Edición 128

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La humanidad envió fórmulas matemáticas y música de Mozart, ¿pero qué mandaría usted para dar a conocer a Colombia en el espacio?

Cuarenta años es aproximadamente la mitad de la vida de una persona, pero no es ni una fracción de tiempo para el Voyager. Es el equivalente a un segundo de su existencia, destinada a ser larga y aburrida, a medida que estas naves diseñadas para estudiar los planetas exteriores se alejan cada vez más del sistema solar. Su batería, que usa para seguir mandando datos a sus creadores en la NASA, se agotará para el año 2030, pero su cuerpo metálico seguirá un rumbo fijo y desconocido. Navegará la oscuridad infinita del espacio –es muy improbable que entre al sistema de alguna estrella– durante miles, millones de años. Cuando todos los metales de nuestro planeta se corroan, cuando la vida de la Tierra haya evolucionado hasta un punto inimaginable para quienes hoy vivimos en ella, e incluso cuando el sol devore al planeta azul tras haber secado sus mares y desintegrado en una ola de fuego y cenizas todo lo que había en su superficie… Incluso entonces, las dos sondas Voyager seguirán su camino, impasibles y a la espera, oblicuas a la podredumbre y el óxido que se llevó todo rastro de sus creadores.

¿Qué estará esperando, exactamente?

Cuando ambas sondas zarparon a las profundidades del espacio, en agosto y septiembre de 1977, su misión principal consistía en explorar los planetas más lejanos de nuestro sistema. En el transcurso de una década, la información que enviaron ambas naves sirvió para mejorar nuestro entendimiento del universo; las fotos (¡vaya fotos!) nos dejaron la curvatura perfecta de los anillos de Saturno, los colores de las nubes jupiterinas que parecen pinturas de aceite congeladas, el azul profundo de Neptuno. Una de sus fotografías más populares muestra nuestro sistema solar como una inmensidad oscura, donde un solo pixel azul, una mota de polvo intergaláctica, ocupa el centro. Nuestro planeta, enfrentado a lo insignificante que es ante la inmensidad del espacio. A pale blue dot.

 

Acabada su misión, las sondas siguieron su rumbo hacia lo desconocido. Para el año 1998, Voyager 1 se convirtió en el objeto de construcción humana que más lejos había ido más lejos de casa, y para el 2012 la nave habría entrado al espacio interestelar. La información que puede mandar se vuelve cada vez más escasa, pero útil hasta su último aliento. Sus datos demoran hasta 19 horas en alcanzar la Tierra en una señal tan débil que los telescopios más grandes del mundo tuvieron que ampliarse para poder captar su señal.

A finales de la próxima década, su batería morirá por completo. Sus instrumentos se apagarán y serán incapaces de contactarnos.

Los científicos de la NASA esperan que su destino no sea convertirse en un pedazo de chatarra. Por eso la convirtieron en el equivalente a una botella con un mensaje flotando en el mar. El mensaje, instalado a un costado de las sondas, es un disco de 30 centímetros hecho de cobre y recubierto en oro; en caso de que la civilización que lo encuentre no tenga tornamesas, lleva garabateadas en su superficie lo que esperamos que sean instrucciones universales para reproducirlo. Esta es nuestra carta de presentación, nuestro saludo a seres que viven tan lejos en el tiempo como en el espacio, nuestro perfil de Facebook lleno de fotos y sonidos para que lo evalúen los alienígenas. The golden record, el disco dorado.

 

El espacio es tan grande que es muy improbable que alguien (o algo) cruce caminos con las sondas Voyager. No obstante, ya que el tiempo está de su lado, en caso de que esa imposibilidad matemática suceda y las naves terminen en las manos de vida inteligente más allá de nuestro entendimiento, como dijo el famoso científico Carl Sagan: “pensamos que sería descortés no decir hola”.

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Frank D. Drake, el director del Jet Propulsion Lab (JPL) de la NASA en 1976, estaba obsesionado con la idea de vida inteligente “allá afuera”: para ese entonces ya había creado la famosa ecuación de Drake, que provee una aproximación matemática al número de posibles civilizaciones que existen en una galaxia, además del mensaje de Arecibo, una señal de radio lanzada al espacio que lleva dentro de sí información básica de la humanidad, como la gráfica de la estructura del ADN y la figura burda del humano promedio. Es seguro decir que, a un año de una de las misiones más ambiciosas de exploración espacial, Drake no iba a desperdiciar la oportunidad.

Antes de que la NASA lanzara las dos sondas Voyager, Drake le pidió a su colega Carl Sagan que lo ayudara a crear un mensaje que presentará a la humanidad ante cualquier ser que pudiera encontrar las naves dentro de miles de años. Sagan ya había hecho piezas similares, como las placas de las sondas Pioneer. Pero esto era diferente; las naves Voyager irían más lejos que cualquier objeto hecho por el ser humano. En su mente ya había decidido que, en esta ocasión, tenía que hacer algo realmente especial.

Sagan aceptó y, con solo seis meses, estaba listo para crear un mensaje como ningún mundo ha visto.

Los recursos para este proyecto eran limitados, lo que llevó a que todo el asunto estuviera rodeado de anécdotas y cierto aire de improvisación. Además, Sagan estaba trabajando con una agencia gubernamental, por eso la burocracia era un peligro constante. Es la razón por la que terminó incluyendo una lista de los senadores de Estados Unidos y un mensaje del presidente Jimmy Carter (algo que Sagan detestó), un asunto tan aburrido para nosotros que es preocupante pensar que los alienígenas puedan pensar que esta parte del mensaje es importante.

 

Las partes que sí son importantes son otras, como las fotos que retratan nuestro mundo. Jon Lomberg, el diseñador del proyecto que luego ayudaría a Sagan a crear su icónica serie Cosmos, participó en la selección de 115 imágenes que se grabaron en el disco. Aparte de algunas bastante obvias -como los diagramas de nuestra anatomía, nuestro entendimiento matemático, nuestro sistema solar y una foto de nuestro planeta-, hay retratos de la vida cotidiana en la Tierra: niños estudiando en un salón, varios carros parados en un embotellamiento de tránsito, unos hombres construyendo una casa y otros tantos pescando a orillas de un río.

Por el otro lado están los sonidos. Empiezan con un saludo, un simple “hola”, como dijo Sagan.

Bonjour tout le monde.

Shalom.

Hola y saludos a todos.

Konichiwa, o-genki desu ka.

Hello from the children of planet Earth.

Se grabaron saludos en 55 idiomas distintos, desde latín hasta portugués y sumerio. Junto a dichos saludos, también hay una selección de sonidos de la Tierra, que incluyen grabaciones de audio de las tormentas y volcanes, de un chimpancé alterado y de los grillos en la noche, del motor de un barco; los latidos del corazón de una mujer enamorada y el sonido de un beso sentido en una mejilla. Algo confusas para los alienígenas, sin duda, pero una necesidad casi poética para Sagan.

Por último, podríamos decir que el disco dorado contiene la primera playlist intergaláctica. Si la música es realmente universal, puede que sea nuestra mejor oportunidad de conectar con seres de otros mundos. Hay cantos matrimoniales del Perú, mezclados con los cantos de indios navajos de América del norte; hay canciones tradicionales de Nueva Guinea, México, China, Azerbaiyán, Bulgaria y muchos países más. También se incorporó algo de música moderna: un par de piezas de Brahms y de Beethoven (con elementos matemáticos en su música que podrían enseñar un par de cosas a quienes no los conozcan), además de La reina de la noche, de Mozart. Louis Armstrong y su trompeta también está en la mezcla. Es un rumor que el equipo haya considerado la canción Here comes the sun, de los Beatles (Timothy Ferris, el productor, dijo “no es su mejor trabajo y el chiste de su título, aunque divertido en un comienzo, quizá se vuelva tedioso tras mil millones de años”), pero sí lograron incluir el clásico del rock, Johnny B. Goode, de Chuck Berry. En una carta que le dirigió al músico, Carl Sagan escribió “cuando la gente le dice que su música vivirá para siempre, puede estar casi seguro de que están exagerando. Pero Johnny B. Goode está ahora en el disco dorado, incrustado en las sondas Voyager. Estos discos durarán mil millones de años o más. Go, Johnny, go”.

Escrito en el disco en sí está la única muestra de escritura humana, hecha por Ferris: “a los hacedores de música; de todos los mundos y todos los tiempos”. Y eso es todo. Unas indicaciones sobre cómo reproducir el disco y un mapa para llegar a nuestro sol están estampados sobre su cubierta dorada, pero no hay mucho más. Esto es lo que los humanos decidieron que era lo que querían mostrar de su mundo, su cultura y su manera de vivir.

Los humanos de 1977, claro está.

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¿Qué cambiaríamos del disco hoy?

 

El disco dorado del Voyager no es solo un mensaje a las civilizaciones de lugares y eras lejanas; es también una cápsula del tiempo. Da registro del año en el que se lanzó, 1977, evidente por la calidad de sus fotos y el hecho de que los LP seguían estando de moda. Si fuésemos a repetir el experimento, cuarenta años después, ¿enviaríamos más cantos de África, o el saludo de tribus antes desconocidas, en lugar de la trompeta de Louis Armstrong?; ¿Compartiríamos las fotografías de las victorias de Usain Bolt, que tanta dicha nos traen, o tendríamos las agallas de mostrar el sufrimiento que nos podemos causar los unos a los otros, a través de las imágenes de los atentados terroristas de las últimas décadas?; ¿Hablaríamos de nuestros nuevos logros científicos y culturales, o de nuestras guerras y nuestras vergüenzas?; ¿Seguiríamos empeñados en dejar que nuestros vecinos galácticos escucharan los acordes de Johnny B. Goode, el sonido de una juventud pasada, o acaso escogeríamos mandar Despacito a navegar por el espacio?

La propia política de Estados Unidos impregna el disco: las directivas de la NASA no permitieron poner desnudos dentro de las imágenes, y especificaron que el audio del beso tenía que ser “exclusivamente heterosexual”. Puede que en otros países más ortodoxos, el beso no haya sido permitido en lo absoluto.

Más como un juego para pasar el rato que como un ejercicio periodístico, en la redacción de nuestra revista nos hemos planteado: “si Colombia fuese a crear el disco dorado, ¿qué enviaríamos al espacio para darnos a conocer a las civilizaciones interplanetarias?”. La lista que llevamos hasta el momento va más o menos así:

● Un disco de Diomedes Díaz (aún no decidimos cuál).
● Los bocetos de plantas autóctonas hechos durante la Real Expedición Botánica.
● Fotos de nuestras culturas, particularmente aquellas culturas indígenas que están al borde de desaparecer o perder su identidad, para que su legado perdure en el tiempo.
● La composición química del aguardiente.
● El sonido de la marimba, el acordeón y del arpa; de las ballenas que llegan a las costas del Chocó, de la armonía de pájaros que cantan en las selvas.
● Saludos en costeño, caleño, rolo y paisa.
● ¿Quizá fotos de Amparo Grisales, para que la reconozcan cuando finalmente lleguen a la Tierra?

Ingrese pie de foto

Es una broma a medias, pero no importa. Los alienígenas no la entederán. De hecho, sin importar el mensaje, quizá fue un delirio por parte de Sagan y sus secuaces creer que otra vida inteligente podría entendernos. ¿Qué tal que la vida en otros planetas no dependa de ninguno de los sentidos que tenemos nosotros, o que nunca hayan tenido necesidad de crear un sistema matemático? ¿Y si la civilización alienígena está compuesta de lagartos gigantes, ovíparos que no conocen el concepto de maternidad, dinosaurios con más astucia que un velociraptor que evolucionaron con un solo lenguaje y que nunca van a entender la idea de distintos idiomas para una sola raza? Imposible saberlo. Es también un ejercicio fútil, pues ni la ciencia ni el periodismo se pueden construir sobre supuestos.

Aun así, no nos rendimos. Hemos mandado mensajes radiales a las estrellas (Across the universe, por ejemplo, fue transmitida por la NASA a Polaris, la estrella del norte) y las escuchamos atentamente esperando que respondan; nuestros telescopios buscan lugares donde la vida inteligente quizá haya podido florecer, señales de que no estamos solos en el universo. El mismo Drake creó una institución dedicada a buscar vida en el espacio, cosa que ha llevado a un debate político bastante movido... para los estándares de los científicos.

Y aun así no nos rendimos. Estos mensajes, como el disco dorado, no son más que una botella que lanzamos al mar. No esperamos una respuesta, pero tenemos la esperanza de que alguien nos lea.

 

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