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Nuestra reseña de la nueva película en el universo de los X-Men. Una toma más madura a Wolverine, en la que la sangre y los riesgos no sobran, pero tengan por seguro que tampoco faltan.

Logan –o como la llamo yo, esa película de Wolverine que parece la premisa de The Last of Us con el tono de los hermanos Coen– es putamente buena. Puedo decir “putamente” porque, por suerte, está hecha solo para adultos, con altas dosis de groserías y sangre que son satisfactorias y realistas sin pasar a ser innecesarias. Es la película que los niños que vieron la primera entrega de los X-Men de Bryan Singer, ahora hombres con hambre de temas más maduros, se merecen. Y ya que es la última interpretación de Hugh Jackman como Wolverine, es un digno adiós para el personaje.

Así va la vaina: en el año 2029, Logan es uno de los pocos mutantes vivos, escondiéndose tras un trabajo como conductor de limusina en El Paso, Texas. El profesor Xavier vive en un tanque de agua en ruinas, la mitad de los días enloquecido y la mitad de los días drogado con sedantes. Una mujer mexicana rastrea a Logan y le hace una oferta: cincuenta mil dólares por llevarla a ella y a su hija, Laura, a la frontera con Canadá. La niña es una mutante y necesita encontrar refugio. Es una historia simple, sí, pero funciona.

 

El ambiente de El Paso abre la película con un tono semejante al de un western, con una sensación de aislamiento, pero este set de la frontera también es importante por otros motivos. Verán, el cómic original de los X-Men se publicó en 1963, a menos de un mes de que Martin Luther King llegara a Washington con 300.000 personas, marchando por los derechos civiles. Los X-Men representaron para esa y otras generaciones una lucha por la aceptación y en contra de la intolerancia. Por eso la niña mexicana Laura (interpretada por Dafne Keen) se vuelve un símbolo de lo diferente, una crítica al creciente rechazo de EE. UU. hacia los inmigrantes.

En una de las escenas más interesantes, ambos discuten en su propio idioma; es un momento que resalta las similitudes y diferencias entre ambos y las culturas que representan. Para quien esté dispuesto a oírla, esta crítica no solo es importante para el clima político de los EE. UU., sino que de cierta manera vuelve a los X-Men relevantes de nuevo; la lucha por la aceptación y en contra de la intolerancia sigue, después de todo.

 

Afortunadamente no hay tanta predicación de temas morales como hay acción. Aunque a veces las peleas caen en la molesta tendencia de una cámara que se mueve como maraca, usualmente son brutales, no escatiman sangre y mantienen a los espectadores al borde del asiento. Siguiendo el canon de las películas anteriores, ahora Wolverine es mortal (si no ha visto las anteriores no pregunte, solo siga la corriente), es viejo y su salud decae. Combinar esto con la violencia que permea la película hace que cada disparo, cada puñalada y cada golpe tenga peso; hay una razón para alentar por el héroe y contener la respiración cada vez que parece que no se va a levantar, porque por primera vez se sienten como una cuestión de vida o muerte. Cuando Wolverine combate al mutante que emplean quienes lo están persiguiendo, una especie de Terminator que aparece a mitad de la película (hago mi mejor esfuerzo por no dar muchos spoilers), es el momento más emocionante de toda la saga.

 

Entre pelea y pelea existen esos lapsos de calma que a veces pueden ser igual de disfrutables. Con un elenco tan pequeño comparado con los anteriores, es más fácil profundizar en cada personaje. Hugh Jackman lo da una interpretación de Logan que recalca los temas que siempre ha tratado el personaje (muerte, cinismo, etc.) pero de una forma más aterrizada a la realidad, como si no se tratara de un superhéroe sino de un hombre llamado a hacer de héroe. Dafne Keen también da una buena interpretación como Laura, haciendo palpable la relación que ella y Logan desarrollan sin caer en los clichés melosos que son de esperarse.

Todos se destacan… excepto los villanos. Son tan genéricos y poco interesantes que ni me importaron lo suficiente como para aprenderme sus nombres. La actuación de Patrick Stewart también tropieza un poco al principio, como si ahora que tiene licencia para decir la palabra “fuck” quisiera meterla en cada oración que dice, aún si no es necesaria; afortunadamente, con el tiempo coge el tiro del personaje y obtenemos uno de los retratos más humanos del profesor Charles Xavier.

 

La experiencia definitiva no resulta manchada por ninguna de estas pequeñas molestias. Termina siendo una historia que se puede sostener por su cuenta pero que encaja en los temas que siempre han tratado los X-Men; es la extensión lógica del personaje de Wolverine y un digno adiós al favorito de los fans. Si tuviera un sistema de calificación, probablemente le daría un nueve sobre diez. Pero como no lo tengo, todo lo que puedo decir es que si quiere pasar este fin de semana de (probables) lluvias viendo películas, ¿por qué no hacerlo en cine viendo esta? En verdad vale la pena.

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