventura, no eran agradables. Afortunadamente, no solo lograron eso, sacando las mejores actuaciones de estos niños, sino que también hacen que muestren emociones y conflictos que hace que recordemos nuestra infancia. Aunque el misterio que impulsa la historia siempre me resultó fascinante, no hubo nada más cautivador que ver cómo se desarrollaban las relaciones de los personajes, cómo los chicos expresaban amor y amistad en la forma en la que los chicos lo hacen. Hay más nostalgia en esas interacciones que en los walkie-talkies del tamaño de una botella y los televisores de antena… claro, esto lo digo porque yo no viví en los ochenta, aunque los gocé en retrospectiva.

 

El misterio, por su parte, va más o menos así: en un pequeño pueblo de Indiana, en los años ochenta, un grupo de tres niños con bastante conocimiento de Calabozos y Dragones (Mike, Dustin y Lucas; uno de ellos es negro, obviamente, y todos con una personalidad singular) se ponen a la tarea de buscar a su amigo perdido, Will Byers, luego de desaparecer misteriosamente… justo después de un accidente en un laboratorio del gobierno, del que escapa un monstruo y una chica con poderes sobrenaturales que los niños esconden en el sótano de su casa. Al tiempo avanzan los intentos de búsqueda del chico por parte de otros personajes como el hermano y la mamá de Will, y el sheriff del pueblo.

 

(El invierno llegó en el final de temporada de Game of Thrones)

A diferencia American Horror Story, uno de los referentes actuales en terror televisivo con el que es necesario comparar esta serie, la historia no se satura con elementos o trucos baratos para atrapar al televidente, como lo hizo American en sus primeras temporadas. Un monstruo les basta. La estructura de la serie hace que nunca perdamos interés en “esa cosa”, la cinematografía hace un estupendo trabajo creando suspenso a partir de lo poco y asquiento que vemos del monstruo, y el sonido (¡el sonido!) sobresale como lo que de verdad nos aterra. Una combinación de canciones icónicas de la época y una banda sonora, hecha principalmente con elementos electrónicos, que despierta esa sensación de “algo no está bien” dentro de nosotros. Además, tiene la dosis justa de drama en la vida de los personajes como para hacerlos parecer gente normal que se pone a la altura de hacer lo correcto, desde la amenaza del matón del colegio hasta un triángulo amoroso que involucra a la hermana mayor de uno de los protagonistas.

 

El problema más grande de la serie es que, para aquellos familiarizados con aquellas películas de los años ochenta de la que la serie toma prestada un poco de inspiración, la historia puede ser algo predecible, especialmente en su segunda mitad. No por esto pierden el encanto los momentos que vemos venir, pero la sorpresa (y, más importante, el suspenso) desaparece de la ecuación. Así mismo, tengo que decir que el último episodio de la temporada tiene cierta falta de… panache. La historia se siente algo apurada hacia el final. Aunque los niños tienen su momento de clímax (seguro ya estoy en alguna lista de pervertidos del FBI por escribir esa frase) bien desarrollado en el capítulo final, en lo que considero una de las escenas más emotivas que no arruinaré con esta reseña, los personajes del sheriff y la madre de Will solo actúan como mecanismos para atar los cabos sueltos, sin tensión alguna en sus acciones.

 

(Better Call Saul: tiene derecho a un abogado)

Otra de mis preocupaciones es el futuro de la serie. Según han declarado los hermanos Duffer, creadores del programa, la historia continuaría un año después de los acontecimientos de la primera temporada, que aunque termina su historia de una manera bastante limpia aún deja algunas preguntas. Mis sentimientos hacia esto son ambiguos, especialmente porque creo que un formato de antología como el de American Horror Story o Fargo, con una historia distinta en cada temporada, favorecería más al programa. Siento que algo de la magia se puede perder si se continúa la misma narración. Pero ya que nadie en Netflix contesta mis llamadas, supongo que confiaré en que saben lo que hacen. Después de todo, ya lo hicieron muy bien esta vez.

 

Igual, si me preocupo tanto es porque me encantó esta serie. Soy demasiado joven como para recordar los ochenta, pero lo suficientemente cinéfilo como para entender las referencias del programa y los chistes geek que hay regados en él; posiblemente mis lectores más veteranos recuerden con cariño a Los Goonies o a E.T. mientras ven la serie. E incluso sin la nostalgia pateando en el estómago, Stranger Things se defiende por sí sola como una historia no solo de terror, sino de amistad y aventura, que nos recuerda a esas hazañas con las que soñábamos cuando éramos jóvenes y cuando se acercaban las vacaciones.

 

(The Conjuring 2: cuando la ficción supera la realidad)

Notas aparte

● Aunque mucha gente menciona a Winona Ryder, la reina de los ochenta, como la razón para ver esta serie, la verdad creo que es el personaje más débil de todos. Su actitud exagerada de “madre que busca a su hijo” cansa al rato, porque se siente como si su personaje no existiera más allá de eso. Juzguen ustedes.

● Un pequeño guiño al final, cuando los chicos cuestionan todas las preguntas sin resolver de una campaña de Calabozos y Dragones, queda como una promesa de que la próxima temporada tendrá las respuestas que nos faltan (o algunas de ellas).

● Vale la pena sentarse a escuchar solo el soundtrack de esta serie. Denle la oportunidad.

 

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @ElPrincipote

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