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Nunca quiso ser reina, pero partició en Miss Mundo Colombia y ocupó el segundo lugar; tampoco actriz, pero logró construir una sólida carrera. Su clave fue simple: no le tuvo miedo a reinventarse.

Hace unos años, estaba de vacaciones en China. De repente, en la calle, un grupo de colombianos se acercó a ella y uno le preguntó que si no era la esposa de Diomedes, la de la telenovela. Ella les dijo que sí, que claro y compartió con ellos la emoción porque el programa, que veían por internet, era una de sus pocas conexiones con Colombia.

Cuando era niña, sin embargo, Kimberly Reyes evitaba ser un rostro reconocido. A diferencia de la mayoría de actores y actrices, que desde pequeños juegan con disfraces y participan en los grupos de teatro del colegio, a ella le gustaba estar tras bambalinas: si le tocaba cantar, prefería estar en el coro; si tenía que participar en una obra, ayudaba con la escenografía o el vestuario. Cuando piensa en esa época se define como una roquera: “¡Llevaba piercings y todo, estaba comprometida con la causa!”, dice, y recuerda que escuchaba NOFX, Rancid, Pennywise, The Clash y Jimi Hendrix. “Quería que me recordaran con mi nombre, pero no por mi cara. No me gustaba ser el centro de atención, pero sí quería estar haciendo algo importante”.

Su vida dio un giro cuando cumplió 18 años y su mamá la convenció de participar en un concurso de belleza. Había empezado dos carreras –primero Finanzas, Gobierno y Relaciones Internacionales, después Ciencia Política–, y aunque tenía promedio de beca, había decidido volver a Barranquilla para estudiar Diseño de Modas. Fue virreina en Miss Mundo Colombia, se ganó el derecho a participar en Miss Globe International y cuando volvió, se convirtió en otra persona: consiguió trabajo como presentadora en El lavadero, después en Sweet y finalmente obtuvo uno de los papeles cruciales en El Joe, la leyenda, la novela que en el 2012 contó la vida de Joe Arroyo. Entonces, Kimberly asumió el papel más importante de su vida: el de la actriz. Y su hoja de vida la respalda: más de una decena de telenovelas y de series, una película cinematográfica y una serie web donde tuvo escenas al lado de Vicky Hernández.

Como buena barranquillera, siempre tiene encendida la picardía y el humor. En uno de sus videos de Instagram, por ejemplo, encuentra por casualidad una bicicleta a la que alguien, con toda la creatividad costeña, tuvo el acierto de adaptarle una tabla de madera sobre el marco para que los pasajeros viajaran más cómodos: “¿Qué más le puedes pedir a la vida?”, dice seria, mirando hacia su propio celular. Y antes de estallar en carcajadas, remata: “¡Un man que te lleve en barra!”.

El año pasado, volvió a sorprender cuando apareció en algunos capítulos de la tercera temporada de Sin senos sí hay paraíso para tomar el personaje de Yesica Beltrán ‘La Diabla’, la villana de la serie que hasta entonces había representado la actriz Majida Issa. Un nuevo proyecto que pone a la barranquillera en las pantallas de casi toda América Latina.

 

¿Fue difícil tomar un personaje que duró tanto tiempo con otra actriz?

Sí, fue un proceso complicado porque no solo tuve que entender al personaje, sino también la manera como le daban vida: los movimientos, los tonos de voz…

 

Y además usted tuvo un cambio fuertísimo, de rubia a pelirroja…

¡Fue rarísimo! Me endurece mucho las facciones… ¡Y me veo mala! [risas], me siento súper femme fatale. Fue raro acomodarme a ese nuevo estilo, a las uñas acrílicas que son superpuntudas, a los colores fuertes. Porque yo, Kimberly, soy superdulce, fresca, relajada. Cuando todo esto entra a tu vida cotidiana es un poco raro, pero al final uno sabe que es para un personaje. Cuando mi esposo me vio me dijo: “Te ves superchévere”. Y bueno, yo puedo decir que fui pelirroja por una etapa de mi vida.

 

Además el personaje es totalmente distinto a la Kimberly que usted muestra en Instagram, que se la pasa haciendo chistes… ¿Siempre ha tenido esa personalidad?

Yo no me considero chistosa, pero sí soy una persona que se burla mucho de sí misma. Me encanta burlarme de mí y creo que eso viene de mi mamá, mi papá y mi tío Jose, que es hermano de mi mamá. Todos ellos son superchistosos. Mi tío, por ejemplo, es el propio que llega a cualquier parte y se convierte en el centro de atención: canta, echa chistes, se baila a todas las tías. Yo creo que agarré eso desde muy niña porque en las reuniones siempre teníamos la costumbre de burlarnos entre nosotros, nos saboteábamos y nos jugábamos pesado… Por ejemplo, te puedo decir que entre mis amigos se ríen mucho porque yo los remedo a todos, me encanta imitar a la gente: cómo hablan, cómo se visten… Eso hace parte de mi sentido del humor. Fui criada así y trato de no perder eso.

 

¿Qué le gustaba hacer en el colegio? ¿Era muy estudiosa?

Estudiosa estudiosa no fui, pero sí muy responsable. Nunca me gustaron las matemáticas, ni la física, ni la química, porque siempre las cuestionaba: “¡Por qué esto tiene que ser así y no de otra manera!”. No me iba bien en esas materias, solo las estudiaba para pasar el examen y ya, pero sí me iba bien en filosofía, en historia, en economía… También toda la vida fui voleibolista, estaba en la selección del colegio y en el último año me convocaron para ser selección Atlántico. No alcancé a jugar porque decidí irme a Bogotá a estudiar, y cuando volví a Barranquilla seguí entrenando, pero con la universidad.

 

¿Cómo termina en Miss Mundo?

Tú sabes que uno tiene momentos en la vida en los que está como desubicado. Yo era chiquita, tenía 18 años, había empezado dos carreras y después me devolví a Barranquilla. Fue en ese momento confuso en el que no había decididio qué era lo que quería hacer, que a mi mamá la llamaron y le dijeron que estaba la posibilidad de que yo fuera reina. No era lo que a mí me gustaba, pero mi mamá me cogió fuera de base y yo le dije: “Sí, dale” [risas]. ¡Es que realmente fue así! Yo siempre digo que aunque en ese momento no era actriz, la reina fue mi primer personaje: no es que estuviera actuando ni aparentando, sino que cuando eres reina tienes que tener un control total de todo: lo que haces, lo que dices, cada movimiento, cada declaración; la reina debe guardar ciertas composturas y tener una opinión diplomática con todo. Fue como agarrar toda esa información, procesarla y entrar en ese momento. Fue superloco para mí, pero como ya estaba montada en el tren y siempre he sido una persona comprometida y con la camiseta puesta, dije: “Esto va hasta el final”. Quedé de virreina en Miss Mundo, fui a Albania a representar a Colombia en Miss Globe International y allá me gané el traje típico y hasta canté en la gala final con el artista invitado. ¡Di lora en ese reinado hasta donde pude! Y, sobre todo, me lo gocé.

 

¿Le dieron nervios?

Sí y a la vez no. Toda la vida fui tímida. Mi mamá se dio cuenta de que yo bailaba cuando cumplí 15 años y me vio bailando con un noviecito. Esa vez me dijo: “¡¿De dónde saliste?! ¡¿A ti quién te enseñó a bailar?!” [risas]. Pero cuando estuve bajo esa presión del reinado conocí una parte de mí que sin importar el temor se subía al escenario con otro chip: era una mujer fuerte, que no tenía miedo. Me acuerdo de que concursé con niñas que eran mucho más altas que yo, ¡la venezolana era como dos Kimberlys más o menos! [risas]. Y ella me decía: “Chama, tú cuando sales pareces como de dos metros, como que creces”. Y sí, a mí no me importaba, iba con mi actitud y pensaba: “Tal vez no tengo los centímetros de estatura, pero tengo más caña, más simpatía… ¡Y voy pa’ lante!”. Ya cuando volví, me quedé con ese chip puesto.

 

En solo dos años pasó de ser presentadora a asumir un papel difícil en una serie de televisión, el de Luz Mary, que estaba basado en Mary Luz Alonso, la esposa del Joe Arroyo. No es común que una actriz debute con un papel basado en un personaje real.

¡Es que ni siquiera era actriz! Pero cuando tuve la oportunidad me metí a estudiar en clases particulares de tiempo completo. Además, tuve la fortuna de tener como director a Herney Luna, que es un gran amigo; no he dejado de hacer grandes proyectos con él. Fue una transición muy loca porque mi papel era un personaje muy grande en la vida real, una mujer que los fanáticos del Joe adoran y que lo acompañó durante mucho tiempo en su vida. Yo me acerqué a muchas personas que la conocían porque ella en el momento no daba entrevistas, pero sí intenté contagiarme de la chispa de ella.

 

¿Qué fue lo que más le gustó de su nuevo trabajo?

Para mí, fue un despertar. Me di cuenta de que los personajes están más allá de uno: no es el actor trabajando para interpretar a alguien más, sino que se trata de ser otra persona a la que uno le presta el cuerpo y las emociones. Esas primeras clases que tuve fueron superpesadas porque a uno le toca enfrentar los egos, los miedos, las inseguridades, pero cuando se pasa por eso, todo se vuelve un proceso delicioso de creación.

 

Después de trabajar en El Joe, la leyenda, llegó a Diomedes, el Cacique de La Junta. Y su personaje, Patricia Arjona, otra vez, estaba basado en una mujer real: el primer amor de Diomedes, Patricia Acosta.

Ella vive en Valledupar. Nos vimos en su casa. Yo, por los laditos me fui metiendo, hasta que ella aceptó verme, porque al principio tampoco quería hablar. Yo dije: “No; necesito hablar con esa mujer”, y ahí tuve un par de abogados. Martín Elías, que en paz descanse, fue uno de ellos. Estuve un día entero con ella, no paramos de hablar y pude capturar toda su esencia. Ese día agarré todo lo que pude: la vi maquillarse, tomar algo, caminar, cantar, oír música… Le pedí que recordara a Diomedes y me llevó a La Junta, a la casa de su hermano, a la ventana marroncita. Y me explicaba cosas: “Mira, la gente cree que Diomedes acá me tocaba canciones, pero eso no es así”.

 

¿Le desmintió lo de la ventana marroncita?

Es que la gente dice que Diomedes le tocaba serenatas, pero eso no pasaba porque nadie los podía oír. Él le hacía un ruidito en la madera y así ella sabía que tenía que abrir la ventana.

 

También ha estado en proyectos por fuera de la televisión, como Entre panas y Empeliculados.

Entre panas fue un proyecto maravilloso. Era un sitcom, grabábamos los capítulos en vivo y teníamos público. Era como hacer teatro, pero para una serie web. Trabajar con actores como Vicky Hernández fue una experiencia única y muy divertida, porque a veces teníamos que parar la grabación porque nadie, ni nosotros, ni el público, ni la producción, podía parar de reírse, era impresionante. Y Empeliculados fue una experiencia muy chévere porque trabajar con [Alejandro] Riaño y [Alejandro] Aguilar es un parche. Además, el cine te da la posibilidad de explorar mucho más, porque en televisión, con la premura del tiempo, a veces no puedes trabajar los detalles.

 

¿Extraña Barranquilla?

Sí. Bogotá, para mí, ha sido una ciudad que es sinónimo de trabajo y de la vida a toda velocidad. A uno no le queda tiempo de hacer visita, de ir a almorzar con la gente. En Barranquilla soy feliz parchada con mis amigos y aprovecho para desconectarme un poco. Además, yo soy de todos los planes, me puedo quedar descansando, me voy a pisar salsa o de fiesta con mis amigos.

 

¿Y fue este año al carnaval?

¡Claro! No me lo gocé de ‘pe a pa’, pero sí me lo gocé. Estuve en la Guacherna y en la Batalla de Flores de Santo Tomás.

FOTOGRAFÍA: HERNÁN PUENTES
ENTREVISTA: JOSÉ AGUSTÍN JARAMILLO
REVISTA DONJUAN
EDICIÓN 146 - ABRIL 2019

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