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El papá de los cholados

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El cholado es el alma caleña: gusto por las frutas, fascinación por el dulce y desesperación por combatir el bochorno.

El cholado en Cali no se disfruta si no va acompañado del también típico calor de Cali; a más alta la temperatura en la ciudad, más glorioso sabe ese hielo raspado bañado en almíbar de cola rojizo, con lulo y uva y papaya y manzana y banano fresco y recién picado, y un toque de leche condensada para rematar. Es como echarse un chapuzón en mitad del desierto. Los caleños lo saben y por eso el domingo al mediodía, apenas salen de misa, lo primero que hacen es ir por un cholado.

La patria del cholado (que se pronuncia “cholao”) es el pueblo de Jamundí, a menos de una hora de Cali, donde se puede encontrar su parque principal lleno de carros ambulantes y voceros que intentan atraer a cualquiera con cara de estar sediento. Con el tiempo migró a Cali, a las canchas Panamericanas, donde hasta hoy se encuentra una hilera de carritos con nombres como El super, El Cacique, La india y El salvador (este en particular tiene un letrero que reza “Jesucristo es el señor”).

Pero los caleños siempre mandan a los turistas a El oasis, un puesto que ha estado ahí parqueado durante décadas, tan famoso y próspero que ya tiene su propio local cruzando la calle. Claro, no es lo mismo comerlo en el local que junto al carrito. La gracia del cholado consiste en disfrutarlo sentado en una silla Rimax a la sombra de un árbol, esquivando a las abejas que se acercan y esperando a un refill de Lecherita por parte de la chica de turno. Después de todo, comer cholado no solo se trata del sabor dulce y tropical de sus frutas, su textura helada que congela el cerebro y destempla los dientes de quienes no están entrenados. Comer cholado es circunstancial, porque no tiene sentido si no se hace en Cali.

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