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El merengón

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Un plan de domingo nunca va a quedar completo sin esta joya de la gastronomía bogotana.

Olvídese de cualquier dieta y de la fobia a la lactosa y el azúcar. El merengón es dulce, pero no tanto como para empalagar. Siempre tiene fruta, como si el que se inventó la receta quisiera una excusa para los que quieren postres saludables. Y hay que alistarse: pida una cuchara y varias servilletas para quitarse el espeso bigote de crema de leche que les queda hasta a los que dominan la técnica para comérselo.

No lo busque en restaurantes o postrerías. El baúl de un Renault 4 o de un Renault 12 que se parquea en algún barrio residencial de Bogotá es la mejor vitrina para probar los merengones de verdad. Muchos intentan imitar su receta original, pero fracasan: lleva una fina capa de merengue en la base, una capa de fruta, otra capa de merengue encima y al final un baño de crema de leche. El merengue, obviamente, tiene que ser el protagonista: “Se separan las claras de los huevos, se echa limón y un toque secreto”, dice Edison Navarro, que vende merengones en el baúl de un carro que parquea en el barrio Mandalay los fines de semana. “Luego se hornea por treinta minutos. Después se prepara la fruta, que siempre tiene que estar fresca. El que más se vende es el de guanábana, pero se pueden mezclar”.

La técnica del merengón se la aprendió a su abuela, que hace décadas fundó el negocio familiar. Hoy él los vende a 5.000 pesos y los distribuye en varios puntos de la sabana de Bogotá. Siempre tiene merengones de guanábana, fresa, durazno y mango, aunque a veces se arriesga con frutas más exóticas como el kiwi. Pero su toque personal lo pone al final cuando corona el merengón con mora, leche condensada o arequipe, según el gusto del cliente.

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