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Belén Bergagna es una modelo argentina de 1.80. Renunció a las pasarelas de Milán por unas croquetas de pollo en su país. Conozca su historia y deslúmbrese con sus curvas

Hay dos formas de hacer las cosas. A la manera de Belén o la otra, la que dicta la industria de la moda: con hambre y sacrificios. Esta es la historia de una mujer que mide 1,80 y llegó a tener 40 kilos de peso que renunció a las pasarelas de Milán por unas croquetas de pollo y que hoy es la mujer de nuestros sueños. 

Necesitábamos a un fotógrafo en Nueva York para una entrevista. “César Balcázar es un hit”, nos dijo una colega y nos dio su teléfono. Balcázar es caleño, estudió en Bogotá y vivió siete años en Argentina; hace tres años decidió trasladarse a Estados Unidos y se mueve en tres capitales de la fotografía: Nueva York, Los Ángeles y Miami. Su book es inmejorable: Esquire, GQ, Papercute. No salió la entrevista que estábamos buscando, pero César no se limitó a encogerse de brazos, “conozco a una modelo en Miami que podría ser una gran portada para ustedes, ¡quiero hacerlo!”. En un abrir y cerrar de ojos teníamos el catálogo de una mujer que nos deslumbró: Belén Bergagna, 27 años, argentina; perfecta de pies a cabeza. Y su historia era tan alucinante como sus curvas.

(Literatura al desnudo con Jennifer Hernández)

Belén es modelo por accidente. Cuando estaba en el colegio –por un capricho de adolescente– se inscribió en un concurso de una revista para un cambio de look. Ganó y se enamoró de las luces y las cámaras, y los fotógrafos se enamoraron de ella. Había encontrado su vocación; solo tenía que demostrar que tenía talento de sobra. “Sentí algo increíble y fue tan tan fuerte que tuve que seguir por ese camino”. Terminó el colegio y decidió hacer maletas para buscar fortuna. Tenía 19 años y la esperaban las pasarelas de Milán. Y empezó su carrera y su pesadilla. Porque esta no es una historia cien por ciento feliz.

Belén debutó en las pasarelas italianas. Hizo varias campañas y su cara se repetía en varias revistas, pero algo explotó en su cabeza. Belén mide 1,80 y en algún momento la báscula dijo que pesaba 40 kilos. Tuvo que dejar Europa y regresar a Luján; recibir los abrazos de su mamá y volver a gozar de sus croquetas de pollo. Fue al psicólogo, al nutricionista, “acepté mis curvas y mi cuerpo. Si me querían contratar tenían que aceptarme tal cual como soy, sin exigirme que estuviera más delgada. Al que le guste bien, y al que no también. Ahora amo mi trabajo y puedo decir que lo disfruto plenamente. Ya no me preocupa si me como un pedazo de torta de más, si tengo un rollito o no se me marcan los abdominales”.

 

(Valentina Ferrer y el mar en bicicleta)

Ahora –en su tiempo libre– en lugar de pensar en dietas le gusta hacer una sola cosa: nada. O hacer fiaca, como dicen los argentinos. Le encantan las series. The Killing, The Fall, Game of Thrones, House of Cards. No se mata en el gimnasio y prefiere ir a trotar. No vive pegada de la tabla de resultados del fútbol argentino, pero se declara hincha de River Plate. Sin embargo, no tiene tanto tiempo para la fiaca; una vez su cabeza quedó en el lugar en que debía estar, su carrera se disparó otra vez, “empecé a tener más trabajo que cuando era un palito”. Ha modelado en México, Chile, Perú, Brasil, Estados Unidos. “En la búsqueda de oportunidades quise explorar lugares donde el perfil de mujer fuera otro. Comencé a sentirme cien veces mejor y más feliz conmigo”.

Tomó clases de actuación y su carácter empezó a tomar otra forma, “siempre que me maquillan pienso que me transformo en alguien más. Las sesiones de fotos las tomo como si me tocara crear un personaje. La verdad, no me veo actuando fuera de los sets de fotografía, pero ya veremos”.

Y ahora volvamos a nuestro punto de partida. Miami, marzo, 2016. La sesión de fotos que había planeado César eran en el Art Deco District, pero en contra de nuestros pronósticos, todos los hoteles estaban a reventar y no había espacio en la calle por un glorioso festival de vino. Ninguno de los dos se iba a rendir, y tomaron la van, las chaquetas de cuero, todo el vestuario y se divirtieron como niños en Key Biscayne. “No puedo vivir si no estoy frente a una cámara; sentiría que me falta algo, mientras no se me caiga la cola, espero seguir trabajando”. Nosotros también.

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