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El ciclismo como nunca se lo han contado

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En la edición 100 de la carrera, publicamos uno de los mejores relatos jamás escritos sobre el Giro de Italia.

En 1949, 102 ciclistas desembarcaron en Palermo para correr el Giro de Italia. La Segunda Guerra Mundial había terminado cuatro años antes, pero el país seguía devastado y empobrecido. La carrera, mientras tanto, se acercaba cada vez más al sur del país, la tierra del bandolero independentista Salvatore Giuliano. Entre todos los asistentes al giro se contaba uno excepcional: el escritor Dino Buzzati. El autor, como corresponsal del Corriere della Sera, registró la carrera en 25 artículos que se leen como un magistral relato de periodismo narrativo. 

Los artículos forman parte del libro El Giro de Italia, editado por el sello español Gallo Nero, disponible en Colombia. Estos son los tres primeros capítulos. Seguro quedará con ganas de más...

El libro de Gallo Nero está compuesto por 25 artículos de Buzzati.

 Noche en transatlántico del proletario de la carretera

A bordo del Saturnia, 17 de mayo, noche.

Abrimos la puerta del camarote nº 223, segunda clase turística. Oscuridad y el susurro musical de un ventilador. Aquí están Lucien Buysse, Roger Missine, Jef van der Helst, Giuseppe Cerami, ciclistas. Duermen.

Abrimos la puerta del camarote nº 234. Oscuridad aquí también. Es el camarote de Albert Dubuisson y de Jean Lesage. También duermen. Aquí y allá, tras las blancas puertas del largo pasillo desierto, están los demás: Kübler, Logli, Monari, Valenta, Conte, Crippa, etcétera. Los transporta, con el quedo ronroneo de sus motores, a través de la noche del Tirreno, un formidable barco cuyas luces a los pescadores, desde sus pequeñas barcas, deben de parecerles, aun de muy lejos, un espejismo; y aun sabiendo de qué se trata, se hacen señas y se llaman unos a otros como si no acertaran a creérselo.

Buysse, Missine, Van der Helst, Cerami, etcétera, nombres famosos y no tan famosos. Desembarcarán por la mañana en Nápoles y zarparán al atardecer en otra nave.

Pasado mañana, desembarco en Palermo. Un día más y todos ellos se subirán al sillín, clavarán los pies en los pedales y partirán al galope apretando los dientes, hacia la gran aventura. Qué fácil debe de ser soñar esta noche en el gran barco iluminado.

En Génova, con este paradójico debut marítimo, ha arrancado esta mañana el trigésimo segundo Giro ciclista de Italia. A bordo del Saturnia viaja solo una parte de los protagonistas del Giro: directores deportivos, técnicos, mecánicos, masajistas y demás. Ciclistas propiamente dichos, veintitrés. Falta Coppi, por ejemplo; también Bartali. Muchos de los que nunca han navegado, y sobre todo los de raza campesina, se han creído a ciegas las pavorosas leyendas sobre el mal de mar y en estos momentos recorren la Península en viejos trenes. Muchos se reunirán mañana con los navegantes en Nápoles. Sin embargo, en un sentido histórico, la novela del Giro ha empezado esta mañana en el momento en que la pasarela ha sido retirada del flanco del transatlántico y se han soltado las amarras.

El legendario Fausto Coppi en la delantera.

¿Renunciaremos al instintivo símil con los Mil que zarparon de Quarto? ¿Demasiado banal, quizá? Ni por asomo. No renunciamos a ello ni ahora ni en eventuales futuras ocasiones, si se presentan. Sería faltar a la verdad. Y es que es imposible que en quien haya dispuesto este inicio sin precedentes no haya surgido el recuerdo del León de Caprera. Aun admitiendo que ninguno de los organizadores lo haya pensado de forma consciente, ello significa tan solo que, sin darse cuenta, han repetido tal cual, en sentido velocipédico en lugar de militar, el razonamiento que hace noventa años siguió Garibaldi. ¿Existe acaso una especie de estrategia peninsular que se renueva como solución obligada en todo aquel que se proponga conquistar Italia? ¿Una estrategia que no admite desviación alguna de los cauces tradicionales ni aun cuando la invasión se realiza en bicicleta?

No velan, sin embargo, esta noche los héroes de la inminente aventura como velaron los vigías garibaldinos en las cofas del Piemonte y el Lombardo. Los campeones duermen saboreando la dulzura de esta noche tan cómoda y refinada, mecidos por las cien voces del barco, que a altas horas se ponen a contar historias maravillosas sobre océanos, ballenas, rascacielos, amores exóticos y ciudades lejanas con nombres demasiado difíciles de pronunciar.

Mañana se enfrentarán a la Carretera, la gran enemiga, larga y recta hasta la desesperación para terminar en nada en el horizonte, o empinada y tortuosa como un peñasco cuya mera imagen corta el aliento, hecha de cantos, o de polvo, o de fango, o de betún, o de baches dispersos: una cinta inacabable que poco a poco habrá que ir recorriendo. Pero esta noche no existe más que la inmensa avenida del mar, en la que no hay baches, ni guardacantones, ni subidas; un esponjoso tapiz, así parece, que la proa del barco corta con espantosa facilidad, como si fuera seda, sin necesidad de que las piernas la empujen a golpe de pedal.

Mañana será sudor, calambres, rodillas doloridas, corazones que se salen por la boca, mareos, sed, maldiciones, pinchazos, ánimos y cuerpos que desfallecen, aquel regusto amargo de cuando los demás, los buenos, se escapan y desaparecen entre una avalancha de vítores. Pero esta noche, en la suave litera, los músculos reposan en paz: esta noche son jóvenes, elásticos, extraordinarios, imparables, henchidos de victoria. Mañana recibirán las despiadadas órdenes del equipo, tendrán que ayudar al «capitán» cuando le falte nervio, remolcarlo cuesta arriba como un saco, derrochando en balde la mejor parte de las propias energías, precisamente el día en que el gregario meditaba una escapada en solitario. Pero esta noche no hay órdenes, ni disciplina de equipo, ni subordinaciones. Esta noche, hasta el último poulain es como un Napoleón. Y sueña.

Sueña el pequeño recluta de la carretera que nunca ha oído a la multitud gritar su nombre y jamás ha subido a hombros de la muchedumbre frenética tras el triunfo. Sueña con lo que todos los hombres han soñado o fantaseado alguna vez, de lo contrario la vida sería demasiado insulsa. Sueña con «su» Giro de Italia, con la formidable revancha. Desde la primera etapa, se entiende. A 106 kilómetros de Palermo, donde la carretera empieza a encaramarse bruscamente hacia los más de mil metros del puerto del Contrasto, de pronto, entre la turba atronadora de los corredores, aún compacta cual manada de búfalos, despega el gregario, el desconocido cuyo nombre los niños nunca han escrito con tiza blanca, ni para bien ni para mal, en las paredes de la periferia. Se lanza en solitario por la cuesta como un loco. Los demás no le hacen ni caso. «Menudo idiota —dice algún entendido—, apañado está; dentro de cinco minutos, como mucho, estará echando los bofes.» Pero él vuela. Llevado por un ímpetu sobrenatural, dobla una a una las curvas de herradura como si, en vez de escalar, estuviera bajando del Stelvio. A los demás, los de detrás, ya no se los ve. La gente grita: «¡Bravo, Bartali!», pero él sacude la cabeza para darles a entender que no es él. ¿Entonces quién es? Nadie lo conoce. Para identificarlo hay que buscar su número en la tabla que trae el periódico. El pánico recorre Sicilia.

¿Cuándo se detendrá ese desgraciado? La broma empieza a resultar irritante. Dura ya demasiado. Vamos a darle una lección a ese majadero. Los favoritos arquean la espalda. Sí, Coppi en persona será el encargado de suministrar el castigo. Bartali, por supuesto, va pisándole los talones. Lo que parecía un pasatiempo se convierte en una batalla gigantesca. Pero él, el desconocido, el último de los últimos, ha desplegado las alas. Veinte minutos de ventaja, veinticinco, treinta. ¿Qué son esos campeonísimos a su lado? ¿Qué son Fausto y Gino? Dos pobres orugas que se arrastran tras su estela, cada vez más lejos, perdiendo más y más minutos. Ahí está por fin Catania. La voz del milagro ha corrido aún más que él y lo ha precedido, desencadenando un delirio de multitudes, banderas, aplausos, flores, besos y fanfarrias. Los cronometradores, con los ojos como platos, escudriñan la carretera por donde acaba de pasar como una flecha; la vía está despejada, desierta, increíblemente vacía. Mientras, las agujas siguen moviéndose y todavía no se ve aparecer a nadie. Cuarenta y siete minutos, cuarenta y ocho, cincuenta y cinco, ¡sesenta! Pasa una hora y cinco minutos hasta que al fondo se asoman los perseguidores. La multitud los mira en silencio.

Qué fácil es soñar esta noche, a bordo del gran barco iluminado. ¿Por qué contentarse con una etapa? ¿Por qué no ampliar la ventaja a dos horas? ¿Por qué no prolongar el milagro hasta la última meta? Media del Giro, cuarenta y cuatro kilómetros por hora. Un día y medio de ventaja con respecto al segundo. Coppi enloquece, Bartali se encierra en un convento. Total, ¿tanto cuesta? Acostado en la litera, sonríe, victorioso y vengado, aquel que nunca llegará el primero, el «proletario» de la carretera, el fiel esclavo, el humildísimo.

Aunque podría ser que no. Podría ser que incluso estas fantasías le estuvieran prohibidas y que aun en sueños no deje de ser un pobre gregario; podría ser que simplemente duerma con el abandono de un animal, cansado por el largo camino recorrido y aún más por el que le queda por recorrer. Porque sabe que no tiene esperanza. Así pues, mejor que se limite a dormir, a dormir nada más; y que no sueñe nada.

 

Dos vocales persiguen a los ciclistas que se entrenan por el golfo
A bordo del Città di Tunisi, 18 de mayo, noche.

Una pequeña multitud, pequeña de verdad, se encontraba en la llamada verja (aunque la verja ya no está) de la estación marítima de Nápoles a las siete y media de esta mañana. Jóvenes de aspecto entre regular y pobre, un viejecito bien vestido y una decena de pilluelos de esos que llaman scugnizzi (¿aun los llaman así?) bastante decentes. Había también un par de muchachas. ¿Qué los habría despertado a hora tan insólita? La llegada del Saturnia, era de suponer, pues en ese preciso momento la espléndida motonave se aproximaba solemne al muelle Beverello. Pero ¿quién exactamente tenía que bajar del barco? Los jóvenes, el viejo, los chiquillos y las dos muchachas, algo somnolientos todavía, no se manifestaban. Además, en Nápoles no es fácil definir a la gente a primer golpe de vista. Luego entendimos que estaban ahí para dar la bienvenida a los corredores del Giro. Lo entendimos cuando, una vez desembarcados, los ciclistas avanzaron hacia la amplia plaza situada detrás del muelle.

El cromado de las bicicletas brilló vivamente bajo el flácido sol (era una mañana caliginosa, con una tétrica nube en suspenso sobre la cartuja de San Martino). Luego aparecieron los característicos maillots, en su mayoría azules. Los campeones iban ya con la indumentaria de carrera, como si la salida para el Giro estuviese ahí, a dos pasos, en piazza Municipio.

Tras desembarcar de buena mañana, podían esperar hasta última hora de la tarde para subir a bordo del Città di Tunisi, que en estos momentos los conduce hacia Sicilia. Un día entero a su disposición. Doce preciosas horas para esas piernas que el sábado encararán una de las empresas más mastodónticas jamás ideadas por el hombre. ¡Ay del que arranque en frío! Unos pocos días de inmovilidad bastan para entumecer los músculos, aun cuando se haya entrenado a conciencia. Las pantorrillas se acartonan. Bienvenido sea, pues, este día libre para estirar las piernas: cien, ciento cincuenta o quizá más kilómetros de paseo, a treinta y cinco kilómetros por hora, por la carretera del golfo, hacia Sorrento y Amalfi.

La pequeña multitud se pone nerviosa. Traen buenas intenciones, pero carecen de información fresca. ¿Bartali?, preguntan. ¿Y Coppi? ¿No está Coppi? Es comprensible: con tanta confusión es fácil equivocarse. Desde lejos, y aunque es un poco más alto, puede confundirse a Crippa con el campeonísimo de Castellania. Convencido, el viejecito señala alegremente al presunto ídolo levantando el bastón, confirmando esa identificación apócrifa. Pero los corredores pasan de largo y tratan de librarse sin cumplidos del entusiasmo del gentío. No es que se den aires. Es que son así, están serios y, en cierto modo, preocupados. ¿Quizá esperaban algo más? Se abren paso entre la aglomeración con esa actitud distante e indiferente que es el mejor modo de excitar aún más la curiosidad y la sumisión de los aficionados. «¡Viva Gino!», grita alguien. Aquí y allá responden con aplausos. Pero los corredores pasan de largo, cargando a hombros sus relucientes máquinas, tan frágiles y ligeras. No sonríen ni dan pie a familiaridades. Quizá son precisamente esos hurras dirigidos a Coppi y Bartali lo que les duele, sin que ellos mismos sean del todo conscientes. Esos hurras hacen patentes las diferencias. Y ellos, los gregarios, los jóvenes aún desconocidos, los Monari, los Nannini, los Marangoni, los Brignole, los Benso, saben demasiado bien que esas diferencias son reales. Por supuesto, es fácil hacerse ilusiones, pero hay un límite: el cronómetro y el orden de llegada son muy claros en este sentido. Las diferencias son reales, pero ¿qué necesidad hay de recordarlo? Coppi no está, llegará en tren. Tampoco Bartali ha tomado el barco. ¿Es que no veis que vuestros dos favoritos no están aquí?

Mural de los dos gigantes, Bartali y Coppi, en Capellania, Italia.

Pero los seguidores, en cierto sentido, son bondadosos, extremadamente bondadosos, y se contentan con poco. A falta de los pesos pesados se conforman con los medios y aun con los ligeros. La afición no es quisquillosa. Cuando ya se ha hecho a la idea de que los dos máximos gigantes no están, sigue con las celebraciones. «¡Bravo, Cerami!», grita uno de los pocos que están bien informados, en referencia al miembro más destacado del equipo Ganna. Lo ha reconocido gracias a una fotografía del periódico. Pero Cerami es italobelga, su apellido se pronuncia «Seramí», y no se da cuenta de que lo llaman. «¡Bravo, Kúblere!», grita otro aficionado de corazón generoso. ¿Quizá por ser seguidor de Kübler? Ni en sueños. Lo que pasa es que sabía que viajaba en el Saturnia, le sonaba el nombre y le ha parecido que sería un detalle saludarlo. A fin de cuentas, hay que gastar el entusiasmo acumulado para los dos grandes, no pueden llevárselo a casa sin más después del madrugón. Sea, pues: «¡Bravo, Kúblere!». Solo que Kübler tampoco está, en el último momento no ha embarcado e irá a Palermo en tren; y aunque estuviera, probablemente no se daría la vuelta si oyera su nombre tan mal pronunciado.

Cuando por fin se han librado de la multitud, los corredores se preparan para partir. La gente los rodea. «No, no —quisieran decir los chiquillos, los jóvenes de aspecto entre regular y pobre y las dos muchachas (el viejecito es el único que se ha ido, decepcionado, dando vueltas desdeñosamente a su bastón)—. Hemos venido a aclamaros a vosotros. No a Bartali ni a Coppi, a vosotros. Si gritado el nombre de Bartali y de Coppi ha sido por motivos de etiqueta, pero nos importan un bledo. Es a vosotros, jóvenes con porvenir, a quienes aplaudimos. A ti, Conte; y a ti, Crippa, y también a ti, Cerami, de quien dicen que eres un gran tipo, aunque se pronuncie a la francesa.» Al fin y al cabo, ¿no son héroes también ellos? Los aplausos, por acuerdo tácito, se vuelven más intensos y cordiales. Incluso hay alguno que se pasa un poco de la raya: «¡Abajo Bartali!», grita, esperando caer en gracia.
Pero los corredores permanecen serios y en silencio, encerrados en sí mismos, casi adustos, como víctimas de un misterioso agravio. Colocan el pie derecho en la biela, separan el pie izquierdo del suelo, arrancan y cruzan con soltura la piazza Municipio. Enseguida llegan a la esquina de la via Depretis y desaparecen. Los aficionados se disuelven finalmente algo avergonzados, afectando indiferencia, prenden un cigarrillo, bostezan. Estaban ahí por pura casualidad.

Entretanto, los corredores avanzan. El Rettifilo queda ya a su espalda. Pedalean con fuerza por la carretera de Castellammare. De vez en cuando se abre una ventana, las siluetas de los muchachos salen por las rendijas de las puertas y corren hacia el lateral de la carretera. Llegan tarde, cuando el sonoro murmullo metálico del pelotón ya se ha alejado. Y aun así, allá por donde pasan los routiers oyen unos gritos que los persiguen. Son voces informes, reclamos vocales sin más. Pero siempre las mismas dos vocales, siempre el mismo sonido insistente: «¡Aah! ¡Ooh! ¡Bartali! ¡Coppi!», gritan al azar esos improvisados hinchas de la periferia. Y los corredores, rabiosos, pedalean a cuarenta, cuarenta y un kilómetros por hora, acelerando para sustraerse a ese sonido ingrato. Inútil. Cuanto más aprietan, tanto más rápido los persiguen los gritos y más fácil y frecuente es el equívoco. «¡Aah! ¡Ooh!» Nada más, como un eco cruel e inaccesible al desaliento. El sol ya está alto, hace calor. Encorvados por el esfuerzo, los jóvenes campeones lucen una expresión arisca en sus rostros acalorados. Huyen precipitadamente. Desde los campos, desde las oscuras bocas de las casas, desde las cunetas, siempre esos dos sonidos malditos. La gloria ajena. ¿Y la suya?

 Bartali de amarillo; Coppi, con la maglia rosa que lo distingue como el mejor. 


Debido a un cúmulo de circunstancias probablemente ligadas a los caprichos del destino y que ahora sería inútil lamentar, quien esto escribe, el enviado al Giro de Italia, no ha visto nunca una carrera de ciclismo en ruta.Correr es maravilloso
Palermo, 19 de mayo, noche.

Son varias las cosas, tampoco muchas, que quien escribe ha visto correr, de un modo u otro, sobre la superficie del mar o de la tierra, pero nunca a los grandes ciclistas compitiendo bajo el sol, con el número colgado a la espalda, el tubular sobre los hombros y la cara rebozada de polvo. He visto correr, por ejemplo, a los niños que llegan tarde al colegio, los rayos de la tormenta en el cielo y a la gente en dirección a los refugios antiaéreos cuando aullaban las sirenas. En cierta ocasión, en la via San Andrea del Sarto de Milán, vi a un ladrón al que perseguían y que más que correr volaba; finalmente lo alcanzaron y le dieron una buena zurra, aunque no podría asegurarlo porque ocurrió al fondo de la calle y había una gran confusión. He visto a los avestruces correr como flechas por el desierto africano; he visto los proyectiles de los barcos enemigos cruzar la noche describiendo suaves y fascinantes curvas con sus luces rojas, y algunos rebotaban en el agua como un platillo y salían despedidos. He visto correr los raudos trenes a la caída del crepúsculo, con las ventanillas ya iluminadas y sus pertinentes sueños y fantasías, a través del campo solitario; y eran una belleza.

En la via Aurelia vi correr, hace ya años, a un ciclista con maillot que se estaba entrenando; alguien dijo que era Girardengo, aunque yo creo que no, porque no se le parecía. He visto también al correo de Carlos el Temerario corriendo como alma que lleva el diablo por la selva para entregar el indulto concedido en el último momento a su fiel escudero, acusado por calumnias de traición y a quien el verdugo estaba punto de cortarle la rubia cabeza, aunque esto ocurría en el cine y tal vez no fuera del todo cierto. He visto con mis propios ojos, poco antes del amanecer, un par de platillos volantes, de color rojo y agradable aspecto, corriendo sobre los tejados de Milán; sin embargo, nadie quiso creerme. He visto correr el tiempo, hélas, los años, los meses y los días de los hombres, que mudan nuestro rostro poco a poco; y tengo para mí que su espantosa velocidad, pese a no estar sujeta al cronómetro, es mucho mayor que la media total de cualquier corredor, en bicicleta, coche o aeroplano, desde que el mundo es mundo. Yo mismo he corrido, de pequeño, a lomos de una bicicleta a la que le había quitado los guardabarros para que se pareciera más a las de los campeones; y recuerdo que una tarde di dos vueltas al parque persiguiendo, lo juro, la rueda de Alfonsina Strada, que al final logró agotarme, con gran ridículo por mi parte, sobre todo cuando ella aceleró y a mí me pescó un guardia urbano que me puso una multa (exceso de velocidad, que por entonces ascendía a la friolera de veinte liras). Unas cuantas, pues, son las cosas que he visto correr; pero nunca a los gigantes de la carretera en carrera regular sancionada por las máximas instituciones velocipédicas. Lo cual ciertamente constituye una desventaja para un cronista que se dispone a cubrir una epopeya como el Giro ciclista de Italia.

De esta laguna se aprovechan, ignoro si por bondad o por malicia, los compañeros de viaje con varios Giros ya a sus espaldas. Y puesto que el Giro, en cierto modo, empezó anteayer en Génova, desde donde una parte de la comitiva y de los ciclistas se trasladaron por vía marítima hasta Nápoles y desde ahí a Palermo (pequeño aparte periodístico: anoche, frente a las costas de Capri, Serse Coppi tuvo que acostarse de urgencia en la litera a causa de un principio de mareo, y también Fausto parecía algo indispuesto, aun a pesar de que el Città di Tunisi, por su inmovilidad, parecía una enorme roca de basalto), por tal razón, en fin, ha habido tiempo para que los zorros viejos del Giro, los pozos de ciencia, me instruyeran intercambiando continuas alusiones, para mí humillantes, al año en que —¿te acuerdas?— Camusso cruzó el puerto de Ghisallo y Pélissier se las tuvo con Antonin Magne en la línea de meta. Algunos trataban de meterme el miedo en el cuerpo, mientras que otros insinuaban que las próximas diecinueve etapas serán una sucesión de remansos de paz. Son tantas las cosas que me han contado que, tanto si el Giro resulta ser una verbena como si termina siendo un suplicio o un evento memorable o un poema lírico o una comedia o una guerra salvaje, sea como sea, al menos uno de los veteranos encargados de mi adoctrinamiento tendrá siempre razón.

Uno de ellos dice que el Giro es un magnífico tonificador físico, una excursión extraordinaria, un peregrinar de fonda en fonda por la Italia gastronómica. Dice que antes iba todos los años a Montecatini, pero que ahora sigue el Giro porque le sale mucho más a cuenta. Asegura que cuando vuelve a casa su mujer se queda estupefacta al verlo tan rejuvenecido.

Otro, a la par en años y experiencia, afirma en cambio que el Giro es una máquina infernal que acaba con hombres, corredores, acompañantes, directivos, reporteros, fotógrafos, etcétera. Dice que durante tres semanas se come poco o nada, como mucho un bocadillo para desayunar y, por la noche, una cena estrangulada por la prisa y el cansancio. Por lo que respecta al sueño, añade, la cosa es aún peor. Dice que el año pasado, por ejemplo, no llegó a dormir más de cuatro horas seguidas entre etapas, y solo al concluir la última jornada logró dormir una noche entera. Pero ¿será verdad?

Otro asegura que todo está pactado. Que los ciclistas llegan primero, segundo, tercero y así sucesivamente en función de intrigas preestablecidas, corruptelas y oscuros intereses de las altas instancias. Probablemente cree también en el materialismo dialéctico, que lo explica todo con los llamados factores económicos, incluso los forúnculos de Malabrocca. Aun así, resulta sugerente. Qué ingenua es la masa, dice, qué necios los aficionados que sufren y se desvelan cuando su favorito pierde un par de minutos en la clasificación. Sus intereses tendría el favorito, de eso pueden estar seguros.

Pero también hay otro, no menos avisado e inteligente, que jura sobre la sublime pureza del Giro. En él ve incluso una de las últimas grandes manifestaciones de misticismo individual y colectivo. Aunque ganen un dineral, los corredores se dejan la piel nada más que por la Idea. Y es la Idea, no otra cosa, lo que congestiona a las multitudes que se reúnen a los lados de la carretera. Niega el dinero, niega los intereses, niega incluso los músculos. Es el Espíritu, asegura, y nada más que la fuerza del Espíritu lo que hace que giren las ruedas, que escalen el Falzarego o el Pordoi, que batan récords. En su opinión, los campeones son héroes elegidos; los organizadores, sacerdotes oficiantes, y la multitud de aficionados anónimos, marea de fe ardiente.

Por último, hay otro que se pasa todo el santo día quejándose y maldiciendo el día que aceptó venir este año al Giro. No hace más que augurar suplicios, lluvias, hoteles incómodos y llenos de chinches y resfriados. Jura, además, que puesto que falta cierto corredor, la carrera carece del menor interés y que a la gente le importa un comino. En los peores momentos, afirma incluso que el ciclismo está muerto, muerto y enterrado, que el linaje de los campeones se ha extinguido, que en el siglo atómico los pedales son chatarra de museo y que resulta ridículo obstinarse en continuar con esta farsa. Yo lo observo. Ronda los cuarenta y cinco años, es fuerte y siempre está como en actitud de defenderse de un ataque por sorpresa; la cara, ligeramente de mastín, dura pero simpática. Llevo todo el día observándolo atentamente. No acabo de saber si es director deportivo o técnico o jefe de mecánicos o masajista de algún equipo. Gruñe, suelta risas sardónicas, lo ve todo negro, corre de un lado a otro como si algo estuviera siempre a punto de caerse. Suda, maldice y fuma hasta entrada la noche. Seguirá así, presumo, hasta que acabe el Giro. Un marginado, piensa uno a primer golpe de vista, alguien obligado a trabajar contra su voluntad en un ambiente que le resulta odioso. Tal es la primera impresión. Pero luego he cambiado de idea. Ahora, cuando lo veo rezongar y dar vueltas con ese aire enfurruñado de bulldog, lo observo con agrado y me pregunto: ¿cuánto hace que no veía a un hombre tan feliz?

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