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Ni el triplete ni la liga ni la Champions, si la llegara a ganar de nuevo, será el legado que deje Luis Enrique en el Barcelona. Al asturiano lo recordarán por la remontada ante el PSG, por el 6-1.

Somos afortunados (sí, bendecidos y afortunados, no me importa) por haber visto este partido. Pocas veces el fútbol moderno nos deja ver tantos goles, tantos errores, tanta épica. Porque no hay nada que alegre más a un hincha, o le duela, que una remontada. Y en este partido de Champions, el PSG perdió dos veces, revivió dos veces, sufrió seis veces. Me imagino a los seguidores del París cabizbajos, algunos con lágrimas, otros maldiciendo y gritando: “Otra vez el puto Barça”.

Pero me cuesta más imaginarme al hincha culé.

No hay hinchada más ingrata que la del Barcelona. Exagero, sí, pero basta estar en el Camp Nou para entender esto. En un continente donde estamos acostumbrados a los cánticos y al ruido en el estadio, es difícil entender cómo 90.000 personas pueden estar en silencio, al punto de escuchar en la última grada los gritos de Luis Enrique. Bien dice Juan Villoro que los hinchas culés parece que fueran a la ópera y no a ver fútbol.

El Camp Nou horas antes de un partido de Champions League. 

Imagino el ambiente del Camp Nou en el minuto 87, imagino a la hinchada azulgrana pensando en que era un alivio que Luis Enrique se fuera, imagino a los odiadores de los culés pregonando el fin del Barça en los grupos de WhatsApp, en los estados de Facebook y en Twitter. Todo estaba perdido. Faltaba la suerte, la magia, las ganas, los errores y Neymar.

No me importa que el segundo penal que le pitaron al Barcelona no existiera, el fútbol es lo que es por estos errores. A ningún equipo que mete 6 goles se le puede decir que le regalaron el partido.

Segundo triplete del Barcelona. 

Y fue un encuentro tan extraño que la figura no fue Messi ni Iniesta ni Suarez (aspirante a clavadista olímpico). La tragedia la evitó Neymar, que venía pasando desapercibido y de recibir ya un par de pitidos de la tribuna.

Igual, no vengo a hablar de jugadores, lo que me importa aquí es Lucho. Desde que llegó al banco del Barcelona se debió sentir como un técnico visitante. Lo precedía el Tata Martino y su paso fugaz e inexplicable, el peso del recuerdo de Tito Vilanova y la herencia maldita de Pep Guardiola.

Luis Enrique en su época de jugador en el Barcelona. 

Así que volvamos a la fantasía. Me imagino a Luis Enrique pensando en el 4-0 que precipitó su salida del club, una decisión que estaba tomada desde mucho antes según la prensa española. Lo imagino tratando de pensar en qué iba a decir en la rueda de prensa. No creo que al minuto 87 estuviera pensando en el partido o en qué cambio táctico podía hacer. Por su mente seguro estarían pasando los nombres de Carlo Ancelotti, Jupp Heynckes o Claudio Ranieri. En el monólogo interno que tendría diría algo como: “Lo hemos ganado todo y salimos como perros. ¡Ah, qué suerte tuvo Ferguson!”. Pero faltaba la revancha, el equipo que lo había dejado sin trabajo ahora lo llevaría a la historia.

Luis Enrique dirigiendo un partido del Barcelona en 2014. Creative Commons Attribution 2.0 Generic, L. F. Salas. 

“Es la victoria de la fe”, así resumió Lucho el partido. La fe que los hinchas, las directivas y hasta los jugadores habían perdido en él. La fe que lo hizo salir como loco al campo a buscar un abrazo. Y sí, Lucho, como dijiste: “Este es un deporte de chiflados” y el 6-1 lo fue más que nunca, porque sabías que jugabas el todo por el todo, no había nada que perder, todo ya se había perdido en París.

Te despediste como un grande, por eso no importa que te sacaras la espina con la hinchada al decir que este había sido el partido en que mayor comunión ha habido entre equipo y afición. Fue, tal vez, la última noche de sexo entre una pareja que se separa, una forma extraña de decir gracias. 

Le regalaste una nueva página a la historia del Barcelona, aumentaste los récords, las hazañas. No hay mejor manera de decir adiós. 

Si quiere saber más del autor, sígalo en Twitter como @felipeg269

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