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La presentadora de El desafío, una embajadora indiscutible del Caribe, aceptó el reto de hacerle un homenaje al tenis con DONJUAN.

Empieza a seguirle el paso a una canción de champeta que estaba de moda en los picós. Está en el borde de una piscina, lleva un vestido de baño y detrás de ella hay un par de palmeras que no se mueven porque no hay viento. El video de Instagram transmite el calor sofocante del Caribe, pero ella acelera el movimiento de sus piernas, da saltitos y empieza a proponer pasos que resultan imposibles para alguien que haya nacido a más de 2.000 metros sobre el nivel del mar.

Daniella Álvarez nació en Barranquilla, desde que tiene memoria sabe mover los hombros para bailar cualquier canción del folcor y ahora, a sus 31 años, es toda una embajadora del Caribe: sus redes están llenas de videos de ella bailando puya, champeta o salsa. Lleva su cultura a todas partes y aunque tiene varios años viviendo en Bogotá y todavía se goza los viajes que hace con su papá por toda la región. Para ella, no hay nada como parar a comprar artesanías en San Jacinto y llegar al ambiente caluroso de Magangué, donde canta el himno de la Virgen de la Candelaria y busca a las fruteras cuando está de vacaciones en la casa de sus tíos.

En el colegio era tan competitiva que podía quedarse despierta hasta la madrugada. Se la pasaba estudiando solo para llegar a clase sabiendo más que sus compañeros. Lo mismo le sucedía cuando se metía a una piscina a practicar natación; cuando bailaba en la academia donde también había estudiado su mamá y donde duró más de diez años aprendiendo salsa, chachachá, danza árabe y cualquier otro ritmo que le propusieran, o cuando participó en el reinado del 2001 y fue señorita Colombia. Era una obsesión, pero también una manera de plantearse cada vez más retos: después de graduarse en comunicación social hizo una maestría en relaciones internacionales, donde investigó los conocimientos en materia de seguridad que el Ejército colombiano estaba compartiendo con las fuerzas armadas de otros países de la región, y después hizo parte del equipo de relaciones públicas y comunicaciones de la campaña a la presidencia de Juan Carlos Pinzón. Y al mismo tiempo se las arreglaba para construir su carrera como periodista y presentadora en Estilo RCN, W Radio –donde participó en Mujeres W– y CM&.

En el estudio de fotografía, Daniella coge la raqueta y empieza a practicar saques. No es fanática del tenis, pero alucinó cuando se enteró de que dos colombianos, Farah y Cabal, ocupaban el primer lugar en el ranking mundial. Está firme con su idea de tener un lugar en las pantallas. Por eso, este año es la anfitriona de la playa de lujo de El desafío, que en septiembre emitirá los últimos capítulos de esta temporada.

¿Después de estas fotos quedó con ganas de aprender a jugar tenis?
Si ya tengo swing para el baile, ¿por qué no voy a tener para la raqueta? Es un deporte superinteresante y aunque he estado distante del tenis, me di cuenta de que no es tan dificil como pensaba. Soy supercompetitiva y en mi colegio participé en muchísimos deportes: hacía salto de valla, salto largo, salto alto, lanzamiento de jabalina. Tengo diplomas de todos los grados porque siempre quedaba en los tres primeros puestos y me tocaba durísimo porque yo era superalta y me tocaba competir contra las compañeras de grados superiores al mío. Lo que sí me gozaba siempre eran las competencias de natación: incluso llegué a competir en natación a nivel regional.

¿Y era así de competitiva en todo?
Sí, en el colegio era supernerd. Si me ponen a hacer deporte, a cantar, a tocar violín, me obsesiono con la competencia; no solo quiero hacerlo bien, sino que me esfuerzo por destacarme. Me dormía a las doce de la noche y me levantaba a las cuatro de la mañana a estudiar para los exámenes porque yo tenía que ser la mejor en todas las materias. Yo llamaba a mis amigas para saber dónde iban y si alguna iba más adelante que yo, me sentía mal.

¿Pero se gozaba el estudio?
Dios mío, yo solo pienso en que fue tanto estrés… No puedo recordar el colegio o la universidad como una alegría porque yo me desgastaba. Hay personas que por naturaleza son inteligentes y no estudian, otras que se sacan buenas notas porque de verdad se dedican. Yo me considero de ese segundo grupo: la nerda que se sacrifica. Para mí no fue fácil, pero siempre los estudios han sido importantísimos para mí. Además, siempre he sido una persona muy alegre: mi mamá es una persona muy culta y como no quería que perdiéramos el tiempo nos metía a cursos de ortografía, de música, de baile; también estuve en la Orquesta Batuta desde los 7 años, y todo eso fue muy chévere porque ahora cuando voy a un concierto realmente entiendo todo lo que está pasando.

Uno de sus grandes ganchos con el público es el baile. ¿Cómo arrancó con eso?
Un día, cuando tenía siete años, mi mamá me dijo: “Dani, ¿quieres bailar?”. Y me metió a la misma academia donde ella había aprendido. Desde ese momento, todos los días tuve clases de baile en las tardes y eso se convirtió en mi vida. Me inscribía a cualquier curso que había: samba, chachachá, árabe, ballet. Claramente me direccioné hacia el tema del folclor porque me encanta la puya, el mapalé…

¿Alguna vez, con el baile, dijo: “no más”?
¿Qué? ¡Renuncié al ballet! Yo era pésima estirando, no era nada flexible y después de la segunda clase dije: “Mami, yo a ballet no voy más”. Me frustré tanto que decidí dejarlo.

¿Prefiere bailar salsa vieja o salsa de ahora?
Vieja, romántica. Yo me enamoraba bailando. Sonaba “Me gustas tanto”, de Mickey Taveras, o “Si supieras”, de Maelo Ruiz y si me llegaba un buen parejo era más o menos el amor de mi vida. Hoy ya no le doy tanta importancia y disfruto bailar sola. Pero el tema de la salsa romántica, para mí, sigue siendo de oír a todo volumen.

¿Merengue o reguetón?
Merengue. Yo les enseñaba a bailar a mis amigos del colegio y a mi hermano y a sus amigos. Esas eran mis rumbas de adolescente. Pero no tomo: soy de las primeras que llegan a una fiesta y la última en irse, pero no me tomo un solo trago sino que paso la noche a punta de Coca-Cola y brownies. El azúcar es lo que me lleva hasta el final.

¿Cuál fue su primer carnaval?
Los primeros carnavales de los que me acuerdo la pasaba en el palco, enmaicenada, pero era solo una espectadora: veíamos el desfile de la 84, el desfile del Garabato, pero siempre vivía la recocha de afuera, con agua y azulín. Luego pude entrar al carnaval y vivirlo desde adentro cuando fui señorita Colombia: en el 2012 fui a la guacherna como protagonista, estuve en la carroza y desde entonces nunca he dejado de tener mi espacio en el carnaval. Lo que más me gusta es la batalla de flores: es que no hay cansancio, a mí me ha tocado sostener tocados inmensos en la cabeza, vestidos alucinantes que llenan de brillo pero que a veces tallan y tacones que al bailar sobre la Vía 40 te sacan llagas. En el momento no te das cuenta, pero después, cuando la locura se termina, sientes todos los dolores: el cuero cabelludo y la piel te arden, los pies están lastimados...

Pero la rumba vence el dolor…
¡Pero es que no hay dolor! Es tanta la conexión con el baile, con la gente, con la película en la que estás, que cuando llegas al final revives para ir a un concierto o para seguir bailando. Al año siguiente, todo eso se olvida.

Quería ser presentadora. ¿Cuál fue la primera vez que trabajó en un estudio de grabación?
Yo estaba estudiando comunicación social en la Universidad del Norte y un día hicieron un casting porque iban a grabar un programa que se llamaba Guía cultural del Caribe. Se grababa en los estudios de la universidad, pero era oficialmente para Telecaribe. Me lo gané y fueron mis primeros pinitos en la televisión. Hablábamos del folclor de toda la zona Caribe, desde Córdoba hasta la Guajira, de nuestras distintas ciénagas y de muchos eventos que se hacían por toda la región.

Después, cuando se graduó, fue señorita Colombia. Usted ha dicho que gracias a eso pudo conocer la Colombia real.

Estuve en todos los departamentos del país. Por ejemplo: fui a Arauca y conocí el coleo, me tocó cruzar piedras en tacones, conocí el picadillo, que es uno de los platos típicos de allí, y como a mí me encanta el sancocho fue delicioso porque todo queda picado dentro de la sopa. ¡Y la música me encantó! Hay un talento increíble para bailar, para tocar el arpa. También tuve la oportunidad de estar en los municipios donde hay más pobreza, como Tierrabomba, que está cerquita de Cartagena y es un sitio donde había mucha explotación sexual de menores de edad. Trabajé con fundaciones y desde ese momento quedé vinculada con Unicef. Llevo seis años trabajando con ellos en campañas de educación, prevención de trata de blancas, alimentación… Y también ayudé a muchos militares heridos en combate. El contraste era increíble porque además estaba en las fiestas más importantes, entonces uno conoce una parte muy triste y también mucho de la energía cultural del país.

Después empezó a trabajar en medios: estuvo en Estilo RCN, en La W, en CM&… ¿Cuáles fueron sus trabajos favoritos ahí?
Siempre he disfrutado hacer entrevistas porque me conecto fácilmente con la gente. Recuerdo en especial a un artista que se llama Vianey y que es un pintor muy reconocido en Estados Unidos. Hace exposiciones en Nueva York, en Europa e inició un movimiento que se llama cool art. Es inspirador conocer historias que marcan tu vida. Además uno logra tanta empatía que construye relaciones para la vida: a él lo entrevisté para W Radio y hoy somos los mejores amigos.

¿Por qué si ya estaba en medios hizo una maestría en relaciones internacionales?
Yo siempre había querido hacer un MBA porque me gusta mucho todo el campo del liderazgo y de los recursos humanos. Cuando gané Señorita Colombia, el concurso me dio treinta millones para continuar mis estudios. Yo ya había hecho mi carrera, era especialista en desarrollo organizacional, entonces dije: “Bueno, voy a hacer la maestría”. Pero cuando me presenté me pedían tantos cursos de finanzas, matemáticas, contabilidad, que dije: “Nombe, no. Voy a buscar otra cosa que me guste”. Me puse a ver programas y me gustó el de relaciones internacionales porque sentí que saber de historia y de política me iba a permitir crecer como presentadora. Al final terminé investigando sobre todo el conocimiento militar que Colombia estaba exportando hacia Centroamérica: como yo había apoyado mucho a Juan Carlos Pinzón, que en ese momento era ministro de Defensa, en los proyectos con los militares heridos en combate hice algunos contactos en las fuerzas armadas y pude hacer esa tesis, que me gustó mucho.

Ha estado en República Dominicana grabando El desafío. ¿Cómo ha sido esa experiencia? ¿Se la ha gozado?
Es mi primer reality y ha sido espectacular. Para mí, la playa, la brisa y el mar son mi hogar. Vibro con la naturaleza, con estar en vestido de baño y con escuchar merengue y bachata. No me quiero devolver porque estoy definitivamente en mi ambiente. Además para mí ha sido fácil porque tengo empatía con la gente y ha sido un trabajo muy natural: no hay libretos escritos y desde que recibo a los concursantes me gozo con cada uno de ellos la experiencia. Eso sí, hay muchas reglas porque uno no puede usar perfume ni ponerse un reloj y los concursantes nunca te pueden ver tomando agua ni comiendo… ¡Y en ese calor! Pero me he acostumbrado rápido y estoy muy feliz con mi trabajo. Además, como soy la anfitriona de Playa Oro, hago planes muy bacanos: montamos en globo, en buggies, nadamos en sitios mágicos... Parecen unas vacaciones más que un trabajo.

Por último, usted lleva ya un par de años con una boutique. ¿Cómo funciona su negocio?
Hace año y medio empecé aprendiendo del negocio. Arranqué solo por el retail, compraba ropa, accesorios, y los vendía en las tiendas. Poco a poco fui armando mi marca y se me empezaron a abrir puertas. La gente me llamaba y me decía: “Queremos hacerte zapatos”, o: “Yo tengo unos bolsos”. Hoy entiendo que vale la pena tener diseños propios y consolidar la marca. Estoy consolidándome, por ahora tengo una boutique en Bogotá y estoy a punto de abrir otra en Barranquilla, pero además estoy en un multimarca de joyería en el Centro Comercial La Colina y en una tienda de Serrezuela, el nuevo centro comercial de Cartagena.

¿Se imagina dejando la presentación para dedicarse solo al negocio?
No, para nada. Yo voy a ser capaz. Además, mi trabajo en los medios alimenta el mercadeo de mi marca. Todo va de la mano, la clave es que todo esté conectado.

REVISTA DONJUAN
FOTOGRAFÍA HERNÁN PUENTES
EDICIÓN 150 - AGOSTO 2019

 

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